El odio se corta al bies, pero el orgullo jamás se deshilacha.
Victoria dedicó diez años a levantar su taller de costura independiente a fuerza de tijera, desvelos y un orgullo blindado. Su peor pesadilla se cumple con el regreso de Caleb, el aclamado y arrogante director creativo del imperio textil rival, dispuesto a monopolizar la industria y arrebatarle su lugar.
Obligados por una estricta cláusula de la Bienal de Moda a crear una colección cápsula en conjunto, deben compartir mesa de corte, maniquíes y jornadas interminables. Para la prensa, son dos titanes enfrentados por el trono del diseño. En privado, son dos viejos conocidos atrapados por un secreto intolerable: a los diecisiete años, en una buhardilla compartida, Caleb fue su socio, su cómplice y el primer amor que le destrozó el corazón al marcharse sin decir adiós.
Entre alfileres que queman, miradas cargadas de reproches y una tensión que amenaza con incendiar el taller, Victoria tiene una sola regla para no caer...
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Capítulo 20: La penumbra antes del rayo
El backstage del Palacio San Martín no era un lugar para los débiles de pulso.
A diez minutos de la apertura formal, el aire olía a laca fijadora, ozono de planchas industriales a vapor, sudor frío y café rancio. El murmullo de mil doscientas personas llenando el Salón de Honor se filtraba a través de las paredes empapeladas en seda francesa como un oleaje denso y constante. En los monitores de circuito cerrado del pasillo técnico se alcanzaba a ver la marea de trajes oscuros, vestidos de noche de las casas más rancias de Buenos Aires y las primeras filas ocupadas por corresponsales de Vogue Italia, L’Officiel y el diario Le Figaro.
En el Box 4, el trabajo no se detuvo por el llamado. Se volvió quirúrgico.
Victoria, con la respiración contenida y los labios apretados, envolvía los dedos índice y anular de la mano derecha de Caleb con cinta de algodón negro de sastre. La piel enrojecida por las quemaduras del ácido palpitaba con un dolor sordo, pero Caleb no había emitido una sola queja mientras ella aplicaba la crema desinfectante.
—Te va a tirar cuando tenses el hilo —susurró ella, fijando el vendaje con una puntada rápida para que la cinta no se desprendiera en plena pasarela—. No uses esa mano para tirar de las cremalleras.
Caleb bajó la mirada hacia ella. Su rostro, bañado por la luz blanca y despiadada de los espejos, estaba afilado como una cuchilla, pero en sus ojos ámbar no quedaba rastro del pánico que casi los devora una hora antes.
—Mis manos están enteras mientras las tuyas sigan firmes, Vic —respondió él en voz baja, cerrando los dedos vendados con una presión lenta que demostraba control absoluto—. Además, el desfile no lo abro yo con las tijeras. Lo abre ella.
Caleb señaló con la barbilla hacia el centro del box.
Camila Soria estaba de pie frente al espejo tríptico, vestida con el primer pase: el traje sastre en lana ceniza de Piacenza con el botón solitario de cuerno y la falda al bies de tafetán de seda negra. Mariana le ajustaba las trabas interiores de los hombros con una precisión milimétrica, mientras Clara rociaba la falda con una nube casi imperceptible de agua destilada para eliminar cualquier estática que pudiera arruinar el vuelo.
Detrás de Camila, en un maniquí auxiliar cubierto por una sábana blanca para que nadie en el pasillo pudiera vislumbrarlo antes de tiempo, aguardaba el vestido de cierre: la armadura de crin viva, lana desgarrada y seda calcinada al fuego.
—El pase es doble para Camila —repasó Victoria con voz clara, mirando a su equipo—. Abre con el conjunto sastre. Detrás de ella desfilan las otras cinco modelos con los vestidos de crepé y satén azul. Mientras el pase cinco y el seis estén en la punta de la pasarela, Camila entra al box a la carrera. Tenemos exactamente cuarenta y cinco segundos para desvestirla del traje y montarle encima la falda de ceniza. Si una sola presilla se traba, la música termina y el cierre queda vacío.
—No se va a trabar —sentenció Mariana, golpeando el lomo de sus tijeras alemanas contra la palma—. Las gemelas toman las mangas; Clara abre el cierre del sastre y yo aseguro los corchetes de la crin. Lo ensayamos cien veces en la cooperativa.
—Dos minutos para el binomio cuatro —gritó el asistente de regiduría, asomando la cabeza rapada por la puerta con unos auriculares de diadema apretados al cuello—. Tienen que alinear el pase uno en la boca de entrada del escenario. ¡Ya!
Victoria tomó la solapa izquierda del saco de Camila, alisó el paño ceniza una última vez y miró a la chica a los ojos.
—Camina como si la calle Alsina fuera tuya, Camila. No mires a los fotógrafos; mira al vacío, dos metros por encima de las cabezas de la primera fila. Haz que sientan el peso de la lana.
La modelo asintió con una lentitud solemne, cuadró los hombros y salió al pasillo escoltada por Clara.
Caleb y Victoria caminaron detrás de ella hacia la boca del escenario. El pasillo de servicio estaba en penumbra, iluminado apenas por tiras de led azul en los zócalos para guiar a los técnicos de sonido.
Al llegar al recodo que daba acceso al telón principal, una figura corpulenta les cerró el paso.
Augusto Beltrán estaba de pie junto al tablero de control de luces, apoyado con ambas manos sobre el pomo de plata de su bastón. Vestía un esmoquin cruzado de terciopelo azul petróleo con botonadura de nácar, la insignia de oro de Vanguardia en la solapa y una sonrisa cadavérica, triunfal y despreocupada en el rostro arrugado. A su lado, con los brazos cruzados y una mueca de tensión inocultable, estaba Moretti, con las manos metidas en los bolsillos de una campera corporativa.
Beltrán miró a Camila pasar hacia la línea de salida y luego clavó sus ojos acuosos en Caleb y Victoria. Su mirada se detuvo, con una satisfacción venenosa, en los dedos vendados de Caleb y en las manchas tenues de hollín que todavía oscurecían los puños de la camisa blanca de Victoria.
—Una lástima lo del aire acondicionado en el ala este, Rinaldi —dijo Beltrán, modulando la voz con una calma aristocrática que exudaba desprecio—. Me comentaron que hubo un desperfecto químico en las tuberías. Espero que los tejidos delicados no hayan sufrido daños irreparables. La alta costura suele ser tan... vulnerable a los accidentes.
Victoria sintió la sangre hervirle en las sienes, pero la mano izquierda de Caleb se posó sobre su cintura, firme como un ancla de acero, reteniéndola en su lugar sin ceder un solo milímetro al impulso.
Caleb dio medio paso al frente. La sombra de su cuerpo alto y ancho cayó sobre el viejo presidente de Vanguardia, obligando a Moretti a retroceder contra la pared con el rostro descompuesto por el pánico.
—Te equivocaste de solvente, Augusto —dijo Caleb. Su voz fue un murmullo helado, tan carente de emoción que hizo que la sonrisa de Beltrán se congelara en una mueca grotesca—. El decapante industrial solo sirve para quemar telas muertas. Y lo que nosotros trajimos a este palacio no se disuelve con tu veneno.
Beltrán frunció el ceño con una ligera vacilación. Sus ojos se desviaron hacia el fondo del pasillo, buscando confirmar la orden que Moretti le había asegurado haber cumplido a la perfección: el vestido de cierre reducido a cenizas, la cápsula descalificada por falta de conjunto final.
—Hicieron lo que pudieron con los retazos que les dejamos, muchacho —retrucó el anciano, intentando recuperar la compostura—. Pero el jurado de la Bienal no perdona la improvisación. La Medalla de Oro se diseñó para corporaciones con capacidad de reposición, no para costureras de barrio que juegan a las trincheras. En diez minutos, tu nombre vuelve a pertenecerle a Textil Vanguardia por incumplimiento de pliegos técnicos.
Victoria dio el paso que le faltaba, plantándose hombro a hombro junto a Caleb. Clavó sus ojos oscuros en el anciano con una frialdad tan absoluta que Beltrán apretó el bastón con fuerza involuntaria.
—Guarde su discurso para los accionistas del lunes, Beltrán —dijo Victoria, con una dicción que sonó a sentencia—. Porque cuando esa última modelo cruce la pasarela, no va a haber un solo crítico en este continente que quiera volver a comprar un metro de su tela en serie. Hoy se le termina el monopolio.
El altavoz del regidor cortó el aire con la violencia de un trueno:
—Silencio en sala. Luces a cero en tres... dos... uno.
El zumbido masivo de los reflectores apagándose al unísono sumió el auditorio en una oscuridad total. El murmullo de la multitud se cortó en seco, devorado por una expectación eléctrica que puso los pelos de punta a los técnicos del backstage.
Caleb no volvió a mirar a Beltrán. Se giró hacia Victoria, tomó su mentón con la mano vendada y la miró a los ojos en la penumbra azul del corredor.
—Cero errores, Vic —le susurró contra los labios, en un aliento cargado de fuego y de fe absoluta.
—Cero errores, Caleb —respondió ella, apretando su muñeca.
Desde los parlantes suspendidos sobre la cúpula dorada del palacio, un acorde solitario, denso y desgarrado de contrabajo resonó en la oscuridad, haciendo vibrar los tablones de madera bajo sus pies.
El foco blanco número uno cayó desde el techo como un rayo vertical, cortando la penumbra en el centro exacto de la boca del escenario.
Camila Soria dio el primer paso.