es de terror, una creepypasta
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El Precio de la Verdad
La voz hizo temblar el mundo.
No era un sonido.
Era una presencia.
Samuel sintió un dolor insoportable en los oídos y cayó de rodillas. Gabriel comenzó a sangrar por la nariz. Elías apretó los dientes mientras intentaba mantenerse de pie.
Solo Isabela permanecía inmóvil.
La muñeca observaba la gigantesca mano de raíces con una tristeza infinita.
—Despertó... —susurró.
La mano siguió emergiendo de la grieta.
Cada dedo estaba formado por cientos de raíces entrelazadas. Pequeños hongos blancos crecían sobre ellas, y entre las grietas de la corteza se abrían decenas de ojos verdes que observaban todo a su alrededor.
No parecían ojos humanos.
Ni siquiera animales.
Parpadeaban lentamente, como si cada uno perteneciera a una criatura diferente.
El aire empezó a llenarse del olor de la tierra mojada.
Las montañas parecían respirar.
Los árboles se inclinaban hacia la grieta, como si saludaran a un antiguo rey.
Samuel sintió que el bosque entero estaba vivo.
Y que aquella criatura era su corazón.
El líder del culto dio un paso hacia adelante.
No huyó.
No mostró miedo.
Por el contrario, cayó de rodillas frente a la inmensa mano.
Se quitó lentamente la capucha.
Samuel contuvo el aliento.
El hombre no era un anciano.
Tampoco era el sacerdote Esteban que había visto en las visiones.
Su rostro parecía cambiar constantemente.
Durante un segundo era un hombre de unos cincuenta años.
Al siguiente, uno mucho más joven.
Después, uno anciano.
Como si cientos de rostros lucharan por ocupar el mismo lugar.
Gabriel retrocedió horrorizado.
—¿Qué eres?
El desconocido sonrió.
—Una consecuencia.
Samuel frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
El hombre apoyó una mano sobre su pecho.
—El sacerdote Esteban murió hace más de trescientos años.
Pero antes de morir hizo un pacto.
Cada nuevo líder del culto entrega su cuerpo para que el anterior continúe viviendo.
Samuel sintió un escalofrío.
—¿Han estado... compartiendo la misma conciencia?
—Exactamente.
Por eso conocemos toda la historia.
Porque la hemos vivido.
La criatura volvió a hablar.
La montaña vibró.
Las ventanas de la cabaña estallaron por completo.
—¿Dónde... está... mi... guardián...?
La voz era tan profunda que las palabras parecían salir de la propia tierra.
Samuel miró a Isabela.
Ella bajó lentamente la cabeza.
—Habla de mí.
La mano gigantesca avanzó unos metros.
No destruía los árboles.
Los árboles se apartaban para dejarla pasar.
Era como si el bosque la obedeciera.
Entonces Samuel notó algo extraño.
En lugar de causar muerte, donde la mano tocaba el suelo nacían flores blancas.
Pequeñas.
Delicadas.
Elías también las observó.
—Eso... no tiene sentido.
Isabela sonrió con tristeza.
—Porque nunca fue un monstruo.
Todos la miraron.
—¿Qué?
—Los hombres fueron quienes lo convirtieron en uno.
Samuel sintió que el mundo volvía a derrumbarse.
Otra verdad oculta.
Otra mentira.
—Explícate.
Isabela respiró profundamente.
—El Rey del Bosque protegía este lugar.
Nadie podía cruzar la puerta.
Nadie.
Hasta que los humanos llegaron buscando poder.
Intentaron capturarlo.
Después intentaron usar su fuerza.
Cuando fracasaron...
Abrieron la puerta.
Fue entonces cuando Azael escapó.
Gabriel abrió los ojos con horror.
—Entonces el verdadero culpable siempre fue...
—El ser humano —respondió Isabela.
Nadie dijo nada.
Porque, por primera vez desde el comienzo de la historia, esa explicación parecía tener sentido.
De pronto, Azael apareció.
No como una sombra.
No como una voz.
Su cuerpo tomó forma frente a ellos.
Era enorme.
Casi tres metros de altura.
Su piel parecía humo negro solidificado.
Dos cuernos retorcidos salían de su cabeza.
Sus ojos dorados ya no mostraban arrogancia.
Mostraban miedo.
Un miedo desesperado.
El demonio cayó de rodillas.
Miró hacia la gigantesca mano.
Y dijo algo que nadie esperaba.
—Perdóname.
Samuel abrió los ojos con sorpresa.
¿Un demonio pidiendo perdón?
La criatura respondió con una calma aterradora.
—No... te... temo... Azael...
—Te... recuerdo...
El demonio retrocedió.
Su voz temblaba.
—Yo no abrí la puerta...
La respuesta llegó de inmediato.
—Lo... sé...
—Pero... elegiste... quedarte...
El silencio cayó sobre el bosque.
Samuel comprendió algo.
Azael había tenido la oportunidad de marcharse.
Y decidió permanecer allí.
Durante siglos.
Alimentándose del miedo.
Corrompiendo almas.
Disfrutando del sufrimiento.
El Rey no lo culpaba por escapar.
Lo culpaba por todo lo que hizo después.
El líder del culto comenzó a reír.
Una risa lenta.
Cansada.
—¿Lo ven?
Ninguno de ustedes entiende.
Se volvió hacia Samuel.
—El Rey sigue siendo demasiado misericordioso.
Por eso nunca acabará con nosotros.
Samuel respondió con firmeza.
—¿Y tú sí?
—Alguien debe hacerlo.
El hombre sacó de debajo de su túnica un antiguo cuchillo ceremonial.
La hoja estaba hecha de una piedra negra que parecía absorber la luz.
Isabela abrió los ojos con terror.
—¡No!
El líder levantó el arma.
—Han esperado trescientos años este momento.
Solo falta una muerte.
Samuel sintió un frío recorrerle la espalda.
Recordó el mensaje.
"Ya elegí al segundo."
El hombre comenzó a caminar lentamente.
No hacia Isabela.
No hacia el Rey.
Ni hacia Azael.
Caminaba directamente hacia...
Gabriel.
El anciano comprendió al instante.
Bajó lentamente el crucifijo.
—Así que era yo...
El líder asintió.
—Tú llevas la marca.
Tú fuiste elegido.
Samuel se interpuso inmediatamente.
—¡No lo permitiré!
El hombre sonrió.
—No puedes detener un destino escrito hace siglos.
En ese instante, Gabriel empujó suavemente a Samuel.
Lo miró con serenidad.
Y dijo unas palabras que lo dejaron helado.
—Hay algo que nunca te conté.
Samuel frunció el ceño.
—¿Qué?
Gabriel respiró profundamente.
—Mi verdadero nombre...
No es Gabriel.
El silencio fue absoluto.
El anciano levantó la mirada.
Las lágrimas corrían por su rostro.
—Mi nombre completo es...
Gabriel Salazar.
Samuel sintió que el corazón dejaba de latir.
Salazar.
El mismo apellido del sacerdote Esteban.
Gabriel cerró los ojos.
—Yo también soy descendiente del hombre que comenzó todo.
Y creo...
Que llegó el momento de pagar esa deuda.
Continuará...