Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.
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Capítulo 20: El secreto de Leonardo
La resolución provisional del tribunal había cambiado el equilibrio de fuerzas. Los Llorente ya no podían conseguir que el control compartido quedara suspendido mientras se resolvía la demanda de nulidad, pero tampoco habían perdido la batalla. Al contrario. La nueva información sobre el Proyecto Legado había demostrado que el conflicto era mucho más profundo de lo que Amelia había imaginado. Durante años, su padre había protegido algo que había considerado demasiado peligroso para dejarlo en manos equivocadas. Ahora ella necesitaba descubrir exactamente qué era antes de que Victoria lo hiciera.
A las ocho de la mañana, Amelia llegó a la oficina con la carpeta que Catalina había dejado la noche anterior. Había pasado varias horas revisando los documentos y reconstruyendo mentalmente las fechas. Doce años atrás, Leonardo Ferrer ya sabía que los Llorente estaban interesados en el Proyecto Legado. También había creado una estructura de protección que incluía condiciones relacionadas con los vínculos familiares y la confianza. Pero había una pieza que seguía sin encajar.
Gael ya estaba allí.
Sobre la mesa había varias fotografías, documentos antiguos y una computadora portátil abierta.
—No dormiste —dijo Amelia.
—Tú tampoco.
—Yo pregunté primero.
—Entonces estamos empatados.
Amelia dejó la carpeta junto a él.
—¿Qué descubriste?
Gael giró la pantalla.
—Mauro Vidal desapareció de los registros corporativos de mi familia hace cuatro años.
Amelia se acercó.
—¿Desapareció?
—Oficialmente dejó de prestar servicios. Pero encontré pagos indirectos a una sociedad que él controla.
—¿Y quién hacía esos pagos?
Gael señaló una serie de movimientos.
—Una empresa vinculada a los Llorente.
Amelia permaneció en silencio.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Cuatro años.
—Entonces Vidal llevaba trabajando para ellos desde mucho antes de que Victoria iniciara esta guerra.
—Exactamente.
Amelia tomó una de las fotografías.
—¿Por qué tu padre no lo descubrió?
—Quizá lo descubrió.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
Gael abrió otro documento.
—Mira esto.
Era un memorando firmado por el padre de Gael poco antes de su muerte. En él aparecía una instrucción breve: cualquier documentación relacionada con Leonardo Ferrer debía ser conservada en un archivo independiente y solo podía ser consultada con autorización directa de Catalina.
Amelia frunció el ceño.
—¿Por qué Catalina?
—Porque mi padre confiaba en ella.
—¿Y tú?
Gael sostuvo su mirada.
—También.
La respuesta fue sencilla, pero Amelia percibió algo detrás de ella. Gael estaba intentando mantener la calma, aunque la aparición del nombre de su padre en aquella historia parecía afectarlo más de lo que mostraba.
—Tenemos que hablar con Catalina.
—Ya está aquí.
Ambos se volvieron.
Catalina entró acompañada de Herrera.
—Supuse que necesitarían respuestas.
Amelia señaló los documentos.
—¿Por qué tu esposo protegía los archivos de mi padre?
Catalina dejó su bolso sobre una silla.
—Porque Leonardo se lo pidió.
—¿Cuándo?
—Unos meses antes de morir.
Amelia sintió un nudo en el estómago.
—¿Y qué le pidió exactamente?
Catalina miró a Gael antes de responder.
—Que no permitiera que el Proyecto Legado terminara bajo el control de los Llorente.
—¿Por qué?
—Porque tu padre descubrió que querían utilizarlo para desarrollar una operación que habría perjudicado a varias empresas y, sobre todo, habría puesto en riesgo a las personas que trabajaban en ella.
Herrera intervino:
—He revisado los documentos. Hay referencias a una tecnología patentada, pero todavía no tenemos acceso al archivo técnico.
Amelia preguntó:
—¿Dónde está?
Catalina respondió:
—En manos de la única persona que tu padre consideró capaz de protegerlo.
Amelia la miró fijamente.
—¿Quién?
Catalina guardó silencio.
Gael dio un paso adelante.
—Madre.
Catalina respiró profundamente.
—Leonardo no dejó el archivo en manos de un abogado. Ni de una empresa. Lo dejó en manos de alguien de su absoluta confianza.
—¿Quién?
Catalina finalmente respondió:
—Tu madre.
Gael se quedó inmóvil.
Amelia sintió que el suelo parecía desaparecer bajo sus pies.
—Mi madre murió hace años.
—Lo sé.
—Entonces no tiene sentido.
Catalina se acercó.
—Tu madre dejó una caja de seguridad.
Amelia frunció el ceño.
—¿Dónde?
—En un banco que todavía existe.
Herrera abrió rápidamente su computadora.
—¿Tienes el número?
Catalina sacó una hoja.
—Sí.
Amelia la tomó.
El número de la caja estaba acompañado por una fecha y una instrucción escrita a mano.
«Solo abrir cuando Amelia esté legalmente casada y pueda demostrar que la persona que está a su lado no busca utilizarla.»
Amelia sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
Miró a Gael.
Él había leído la misma frase.
—¿Mi madre sabía que algún día me casaría?
Catalina negó lentamente.
—No exactamente. Pero conocía las condiciones que tu padre había establecido.
—¿Y por qué esperar hasta ahora?
Catalina respondió:
—Porque Leonardo sabía que, mientras estuvieras sola, cualquier persona podría acercarse a ti fingiendo querer protegerte para obtener acceso al proyecto.
Amelia miró a Gael.
La frase adquirió un peso inesperado.
—Entonces el matrimonio...
Catalina la interrumpió.
—No fue creado para ti y Gael. Pero la estructura que tu padre dejó podía activarse mediante un matrimonio legítimo.
Gael frunció el ceño.
—¿Quieres decir que la cláusula de los cinco años no fue una decisión de nuestras familias?
—No.
Amelia sintió un escalofrío.
—Entonces ¿quién la puso?
Catalina respondió:
—Leonardo Ferrer.
El silencio fue absoluto.
Gael se acercó lentamente a la mesa.
—¿Mi padre lo sabía?
—Sí.
—¿Y por eso permitió que nuestro matrimonio avanzara?
Catalina asintió.
—Tu padre y Leonardo habían llegado a un acuerdo años antes.
Amelia sintió que la rabia comenzaba a sustituir la sorpresa.
—Todos sabían algo menos yo.
Catalina no intentó negarlo.
—Porque tu padre quería protegerte.
—No. Quería decidir por mí.
Catalina la observó.
—Quizá.
Amelia tomó la hoja de la caja de seguridad.
—Voy a abrirla.
Gael se acercó.
—Voy contigo.
Ella lo miró.
—No tienes que hacerlo.
—Lo sé.
—Puede que haya información sobre mi familia que no quieras conocer.
—Ya estamos demasiado dentro para fingir que no nos afecta.
Amelia bajó la mirada.
Aquella vez no discutió.
Una hora después, los cuatro estaban en camino hacia el banco. Herrera había preparado toda la documentación necesaria para acreditar la identidad de Amelia y la autorización legal. El trayecto fue silencioso. Cuando llegaron, fueron conducidos a una habitación privada.
El empleado verificó los documentos.
—La caja fue registrada hace diecisiete años. No ha sido abierta desde entonces.
Amelia sintió que las manos se le enfriaban.
—Quiero abrirla.
El empleado asintió.
Después de completar el procedimiento, la caja fue colocada sobre una mesa.
Amelia introdujo la llave.
La cerradura cedió.
Dentro había una carpeta negra, una pequeña memoria digital, varias fotografías y un sobre blanco con su nombre.
«Para Amelia».
Ella tomó el sobre.
Nadie habló.
Lo abrió con cuidado.
La carta estaba escrita por su padre.
Amelia comenzó a leer.
«Si estás leyendo esto, significa que el tiempo hizo su trabajo y que finalmente llegaste al punto que intenté proteger. No confíes en quienes te digan que el Proyecto Legado es una simple herencia. Tampoco confíes en quienes pretendan convencerte de que todo lo que hicieron por ti fue desinteresado. Incluso las personas que te aman pueden tomar decisiones equivocadas cuando creen saber qué es mejor para ti.»
Amelia tragó saliva.
Continuó leyendo.
«El Proyecto Legado no debe pertenecer a una sola persona. Por eso establecí la condición de control compartido. Necesitarás a alguien que pueda sostenerte cuando todos los demás intenten derribarte. Pero recuerda: el contrato puede obligar a dos personas a trabajar juntas. No puede obligarlas a confiar.»
Amelia levantó la mirada.
Gael estaba observándola.
Ella volvió a la carta.
«Si llegaste hasta aquí con un matrimonio construido únicamente por conveniencia, entonces rompe el acuerdo. Si, en cambio, descubriste que puedes confiar en la persona que está a tu lado, abre la memoria.»
Amelia dejó de respirar durante un instante.
Miró el pequeño dispositivo negro.
Gael no dijo nada.
Ella tomó la memoria.
—¿Qué crees que hay ahí?
Amelia lo miró.
—La verdad.
—¿Quieres verla ahora?
Ella sostuvo el dispositivo entre los dedos.
—Sí.
Herrera conectó la memoria a la computadora.
Apareció un solo archivo.
Sin nombre.
Solo una fecha.
Doce años atrás.
Amelia hizo clic.
La pantalla se volvió negra.
Después apareció una grabación.
La voz de Leonardo Ferrer llenó la habitación.
—Si estás viendo esto, Amelia, significa que ya no pude protegerte personalmente.
Ella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
La voz continuó:
—Y también significa que los Llorente han comenzado a moverse.
Gael miró la pantalla.
Entonces Leonardo pronunció una frase que hizo que todos quedaran inmóviles.
—Pero hay algo que nunca te conté, hija. El Proyecto Legado no fue creado por mí.
La grabación continuó.
—Yo solo lo encontré.
Amelia sintió que el corazón se le detenía.
La pantalla mostró entonces una imagen de unos documentos antiguos.
Y antes de que la grabación terminara, Leonardo dijo:
—La persona que realmente creó el Proyecto Legado sigue viva. Y si los Llorente descubren quién es, no intentarán quedarse con la herencia.
La imagen desapareció.
La voz de Leonardo pronunció sus últimas palabras:
—Intentarán matarla.