Elishabet creció convencida de que el amor no estaba hecho para ella. Hija no deseada de unos padres que siempre soñaron con un varón, aprendió desde niña a vivir entre silencios, desprecios y una dolorosa sensación de no pertenecer. Pero todo cambia cuando, a los quince años, sus padres adoptan a un joven de un orfanato y le entregan a él el lugar que ella nunca consiguió ocupar. Para Elishabet, su llegada representa una nueva traición. Para él, aquella casa es la promesa de una familia al fin encontrada. Ninguno de los dos eligió el papel que le tocó interpretar, pero ambos quedarán atrapados en una historia marcada por el resentimiento, la culpa y unos sentimientos cada vez más difíciles de ignorar. Mientras intenta descubrir quién es realmente y qué lugar ocupa en su propia vida, Elishabet comenzará a sospechar que la llegada de aquel joven no fue una simple casualidad. Y cuando el pasado revele sus secretos, comprenderá que algunas verdades pueden cambiarlo todo.
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Capítulo 20: El hombre que debía estar muerto
Julián
El hombre que debía estar muerto
Nadie respiró durante varios segundos.
Julián permanecía al otro extremo del túnel.
Vivo.
Real.
Frente a ellos.
Adrián no podía apartar los ojos de él.
—No puede ser —murmuró Gabriel.
Julián sonrió con tristeza.
—Eso fue lo mismo que dijiste la última vez que me viste.
Gabriel dio un paso atrás.
—Te vi caer.
—No.
Julián negó lentamente.
—Viste caer a otra persona.
Elishabet miró a Adrián.
Él seguía inmóvil.
—¿Tú eres Julián? —preguntó.
El hombre lo miró.
Durante unos segundos pareció incapaz de responder.
Finalmente asintió.
—Sí.
Adrián sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—¿Conociste a mi madre?
La expresión de Julián cambió.
—Sí.
—¿La amabas?
Julián bajó la mirada.
—Mucho.
Adrián tragó saliva.
—¿Y ella a ti?
Julián cerró los ojos.
—También.
Gabriel intervino.
—No tienes derecho a aparecer ahora.
Julián lo miró.
—Tú tampoco tenías derecho a decidir por todos nosotros.
—Intenté protegerlos.
—¿A quién?
Gabriel guardó silencio.
—¿A Agatha? —continuó Julián—. ¿A Adrián?
Julián señaló a Elishabet.
—¿O a tu propia culpa?
Elishabet observó a su padre.
Aquella palabra parecía perseguirlo.
Culpa.
—¿Por qué todos pensaban que habías muerto? —preguntó Adrián.
Julián respiró profundamente.
—Porque era necesario.
—¿Para quién?
—Para Agatha.
Adrián frunció el ceño.
—No entiendo.
—La noche en que Daniel murió, esas personas no buscaban solamente los documentos.
Julián miró a Mauricio.
—Me buscaban a mí.
Mauricio bajó la mirada.
—Lo sabía.
Adrián se volvió hacia él.
—¿Tú lo sabías?
—Sabía que Julián había sobrevivido.
—¿Desde cuándo?
—Desde poco después de aquella noche.
Adrián sintió que la rabia volvía.
—Entonces todos sabíais que estaba vivo menos yo.
Nadie respondió.
Elishabet dio un paso hacia él.
—Adrián...
—No.
Se apartó.
—No quiero que me digas que todo esto era para protegerme.
Julián lo observó.
—No voy a decirte eso.
Adrián lo miró.
—¿Por qué?
—Porque no sería verdad.
Aquella respuesta lo desconcertó.
Julián continuó:
—Hubo miedo. Hubo decisiones equivocadas. Hubo personas que mintieron creyendo que hacían lo correcto.
Miró a Gabriel.
—Y hubo personas que utilizaron ese miedo para esconder cosas que nunca debieron esconderse.
Gabriel apretó los puños.
—No sabes lo que hice.
—Sé exactamente lo que hiciste.
—Entonces dilo.
Julián lo miró fijamente.
—Aceptaste hacer creer a todos que yo estaba muerto.
Adrián levantó la mirada.
—¿Por qué?
Julián respondió:
—Porque Agatha me pidió que desapareciera.
—¿Por qué?
—Porque había descubierto algo.
—¿Qué?
Julián tardó unos segundos.
—Que Daniel no era quien creíamos.
El silencio fue inmediato.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Daniel estaba investigando a las personas que utilizaban su nombre.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
Julián negó.
—Lo que no sabéis es que Daniel estaba investigando a alguien cercano a él.
Elishabet sintió un escalofrío.
—¿Alguien cercano?
Julián miró a Gabriel.
Después a Mauricio.
—Uno de nosotros.
Adrián sintió que el aire desaparecía del túnel.
—¿Quién?
Julián no respondió.
—Dímelo.
—No puedo.
Adrián soltó una risa amarga.
—Claro.
—No porque quiera ocultártelo.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque todavía no sé en quién puedo confiar.
Adrián miró a su alrededor.
A Gabriel.
A Elena.
A Mauricio.
A Samuel.
Y finalmente a Elishabet.
Ella sostuvo su mirada.
—Puedes confiar en mí.
Adrián bajó la mirada.
—Eso es lo que más miedo me da.
Elishabet frunció el ceño.
—¿Qué?
—Que eres la única persona de aquí en la que realmente confío.
Ella se quedó callada.
No supo qué responder.
Julián observó aquel intercambio.
Por primera vez, su expresión se suavizó.
—Agatha habría querido que no estuvieras solo.
Adrián levantó la mirada.
—¿Ella sabía que yo terminaría aquí?
—No exactamente.
—Entonces, ¿qué sabía?
Julián metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña fotografía.
Se la entregó.
Adrián la tomó.
Era una imagen de Agatha.
Más joven.
Sonreía.
Y a su lado estaba Julián.
Elishabet se acercó.
—Estáis juntos.
Julián asintió.
—Antes de que todo cambiara.
Adrián dio la vuelta a la fotografía.
Había una frase escrita detrás.
«Si alguna vez vuelves por él, dile que no todo lo que le contaron sobre su nacimiento es verdad.»
Adrián levantó la mirada.
—¿Qué significa esto?
Julián respiró profundamente.
—Que hay algo sobre tu nacimiento que nadie te ha contado.
Gabriel cerró los ojos.
—Julián...
—Ya no puedes detenerlo.
Gabriel miró a Adrián.
—No quiero detenerlo.
Adrián se sorprendió.
—Entonces habla.
Gabriel tardó unos segundos.
—Yo no sé con certeza quién es tu padre.
Adrián apretó la fotografía.
—Pero sabes que existe una posibilidad.
—Sí.
—¿Julián?
Julián no respondió.
Adrián lo miró.
—¿Eres tú?
Julián permaneció en silencio.
El silencio se hizo insoportable.
Finalmente dijo:
—No lo sé.
Adrián abrió los ojos.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Porque Agatha nunca me lo confirmó.
Gabriel añadió:
—Y nunca pudimos hacer una prueba.
Adrián se pasó una mano por el rostro.
—Entonces llevo toda mi vida buscando una respuesta que ninguno de vosotros conoce.
—No —dijo Julián.
Adrián lo miró.
—Tu madre sí la conocía.
Aquellas palabras lo dejaron inmóvil.
—¿Dónde está la respuesta?
Julián miró hacia el final del túnel.
—En el lugar donde Agatha desapareció.
Elena palideció.
—No.
Julián la miró.
—Sí.
—Ese lugar no puede encontrarse.
—Ya lo han encontrado.
Mauricio levantó la cabeza.
—¿Quién?
Julián respondió:
—Los mismos hombres que están fuera.
De repente se escuchó un fuerte golpe.
Todos se volvieron.
Después otro.
La puerta por la que habían entrado comenzó a moverse.
—Nos han encontrado —dijo Samuel.
Gabriel reaccionó inmediatamente.
—Tenemos que salir.
Julián negó.
—No por donde habéis entrado.
—¿Hay otra salida?
Julián señaló el fondo del túnel.
—Sí.
Comenzaron a avanzar.
Adrián se quedó unos segundos atrás.
Miró la fotografía de Agatha.
Después miró a Julián.
—¿Por qué volviste ahora?
Julián se detuvo.
—Porque alguien ha empezado a buscarte antes de tiempo.
—¿Quién?
Julián lo miró fijamente.
—La persona que sabe dónde está tu madre.
Adrián sintió que el corazón se le detenía.
—¿Agatha está viva?
Julián no respondió.
Pero su expresión cambió.
Y eso fue suficiente para que Adrián comprendiera que todavía quedaba una posibilidad.
Elishabet apareció junto a él.
—Vamos.
Adrián guardó la fotografía.
—Sí.
Corrieron hacia la salida.
Detrás de ellos, la puerta del túnel comenzó a ceder.
Un último golpe.
La madera se partió.
Una voz gritó desde el otro lado:
—¡ADRIÁN!
Él se detuvo.
Reconocía aquella voz.
La había escuchado antes.
En una llamada.
En la casa.
En sus pesadillas.
El hombre volvió a gritar:
—¡Tu madre no desapareció!
Adrián se giró.
La voz continuó:
—¡Gabriel te mintió sobre la noche en que se fue!
Gabriel palideció.
Elishabet lo miró.
—¿Qué hiciste?
Gabriel no respondió.
Y mientras todos corrían hacia la oscuridad del túnel, Adrián comprendió que la verdad sobre su padre podía no ser el secreto más grande que Gabriel había estado ocultando.
Quizá la verdadera mentira estaba en la desaparición de Agatha.