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Las Cuatro De La Medianoche.

Las Cuatro De La Medianoche.

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Mundo mágico / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.

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Capítulo 19 — Luz negra y pasajes

En ese acorde la cuernuda cantó, y la canción abrió un pasaje de luz negra. No era una oscuridad común, no era la simple ausencia de fotones a la que las elfas nocturnas estaban acostumbradas en las profundidades de sus ciudadelas. Era una "luz negra", una paradoja visual que quemaba la retina con un resplandor de vacío. El aire, antes saturado por el olor a ozono y sangre, se volvió súbitamente neutro, despojado de toda partícula, como si el pasaje estuviera succionando la realidad misma hacia un embudo de nada absoluta.

Lyraka cayó de bruces, sus manos arañando el cristal del suelo que empezaba a disolverse bajo el influjo de su propia melodía. Sus cuernos de amatista, antes radiantes, estaban ahora opacos, cubiertos por una fina capa de hollín interdimensional.

—Lo... lo logramos —jadeó Lyraka, intentando enfocar la vista. Sus ojos, inyectados en sangre por el esfuerzo, solo veían manchas de ese resplandor oscuro—. Xylia, dime que no he roto el universo. Dime que queda algo por donde caminar.

Xylia Brook se acercó a ella, pero sus pasos eran lentos, pesados. La armadura dorada de la líder de las elfas solares ya no brillaba; el metal parecía estar absorbiendo la luz negra, volviéndose de un tono bronce envejecido y lúgubre. Ayudó a Lyraka a incorporarse, sintiendo el temblor violento en los hombros de la guerrera de las sombras.

—No has roto el universo, Lyraka —respondió Xylia, su voz cargada de un asombro que rozaba el terror—. Pero has abierto una puerta que lleva mucho tiempo cerrada por fuera. Mira... no es un pasillo. Es un puente de consciencia.

Ravenna Shadow se acercó al borde de la grieta. Su Tomo, el libro que contenía toda su sabiduría, vibraba tan fuerte contra su pecho que parecía un corazón asustado. Ella, que siempre había buscado respuestas en la lógica de los antiguos, se encontraba ahora ante una anomalía ontológica que desafiaba cualquier teorema.

—Es el Pasaje de la Desprendida —murmuró Ravenna, sus ojos fijos en la negrura vibrante—. Elowen no solo huyó; creó un "no-lugar" para esconderse. Lo que estamos viendo es la luz negra de los sueños olvidados. Es el material del que están hechas las promesas que nunca se cumplieron. Por eso brilla así... brilla con el hambre de lo que pudo ser y no fue.

En el centro del umbral, Shapira permanecía inmóvil. Ya no parecía una elfa hecha de carne y hueso, sino una silueta de estática plateada. Sus cadenas de hierro negro flotaban a su alrededor como serpientes en trance, extendiéndose hacia el interior de la luz negra. Shapira era el ancla, la mudez que permitía que la canción de Lyraka no se disipara.

De repente, la luz negra comenzó a ondular. No era un viento físico lo que soplaba desde el interior, sino una marea de recuerdos ajenos. El pasaje comenzó a proyectar imágenes en las paredes del Vórtice, como una linterna mágica desquiciada.

—¿Ven eso? —preguntó Lyraka, señalando una de las sombras que se desprendía de la grieta—. Es... es la Gran Catedral de Malakor. Pero no está en ruinas. Está siendo construida.

—Y miren allí —Xylia señaló en dirección opuesta—. Es mi linaje. Aethelgard Brook entregando la espada original. Pero... no se la está entregando a un caballero. Se la está entregando a una sombra que no tiene rostro.

El horror de la revelación comenzó a calar en ellas. El pasaje no solo era un camino; era una herida en el tiempo que estaba supurando la verdad oculta tras las leyendas de sus respectivos pueblos. Se dieron cuenta de que la historia que les habían enseñado era una máscara, una comedia escrita por ganadores que en realidad eran traidores.

—Estamos entrando en el registro de las deudas —dijo Ravenna, su voz temblando por la epifanía—. La luz negra es el archivo de todo lo que los Reyes de Luz y Sombra intentaron borrar. Cada asesinato "necesario", cada pacto secreto, cada traición a la sangre... todo está aquí, alimentando este pasaje.

Shapira hizo un gesto. No necesitó voz; sus cadenas golpearon el suelo con un ritmo preciso: *Tres golpes largos, uno corto.* El código de las Guardianas. *Peligro inminente. Avance necesario.*

—Ella tiene razón —dijo Xylia, recuperando parte de su porte de líder, aunque sus ojos estaban llenos de una tristeza infinita—. Si nos quedamos aquí admirando el desastre, el pasaje se cerrará y nos atrapará en este limbo. Tenemos que cruzar. Tenemos que caminar por esa luz negra y enfrentar lo que sea que Elowen dejó atrás.

—¿Y si lo que hay al otro lado nos destruye? —preguntó Lyraka, mirando a Shapira, cuya forma se volvía más borrosa a cada segundo—. ¿Y si el precio de Shapira fue solo el principio?

Xylia tomó la mano de Lyraka. Luego, con la otra, agarró el brazo de Ravenna.

—Entonces seremos destruidas juntas. Pero no moriremos como herramientas de nuestros reyes. Moriremos como dueñas de nuestra propia tragedia.

Se acercaron al umbral. Al poner el primer pie sobre la luz negra, la sensación no fue la de pisar tierra, sino la de sumergirse en una memoria colectiva. El frío era absoluto, un frío que no atacaba la piel, sino que intentaba congelar el concepto mismo del "yo".

Dentro del pasaje, el espacio se distorsionó. Ya no estaban en la Ciudad de Espejos. Estaban en un corredor infinito hecho de ecos y fragmentos de espejos rotos. A los lados, figuras veladas empezaron a emerger de las paredes. Eran las sombras del pasado, los espíritus de aquellos cuyos nombres estaban escritos en la sangre que habían visto antes.

—No nos miren —suplicó Ravenna, cubriéndose los ojos—. Puedo sentir sus pensamientos... están llenos de promesas incumplidas. Sienten que nosotras somos las que deben saldar sus cuentas.

Las figuras no tenían rostros definidos, pero sus voces —un susurro que parecía venir de todas direcciones— llenaron el pasaje.

*"Prometisteis equilibrio,"* decían las sombras. *"Prometisteis que la corona protegería a los débiles. Prometisteis que la luz no quemaría y que la sombra no ahogaría."*

Xylia sintió que el peso de su linaje la aplastaba. Cada rey de la casa Brook que había usado la "paz" como excusa para la conquista estaba allí, tirando de su capa, exigiendo que ella justificara sus pecados.

—¡Yo no soy ellos! —gritó Xylia al vacío, desenvainando su espada—. ¡Soy Xylia! ¡Soy la que ha renunciado a su trono para arreglar vuestro desastre!

Pero las sombras no escuchaban razones. Se arremolinaban alrededor de las cuatro, volviéndose más densas, más tangibles. Sus dedos de ceniza rozaban la piel de las elfas, dejando marcas de escarcha negra.

Lyraka intentó usar sus dagas, pero el acero pasaba a través de las sombras sin resistencia.

—¡No podemos luchar contra esto con metal! —gritó Lyraka, protegiendo a una Ravenna que estaba al borde del colapso nervioso—. ¡Es remordimiento puro! ¡Es el peso de mil años de mentiras!

Shapira, el Eco, se interpuso entre ellas y las sombras. Sus cadenas empezaron a girar en un vórtice defensivo, pero no para golpear, sino para absorber. Shapira estaba actuando como un pararrayos emocional, atrayendo hacia su propio ser el dolor de las sombras para que las demás pudieran seguir avanzando.

—Shapira, ¡detente! —pidió Xylia, viendo cómo la silueta de su amiga empezaba a agrietarse bajo la presión—. ¡Te va a consumir!

Shapira no se detuvo. Sus ojos blancos brillaron con una determinación feroz. Con un gesto imperioso, señaló hacia el fondo del pasaje, donde una luz distinta, una luz de color gris ceniza, empezaba a asomar. Era el final del corredor.

Caminaron a través del tormento, con Shapira absorbiendo los gritos de los muertos y Lyraka sosteniendo la voluntad de Xylia. Ravenna, con los ojos cerrados, recitaba salmos de protección que ya no creía, pero que servían como un mantra para mantener su mente unida.

A medida que se acercaban al final, las sombras se volvieron más frenéticas. Ya no solo susurraban; exigían. Eran las promesas de los antiguos, las deudas de sangre que nunca se pagaron, los tratados firmados en la oscuridad que ahora reclamaban su cumplimiento.

El pasaje vibró una última vez, y la luz negra se rasgó como una tela vieja. Las sombras retrocedieron, pero no desaparecieron; se quedaron en el umbral, observando con sus cuencas vacías.

Por el pasaje llegaron sombras del pasado y promesas por cumplir.

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