Nina se enamoró de un hombre que nunca existió.
Él mintió sobre su nombre. Sobre su vida. Sobre quién era en realidad.
Y cuando desapareció, se llevó la verdad con él.
Embarazada, lo buscó incansablemente — pero el hombre que amó parecía no haber dejado huellas.
Cinco años después, su hijo enferma.
La única esperanza es encontrar al padre del niño.
Lo que Nina no imagina es que el hombre que la engañó es Marco Lombardi — brazo derecho de la mafia italiana, leal a la familia y demasiado peligroso para ser amado.
Cuando el pasado regresa, no pide permiso.
Cambia destinos.
Y puede costarle todo.
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Capítulo 13
Nina
Ya pasaron 45 días.
Cuarenta y cinco días desde que Felipo desapareció.
Al principio llamaba. Mandaba mensajes. Inventaba excusas para su silencio.
Ahora no.
Ahora solo lo acepté.
Él no quiere hablar conmigo.
Estoy en el cuarto, mirando distraídamente el celular, cuando una notificación llama mi atención.
Calendario menstrual.
“Iniciar nueva caja.”
Mi cuerpo se congela.
No me bajó en la pausa.
Me quedo parada algunos segundos, intentando recordar. Intentando reorganizar las fechas en la cabeza.
Empiezo a hacer la cuenta mentalmente.
Viaje. Viñedo. Él yéndose.
La pausa.
El retraso.
Me levanto tan rápido que casi tiro el celular.
Entro al baño corriendo.
Abro el cajón.
Mi última caja está prácticamente llena.
Llena.
El aire se va de mis pulmones.
—No… no… no…
No tomé el remedio en muchos días.
Muchos.
Mi corazón se dispara tan fuerte que parece que va a salir por la boca.
Agarro la tarjeta en la bolsa y bajo corriendo. Ni siquiera me cambio de ropa. Camino demasiado rápido por la calle hasta la farmacia de la esquina.
—Tres tests, por favor.
La voz sale extraña. Distante.
La empleada me mira, pero no dice nada.
Vuelvo corriendo a casa.
Cuando cierro la puerta del apartamento, el silencio me traga.
Mi corazón está tan acelerado que hasta duele.
Voy directo al baño.
Manos temblorosas.
Sigo las instrucciones casi en automático.
Espero.
Un minuto.
El minuto más largo de mi vida.
Agarro el test.
Miro.
Dos líneas.
Fuertes.
No hay duda.
No es sombra.
Es positivo.
Mis piernas se debilitan.
Camino hasta la sala como si estuviera en otro cuerpo y me siento en el sofá.
El test aún en mi mano.
Me permito llorar.
Lloro por el hombre que no volvió.
Lloro por la forma en que fui dejada sin respuesta.
Lloro por el miedo que me domina ahora.
Y lloro… por la vida que está creciendo dentro de mí.
Pongo la mano sobre el vientre aún plano.
Un hijo.
De un hombre que desapareció.
El silencio del apartamento nunca fue tan alto.
Y, en medio de las lágrimas, una certeza comienza a formarse, incluso con todo el miedo:
Estoy sola.
Pero ya no estoy sola, una vida está creciendo dentro de mí.
Después de llorar todo el día… las lágrimas simplemente se acaban.
No porque el dolor pasó.
Sino porque mi cuerpo se cansa.
Camino despacio hasta el balcón. El cielo ya está cambiando de color, el final de la tarde cayendo sobre la ciudad.
Respiro hondo.
El aire entra frío en los pulmones, pero ayuda a organizar un poco el caos dentro de mí.
Llevo la mano hasta el vientre aún plano.
Tan pequeña. Tan silenciosa.
Y, aun así… cambiando todo.
—Nosotros dos no necesitamos a nadie —susurro, la voz ronca—. Nos tenemos el uno al otro.
Las palabras salen temblorosas, pero intento creer en ellas.
Intento creer que puedo.
Que soy fuerte.
Que puedo.
Un golpe alto resuena por el apartamento.
Mi corazón se dispara.
Por un segundo insano, ridículo, desesperado…
Pienso que es él.
Me seco el rostro rápido con las manos y corro hasta la puerta.
Abro.
Valentina entra prácticamente invadiendo el espacio.
Ella para así que me ve.
Mira mi rostro hinchado, los ojos rojos, la respiración irregular.
—¿Qué pasó?
La pregunta sale firme. Protectora.
Intento hablar, pero la voz falla.
—Yo… —trago el llanto que vuelve con fuerza—. Estoy embarazada.
La palabra resuena entre nosotros.
Valentina abre los ojos por un segundo. Después atraviesa la distancia y me abraza tan fuerte que casi me derrumbo de nuevo.
—Voy a cazar a ese infeliz hasta el fin del mundo —dice ella, la voz llena de indignación.
Suelto una risa débil en medio del llanto.
Después de algunos minutos, mi respiración comienza a desacelerar.
Ella se aleja despacio, enjuaga mi rostro con sus propias manos como si yo fuera hecha de vidrio.
—No estás sola —dice ella firme.
Niego con la cabeza, aún sin saber cómo sentirme.
Valentina entonces va hasta el balcón.
Agarra el celular.
Llama a alguien.
La voz de ella cambia. Se vuelve baja. Seria. Determinada.
No consigo oír lo que ella dice.
Me quedo sentada en el sofá, las manos apoyadas sobre el vientre, mirando a la nada.
Esperando.
Sin saber exactamente qué.
Pero con la sensación clara de que mi vida acaba de cambiar… de una forma que no tiene vuelta.
Valentina vuelve del balcón con el celular aún en la mano.
El rostro de ella está diferente.
Decidido.
Ella camina hasta mí y se agacha frente a mí, quedando a la altura de mis ojos.
—Tengo un contacto en la policía —dice ella, firme—. Voy a intentar encontrar a ese desgraciado.
Mi corazón se aprieta.
Parte de mí quiere decir “no”.
Parte de mí quiere que él nunca más sea encontrado.
Pero otra parte… la parte que está con miedo del futuro… quiere respuestas.
No digo nada.
Solo niego con la cabeza despacio.
Ella aprieta mis manos.
—Él no va a simplemente desaparecer así.
Pero él ya desapareció.
Valentina se levanta.
—Voy a llamar a Gio.
Continúo sentada en el sofá, mirando al suelo.
Escucho la voz de ella alejándose por el corredor, ya marcando el número.
El apartamento parece diferente ahora.
No es más solo silencio.
Es expectativa.
Es exposición.
Si lo encuentran… ¿qué voy a decir?
“Hola, desapareciste hace 45 días y estoy embarazada.”
La frase pesa.
Llevo la mano hasta el vientre otra vez.
Aún es tan reciente.
Tan frágil.
Una mezcla de miedo y algo extraño… casi protección… comienza a crecer dentro de mí.
Independientemente de él.
Independientemente de lo que sucedió.
Esto es real.
Valentina comienza a hablar alto en el cuarto, explicando alguna cosa para Gio.
Cierro los ojos por un instante.
Mi vida, que ya estaba rota, ahora está irreversiblemente diferente.
Y aún no sé si estoy lista.
Pero sé una cosa:
No voy a huir.
Aunque él haya huido de mí.