Yulian, un estudiante universitario harto de su gris y monótona vida, encuentra su único refugio en una novela gráfica de fantasía titulada El amanecer del amor. Aunque la trama sigue el romance tradicional entre la heroína Clara y el noble Albert, Yulian está perdidamente obsesionado con el antagonista: Eric, el brillante, incomprendido y temido Señor de la Torre Mágica, cuya trágica obsesión por Albert lo lleva a la locura y a una muerte injusta.
Tras una rabieta de frustración por el final del último capítulo, Yulian sufre un accidente mortal desde el balcón de su apartamento. Al despertar, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de Daniel, el hermano mayor de la protagonista y oficial de la guardia real. Decidido a reescribir el destino y evitar la trágica muerte de su personaje favorito, Daniel se infiltra en el mundo de la novela con un solo propósito: amar y salvar al hechicero malvado, cueste lo que cueste.
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Capítulo 18: Sombras de la torre
A pesar de que el Vínculo Arcano le otorgaba a Daniel un estatus casi divino dentro de la fortaleza, la jerarquía de los magos de la Torre Mágica era reticente a aceptar la intromisión de un forastero. Para la mayoría de los eruditos y arcanistas de alto rango, Lord Daniel no era más que un intruso sin talento mágico, un oficial de la corona que probablemente utilizaba artimañas o seducción para debilitar la mente del legendario Maestre.
Una tarde, mientras Eric atendía asuntos urgentes con el consejo superior sobre la fluctuación de las líneas ley en el norte, Daniel aprovechó para explorar las galerías del piso noventa. Eric le había dado libertad absoluta para deambular, fascinado por la curiosidad insaciable con la que Daniel contemplaba cada rincón del edificio.
Daniel caminaba con elegancia entre los pasillos de mármol negro. Vestía únicamente una túnica de seda holgada que dejaba al descubierto parte de su pecho marcado por los besos y mordiscos de las noches anteriores.
Al girar en el pasillo de la Gran Biblioteca del Conocimiento Prohibido, una figura alta le bloqueó el paso.
Era Vane, un mago de elite de unos cuarenta años, miembro del Consejo de Sabios. Sus ojos oscuros destilaban un desprecio mal disimulado mientras observaba la soltura con la que el joven noble caminaba por un área reservada exclusivamente a la alta jerarquía.
—Ha ido demasiado lejos, Lord Daniel —dijo Vane en tono brusco, dando un paso al frente para cortar la retirada de Daniel—. Esta torre es el santuario de la magia, no el burdel personal de un joven noble consentido.
Daniel se detuvo. Mantuvo los brazos cruzados y una sonrisa tranquila, casi burlona, en sus labios.
—Mago Vane, si no me equivoco —respondió Daniel con serenidad—. ¿Acaso el Maestre no fue lo suficientemente claro sobre mi libertad de tránsito?
—¡El Maestre está cegado por sus trucos! —siseó el mago, perdiendo la paciencia. Avanzó dos pasos más y sujetó a Daniel del brazo con un agarre doloroso y cargado de maná eléctrico—. No permitiré que una alimaña de la aristocracia destruya la mente del Señor de la Torre. Va a salir de este lugar inmediatamente, o me encargaré personalmente de que no vuelva a caminar.
Daniel sintió la descarga de dolor en su hombro, pero no intentó liberarse. Ni siquiera parpadeó. Su mirada verde se mantuvo fija en el rostro alterado del arcanista.
El maná en el aire comenzó a volverse extrañamente pesado. Un frío polar se expandió por las paredes, congelando en un segundo los candelabros del pasillo. La sombra detrás de Daniel pareció estirarse y materializarse en una figura imponente.
Daniel simplemente sonrió y dijo con voz pausada:
—Su intención es noble, mago Vane... así que no lo mates, Eric.
El mago Vane se congeló al escuchar ese nombre. Lentamente, con el rostro pálido por el terror instintivo, giró la cabeza hacia atrás.
De pie a espaldas del arcanista se encontraba Eric. Sus ojos violeta resplandecían con un fuego infernal, y de sus manos brotaban hilos de magia negra que distorsionaban la realidad a su alrededor. El aura del Maestre era tan abrumadora que el propio suelo de piedra crujió bajo sus botas.
—¿Cómo te atreves a ponerle una mano encima? —retumbó la voz de Eric con una resonancia demoníaca.
Antes de que Vane pudiera articular una disculpa, una ráfaga de telequinesis pura azotó su pecho. El mago salió disparado por los aires, recorriendo diez metros a toda velocidad hasta impactar violentamente contra las pesadas puertas de roble de la biblioteca, cayendo al suelo escupiendo sangre y jadeando por aire.
—¡Nadie toca a Daniel! —rugió Eric, avanzando con intención de desintegrar al arcanista en el acto—. ¡Cualquiera que vuelva a mirarlo con falta de respeto será lanzado al foso del núcleo!
Vane, temblando de pánico y con las costillas fracturadas, se arrastró de rodillas antes de desaparecer mediante un hechizo de teletransportación de emergencia.
Daniel presenció la escena en absoluto silencio. Ver a Eric defenderlo con semejante ferocidad, impulsado por una posesividad salvaje y sin límites, provocó que un escalofrío eléctrico recorriera la espina dorsal del joven noble. Su corazón empezó a martillar y un calor repentino se concentró en su vientre.
Sin importarle la tensión en el corredor, Daniel caminó hacia Eric.
Sujetó con fuerza la solapa de la camisa de seda del hechicero y tiró de él hacia abajo. Eric parpadeó, sorprendido por la brusquedad, pero antes de que pudiera decir algo, Daniel atrapó sus labios en un beso hambriento y posesivo.
De forma instintiva, Daniel saltó, enrollando sus piernas alrededor de la cintura de Eric y apoyando la espalda contra la pared de piedra.
—Maldita sea, Eric... —jadeó Daniel contra la boca del mago, con los ojos empañados por la excitación—. Eso fue increíblemente caliente. Vámonos a una alcoba. Ahora mismo.
Eric dejó escapar un gruñido grave desde el fondo de su garganta. Con sus brazos de hierro sosteniendo los muslos de Daniel, se teletransportó en un chasquido de luz purpúrea directamente al lecho principal.