Con el alma rota y dos hijos que proteger, Catalina reconstruyó su vida desde cero… sin él.
Rubén lo dejó todo por una mentira. Pero cuando la ilusión se desvaneció, comprendió que lo que abandonó era lo único real. Regresa arrepentido, dispuesto a recuperar lo que perdió.
Sin embargo, Catalina ya no espera por nadie. Encontró la fuerza, la paz y la vida que él le negó.
¿Podrá su arrepentimiento borrar años de abandono? ¿O será demasiado tarde para volver a su lado?
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CAPÍTULO 3: La Mujer que destruyó nuestro hogar
Catalina
No dormí aquella noche.
Después de que Rubén se marchó, me quedé sentada en el sofá, mirando fijamente la puerta por la que había desaparecido. Una parte de mí esperaba que regresara, que se arrepintiera y que me abrazara como lo hacía antes.
Pero las horas pasaron y él no volvió.
A las cinco de la mañana, escuché a Mateo llorar desde su habitación.
—¡Mamá!
Me levanté rápidamente, aunque sentía el cuerpo pesado y los ojos hinchados.
—Aquí estoy, mi amor.
Mateo estaba sentado en la cama, abrazando su almohada.
—Tuve una pesadilla.
Me acosté a su lado y lo abracé.
—Ya pasó, cariño. Estoy contigo.
—¿Papá también está en casa?
Sentí un nudo en la garganta.
—Papá tuvo que salir.
—¿Por qué no duerme aquí?
Cerré los ojos durante un instante.
¿Cómo podía explicarle a un niño de cinco años que su padre había decidido cambiar a su familia por otra mujer?
—A veces los adultos tienen problemas, mi vida.
Mateo apoyó su cabeza sobre mi pecho.
—¿Papá está bravo contigo?
—No, cariño.
Mentí.
Y aquella mentira me dolió más que todas las demás.
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A media mañana, mientras preparaba el desayuno, mi teléfono comenzó a sonar.
Era un número desconocido.
Contesté con cierta desconfianza.
—¿Aló?
—¿Hablo con Catalina?
La voz de una mujer joven sonaba al otro lado de la línea.
—Sí. ¿Quién es?
—Soy Valeria.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
La mujer por la que Rubén había decidido abandonar nuestro hogar.
—¿Qué quieres? —pregunté.
—Creo que debemos hablar.
Me apoyé contra la encimera.
—No tengo nada que hablar contigo.
—Precisamente por eso te llamo. Necesito que entiendas que Rubén y yo nos amamos.
Sentí que las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos.
—¿Amarse? ¿Así le llamas a una relación que comenzó mientras él estaba casado?
—Catalina, no quiero discutir.
—Entonces no me llames.
—Rubén me ha dicho muchas cosas sobre su matrimonio.
Solté una risa amarga.
—¿Ah, sí? ¿También te contó que me prometió una vida juntos? ¿Que tenemos un hijo y otro bebé en camino?
—Sé que estás embarazada.
—Entonces sabes perfectamente lo que estás haciendo.
Valeria guardó silencio unos segundos.
Después, habló con una tranquilidad que me enfureció.
—No puedes obligar a un hombre a quedarse contigo solo porque tienes hijos.
Aquellas palabras me atravesaron.
—Yo nunca lo he obligado a nada. Fue él quien decidió casarse conmigo.
—Pero ahora ya no quiere seguir a tu lado.
Me quedé inmóvil.
—¿Eso te dijo?
—Sí.
Cerré los ojos para contener el llanto.
—Entonces dile que tenga el valor de repetírmelo en la cara.
—Rubén no quiere hacerte daño.
—Ya me lo hizo.
Mi voz se quebró.
—Y tú también eres responsable.
—No me culpes por los problemas que ya existían entre ustedes.
Apreté el teléfono con fuerza.
—No sabes nada de nuestra historia.
—Sé que él quiere una vida diferente.
—Pues felicidades. Ya la tiene.
Colgué antes de que pudiera responder.
Me quedé mirando la pantalla mientras una lágrima resbalaba por mi mejilla.
Valeria no conocía nuestras primeras noches juntos, nuestros sueños ni las veces que Rubén me prometió que yo era la mujer de su vida.
No conocía las dificultades que habíamos superado.
Pero había conseguido algo que yo jamás imaginé posible:
Hacer que mi esposo olvidara todo lo que construimos.
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Rubén
Estaba en el apartamento de Valeria cuando mi teléfono comenzó a sonar.
Era Catalina.
Observé la pantalla durante varios segundos antes de contestar.
—¿Sí?
—¿Estás con ella?
Su voz sonaba diferente. Más débil.
Miré a Valeria, que estaba sentada frente al espejo arreglándose el cabello.
—Catalina...
—Solo respóndeme.
—Sí.
Hubo un silencio incómodo.
—¿Desde cuándo estás viviendo con ella?
—No estoy viviendo aquí.
Valeria levantó la mirada y me observó.
—Pero pasas casi todas las noches conmigo —murmuró.
Catalina escuchó sus palabras.
—Entiendo.
—Catalina, tenemos que aceptar que lo nuestro ya no funciona.
—¿Y desde cuándo dejó de funcionar?
No supe qué responder.
—Las cosas cambiaron.
—¿Cuándo, Rubén? ¿Cuando conociste a Valeria? ¿O cuando decidiste mentirme cada vez que salías de casa?
Me froté la frente.
—No quiero pelear.
—Yo tampoco quería pelear. Quería que me amaras.
Sus palabras me hicieron sentir incómodo.
—Voy a seguir respondiendo por Mateo y por el bebé.
—¿Y por mí?
—Catalina...
—No te preocupes. Ya entendí cuál es mi lugar en tu vida.
Colgó.
Me quedé mirando el teléfono.
Valeria se acercó y rodeó mi cuello con sus brazos.
—¿Otra vez ella?
—Era Catalina.
—Siempre es Catalina.
—Es la madre de mis hijos.
—Y tú ya no eres su esposo, Rubén.
La miré.
—Todavía estamos casados.
Valeria apartó los brazos.
—¿Y cuánto tiempo piensas seguir así?
—Necesito organizar las cosas.
—No. Lo que necesitas es decidirte.
Su tono me molestó.
—No me presiones.
—¿Presionarte? Llevo meses esperando que termines ese matrimonio.
Me levanté del sofá.
—No voy a hablar de esto ahora.
—Claro. Cuando se trata de mí, nunca es el momento.
Valeria se cruzó de brazos.
La observé en silencio.
Hasta hacía poco, su carácter me parecía apasionado. Sus reclamos me hacían sentir importante.
Ahora comenzaban a cansarme.
Pero me negaba a reconocerlo.
Había abandonado a mi familia por aquella relación.
Y admitir que quizá me había equivocado significaba enfrentar una verdad que todavía no estaba preparado para aceptar.
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Catalina
Por la tarde, mi madre vino a visitarme.
En cuanto me vio, supo que algo había sucedido.
—Hija, ¿qué pasó?
Intenté sonreír.
—Nada, mamá. Estoy bien.
Ella se sentó a mi lado y tomó mi mano.
—No me digas que estás bien cuando tienes los ojos llenos de lágrimas.
Me quedé callada.
Mi madre me acarició el rostro.
—¿Rubén se fue?
Bajé la cabeza.
—Está con otra mujer.
Mi madre cerró los ojos con tristeza.
—Dios mío, hija.
—Se llama Valeria. Me llamó esta mañana.
—¿Te llamó ella?
Asentí.
—Me dijo que Rubén la ama. Que yo no puedo obligarlo a quedarse conmigo por tener hijos.
Mi madre apretó mi mano.
—No permitas que nadie te haga sentir menos por ser madre.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—¿Qué hice mal, mamá?
—Nada que justifique esto.
—Tal vez dejé de ser suficiente para él.
—Catalina, escucha bien lo que te voy a decir: que alguien deje de valorarte no significa que hayas perdido tu valor.
Me abracé a ella como cuando era niña.
—Yo lo amaba tanto...
—Lo sé, hija.
—Todavía lo amo.
Mi madre me acarició el cabello.
—Y eso no va a desaparecer de un día para otro. Pero tendrás que aprender a amarte también a ti misma.
Miré hacia la habitación de Mateo.
Mi hijo estaba jugando con sus carritos, ajeno a la tristeza que llenaba nuestra casa.
Después acaricié mi vientre.
—Tengo miedo, mamá.
—¿De qué?
—De no poder criar a mis hijos sola. De no tener dinero suficiente. De que Mateo sufra. De que este bebé nazca en medio de todo este dolor.
Mi madre me sostuvo el rostro entre sus manos.
—No estarás sola. Me tienes a mí.
La abracé con fuerza.
Por primera vez desde que Rubén se marchó, sentí que todavía había alguien dispuesto a sostenerme cuando mis piernas ya no pudieran hacerlo.
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Rubén
Esa noche regresé a casa para recoger algunas cosas.
Catalina estaba en la cocina, preparando una sopa.
Al verme, se quedó inmóvil.
—¿Qué haces aquí?
—Vine por mi ropa.
Ella asintió y continuó con lo que estaba haciendo.
—Puedes llevarte tus cosas.
La observé durante unos segundos.
Tenía el cabello recogido, el rostro cansado y una mano apoyada sobre su vientre.
—¿Has comido? —preguntó sin mirarme.
Aquella pregunta me sorprendió.
Después de todo lo que había sucedido, todavía se preocupaba por mí.
—No tengo hambre.
—Deberías comer algo.
—Catalina, no tienes que preocuparte por mí.
Ella dejó la cuchara sobre la mesa.
—Tienes razón.
Me miró por primera vez.
—Ya no es mi responsabilidad cuidarte.
Sus palabras me hicieron sentir un vacío extraño.
—No quise decir eso.
—Pero lo dijiste.
Desde el pasillo, Mateo apareció corriendo.
—¡Papá!
Me agaché y lo abracé.
—Hola, campeón.
—¿Te vas a quedar a dormir?
Miré a Catalina.
Ella bajó la mirada.
—No, hijo. Papá tiene que irse.
—¿Por qué? ¿Ya no vivimos juntos?
Sentí que se me cerraba la garganta.
—Papá tiene algunas cosas que resolver.
Mateo me abrazó con más fuerza.
—No te vayas.
Cerré los ojos.
Por primera vez, la culpa se apoderó de mí.
Pero, en lugar de quedarme, me separé de mi hijo.
—Te llamaré mañana, campeón.
Tomé la maleta y caminé hacia la puerta.
Antes de salir, escuché la voz de Catalina.
—Rubén.
Me giré.
—¿Qué?
—Cuando nuestros hijos crezcan, algún día te preguntarán por qué te fuiste.
Ella hizo una pausa.
—Espero que entonces tengas el valor de decirles la verdad.
No respondí.
Salí de la casa con el corazón pesado.
Y mientras conducía hacia el apartamento de Valeria, comprendí que había dejado atrás algo que quizá nunca volvería a encontrar.
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Catalina
Esa noche, acosté a Mateo y me senté junto a la ventana.
La casa estaba en silencio.
Sobre la mesa había una fotografía de nuestra boda.
La tomé entre mis manos.
Rubén sonreía en aquella imagen. Yo también.
Parecíamos felices.
Tal vez lo fuimos.
O tal vez yo había sido la única que creyó que aquel amor duraría para siempre.
Miré mi vientre y respiré profundamente.
—No sé qué nos espera, mi bebé —susurré—. Pero te prometo que haré todo lo posible para que nunca te falte amor.
Después miré la fotografía una última vez.
Y, por primera vez, no sentí deseos de llamar a Rubén.
Sentí tristeza.
Sentí rabia.
Pero también una pequeña fuerza que comenzaba a despertar dentro de mí.
Quizá aquella mujer había conseguido destruir mi matrimonio.
Pero no permitiría que destruyera mi vida.
Porque, aunque Rubén hubiera elegido a Valeria, yo todavía podía elegirme a mí misma.
🙊a hora cual será el misterio