Cristani por fin tenía una vida normal. O eso creía. Hasta que se dio cuenta de que el poder en su cuerpo empezaba destruirla por dentro.
Al mismo tiempo que los problemas volvieron con sus amigos. Primero fue esa espada. La querían para mantener bajo control a Cristani.
Luego supieron del ser que entró a su mundo, un peligro para su plano. Debían eliminarlo.
Entonces llegó Carl Rowen. Decía conocerla y que podía ayudarla a contener esa energía ancestral.
Y la búsqueda comenzó.
Después, Cristani supo que todas las vidas que trataban de recordarle, no eran suyas. Sino de un fragmento más. Uno que vivía en otro plano.
Y un encuentro con una mujer le hizo darse cuenta que sin ese fragmento podría morir.
Pero eso implicaba que Carl pudiera encontrarse con quien deseaba.
La decisión era suya.
Elegir su vida o elegir la felicidad de Carl.
¿Vivir para verlo desaparecer o morir para verlo encontrarse con ella?
¿Ser el monstruo que tanto temía o ser la heroína que Carl necesitaba?
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Capítulo 6: Un día de mala suerte.
—Date prisa. Quiero probarlo ahora.
Albert me sacó a rastras de casa y yo apenas logré agarrar la bufanda y el abrigo.
El frío de la mañana me golpeó en cuanto abrimos la puerta.
—Es temporada de frío. ¿De verdad quieres ese helado? —le pregunté mientras íbamos camino a la heladería del centro.
No es novedad que a mi pequeño hermano le gusten demasiado los helados, y que incluso en días lluviosos pida una pizca de dulce para alegrar su día.
Él frunció el ceño al escuchar mi pregunta, que tenía una respuesta obvia.
—¿Solo porque hace frío no puedo? —Me miró con molestia antes de volver los ojos al frente.
Yo solo pude reír suavemente.
—Hoy te compraré uno extra para la tarde —agregué después de un rato.
El niño se gira hacia mí con una gran sonrisa adornando su rostro, olvidando que estaba enojado minutos antes.
—¿En serio? —Preguntó, tratando de contener la emoción.
Asentí levemente.
—¿Por qué?
—Porque quiero —respondí con simpleza.
Él me observó con desconfianza.
—Solo me compras helado extra cuando sales —replicó, manteniendo esos ojos clavados en mí.
—Habrá una fiesta en la casa de Melanie mañana. Saldré hoy para estar allá antes.
Arrugó la nariz al escuchar mi razón.
Siguió caminando ahora con desgana, como si quisiera protestar por mi salida. Pero sabía que no tiene caso, porque yo tenía mis propios asuntos y él, siendo un niño, no podía interferir.
—¿Cuándo vuelves?
—El martes.
Se detuvo frente a la entrada del lugar, cabizbajo. Las manos metidas en los bolsillos, los hombros caídos.
—Es injusto —se quejó en voz baja, mirándome entrar sin esperarlo.
—Solo son dos días. No veo lo injusto.
Me siguió corriendo mientras suspiraba con pesar.
La heladería olía a azúcar y a vainilla. Pedimos los sabores de siempre: chocolate amargo para mí, fresa con chispas para él. Nos sentamos en una de las mesas que usábamos siempre, cerca de la ventana.
—¿Quién comprará mis helados durante esos dos días? —cuestiona con pesar, moviendo los pies en el aire.
—Solo dos días y volveré. No morirás.
Vuelve a suspirar, me ignoró, y volteó a mirar por la ventana.
Afuera la gente pasaba apresurada, con las bufandas cubriendo medio rostro.
Pronto llegan los helados. El vapor frío sube del vaso. Aunque no me agrada comer helado en invierno, hago el esfuerzo para no dejar solo a mi hermano, que todo lo contrario a mí, parece disfrutarlo con una devoción religiosa.
Ambos guardamos silencio mientras degustamos. Hasta que levanté los ojos al frente.
El chico de antes, nos observaba desde la otra mesa.
El de los anteojos, el que me había estado siguiendo desde el bosque.
Desvió la mirada de inmediato al cruzarla con la mía.
¿Un acosador? Pensé antes de volver a poner atención en mi hermano.
Apenas terminó su helado, lo insté a irnos de ahí. Claro, después de pedirle su helado extra para la tarde.
—¿Vamos a casa? —me preguntó el pequeño y yo asentí.
—Tengo que prepararme.
—¿Tienes que ir?
—Sí. ¿Por qué?
—¿No puedes quedarte? —susurró, bajando la cabeza, evitando mirarme. Su voz sonaba pequeña, como el niño mimado que es.
—Dos días, Albert. ¿Tienes que ser tan dramático?
El niño bufó molesto.
—¡No es mi culpa que me consientas demasiado! —se quejó, girándose para confrontarme. Cruzando los brazos, imitando mi postura.
Solté un suspiro y negué con la cabeza.
Cuando él estaba a punto de decir algo más, las voces en la esquina del parque le hacen girar la cabeza. Gritos ahogados, empujones.
—Lo están molestando —murmura, sujetando el borde de mi abrigo. Sus dedos se aprietan contra la tela.
Mis ojos vagaron hacia los chicos desconocidos que empujan al menor mientras le decían palabras incoherentes por la distancia.
Estaba a punto de desviarme y ayudar al chico acosado, pero cuando él gira la cabeza hacia nosotros, lo ví.
Otra vez él.
Otra vez el chico de los anteojos, con la mejilla marcada y la ropa arrugada. El que me seguía.
—Vámonos, Albert —sujeté la muñeca del niño para que siguiera caminando. No tenía tiempo para eso. No ese día.
—¿No vamos a ayudarlo? —Preguntó con reproche, negándose a caminar. Su voz tenía ese tono de reproche que usaba, cuando sabía que estoy equivocada.
—No es nuestro problema. Vamos.
El niño apartó el brazo de mi agarre y se quedó inmóvil, cruzado de brazos, con el ceño fruncido de molestia. Se veía tan pequeño ahí parado, enfrentándose a mí como si fuera un adulto.
—No me iré. Ayudaremos a ese chico —exigió, señalando en esa dirección. Su barbilla tembló un poco, pero no bajó la mirada.
Negué con la cabeza, le dí la espalda y seguí mi camino. No iba a discutir esto en medio de la calle.
—Si no lo haces tú, ¡yo lo haré! —agregó, y su voz sonó más alta de lo normal.
No hice caso a su advertencia y solo me detuve dándole la espalda.
Escuché sus pasos retrocediendo lentamente. Rápidos, decididos.
—Albert, no te…
Cuando me dí la vuelta, el niño ya corrió en dirección a esos chicos. Me pasé la mano por la frente con irritación y, sin más que hacer, lo seguí.
Maldito niño testarudo.
—¡Déjenlo en paz!.
Escuché a la distancia.
Albert enfrentaba a tres chicos que le doblaban la estatura. Alcancé a ver cómo se ponía frente al chico con anteojos, alzando los brazos para protegerlo. Se veía ridículo y valiente al mismo tiempo.
—Niño tonto, no te entrometas —exclamó con burla uno de los agresores. El más alto, con una chaqueta de cuero.
El segundo se inclinó para ver a mi pequeño hermano, con esa sonrisa que no llegaba a los ojos.
—¿No es el hijo menor de los Cartis? —le revolvió el cabello sonriendo, como si fuera gracioso.
El otro chico, la víctima, pegado al tronco del árbol, parpadeó varias veces antes de tartamudear.
—¿F-familia Cartis?
El tercero asintió, cruzado de brazos.
—Pequeño, ¿por qué no vuelves a casa y dejas que los mayores resuelvan sus asuntos? —dijo el primer agresor, con ese tono entre amable y burlesco que me daban ganas de borrarle de la cara.
—No está permitido lastimar a las personas —Albert se negó a moverse de su lugar. Su voz sonó firme, aunque sus manos temblaban.
El segundo chico lo agarró del brazo para apartarlo por la fuerza, pero antes de hacerlo, mi voz lo detuvo.
—No lo toques.
Los cuatro se giraron para verme. El pequeño empujó al chico y corrió a mi encuentro, tropezando en el camino.
—¡Me lastimaron! —gimoteó, fingiendo llorar, mientras me mostraba el brazo. No había nada, pero me miraba con esos ojos grandes esperando que le siga el juego.
—No deberías entrometerte en los asuntos de los demás —lo regañé, volviendo a sujetar suavemente su muñeca.
Bajé la voz para que solo él me escuchara
—Vamos a casa, tengo prisa.
—¿Qué? ¿No vamos a ayudarlo? —negó ante mi respuesta.
Traté de guiarlo de vuelta, pero volvió a resistirse.
—¡No! —se soltó de mi agarre y volvió a ponerse frente al chico de los anteojos, quien solo bajó la cabeza, avergonzado.
—Ellos le hicieron daño.
—No es mi problema —repliqué, cruzándome de brazos, sin la menor intención de ayudar.
—Pero yo sí —Albert puso la barbilla en alto, retándome a arrastrarlo a casa.
Los tres agresores parecieron irritados ante nuestra discusión. El de la chaqueta de cuero empujó mi hombro hacia atrás, haciendo que Albert suelte un gruñido molesto.
—Les sugiero que lleven su discusión de hermanos a otra parte. No nos hagan perder el tiempo —advierte aquel chico, acercando el rostro al mío con amenaza. Pude oler el cigarro barato en su aliento. Asqueroso.
—Vámonos, Albert —le sugerí al niño, extendiéndole la mano, ignorando a la persona frente a mí.
—Cristani —infla las mejillas, mirándome sin moverse todavía. Su voz suena decepcionada.
—Tengo prisa. Vamos —caminé hacia él, agarrando su brazo una vez más, ejerciendo algo de fuerza.
Mis ojos se posaron en el chico de atrás. Un lente de sus anteojos estaba roto, y su mejilla derecha roja. Efecto de un golpe, supongo. Se veía asustado, pequeño.
—Vete a casa —le ordené.
Albert sonrió por fin y lo empujó a un lado, haciéndole señas para que se fuera. El chico dudó unos segundos, nos miró a los dos, y luego salió corriendo, tambaleándose.
—¡No lo dejen ir! —grita quien parece ser el líder del trío.
El otro intenta correr detrás de él, pero lo detuve sujetando su brazo con fuerza.
—Déjenlo en paz —advertí.
Este se gira hacia mí y solté su brazo de inmediato.
Los tres parecían realmente molestos por mi intervención.
—Odio cuando alguien interfiere en mis asuntos —escupe el mayor—. Y ahora que se ha ido, ustedes tomarán su lugar.
El mayor intercepta el paso y los demás nos rodean. ¿Golpearán a una chica y a un niño? Quizás creí que no. Pensé demasiado bien de ellos, porque no dudaron en apartar a mi hermano a un lado, ignorando sus amenazas.
—Llenemos esa cara inexpresiva de golpes —dijo el chico, preparando el puño para estrellarlo contra mi rostro.
Todo pasó tan rápido que a ninguno le dio tiempo de reaccionar o escapar.
Albert, con la boca abierta, observó todo desde una distancia considerable.
Cuando me sacudí las manos y la ropa, él sonrió.
Una sonrisa llena de orgullo que no intentó ocultar.
—La próxima vez, vengan preparados —comenté, levantando la bolsa donde se guardaba el helado de mi hermano. Mi voz sonó tranquila, como si nada hubiera pasado.
—¡Eres la mejor! —gritó el niño, emocionado, acercándose con los dos pulgares arriba. Luego miró con desdén a los tres chicos en el suelo, que apenas se movían y se quejaban de los golpes recibidos.
—Es la última vez que haces algo así —regañé al niño mientras ambos desaparecíamos por la otra cuadra, volviendo a casa—. La próxima te dejo solo.
—Pero si no lo hacía, ¿quién iba a ayudarlo? —respondió, y su voz sonaba pequeña otra vez.
No respondí. Porque tenía razón.
El camino de vuelta fue en silencio. Albert caminando a mi lado, cargando su helado extra como si fuera un trofeo. De vez en cuando me miró de reojo, esperando que diga algo. No lo hice.
—Cristani —dijo al fin, rompiendo el silencio.
—¿Qué?
—Gracias.
Solté un suspiro. No sé si es por él, por mí, o por todo lo que no pasó en el parque.
—Solo no te metas en problemas la próxima vez —respondí.
—Tú tampoco —contraataca.
Y por primera vez en todo el día, sonreí de verdad.