Mi vida terminó con un susurro roto, traicionada por el hombre que amaba, y mi muerte fue solo el comienzo. Cuando abrí los ojos, el dolor de un pasado ajeno me golpeó, revelando una verdad brutal: no estaba en el cielo ni en el infierno, sino en el cuerpo de Bárbara Drax, una mujer hermosa, manipulable y suicida. Ahora, con una segunda oportunidad y la furia de dos almas, juro que los que tuvieron la osadía de usarnos pagarán por su crimen. El juego acaba de empezar, y esta vez, la reina soy yo.
NovelToon tiene autorización de huracán para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Soy todo tuyo
— Voy a ducharme primero, Lucian. ¿Te importa? —preguntó suavemente al entrar en la habitación.
Lucian, que se había quitado la chaqueta y la había colgado con pulcritud, sonrió.
— Para nada, Barbi. Tómate tu tiempo. Yo me quedaré aquí y meditaré sobre las maravillas del universo... o quizás en qué cenaremos mañana —le dijo con un tono de burla.
Una risa suave llegó desde el baño.
— ¡Cenaremos lo que cocines tú, por supuesto! —Bárbara había escuchado que a Lucian se le quemaba hasta el agua.
Mientras el sonido del agua comenzaba a llenar el aire, Lucian se sentó en el borde de la cama. Los eventos del día aún revoloteaban en su mente, pero la presencia de Bárbara, incluso detrás de una puerta cerrada, tenía un efecto calmante y a la vez inquietante.
Cuando Bárbara salió del baño, envuelta en una toalla suave y con el cabello húmedo y revuelto, encontró a Lucian sentado en la cama. Él levantó la vista lentamente; sus ojos se posaron en ella, escudriñando su figura.
— ¡Oh, mira qué maravilla! La ninfa del agua ha hecho su gran aparición —bromeó Lucian, palmeando el espacio a su lado en la cama.
Bárbara sonrió, se acercó y se sentó donde Lucian había planeado.
— La ninfa del agua está agotada. Esos zapatos de tacón me mataron los pies —se frotó uno de sus tobillos con una mueca.
Lucian aprovechó la oportunidad para acercarse más a su esposa.
— Pobre de mi bella esposa. ¿Quizás un experto masajista podría aliviar ese sufrimiento? —Lucian se inclinó hacia ella con una mirada pícara. — Tengo un pequeño secreto: mis manos son de oro —le susurró al oído.
— Me encantaría comprobar eso —le dijo Bárbara a centímetros de sus labios.
— Soy todo tuyo; será el mejor masaje que te hayan dado en toda tu vida.
Bárbara arqueó una ceja, con una sonrisa juguetona en sus labios.
— Oh, ¿en serio? ¿Y qué tan buenas son esas manos de oro? La verdad, estoy un poco escéptica. Tendré que comprobarlo—sus ojos brillaron con un desafío. Le encantaba esta dinámica entre ellos, esta forma de coquetear que hacía que todo se sintiera ligero y emocionante.
— ¡Acepto el desafío! —exclamó Lucían con dramatismo, extendiendo una mano hacia ella. — Dame esos pobres pies sufrientes.
Bárbara le ofreció un pie. Lucian lo tomó con delicadeza, y sus pulgares comenzaron a trabajar en la planta, con una suavidad inesperada pero firme.
—Mmm, no está mal, nada mal —murmuró Bárbara, recostándose un poco más en la almohada.
Lucian se inclinó, bajando su voz un tono.
—Solo estoy calentando. Prepárate para el verdadero espectáculo. —Sus dedos se movieron hacia los dedos del pie de Bárbara, apretándolos y estirándolos con una destreza sorprendente. —Aunque debo admitir que estos pies son tan hermosos que casi me da pena tocarlos. —Levantó la vista; sus ojos bicolor se fijaron en los de ella. —Pero alguien tiene que hacerlo. Es un trabajo duro, pero alguien tiene que sacrificar sus manos por la belleza, ¿no crees?
—Jajajajaja. —Bárbara soltó una carcajada.
—¡Eres incorregible! Pero no te quejes demasiado, porque este pie ya se siente mucho mejor. Quizás tus manos de oro no son un mito, después de todo. —Ella le devolvió la mirada con una chispa igual de intensa. —¿Y qué otros talentos ocultos tiene usted, señor Drax?
Lucian sonrió, esa sonrisa que solo reservaba para ella, una mezcla de picardía y genuina ternura.
—Mmmm, no querrías saberlos todos a la vez. Parte de la diversión es descubrirlos de a poco, ¿no? —Su mano tomó el otro pie; sus dedos se deslizaron hacia el tobillo, subiendo un poco por la pantorrilla. —Pero para el acto principal, creo que necesitaría un poco más de lienzo.—Se detuvo y la miró.
—Mi dama, ¿sería tan amable de tumbarse boca abajo? Mis talentos son aún más potentes en la espalda.
Bárbara consideró la propuesta por un momento; la idea de un masaje completo sonaba tentadora.
—Bueno, si insistes, pero primero termina de masajear mi adolorido piecito —dijo con un tono coqueto.
Lucian hizo su trabajo con maestría; el ver cómo Bárbara disfrutaba su masaje lo ponía más enérgico.
—Este piececito ya está mejor. —Lucian lo llevó a su boca, dándole un besito en el pie.
—Me has convencido. —Se levantó y, de espaldas a Lucian, desató la toalla que la cubría. Ajustando la toalla para que cubriera sus glúteos, con una pequeña sacudida de su cabello, se tumbó boca abajo en la cama.
Lucian, con una sonrisa, la vio acomodarse. Se acercó y, con una mano suave, comenzó a masajear sus hombros. La tensión se disipó bajo sus dedos expertos. Recorrió su espalda con movimientos largos y firmes, deteniéndose en los puntos de tensión. El silencio se llenó solo con sus respiraciones y el suave roce de sus manos contra su piel. Ambos disfrutaban del toque, de la intimidad tácita que se creaba en ese espacio personal.
—Esto es... maravilloso, Lucían —murmuró Bárbara, su voz arrastrada por la relajación.
—Me alegra que te guste, mi amor —respondió él, su voz baja y resonante. —Te lo mereces, después de un día tan agotador. —Sus pulgares se hundieron suavemente en los músculos de su espalda baja, liberando la última pizca de tensión.
Después de lo que pareció una eternidad de puro placer, Bárbara suspiró profundamente.
—Lucian —dijo, su voz ya casi un ronroneo— Creo que es suficiente, mi espalda se siente como nueva. —Se movió ligeramente.
—Pero, ¿serías tan amable de cerrar los ojos un momento? Necesito ponerme mi pijama.
Lucian se rió suavemente.
—¿Debo acaso jurar sobre mi honor que no miraré? —Hizo una pausa dramática.—Aunque debo admitir que mis ojos tienen una inclinación natural a la belleza, y más aún a la de mi esposa.
—¡Lucian! —exclamó Bárbara, con una risa ahogada— ¡Cierra los ojos! O dormirás en otra habitación.
—¡Bien, bien! Tú ganas. —Con una sonrisa plasmada en sus labios, cerró los ojos con un gesto exagerado, sus largas pestañas oscuras reposando sobre sus mejillas— Ya tengo los ojos cerrados.
Bárbara aprovechó la oportunidad, corrió al clóset de Lucian, tomó una de sus camisetas y se la colocó. El contacto del algodón con su piel, aún ligeramente aceitada por el masaje, se sintió increíblemente reconfortante. Una vez que estuvo vestida, se aclaró la garganta.
—Listo, puedes abrir los ojos.
—Te queda perfecta. —dijo despacio al ver a Bárbara utilizar sus camisetas para dormir. Se levantó de la cama, le dio una última mirada a Bárbara, sus ojos llenos de afecto y un toque de esa familiar picardía— No te quedes dormida sin mí.
Bárbara ya estaba hundiéndose en el colchón, la relajación del masaje haciendo estragos en su energía.
—Lo intentaré —murmuró, su voz sonó como si arrastrara las palabras.
Mientras Lucian entraba al baño, Bárbara se acurrucó bajo las sábanas; una sonrisa de satisfacción se asomó en sus labios. Cayó rendida.