NovelToon NovelToon
UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Batalla por el trono / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:68.8k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*

Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.

Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 19: La concubina que no se resigna.

—Piensa —dijo Cassidy en voz alta—. Piensa, Boone, que se te está quemando el reloj.

Estaba de pie en medio del cuarto muerto, con la vela en la mano y menos de un tercio de sebo por delante, y Adriano seguía golpeando la piedra del hueco con la empuñadura del puñal, buscando un punto flojo que no existía.

—Deja eso.

—Si encuentro la cuña…

—Que dejes eso. —Cassidy levantó la vela—. Esa pared la calzaron dos hombres desde el otro lado y tú no la vas a mover con un cuchillo. Si nos vamos a salir de aquí, no va a ser por donde entramos.

—No hay otra puerta.

—No. —Cassidy giró despacio, alumbrando el cuarto—. Pero hay ventanas.

Adriano levantó la cabeza.

Eran tres, en la pared del fondo, cegadas con tablas clavadas por dentro. Cassidy se acercó a la del centro y pasó la mano por la madera.

Y ahí, por primera vez en aquella noche horrible, se rió.

—Mira esto.

—¿Qué?

—Mira lo que tenemos aquí. —Golpeó la tabla con los nudillos: sonó hueca, seca, ligera—. Veinte años, Adriano. Veinte años de humedad, de calor y de frío comiéndose unos clavos que ni siquiera eran buenos. —Metió la punta de la uña en una juntura y sacó una astilla podrida—. Esto no es una pared. Esto es un mueble viejo.

Adriano ya tenía el puñal metido debajo de la tabla.

—Espera. —Cassidy le agarró la muñeca—. Despacio y sin ruido. Si eso cruje, se oye en el jardín.

Tardaron lo que quedaba de vela, casi.

Sacaron cuatro tablas, una por una, haciendo palanca desde las esquinas y bajándolas al suelo con las dos manos, mientras el polvo de veinte años les caía encima. Y detrás de la última apareció el vidrio emplomado, sucio, ciego de mugre, y detrás del vidrio, muy débil, el gris de antes del amanecer.

Cassidy limpió un círculo con la manga.

Abajo, a la altura de un hombre y medio, estaba el jardín de poniente: setos abandonados, un banco de piedra, hierba alta.

Vacío.

—Se puede —dijo Adriano, midiendo con la vista—. Yo bajo primero y te recibo.

—No. —Cassidy negó con la cabeza, muy despacio, mirando aquel jardín—. Espera un momento.

—¿Qué esperas? Se nos acaba la luz.

—Estoy pensando en una cosa que no me gusta nada.

Vamos a ver, Boone. El que nos emparedó tuvo tres noches para vernos rascar esa pared. Vio el agujero. Nos vio meternos. Y tapió el hueco con piedra y cuñas mientras nosotros estábamos aquí adentro.

Y ahora resulta que la salida está a este lado, detrás de cuatro tablas podridas que cualquiera con un cuchillo puede sacar en dos horas.

Un hombre que quiere matarte no te deja una ventana. Un hombre que quiere matarte se sienta al otro lado del muro a esperar tres días.

—Adriano. El que nos encerró aquí sabía perfectamente que íbamos a salir por la ventana.

Él se giró.

—¿Qué?

—Que esto no era una trampa para matarnos. —Cassidy sintió cómo se le enfriaba la nuca—. Esto era un recado.

—¿Un recado de qué?

—De sé que estuviste aquí. —Se apretó el devocionario contra el pecho por debajo de la capa—. El que hizo esto no quiere denunciarme al rey, porque si me denunciara ya estaríamos los dos colgados. Quiere que yo sepa que él lo sabe.

—¿Y para qué?

—Para tenerme. —Cassidy soltó el aire—. Es lo que haría yo. Un secreto compartido no sirve para matar a nadie: sirve para mandarlo.

Bajaron con las primeras luces, colgándose del alféizar. Adriano cayó primero y ella se dejó ir después, y él la recibió como pudo, y acabaron los dos en la hierba mojada, sucios de polvo de arriba abajo.

Volvieron a poner las tablas desde fuera, mal, como se puede hacer en cuatro minutos, y confiaron en que treinta albañiles con picos taparan el resto en unos días.

Y a las cinco y media de la mañana, la prometida del rey entró en sus aposentos por la puerta de servicio, con el pelo lleno de telarañas, las manos rotas y, escondido bajo la capa, el libro que podía tumbar una dinastía.

Ismenia la vio y se llevó la mano a la boca.

—Ni una palabra —dijo Cassidy—. Prepárame agua.

Lo de esconder el libro le costó dos días de pensarlo, y la solución se le ocurrió en misa.

Estaba sentada en el banco que le correspondía, en la capilla del palacio, aguantando un sermón interminable, cuando levantó la vista y vio el anaquel del fondo: tres estantes largos, llenos hasta el borde de devocionarios idénticos, con las mismas tapas de cuero y el mismo cierre de metal, puestos ahí para que los usaran los fieles que no traían el suyo.

Cassidy contó a ojo.

Ochenta. Quizá cien.

Ahí está.

Regla vieja de dos vidas: una hoja no se esconde en un cajón. Una hoja se esconde en un árbol.

Lo hizo el jueves siguiente, sin ayuda de nadie, ni siquiera de Adriano. Entró a la capilla vacía a media tarde con su propio devocionario en la mano, rezó diez minutos por si acaso, y al levantarse dejó en el tercer estante, entre el número cuarenta y tantos y el cuarenta y tantos, un libro de oraciones más viejo que los otros, con veinte años de polvo cepillados a conciencia.

Y se llevó uno de los nuevos.

Ahí te quedas, señora. En una capilla, entre cien libros iguales, a la vista de todo el palacio, donde nadie que busque un secreto va a mirar jamás. El único sitio de este edificio donde nadie mueve nada.

El frasco lo enterró esa misma noche en el corral de las gallinas, envuelto en tela encerada, debajo del comedero.

Y con eso durmió, por primera vez en cuatro días, seis horas seguidas.

Los albañiles llegaron el lunes.

Y con los albañiles llegó el resto del mundo, porque una boda imperial no es una ceremonia: es una invasión.

En quince días, el palacio se llenó. Llegaron embajadas del sur con sus criados y sus intérpretes. Llegaron nobles de provincias con carretas de regalos y con hijas casaderas. Llegaron cocineros extra, músicos, sastres, mercaderes de telas, un domador de osos y ciento y pico de personas más cuyo oficio Cassidy no llegó a averiguar nunca. Los patios se volvieron intransitables. En las cocinas trabajaban de noche.

Y en medio de aquel río de gente, un jueves cualquiera, llegó una carreta pequeña, sin escudo, con dos mujeres dentro.

Cassidy se enteró por doña Rosaura, que se enteró antes que nadie porque para eso le pagaba.

—Alteza. —La mujer entró con la cara tiesa—. Ha llegado la señora Ágata. Con su hija.

Cassidy dejó el peine sobre la mesa.

—¿A qué?

—A instalarse, alteza. —Doña Rosaura bajó la voz—. La señorita Leonor entra en la casa del príncipe. Como… —carraspeó— como dama suya. Le han dado dos habitaciones en el ala sur.

El ala sur. Con doña Petra y con las otras. El cementerio de mujeres.

—¿Y la madre?

—La señora se queda con ella. Dice que hasta dejarla instalada.

Cassidy se quedó mirándose las manos, todavía marcadas por tres noches de rascar argamasa.

Y ahí las tienes de vuelta, Boone. Justo cuando pensabas que ya no eran tu problema.

Aunque, siendo honesta, esto no lo eligió Leonor. A esa muchacha la vendieron a los diecinueve años, la usó un imbécil, la descartó un rey delante de su familia y ahora la meten en el rincón donde este palacio guarda a las mujeres que ya no le sirven a nadie.

Y yo, que le arruiné la vida a propósito, estoy a punto de casarme con la corona.

Se levantó y fue hacia el vestidor.

Lástima que empezó ella. Y que si no la hubiera hundido yo, ahora mismo yo estaría muerta y ella estaría probándose el vestido de novia. Guárdate la compasión, que en este palacio no cotiza.

La vio por primera vez tres días después, en el patio de los naranjos, y no fue un encuentro: fue un espectáculo.

Cassidy iba con cuatro de sus damas cuando oyó las risas.

Al fondo del patio, junto a la fuente, había un grupo de siete u ocho mujeres jóvenes de la corte, de esas que se pasaban el día paseando y comentando. Y en el borde del grupo, de pie, muy erguida, con un vestido bueno pero de la temporada pasada, estaba Leonor.

Cassidy se detuvo detrás de un seto y escuchó, porque escuchar es gratis.

—…es que no lo entiendo —decía una de ellas, con una inocencia perfectamente estudiada—. ¿Y a qué hora se sienta usted en el banquete? Porque las damas de la casa del príncipe se sientan en la tercera mesa, pero usted no es dama de la casa, ¿verdad?

—Yo soy… —Leonor tragó—. Su Alteza me tiene en gran estima.

—Ay, sí, claro. En grandísima estima. —Otra se tapó la boca—. Se le nota tanto.

—Perdóname, querida, es que hay tanta gente estos días que una ya no sabe quién es quién. —La primera se acercó y le tocó la manga con dos dedos, como quien toca algo dudoso—. Tú eres la hermana de la novia, ¿no?

—Hermanastra —corrigió Leonor.

—Ah, hermanastra. Perdón. —Sonrisa—. Y la novia se casa con el padre, y tú estás con el hijo. Qué manera tan bonita de mantener a la familia unida.

Las carcajadas se oyeron en todo el patio.

Cassidy vio, desde detrás del seto, cómo su hermanastra se ponía roja hasta la raíz del pelo y no encontraba una sola palabra que decir. La misma muchacha que hacía tres meses entraba a los cuartos ajenos sin llamar y se prendía en el pecho las joyas de una madre muerta delante de su dueña.

Se le acercó una de sus damas.

—Alteza, ¿seguimos?

Cassidy tardó un segundo en contestar.

Y este es exactamente el momento en que se decide qué clase de mujer soy, Boone.

Puedo dar la vuelta y dejarla ahí. Se lo merece. Se lo merece entero y con creces.

O puedo cruzar ese patio.

Cruzó el patio.

Fue como si pasara un viento. Las ocho mujeres la vieron venir y se deshicieron en reverencias, con las caras cambiadas y las bocas cerradas de golpe.

—Alteza.

—Alteza.

Cassidy no las miró. Se plantó al lado de Leonor y se dirigió a la que había hablado primero.

—Perdone, no le he entendido bien lo último. ¿Podría repetírmelo?

La muchacha se puso blanca.

—No era nada, alteza. Una tontería.

—Insisto. Me gusta reírme. —Cassidy sonrió—. Repítamelo.

Silencio absoluto.

—Qué lástima. —Cassidy miró a las ocho, muy tranquila—. Yo me caso en dieciocho días con el rey de este imperio, señoras. Y ustedes están de pie en su jardín riéndose de la hija del ministro de guerra, que en este momento está peleando en la frontera del sur para que ustedes puedan pasear por aquí.

Una de ellas abrió la boca. No le salió nada.

—Estas cosas se saben —dijo Cassidy, dulcísima—. Buenas tardes.

Se dispersaron como palomas.

Y en el patio quedaron las dos hermanastras, solas junto a la fuente.

Leonor no le dio las gracias.

Cassidy tampoco lo esperaba.

—No necesitaba tu ayuda —dijo Leonor, con la voz temblándole de humillación.

—Ya lo sé.

—Podía yo sola.

—No, no podías. —Cassidy se sentó en el borde de la fuente—. Y no porque no seas capaz. Porque en este sitio no importa lo que digas si no tienes un puesto. Esas ocho no se callaron por mis palabras. Se callaron por mi silla.

Leonor se quedó de pie, apretando los puños.

Cassidy la miró de cerca por primera vez en meses y le vio cosas que no esperaba. Los ojos hinchados de llorar por la noche. Las uñas mordidas hasta la carne. Y algo mucho peor, algo que la desconcertó: Leonor olía a limpio. Se había lavado. La muchacha de las rosas podridas se había estado bañando, y se había recogido el pelo como Cassidy, y llevaba en el escote un lazo copiado de uno suyo.

Ay, no.

Me está imitando. Me odia con toda su alma y me está copiando el peinado, porque lo único que ve es que a mí me funcionó.

—¿Qué miras? —escupió Leonor.

—Nada.

—Miras y te ríes por dentro. —Le tembló la barbilla—. Adelante. Ríete. Dilo de una vez. Dime "te lo mereces". Total, es lo que estás pensando.

—Sí, lo estoy pensando.

Leonor se quedó cortada.

—Lo estoy pensando y es verdad —dijo Cassidy, sin subir la voz—. Te acostaste con mi prometido en mi casa. Ayudaste a tu madre a quitarme el cuarto, la ropa y las joyas de mi madre desde que tengo memoria. Y estabas ahí, Leonor, el día que se me cortó la rienda en la ladera.

A Leonor se le fue el color de la cara.

—Yo no…

—No he dicho nada. —Cassidy la miró—. He dicho que estabas ahí.

Se hizo un silencio horrible junto a la fuente.

—Pero también es verdad otra cosa —siguió Cassidy—, y por eso he cruzado el patio. Que a ti te vendieron igual que a mí. Que tu madre te crió para ser la escalera con la que ella iba a subir, y en cuanto te caíste te partió la cara y te trajo aquí para seguir usándote. —Ladeó la cabeza—. Tú y yo somos exactamente lo mismo, hermanita. Dos muchachas a las que un montón de gente vendió a un hombre. La única diferencia es que a mí me tocó el que tiene la corona.

—No somos lo mismo —dijo Leonor, con los dientes apretados.

—No. Ahora ya no. —Cassidy se levantó—. Ahora yo tengo una silla y tú no. Y esa es toda la diferencia que hay en este palacio entre que se rían de ti o se callen.

Empezó a irse. Y a los tres pasos se detuvo.

—Leonor. Una cosa.

—¿Qué?

—El ala sur. —Cassidy se giró—. Vas a vivir ahí. Con las damas del rey. Hay mujeres en ese pasillo que entraron con dieciocho años, como tú, y que llevan veinte esperando a que alguien las vuelva a mirar.

—¿Y qué?

—Que vayas a hablar con ellas. —Cassidy se encogió de hombros—. No por caridad. Por interés. Son las únicas de este edificio que saben exactamente lo que te va a pasar, y son las únicas que te lo van a contar sin adornos.

Leonor la miró con un odio puro.

—No necesito consejos tuyos.

—Como quieras. —Cassidy se dio la vuelta—. Yo te dije lo que había.

La madre fue otra cosa.

Ágata la abordó cinco días después, en un pasillo, y no fue por casualidad: la estaba esperando.

—Alteza. —Reverencia impecable, hasta el suelo—. Qué alegría verla tan bien.

—Señora.

—Ya casi es la boda. —Ágata se enderezó—. Quién lo hubiera dicho. La niña que no levantaba la cabeza del plato, reina del imperio.

—La vida da vueltas.

—La vida no da vueltas, alteza. —Ágata sonrió, y le llegó de lleno el aliento a tumba, exactamente igual que hacía cuatro meses—. La vida se empuja. Y usted empuja muy bien. Mejor que yo, que llevo treinta años en esto.

Cassidy no se movió.

—¿Quería algo, señora?

—Quería contarle una historia. —Ágata se acercó un paso—. Como no tengo nada que hacer en este palacio, me he entretenido hablando con la gente que trajimos de casa. Con las cocineras, sobre todo. Las cocineras son un pozo de sabiduría.

—Me lo imagino.

—Fíjese qué cosa tan curiosa me contaron. —Ágata bajó la voz hasta un susurro dulce—. Que la noche del banquete grande, aquel en que el castillo entero se enfermó de las tripas, usted no bajó a cenar. Que dijo que se sentía débil.

—Estaba débil.

—Y que esa misma tarde le habían subido a usted un guiso muy bueno, de mi parte. —Ágata sonrió más—. Y que ese guiso se lo comió un perro. Y que el perro se pasó la noche vaciándose en el patio.

Cassidy no parpadeó.

—Qué historia tan fea.

—Feísima. Y hay más. —Ágata ladeó la cabeza—. Que en las semanas anteriores la señorita se pasaba las tardes en la biblioteca, con dos libros de hierbas que llevaban veinte años sin abrirse. Que preguntaba a las criadas por plantas. Que mandó traer menta.

—Me lavo los dientes con menta, señora. Es un secreto muy oscuro.

Ágata se rió. Una risa corta, sincera, casi de admiración.

—Qué buena es usted. Qué buena de verdad. —Se le apagó la risa de golpe—. Le voy a decir lo que yo creo, alteza. Yo creo que a esta casa nunca volvió Aurora de aquella ladera. Yo crié a esa niña. La vi trece años agachar la cabeza. Y la mujer que se levantó de esa cama no era mi hijastra.

A Cassidy le dio un vuelco el estómago, y no dejó que se le notara ni en un músculo.

—Está usted diciendo una barbaridad, señora.

—Estoy diciendo lo que vi.

—Está usted diciendo, en el palacio del rey, a dieciocho días de una boda imperial, que la novia del emperador no es quien dice ser. —Cassidy dio un paso hacia ella, y por primera vez dejó que se le viera de verdad lo que había debajo—. ¿Sabe lo que le pasa a una mujer que dice esas cosas, Ágata? Que no la creen. Que la llaman loca, o envidiosa, o resentida. Y como es la madre de la barragana del príncipe, con la casa arruinada y sin marido que la defienda, la meten en un convento en la frontera esa misma semana.

Ágata dejó de sonreír.

—No pienso decirlo.

—No, claro que no. —Cassidy se enderezó—. Usted lo va a guardar. Porque una acusación que no se puede probar no vale nada dicha, pero vale mucho guardada. Eso lo sabemos las dos.

—Nos entendemos muy bien.

—Nos entendemos perfectamente. —Cassidy le sostuvo la mirada—. Le voy a decir cómo va a ser esto, señora, y después no volvemos a hablar del asunto. Usted se calla y yo le dejo a su hija ese rincón del ala sur. Se le manda su renta, se le manda su leña y nadie la molesta. Usted abre la boca, y yo, que dentro de dieciocho días voy a ser la esposa del emperador, me acuerdo de que su hija se acostó con el heredero antes del matrimonio y decido que esa muchacha no puede seguir en este palacio.

Ágata palideció.

—No se atrevería.

—Señora, yo enveneno a un castillo entero con una cena. —Cassidy sonrió—. Fíjese usted lo que soy capaz de hacer con una firma.

Se hizo un silencio muy largo en el pasillo.

Y entonces Ágata hizo una reverencia lentísima, hasta abajo, sin dejar de mirarla.

—Cuánto la admiro, alteza —dijo—. De verdad. Cuánto lamento no haberme dado cuenta antes de lo que teníamos en casa. Habríamos sido un equipo formidable.

—Lo dudo. Usted le pega a la gente que trabaja para usted.

Cassidy se fue por el pasillo y no miró atrás.

Y ahí queda esa víbora, con la mitad del secreto en la boca y sin poder escupirlo.

Me acabo de comprar el silencio de Ágata con dos habitaciones y una renta. Barato.

Demasiado barato, Boone. Y todo lo que sale demasiado barato se paga después.

El último cruce fue tres días antes de la boda, y ese fue el que Cassidy recordaría durante años.

Fue en la sala de las telas, donde media corte se probaba los trajes para la ceremonia. Cassidy estaba de pie sobre un cajón, con cuatro costureras alrededor prendiéndole alfileres en el vestido de novia —marfil y oro, con una cola de cinco metros que iban a tener que cargar dos pajes— cuando entró Leonor a buscar unas cintas.

Se detuvo en seco al verla.

Y se quedó ahí, en la puerta, mirando.

Cassidy la vio por el espejo: mirando el vestido, la cola, el oro, las cuatro mujeres arrodilladas alrededor de su hermanastra.

Fue larguísimo. Nadie dijo nada.

Después Leonor se acercó, muy despacio, hasta ponerse a un paso del cajón, y sonrió.

Fue una sonrisa preciosa. De esas que se ponen para que las vean las costureras.

—Estás hermosa, hermanita —dijo, en voz alta y clara—. De verdad. Vas a ser la novia más bonita que ha visto este imperio.

Las costureras suspiraron, encantadas con la escena.

Y entonces Leonor se inclinó hacia adelante, como para ajustarle un pliegue de la falda, y le habló al oído, bajísimo, sin que se le moviera la sonrisa ni un milímetro.

—Escúchame bien, porque no te lo voy a repetir. Yo tenía diecinueve años y una vida entera por delante, y tú me la quitaste en una noche. Me dejaste sin nombre, sin marido y sin sitio en el mundo, y ahora vives en un palacio y te vas a poner una corona. —Le alisó el pliegue con dos dedos—. Yo no sé cómo lo hiciste. Ni cuándo. Ni con qué. Pero fuiste tú, y lo sé, y lo voy a saber siempre.

Cassidy no movió un músculo.

—A lo mejor tardo un año —siguió Leonor, dulcísima—. A lo mejor tardo diez. Me da igual. No tengo marido que atender, ni hijos que criar, ni nada que hacer con mi vida más que esto. Así que voy a estar aquí. Todos los días. En el rincón. Mirándote.

Se enderezó, le arregló la manga y dio un paso atrás.

—Y el día que te caigas, hermanita —dijo, con los ojos brillándole y la sonrisa perfecta puesta para las costureras—, yo voy a estar ahí abajo esperándote. Aunque me cueste la vida.

Hizo una reverencia impecable.

—Que Dios la bendiga, alteza.

Y salió de la sala con las cintas en la mano.

Cassidy se quedó de pie sobre el cajón, con cinco metros de cola de novia extendidos detrás y cuatro costureras clavándole alfileres, mirándose en el espejo.

Y esa, Boone, es la única persona de este palacio que va a estar mirándome todos los días de mi vida sin distraerse ni una sola vez.

Ni el rey. Ni el príncipe. Ni la mano que me sirve el veneno.

Ninguno de ellos me odia a tiempo completo. Ella sí.

—Alteza —dijo una costurera—. ¿Está bien? Se ha quedado usted muy pálida.

—Estoy bien. —Cassidy se enderezó—. Sigan.

1
Guadalupe Flores
Listisima para la siguiente cassidy. Solo me falta mi soda que ya viene en camino. Y listoooo. Comenzamos
Guadalupe Flores
Solo tengo una duda se va quedar con las concubina las va dejar en el castillo o. Les va resarcir. Y falta saber quien la quiso matar en el castillo
Guadalupe Flores
😭 Fuerte capitulo. Cassidy y las hierbas que leíste tanto. Piensa mujer. Tienes el conocimiento y con la ayuda del Dios que te trajo va vivir.
Sandra Chana
Me encantó. Felicitaciones autora.
Guadalupe Flores
Otra vez error. Muerto el perro se acabó la Rabia.dale cuello
Guadalupe Flores
Y la prueba en la sabana?
Guadalupe Flores
Maldicion es de madrugada y no puedo dejar de leer. Mañana voy a parecer mapache
Guadalupe Flores
De México y sin duda Cassidi se gana toda la novela. He leído un centenar de novelas donde muchas veces gusta más el personaje antagonico secundario etc. Pero a cassidi no la tumba nadie
Guadalupe Flores
Esto está de infartooo
Guadalupe Flores
Inguesuuu. Este misterio está buenísimo. Y si le das lo mismo al Rey para que se vaya apagando 🤣🤣
Guadalupe Flores
Ese. Rey se cree listo pero Cassidi es más que se case y en la noche de bodas le de matarili. Y ella queda como la reina viuda he que tal. Luego después del luto se case con el guapo mayor🤣🤣
Guadalupe Flores
Y el Óscar a la mejor actuación es paraaaa. Cassidyyyy😂😂
Guadalupe Flores
Siii me encanta que hagas una zaga con cassidi. 😂
eljardindeadri
escritora una novela muy bonita de principio a fin. pero al,principio según con Daniel tuvo tres hijos y al final sali que no, y ella se llamaba Aurora por que los hermanos le decían cassydy. me hubiera gustado una historia por casa hermano, pero bueno vamos por la siguiente historia
Luz Angela Castillo Ramirez
😭😭
Sandra Chana
👏👏👏 chapeaux!
Margarita Acuña Cerda
Lo peor es el poder el rey hace lo que quiera ,ahítame este tiempo quien tenga poder hace lo mismo simi miremos al demonio de trump o los narcos 😔😔😔😔😔
Margarita Acuña Cerda
Y por favor hecha a las putizorras también 🤭🤭🤭3
Roxana Gardilcic
eres genial!! un nivela alucinante!!
Margarita Acuña Cerda
Oye autora es muy entretenida la novela me encanta🤣🤣🤣🤣🥰🥰🥰
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play