Me habría encantado renacer, como les ocurre a las protagonistas de esas novelas románticas que tanto me gusta leer. Despertar años atrás, evitar mis errores y no entregar mi corazón al hombre que terminaría destruyéndolo.
Pero la vida real no concede segundas oportunidades de esa forma.
Yo tuve que abrir los ojos por mí misma, enfrentar la verdad y comprender que marcharme no era perder... era salvarme.
Lucan Rivas creyó que sin él no era nadie, se equivocó. Porque no necesité volver al pasado para cambiar mi destino; solo necesité el valor de dejar atrás a quien nunca supo valorarme. Y mientras él descubría todo lo que había perdido, yo aprendía que la mejor versión de mí jamás había dependido de un esposo, sino de la mujer que siempre fui.
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Capitulo 3
Nunca pensé que cruzaría la puerta de un despacho de investigaciones privadas. Durante años me pregunté cómo podían vivir las personas que desconfiaban de su pareja al punto de contratar a alguien para seguir cada uno de sus pasos. Siempre creí que, si el amor llegaba a ese extremo, ya estaba roto. Lo irónico era descubrir que no había llegado allí porque desconfiara de Lucan, sino porque llevaba demasiado tiempo desconfiando de mí misma. Durante meses repetí que estaba exagerando, que era inseguridad, que el trabajo lo estaba consumiendo, que todo volvería a ser como antes cuando aquel proyecto terminara, cuando la empresa dejara de exigirle tantas horas, cuando las reuniones disminuyeran. Siempre encontraba una excusa nueva para justificar aquello que mi corazón se negaba a aceptar. Tal vez por eso aquella mañana me sentía avergonzada. No por estar sentada en aquella oficina, sino por haber necesitado tanto tiempo para escuchar la voz que llevaba meses gritándome desde mi interior.
El despacho del señor Álvarez era sorprendentemente sencillo. Esperaba encontrar paredes cubiertas de fotografías, mapas, pantallas y documentos, como en las películas. En cambio, había una biblioteca perfectamente ordenada, una planta junto a la ventana y un escritorio de madera impecable. El hombre que se levantó para recibirme tendría alrededor de cincuenta años. Vestía un traje gris oscuro y una expresión tan serena que, por un instante, sentí deseos de dar media vuelta y marcharme.
—Señora Sanz, tome asiento.
Obedecí sin decir una palabra.
Él esperó, no habló, no me presionó, solo dejó que el silencio hiciera su trabajo y fue precisamente ese silencio el que terminó venciendo la poca fortaleza que había reunido para llegar hasta allí.
—Quiero contratar una investigación.
Él entrelazó las manos sobre el escritorio.
—¿Sobre quién?
Respiré profundamente.
—Mi esposo.
Pronunciar aquellas dos palabras me hizo sentir una traidora, como si, en lugar de intentar descubrir la verdad, estuviera traicionando al hombre al que había jurado amar.
Qué extraño era el amor. Incluso cuando empezaba a romperte, seguía encontrando la manera de hacerte sentir culpable.
El señor Álvarez tomó una libreta.
—Nombre y apellido.
—Lucan Rivas.
Escribió despacio.
—¿Qué sospecha exactamente?
La respuesta quedó atrapada en mi garganta, no podía decirlo, no porque no supiera cuál era, sino porque decirla en voz alta la convertiría en algo real. Bajé la mirada hacia mis manos.
—Creo... —susurré—. Creo que mi esposo ya no me ama.
El investigador dejó el bolígrafo sobre la mesa, no sonrió, no mostró lástima, solo respondió con una calma inesperada.
—Eso no es algo que pueda investigar, señora Sanz.
Una risa triste escapó de mis labios, tenía razón, nadie podía fotografiar un sentimiento.
—Entonces investigue si existe alguien más.
Aquellas palabras dolieron mucho más de lo que imaginé, no porque las creyera imposibles, sino porque, al pronunciarlas, dejé de esconderme detrás de las excusas. El hombre asintió lentamente.
—¿Ha encontrado algún mensaje? ¿Alguna llamada sospechosa? ¿Movimientos bancarios fuera de lo habitual?
Negué con la cabeza.
—No.
—¿Entonces por qué piensa eso?
Me tomó varios segundos responder.
—Porque dejó de mirarme.
Él levantó la vista.
—Perdón...
—No fueron los horarios, ni los viajes, ni siquiera las ausencias. Fue la forma en que empezó a verme. O, mejor dicho... la forma en que dejó de hacerlo. Antes podía pasar horas hablándome de cualquier tontería. Ahora apenas recuerda preguntarme cómo estuvo mi día. Antes encontraba cualquier excusa para volver temprano a casa. Ahora siempre encuentra una para quedarse fuera. Antes me hacía sentir la persona más importante de su vida. Últimamente... apenas siento que formo parte de ella.
El despacho volvió a quedar en silencio, el señor Álvarez cerró la libreta.
—Haré mi trabajo.
Asentí.
—Solo le pido una cosa.
—Dígame.
—Si estoy equivocada... quiero saberlo también.
Él me sostuvo la mirada durante unos segundos.
—La verdad nunca es mi enemiga, señora Sanz.
Firmé los documentos sin apenas leerlos, no porque no me importaran, sino porque había comprendido que, a partir de ese momento, ya no existía vuelta atrás.
Cuando salí del edificio, el aire fresco golpeó mi rostro con suavidad. Permanecí unos segundos inmóvil sobre la acera mientras la ciudad seguía avanzando como si nada hubiera cambiado. Los semáforos continuaban alternando colores, los vendedores ambulantes ofrecían café a los oficinistas y las personas caminaban deprisa con el teléfono en la mano. Me pregunté cuántas de ellas estarían escondiendo una tristeza parecida a la mía detrás de una sonrisa perfectamente ensayada.
Subí al automóvil y apoyé la frente sobre el volante, no lloré, seguía sin hacerlo. Quizá porque una parte de mí aún conservaba la absurda esperanza de que todo aquello terminara siendo un enorme malentendido.
Quizá porque el verdadero dolor aún no había llegado.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
El señor Álvarez permaneció sentado varios minutos observando el contrato firmado, luego tomó el teléfono fijo que descansaba sobre una esquina del escritorio, marcó un número que parecía conocer de memoria, esperó hasta que contestaron.
—Necesito informarle sobre un asunto delicado.
Hizo una pausa, su expresión se volvió todavía más seria.
—Sí... tiene que ver con la señora Naelia Sanz.
Escuchó atentamente la respuesta al otro lado de la línea.
—Entiendo.—Otra pausa. —¿Procedemos como siempre?
Sus ojos descendieron hasta el expediente abierto sobre la mesa.
—De acuerdo.
Colgó, abrió un cajón, guardó el contrato y comenzó a escribir una única anotación sobre la carpeta.
"Prioridad absoluta."
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Cuando llegué a la oficina, intenté convencerme de que debía volver a la rutina. El trabajo siempre había sido el lugar donde lograba ordenar mis pensamientos. Sin embargo, aquella tarde cada documento parecía escrito en un idioma diferente. Leía la misma línea una y otra vez sin comprender una sola palabra.
Mi asistente golpeó suavemente la puerta.
—Señora Sanz.
Levanté la vista.
—¿Sí?
—El señor Reyes llegó hace unos minutos. Está reunido con el director general.
Fruncí levemente el ceño.
—¿Reyes?
—Sí. Eiden Reyes. Vienen negociando una alianza desde hace varios meses.
Asentí distraídamente, el nombre me resultaba familiar, había escuchado hablar de él en más de una reunión. Decían que era uno de los empresarios más influyentes del país, un hombre reservado que rara vez concedía entrevistas y que prefería mantenerse lejos de los focos. Nunca había coincidido con él, o al menos eso creía.
—¿Necesita algo más? —preguntó mi asistente.
Negué con una pequeña sonrisa, cuando la puerta volvió a cerrarse, miré por el enorme ventanal de mi oficina, sin saber por qué, tuve la extraña sensación de que mi vida acababa de cambiar de dirección.
Aún no sabía cuánto.
😅😅😅😅😅