Una oprimida joven con su loba adormecida por veneno huye hacia su destino al descubrir que el implacable Alfa del Norte es su predestinado.
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Capítulo 2: El sabor de la rebeldía y el edicto de Vintergald
El delantal de lino de Mikeila Castell estaba manchado de azúcar quemado, jarabe de bayas silvestres y el polvo grisáceo del camino. A sus diecinueve años, su vida se resumía en las esquinas polvorientas del mercado de Vintergald, sirviendo como una criada invisible para su tía Caroline. Pero el mercado también le había regalado sus únicos refugios. Desde los quince años, cuando comenzó a escabullirse para ganarse unas monedas por su cuenta, había encontrado un hogar improvisado junto a Filyp, un anciano de manos curtidas que vendía dulces tradicionales elaborados con frutos y hierbas del bosque prohibido.
Filyp no solo le pagaba su ayuda con algunas monedas ocultas, sino enseñándole el delicado arte de los caramelos artesanales y los empanizados de miel. Detrás de su fachada de chica sumisa y trabajadora, los ojos de Mikeila —de un azul profundo e intenso— brillaban con una astucia y una fuerza inquebrantables. Aunque su loba interna seguía extrañamente adormecida, atrapada tras un muro invisible que ningún instinto lograba romper, su espíritu nunca se había doblegado.
Esa tarde, la ausencia de guardias habituales en la zona baja del mercado —todos los hombres jóvenes y soldados habían sido reclutados para la campaña del Norte— atrajo a la escoria. Dos matones locales, aprovechando la vulnerabilidad del barrio comercial, recorrían los puestos derribando cajones y exigiendo una violenta "tarifa de protección".
—¡Se acabó el plazo, viejo de mierda! Si no pagas el doble hoy, romperé cada frasco de tu porquería —bramó uno de los matones, un sujeto corpulento con una cicatriz cruzándole la nariz, mientras levantaba la mano dispuesta a destrozar el mostrador de Filyp.
Sin pensarlo un solo segundo, Mikeila dio un paso al frente y se interpuso entre el mazo del matón y el frágil anciano.
—¡No te atrevas a tocarlo! —exigió ella con la voz firme, plantándose con una dignidad que desentonaba por completo con su ropa sucia.
El matón soltó una carcajada cínica y ensanchó los hombros, mirando con desprecio a la muchacha.
—Vaya, la pequeña perra de Caroline quiere jugar a la heroína. Veamos si tienes tanta voz cuando te quite los dientes —amenazó el sujeto, al tiempo que alzaba la mano con violencia para golpearla en el rostro.
Mikeila cerró los ojos por instinto, preparándose para el impacto, pero un estruendo metálico paralizó el aire antes de que el golpe pudiera conectar.
Desde la plaza central del reino, el eco profundo de un cuerno de bronce resonó por cada callejón de Vintergald. Un jinete con la estampa real y la armadura escarchada de los mensajeros del palacio apareció al galope, desplegando un pergamino con el sello del Alfa.
—¡Escuchad todos los habitantes de Vintergald! —bramó el pregonero con voz solemne, haciendo que los matones detuvieran su agresión en seco—. ¡La guerra en el valle de Garmond ha terminado! Nuestras tropas son victoriosas. El legítimo heredero y nuevo Alfa regresa a casa.
Un murmullo de asombro y alivio recorrió el mercado. El pregonero continuó, elevando la voz para que nadie se perdiera el decreto:
—Por orden del trono, se decreta una gran celebración de siete días en todo el reino para recibir a los padres, hijos y guerreros que regresan. El heredero llegará a las puertas de palacio dentro de cinco días, y al anochecer del sexto día se celebrará el gran banquete de asunción, donde el nuevo Alfa tomará el mando absoluto. ¡Que cada hogar prepare sus ofrendas y se alegre por la gloria del Norte!
Las palabras cayeron como una chispa de esperanza sobre el puesto de Filyp. Los matones, maldiciendo por la repentina interrupción y la llegada de la guardia que empezaba a reorganizarse en las avenidas principales, retrocedieron escupiendo amenazas antes y empujando a Mikeila antes de perderse entre la multitud.
Filyp, con las manos temblorosas, se apresuró a ayudar a Mikeila a incorporarse del suelo, sacudiéndole el polvo de los hombros con afecto paternal.
—¿Estás bien, pequeña? Esos malditos animales... casi te lastiman —susurró el anciano con preocupación.
Mikeila se quedó en silencio, mirando hacia las altas torres de palacio que se alzaban imponentes en el horizonte nevado. Su corazón latía con una fuerza desbocada, no por el susto del ataque, sino por la revelación que acababa de escuchar.
La fiesta de siete días. El bullicio en el palacio. El regreso de todos los rincones del reino.
Era la oportunidad que llevaba esperando. Mientras su tía Caroline tramaba entregarla al mejor postor , para robarle su futuro, la gran fiesta de asención del nuevo Alfa le ofrecía el escondite perfecto, el caos necesario y la distracción ideal para desaparecer de esa casa para siempre, cruzar las fronteras y salir en la búsqueda desesperada de su padre.
Por primera vez en su vida, Mikeila sonrió con una fría determinación. El juego de su tía estaba a punto de terminar.