Huyó para escapar de un matrimonio arreglado, pero el destino tenía preparados cinco caminos que cambiarían su vida para siempre.
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Capítulo 20: El apellido que cambió todo
El silencio se apoderó del Café del Puerto.
Nica permanecía inmóvil junto al mostrador con el cuaderno entre las manos.
Su mirada pasó lentamente del hombre que acababa de llegar hasta Ian.
—¿...Shervian?
Repitió el apellido casi en un susurro.
Ian cerró los ojos durante un instante.
Había imaginado muchas veces ese momento.
Pero nunca creyó que ocurriría de esa forma.
Mucho menos delante de Nica.
El hombre del traje gris dio un paso hacia adelante.
—Lo están esperando, señor.
Ian levantó la mano para detenerlo.
—Dame unos minutos.
—El señor Augusto no acostumbra esperar.
—Hoy tendrá que hacerlo.
La firmeza de su voz sorprendió incluso al recién llegado.
El hombre hizo una leve inclinación de cabeza y salió nuevamente del café.
Esperaría en el automóvil.
Dentro del local, el ambiente seguía cargado de preguntas.
Marta comprendió que aquella conversación no debía tener testigos.
Con una sonrisa amable tomó el brazo de Don Ernesto, que acababa de entrar.
—Hoy el café va por mi cuenta, pero en la terraza.
—¿Y por qué?
—Porque necesito que me haga compañía.
Don Ernesto miró a Ian, después a Nica y finalmente sonrió con picardía.
—Entiendo...
En pocos segundos el salón quedó vacío.
Solo quedaron ellos dos.
Nica apoyó lentamente el cuaderno sobre el mostrador.
—Así que ese es tu apellido...
Ian asintió.
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Él respiró profundamente.
—Porque tenía miedo.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Miedo de qué?
—De que dejaras de verme como Ian.
Y empezaras a verme como un Shervian.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Nica recordó cada conversación.
Cada café compartido.
Cada paseo frente al mar.
Cada vez que él había estado a su lado.
Nunca se había comportado como un hombre poderoso.
Siempre había sido sencillo.
Cercano.
Humano.
—¿Quién sos realmente?
Preguntó finalmente.
Ian apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Trabajo para las empresas de mi familia.
—¿Sos empresario?
Él sonrió con humildad.
—Entre otras cosas.
—¿Y por qué pasabas tantas horas en este café?
Ian la observó fijamente.
La respuesta era sencilla.
Pero también peligrosa.
—Porque acá encontraba tranquilidad.
Y porque...
Hizo una breve pausa.
—...siempre encontraba una buena razón para volver.
Las mejillas de Nica se tiñeron de rojo.
Desvió la mirada hacia la ventana.
No estaba preparada para escuchar algo así.
A pocas cuadras del café...
Dentro del automóvil negro, el hombre del traje gris hablaba por teléfono.
—Señor Augusto.
Sí.
Ya lo sabe.
Escuchó atentamente.
—No.
Todavía no descubrió quién fue su prometido.
Del otro lado de la llamada hubo un largo silencio.
Finalmente, una voz grave respondió:
—Perfecto.
Entonces el destino todavía nos dio un poco más de tiempo.
Mientras tanto...
En el hotel frente al mar, Richard Beaumont recibió una nueva llamada del investigador.
—Señor.
Hay novedades.
—Habla.
—Ian Shervian acaba de revelar su apellido delante de la señorita Nica.
Richard permaneció inmóvil.
Sabía que ese momento llegaría.
Solo esperaba que ocurriera mucho más adelante.
—¿Cómo reaccionó ella?
—Confundida.
Pero no parece haber relacionado ese apellido con el compromiso de hace años.
Richard dejó escapar un largo suspiro.
—Todavía no...
Murmuró para sí mismo.
—Todavía no recuerda.
Alexander, que escuchaba la conversación desde la puerta, sintió un escalofrío.
—¿Papá?
Richard levantó lentamente la mirada.
—Si Nica descubre toda la verdad antes de tiempo...
No solo va a odiarnos a nosotros.
También podría alejarse para siempre de los Shervian.
Y eso...
Es exactamente lo que alguien está intentando provocar.
De regreso en el café, Ian tomó aire.
Había llegado el momento de ser completamente sincero... al menos en una parte.
—Nica.
Ella levantó la vista.
—Quiero dejar de ocultarte cosas.
No puedo contarte toda mi historia hoy.
Pero sí puedo prometerte algo.
—¿Qué cosa?
—Que nunca me acerqué a vos por interés.
Todo lo que vivimos desde el primer café...
Fue real.
Nica sostuvo su mirada durante largos segundos.
En sus ojos no encontró mentira.
Solo una preocupación sincera.
Y, sin darse cuenta, comenzó a confiar todavía más en él.
Lo que ninguno de los dos sabía...
Era que, desde el otro lado de la calle, un hombre observaba el café con una pequeña cámara entre las manos.
Sonrió mientras guardaba las fotografías en un sobre.
Después escribió una única frase en el frente.
"Fase uno completada."
Y, por primera vez, quedó claro que alguien estaba moviendo a los Beaumont... y también a los Shervian.
Sin importar quién resultara herido.
Nica permaneció en silencio.
Sentía que, por primera vez desde que llegó a Puerto Azul, las piezas comenzaban a moverse demasiado rápido.
Ian ya no era solo el hombre que aparecía cada mañana para tomar un café.
Era un Shervian.
Y ese apellido parecía despertar reacciones en todas las personas que conocían su pasado.
—¿Por qué siento que todos saben algo menos yo? —preguntó con la voz quebrada.
Ian bajó la mirada.
Aquella pregunta le dolía más de lo que imaginaba.
Porque tenía razón.
Todos parecían protegerla... ocultándole la verdad.
—No es porque no confiemos en vos.
Es porque hay cosas que, si las descubrís de golpe, podrían hacerte mucho daño.
Nica negó lentamente.
—¿Y quién decidió eso?
Ian no encontró una respuesta.
Porque nadie tenía derecho a decidir por ella.
Era exactamente lo mismo que su familia había hecho durante años.
Se pasó una mano por el cabello y dejó escapar un suspiro.
—Nadie debería decidir por vos.
Ni los Beaumont.
Ni los Shervian.
Ni yo.
Aquellas palabras sorprendieron a Nica.
Por primera vez, sentía que alguien entendía de verdad lo que había vivido.
—Entonces ayudame a descubrir la verdad.
Ian levantó la vista.
—Lo voy a hacer.
Pero necesito un poco de tiempo.
Ella sonrió con tristeza.
—Todos me piden tiempo.
Él dio un paso hacia ella.
—La diferencia es que yo no te lo pido para controlarte.
Te lo pido para protegerte.
Nica sostuvo su mirada durante varios segundos.
No respondió.
Pero tampoco se alejó.
En ese momento, Marta salió de la cocina con dos porciones de tarta de manzana.
Miró a ambos y sonrió.
—Con esas caras largas, cualquiera pensaría que el mundo se terminó.
Nica soltó una pequeña risa.
—Ojalá fuera tan simple.
Marta dejó los platos sobre una mesa.
—Vengan.
Las conversaciones importantes también necesitan algo dulce.
Los tres se sentaron.
Durante unos minutos hablaron de cosas sencillas.
Del festival.
De la cena solidaria.
De los clientes habituales.
Era como si, por un instante, el peso de los secretos desapareciera.
Cuando terminaron de comer, Ian se puso de pie.
—Tengo que irme.
Nica también se levantó.
—¿Vas a volver mañana?
Él sonrió.
—Mientras sigan sirviendo el mejor café de Puerto Azul... voy a encontrar una excusa para volver.
Ella negó entre risas.
—Eso sonó muy ensayado.
—Tal vez lo practiqué un poco.
Los dos rieron.
Pero antes de salir, Ian sacó una pequeña llave de su bolsillo.
Era antigua, de plata, con el mismo símbolo que llevaba la brújula.
La dejó sobre la mesa.
—Guardala.
Nica la observó confundida.
—¿Qué abre?
—Todavía no puedo decírtelo.
Ella hizo una mueca.
—Otra vez los secretos.
Ian sonrió con cierta vergüenza.
—Prometo que esa será la última cosa que te pida guardar sin explicación.
Nica tomó la llave.
Era fría y pesada.
Sentía que no era una llave cualquiera.
Cuando Ian salió del café, el hombre del traje gris abrió inmediatamente la puerta del automóvil.
—¿Terminó?
—Sí.
—¿Le contó?
Ian miró hacia el café una última vez.
A través de la ventana vio a Nica sosteniendo la llave entre sus manos.
—No todo.
Pero dimos el primer paso.
El automóvil arrancó lentamente.
Mientras se alejaban, el hombre del traje habló en voz baja.
—El señor Augusto quiere que el señor Adrián regrese antes de lo previsto.
Ian cerró los ojos.
Sabía que ese momento iba a llegar.
Solo esperaba que Nica estuviera preparada.
—Todavía no...
Murmuró.
—Ella aún no sabe quién es él.
Esa noche, Nica regresó a la pensión.
Colocó sobre el escritorio la brújula, la llave, el cuaderno y las notas anónimas.
Permaneció varios minutos observándolos.
Cada objeto parecía formar parte de un mismo rompecabezas.
Pero todavía faltaban demasiadas piezas.
Abrió el cuaderno que Ian le había regalado.
Tomó una lapicera.
Después de unos segundos de duda, escribió por primera vez.
"Hoy descubrí que las personas pueden ocultar secretos... sin dejar de ser buenas. No sé qué me espera, pero por primera vez no quiero escapar. Quiero conocer la verdad, aunque me cambie la vida para siempre."
Cerró el cuaderno con una pequeña sonrisa.
Ya no era la joven que había huido de una mansión sin mirar atrás.
Estaba empezando a convertirse en una mujer capaz de enfrentar su propio destino.
Muy lejos de allí, en una antigua mansión rodeada de jardines, un hombre observaba una fotografía de Nica tomada la noche de su compromiso frustrado.
No se veía su rostro completo.
Solo la silueta de una joven alejándose.
El hombre acarició el borde de la imagen con la yema de los dedos.
Después habló en un susurro.
—Esta vez...
No voy a dejar que vuelvas a escapar sin antes escucharme.
Era Adrián Shervian.
Y, por primera vez desde el comienzo de la historia, el prometido que nunca llegó a conocer a Nica estaba listo para regresar a su vida.
Fin del primer arco. Continuará...