Valentín Bianchi, un omega porteño de veinticinco años, está acostumbrado al ritmo frenético de Buenos Aires. Su vida gira entre cafeterías, subtes, reuniones y el ruido constante de la ciudad.
Todo cambia cuando hereda una antigua estancia en plena pampa bonaerense. Su único objetivo es venderla cuanto antes, volver a la Capital y olvidarse del barro, las vacas y los caminos de tierra.
Pero la estancia no está vacía.
Tomás Ferreyra, un alfa gaucho nacido y criado allí, administra el lugar desde hace años. Es serio, orgulloso, amante de los caballos y defensor de las tradiciones. Para él, esa estancia no es un negocio: es su hogar.
Desde el primer encuentro, ninguno soporta al otro.
—¿Vos sos el nuevo dueño? Mirá vos... pensé que mandaban a alguien que supiera ensuciarse las botas.
—Y yo pensé que los gauchos eran más educados.
Entre mates compartidos a regañadientes, asados con los peones, cabalgatas interminables y noches bajo un cielo lleno de estrellas, ambos descubrirán que hay se
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Capítulo 2: Bienvenido al campo, porteño
Valentín siguió la camioneta detrás de Tomás por un camino de tierra rodeado de álamos que parecían formar un túnel verde. A cada lado se extendían los campos infinitos, iluminados por los últimos rayos del atardecer.
—No puedo creer que esto también sea Buenos Aires... —murmuró para sí.
Cuando cruzó la tranquera principal, la estancia apareció frente a él.
Era una casona antigua de paredes blancas y techo de chapa roja, con una galería sostenida por columnas de madera. A unos metros había un enorme galpón, los corrales y un molino que giraba lentamente con el viento.
Varios perros comenzaron a ladrar apenas escucharon el motor.
—¡Eh, tranquilos! —gritó Tomás.
Los animales movieron la cola de inmediato y fueron a saludarlo.
—¿En serio? ¿A él lo obedecen así nomás? —preguntó Valentín al bajar.
—Ellos saben quién les da de comer.
—Qué envidia.
Tomás soltó una risa.
—Capaz si dejás de quejarte tanto también te hacen caso.
—Ja, ja. Muy gracioso.
Un grupo de hombres salió del galpón.
—¡Patrón! —saludó uno.
—Che, Tomi, ¿ese es el nieto de Don Ernesto?
Todos miraron a Valentín con curiosidad.
Él levantó una mano con una sonrisa incómoda.
—Hola...
Un peón grandote, de bigote espeso y sombrero de cuero, dio un paso adelante.
—Así que vos sos el porteñito.
—Valentín.
—Yo soy Don Ramón.
Otro hombre más joven sonrió.
—A mí decime Nico.
Después apareció una mujer de unos cincuenta años con un delantal floreado.
—¡Ay, mirá qué lindo muchacho!
Antes de que Valentín pudiera reaccionar, la mujer lo abrazó con tanta fuerza que casi le quitó el aire.
—Soy Marta. Cocino acá desde que eras un nene.
Valentín sonrió con ternura.
—Mucho gusto.
—Estás flaquito. Vení que te hago unas milanesas.
Tomás carraspeó.
—Marta...
—¿Qué?
—Recién llegó.
—¿Y? Seguro tiene hambre.
Valentín levantó la mano.
—La verdad...
Su estómago rugió.
Todos se echaron a reír.
—Listo —dijo Marta—. Ni una palabra más.
...
La cocina era enorme.
Olía a pan recién horneado, salsa casera y carne asándose lentamente.
Valentín respiró profundo.
—Bueno... esto sí que está bueno.
—¿Viste? —dijo Marta mientras servía una fuente gigante de milanesas con puré—. En esta casa nadie pasa hambre.
Tomás ya estaba sentado.
—Sentate, porteño.
—No me digas porteño.
—¿Y cómo te digo?
—Valentín.
—Bueno... porteño.
—Sos insoportable.
—Gracias.
Durante la cena, todos hablaban al mismo tiempo.
Comentaban cómo había estado la cosecha, si iba a llover el fin de semana y el festival de doma del pueblo vecino.
Valentín no entendía la mitad de la conversación.
—Perdón... ¿qué es una yerra?
Todos lo miraron.
Tomás apoyó los cubiertos.
—¿No sabés lo que es una yerra?
—No.
—¿Nunca fuiste al campo?
—No.
—¿Nunca viste una vaca de cerca?
—No.
El silencio duró apenas un segundo.
Después toda la mesa explotó en carcajadas.
—¡No se rían! —protestó Valentín, colorado de vergüenza.
—Perdón —dijo Nico entre risas—, pero pensé que era un chiste.
—No todos nacimos arriba de un caballo.
Tomás sonrió apenas.
—Se nota.
Valentín le sacó la lengua con disimulo.
Tomás lo vio.
Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió ganas de seguir molestándolo.
...
Después de cenar, Tomás lo acompañó hasta la habitación principal.
La puerta de madera crujió al abrirse.
Había una cama enorme, muebles antiguos y una ventana con vista a toda la pampa.
El cielo estaba cubierto de millones de estrellas.
Valentín quedó inmóvil.
—No puede ser...
—¿Qué?
—Jamás vi tantas estrellas.
Tomás lo observó.
Era extraño.
El mismo muchacho que se quejaba de todo ahora tenía los ojos brillando como un chico.
—Acá de noche siempre es así.
Valentín abrió la ventana.
Una brisa fresca llenó la habitación.
—Es hermoso...
Tomás sonrió sin darse cuenta.
—Mañana arrancamos temprano.
—¿Temprano cuánto?
—Cinco y media.
Valentín giró despacio.
—¿Cinco y media de la... mañana?
—Sí.
—¿Estás loco?
—No.
—A esa hora yo estoy durmiendo.
—Bueno... mañana no.
—Ni en pedo.
Tomás soltó una carcajada.
—Vos decís eso ahora.
—Lo digo en serio.
—Ya veremos.
...
A las cinco y media de la mañana...
—¡¡Valentín!!
Golpes en la puerta.
—¡Dale!
Silencio.
—¡Porteño!
Más silencio.
Tomás abrió la puerta.
Valentín seguía completamente dormido, abrazado a la almohada.
—Cinco minutos más...
Tomás negó con la cabeza.
Se acercó a la ventana y abrió de golpe las cortinas.
La luz del amanecer inundó la habitación.
—¡Noooo!
Valentín escondió la cabeza bajo las sábanas.
—¿Qué hacés?
—Despertarte.
—Es de noche.
—Son las seis.
—¡Eso sigue siendo de noche!
Tomás cruzó los brazos.
—Si no te levantás ahora...
—¿Qué?
—Te dejo sin desayuno.
Valentín abrió un ojo.
—¿Hay medialunas?
—No.
—Entonces seguí amenazando.
Tomás sonrió de lado.
—Hay tortas fritas recién hechas.
Cinco segundos después...
Valentín ya estaba sentado en la cama.
—¿Dónde dijiste que estaban?
Tomás estalló de risa.
—Lo sabía.
—No te agrandés.
...
Media hora después, ya cambiado con ropa prestada porque sus zapatillas seguían embarradas, Valentín salió al patio.
Llevaba unas botas de goma dos números más grandes.
Caminaba como si fueran de plomo.
—Parezco un pingüino.
Tomás lo esperaba junto a un caballo marrón.
—Hoy vas a aprender.
Valentín frenó en seco.
—No.
—Sí.
—No pienso subir ahí.
—¿Tenés miedo?
—Respeto.
—Miedo.
—Respeto.
Tomás dio unas palmaditas en el cuello del caballo.
—Se llama Moro. Es más tranquilo que vos.
—Eso no dice mucho.
Los peones observaban la escena desde lejos, conteniendo la risa.
—Dale, porteño —animó Nico—. No muerde.
Valentín tragó saliva.
Miró al caballo.
El caballo lo miró a él.
—Creo que no le caigo bien.
Moro resopló fuerte, despeinándolo por completo.
Las carcajadas se escucharon por toda la estancia.
Y mientras Valentín refunfuñaba acomodándose el pelo, Tomás no pudo evitar pensar que, desde la llegada de ese omega porteño, la estancia se sentía mucho más viva que antes. Sin saberlo, ambos habían comenzado un camino que estaría lleno de discusiones, risas y momentos compartidos que poco a poco derribarían los prejuicios que cada uno tenía sobre el otro.