México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del
NovelToon tiene autorización de Ariane Blackrose para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20 El muerto en el salón
—Si ese hombre vuelve a preguntarme si prefiero Viena o París para mi viaje de bodas, voy a arrojarme por aquella ventana.
Katherine siguió la dirección de la mirada de Amalia.
—No lo hagas.
Amalia arqueó una ceja.
—Gracias por preocuparte.
—No es por ti. Estamos en un segundo piso. Sobrevivirías y mañana todos hablarían de ello. Sería terriblemente vergonzoso.
Amalia soltó una risa.
Pequeña, pero auténtica.
Katherine sonrió satisfecha.
—Eso. Al fin.
—¿Qué?
—Una expresión humana. Comenzaba a pensar que Gustavo te había enseñado a convertirte en estatua.
Amalia tomó su copa sin beber.
—Gustavo no me ha enseñado nada.
—Excepto a fingir que no quieres estrangularlo.
—Eso lo aprendí sola.
Katherine soltó una risita.
Habían pasado varios meses desde que Amalia llegara a Ciudad de México, suficientes para que las interminables cenas, visitas, pruebas de vestidos y reuniones dejaran de parecerle excepcionales.
Aquella fiesta era una más.
El salón resplandecía bajo enormes lámparas. Los espejos devolvían la luz sobre vestidos de seda, uniformes militares y trajes impecables. Una pequeña orquesta tocaba mientras parejas conversaban y se desplazaban entre grupos de empresarios, políticos y familias cuyos apellidos parecían importar incluso antes que sus nombres.
Meses atrás Amalia habría permanecido cerca de sus padres.
Ahora sabía desenvolverse sola.
Sabía a quién saludar.
Sabía qué conversaciones evitar.
Y había aprendido que una sonrisa podía servir tanto para mostrar afecto como para terminar una conversación sin provocar un escándalo.
Katherine había ayudado bastante.
Era difícil aburrirse completamente a su lado.
La joven costarricense tenía el cabello rubio y unos ojos verdes que parecían demasiado atentos para alguien que fingía tanta inocencia. Su padre, don Federico Alvarado, había hecho fortuna en el comercio del café y mantenía negocios entre Centroamérica, México y algunos puertos estadounidenses. Aquello le había abierto puertas suficientes para que Katherine conociera prácticamente todos los chismes que circulaban por los salones de la capital.
Y, si no los conocía, los averiguaba.
—No mires ahora —murmuró Katherine.
Amalia miró inmediatamente.
—Te dije que no miraras.
—Entonces no debiste decirme que no mirara.
—El joven junto a la columna lleva media hora observándonos.
Amalia lo encontró.
Un muchacho elegantemente vestido apartó la mirada demasiado tarde.
—Te mira a ti.
—Nos mira a las dos.
—Entonces tiene mal gusto.
Katherine abrió la boca, ofendida.
—¡Amalia!
—¿Qué?
—Llevo meses intentando devolverte las ganas de vivir y así me agradeces.
Amalia volvió a sonreír.
—No seas dramática.
—Soy costarricense, no milagrosa.
Amalia rio otra vez.
Gustavo apareció al otro extremo del salón conversando con dos militares y un hombre de edad avanzada.
Amalia lo observó unos segundos.
Sabía moverse allí.
Nunca dudaba.
Nunca parecía estar fuera de lugar.
Durante aquellos meses no había vuelto a amenazarla directamente.
No había hecho falta.
Los preparativos continuaban.
Las invitaciones todavía no estaban listas. La fecha definitiva seguía discutiéndose entre compromisos familiares, viajes y asuntos de negocios.
Y Amalia seguía sin haber dicho sí.
Gustavo se comportaba como si el tiempo estuviera de su lado.
Ella había decidido no demostrarle cuánto la inquietaba eso.
—Otra vez esa cara —dijo Katherine.
—¿Cuál?
—La de querer envenenar a alguien.
—No quiero envenenar a nadie.
—Qué aburrida.
Amalia negó con la cabeza.
—¿Bailamos antes de que algún caballero decida venir a rescatarnos de nuestra soledad?
—Dos mujeres no pueden bailar juntas en medio del salón.
—Precisamente por eso sería divertido.
—Katherine.
—Está bien.
Katherine suspiró.
—Entonces caminemos. Si permanezco aquí otro minuto, mi padre encontrará algún hijo de empresario para presentármelo.
Comenzaron a avanzar entre los invitados.
Amalia ya conocía muchos rostros.
Saludó.
Sonrió.
Escuchó un comentario sobre el clima.
Otro sobre una próxima recepción.
Una señora preguntó por los preparativos de la boda y Amalia respondió con aquella frase que había perfeccionado durante meses:
—Todavía hay mucho que organizar.
No era sí.
Tampoco era no.
Era suficiente para que la dejaran en paz.
Continuaron.
Katherine estaba contándole algo sobre una mujer que había llegado con un collar supuestamente comprado en Europa cuando Amalia dejó de escuchar.
Había visto a alguien.
Una mujer.
Al otro lado del salón.
Cabello chocolate.
Piel clara.
Un vestido elegante ceñía su figura con sobriedad, sin exageraciones. Llevaba el cabello arreglado de una forma que Amalia jamás le había visto y conversaba tranquilamente con otra mujer.
Amalia dejó de caminar.
Katherine avanzó dos pasos antes de notarlo.
—¿Amalia?
No respondió.
La mujer giró ligeramente.
Amalia sintió que el corazón le daba un golpe.
No.
Era imposible.
—¿Qué sucede?
—Nada.
Pero siguió mirando.
La mujer sonrió.
Aquella sonrisa.
Amalia conocía aquella sonrisa.
La había visto mientras lavaban ropa.
La había visto alrededor de una fogata.
La había visto burlándose de Rafael.
—Mariel...
Katherine se inclinó hacia ella.
—¿Quién?
Amalia no respondió.
Porque un hombre acababa de acercarse a la mujer.
Cabello castaño.
Traje oscuro.
Barba y bigote perfectamente cuidados.
Y junto a la quijada...
La cicatriz.
Amalia sintió que la copa resbalaba entre sus dedos.
Katherine la sujetó antes de que cayera.
—¡Cuidado!
Amalia ni siquiera reaccionó.
Rafael.
No había posibilidad de equivocarse.
Rafael estaba allí.
Vivo.
Vestido como cualquiera de aquellos hombres.
Hablando con Mariel como si ambos hubieran pertenecido toda la vida a ese mundo.
Amalia sintió que el salón comenzaba a quedarse sin aire.
Si Rafael estaba allí...
Si Mariel estaba allí...
Entonces...
No.
Su mirada comenzó a recorrer el salón.
—Amalia.
Nada.
Uniformes.
Vestidos.
Caballeros.
Sirvientes.
—Amalia, ¿qué buscas?
No respondió.
Buscó entre los invitados.
Una vez.
Otra.
El corazón le golpeaba tan fuerte que comenzaba a dolerle.
Tal vez ellos habían sobrevivido y él no.
Rafael no había estado en la carreta.
Mariel tampoco.
Aquello no demostraba nada.
Murió.
Gustavo lo había dicho.
No hace falta encontrar un cadáver para saber que nadie sobrevive a una caída semejante.
Amalia respiró.
Entonces lo vio.
Al otro extremo del salón.
Y el mundo se detuvo.
Sombra sostenía una copa que no había probado.
Un hombre de cabello gris hablaba frente a él.
Sombra escuchaba.
O lo había hecho hasta unos segundos antes.
Vestía un traje oscuro de excelente corte.
No había sombrero.
Su cabello negro estaba perfectamente arreglado. No tenía barba ni bigote. Las heridas de la caída habían desaparecido de su rostro, aunque bajo la ropa quedaban cicatrices que aquella sociedad no podía ver.
Y en una de sus orejas estaba la cruz negra.
Pequeña.
Inconfundible.
Amalia dejó de respirar.
Él.
Era él.
No una semejanza.
No un recuerdo.
No una crueldad de su imaginación.
Sombra estaba de pie.
Respirando.
Vivo.
La copa tembló en la mano de Amalia.
—Amalia...
La voz de Katherine parecía llegar desde muy lejos.
Meses.
Habían pasado meses.
Meses guardando un pañuelo.
Meses despertando algunas noches recordando un barranco que nunca había visto.
Meses preguntándose si había sufrido.
Si había muerto inmediatamente.
Si alguien lo había encontrado.
Si lo habían enterrado.
Y allí estaba.
Con traje.
En una fiesta.
Vivo.
La primera emoción fue tan violenta que casi la hizo avanzar.
Alivio.
Después llegó la incredulidad.
Y detrás de ambas...
Rabia.
Una rabia lenta.
Profunda.
Devastadora.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó Katherine.
Amalia apenas movió los labios.
—Un muerto.
Katherine miró al otro extremo del salón.
Después a Amalia.
—No parece muy muerto.
Amalia no reaccionó.
Katherine dejó de sonreír.
—Dios mío... hablas en serio.
Sombra giró la cabeza.
No sabía por qué.
Quizá sintió una mirada.
Quizá simplemente fue azar.
Sus ojos recorrieron el salón.
Y se detuvieron.
Azules.
Sombra quedó completamente inmóvil.
El hombre que hablaba frente a él continuó durante varios segundos antes de notar que había perdido su atención.
Sombra no escuchaba.
Amalia.
Durante un instante creyó estar equivocado.
No tenía sentido.
Ella debía estar...
No.
Ya no sabía dónde debía estar.
Habían pasado meses.
Pero era ella.
Cabello negro.
Piel clara.
Más elegante de lo que la recordaba.
Distinta.
Y aun así exactamente la misma mujer que había entrado al río detrás de él.
La misma que había discutido por todo.
La misma que había regresado a su hacienda con un pañuelo entre las manos.
Sombra olvidó la copa.
Olvidó al hombre que tenía enfrente.
Olvidó por qué estaba allí.
Amalia lo estaba mirando.
Y no sonreía.
Rafael notó primero el silencio.
—¿Qué demonios está mirando?
Siguió la dirección de los ojos de Sombra.
Su expresión cambió.
—No puede ser.
Mariel se volvió.
—¿Qué?
Rafael no respondió.
Mariel buscó.
La encontró.
Se llevó una mano discretamente al pecho.
—Amalia.
La alegría apareció primero.
Después la preocupación.
—¿Qué hace aquí?
—Buena pregunta.
Rafael miró hacia Sombra.
—Y ese idiota dejó de respirar.
—Rafael.
—Míralo.
Sombra seguía inmóvil.
Mariel miró nuevamente hacia Amalia.
Entonces vio al hombre que conversaba unos metros más allá.
Gustavo.
—Esto puede salir muy mal.
Rafael siguió su mirada.
La diversión desapareció completamente.
—Sí.
Amalia esperaba que Sombra caminara hacia ella.
No sabía por qué.
No quería admitir que lo esperaba.
Pero lo hizo.
Un segundo.
Dos.
Cinco.
Sombra no se movió.
Su conmoción comenzó a transformarse.
Ven.
Nada.
Haz algo.
Sombra permaneció al otro extremo del salón.
Entonces sus ojos se desplazaron.
Amalia siguió la dirección.
Gustavo.
Comprendió.
No completamente.
Pero suficiente para enfurecerse todavía más.
Sombra estaba vivo.
La había visto.
Y aun así permanecía allí.
—¿Lo conoces? —preguntó Katherine en voz baja.
—Creí que sí.
La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.
Katherine la miró.
Amalia seguía observando a Sombra.
—Ahora no estoy segura.
Porque había otra cosa.
Rafael.
Mariel.
Sombra.
Los tres parecían pertenecer a aquel salón.
Nadie los vigilaba.
Nadie los miraba como intrusos.
Un hombre se acercó a Rafael y le estrechó la mano.
Mariel saludó elegantemente a una mujer mayor.
Sombra respondió algo al caballero que estaba con él.
No parecían revolucionarios disfrazados.
Aquello era lo inquietante.
Sabían exactamente qué hacer.
Cómo pararse.
Cómo responder.
Cómo comportarse.
Amalia sintió que el alivio comenzaba a llenarse de preguntas.
¿Quiénes eran?
—Señoras y señores.
La voz del anfitrión llamó la atención de varios invitados.
Las conversaciones fueron apagándose poco a poco.
Katherine tocó el brazo de Amalia.
—Creo que van a presentar a los recién llegados.
Amalia sintió un mal presentimiento.
No apartó los ojos.
El anfitrión comenzó a mencionar algunos nombres.
Familias.
Un empresario.
Un militar recién llegado.
Un matrimonio extranjero.
Amalia apenas escuchaba.
Hasta que Rafael y Mariel se acercaron.
No demasiado.
Solo lo suficiente.
El anfitrión pronunció sus nombres.
Rafael inclinó ligeramente la cabeza.
Mariel sonrió.
Amalia sintió ganas de atravesar el salón y abrazarla.
También de exigirle explicaciones.
Entonces llegó él.
Sombra avanzó.
Con absoluta tranquilidad.
Amalia lo observó.
No caminaba como un hombre que estuviera fingiendo pertenecer a aquel lugar.
Eso le produjo más inquietud que cualquier otra cosa.
El anfitrión sonrió.
—Y permítanme presentarles también al señor...
Amalia contuvo el aire.
Sombra levantó los ojos.
Directamente hacia ella.
El anfitrión pronunció un nombre.
No Sombra.
Otro.
Un nombre que Amalia jamás había escuchado.
Durante unos segundos no comprendió.
Miró al hombre frente a ella.
Los ojos ámbar.
El cabello negro.
La cruz.
El mismo rostro.
Pero aquel nombre no pertenecía al comandante que había conocido.
Katherine se inclinó discretamente.
—¿No dijiste que se llamaba...?
—Nunca te dije cómo se llamaba.
—Entonces...
Amalia tragó saliva.
La verdad la golpeó de una forma inesperada.
Ella tampoco sabía cómo se llamaba.
Nunca lo había sabido.
Sombra había conocido su nombre.
Su apellido.
Su familia.
Su casa.
Había sabido quién era ella desde el principio.
Pero Amalia...
Amalia había besado a un hombre en un río sin conocer siquiera su verdadero nombre.
Había llorado su muerte.
Había guardado duelo.
Había llevado durante meses un pañuelo como único recuerdo.
Y ahora aquel hombre estaba frente a ella, vivo, vestido como un caballero, respondiendo naturalmente a un nombre que para ella pertenecía a un desconocido.
Sus miradas volvieron a encontrarse.
Esta vez Sombra vio algo distinto en los ojos de Amalia.
Ya no era únicamente conmoción.
Era una pregunta.
Muchas.
Y debajo de todas ellas comenzaba a aparecer una furia que él conocía demasiado bien.
Rafael se acercó apenas a Sombra.
—Creo que está enojada.
Sombra no apartó los ojos de Amalia.
—Ya lo noté.
—Mucho.
—Rafael.
—Solamente digo.
Mariel murmuró:
—Cállate.
Katherine, al otro extremo, observó a Amalia.
—¿Quieres irnos?
Amalia tardó en responder.
Gustavo seguía a pocos metros.
Sombra seguía frente a ella.
Vivo.
Imposible.
Lleno de secretos.
Amalia levantó lentamente la barbilla.
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
Por primera vez desde que había llegado a Ciudad de México, aquella fiesta dejó de parecerle una obligación.
Ahora era un campo de batalla.
Y no pensaba huir.
Sombra debió reconocer aquella expresión, porque algo casi imperceptible cambió en su rostro.
No una sonrisa.
Algo peligrosamente cercano.
Amalia entrecerró los ojos.
Ni se te ocurra.
Aquel gesto desapareció.
Pero no sus miradas.
Meses atrás habían salido de Coahuila por caminos opuestos.
Amalia convencida de que Sombra estaba muerto.
Sombra sin saber siquiera que ella había abandonado la hacienda.
Ahora estaban en el mismo salón.
Gustavo a pocos pasos.
Rafael y Mariel guardando secretos.
Katherine intentando comprender quién demonios era aquel hombre.
Y Amalia descubriendo que la muerte había sido solamente la primera mentira que tendría que desenterrar.
Porque Sombra estaba vivo.
Pero el hombre que acababa de entrar en su vida por segunda vez tenía un nombre que ella jamás había escuchado.
Y, por primera vez, Amalia comprendió que quizá nunca había conocido realmente al hombre del sombrero negro.