Bella Swan, una omega humana con un aroma que vuelve locos a vampiros y lobos, descubre que su destino no es el Edward Cullen que conocemos, sino Alice, una vampira alfa que la ha visto en sus visiones durante décadas. Edward, por su parte, encuentra en Jacob Black (un lobo omega rebelde) una pareja que desafía todas las reglas del universo sobrenatural.
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Capítulo 19: El Eclipse Alice y Bella
El cielo de Forks apenas comenzaba a aclararse, pero había algo en la luz que no correspondía a un amanecer normal. No era natural. Era el eclipse.
Los noticieros lo llamaban “el evento astronómico del siglo”: una alineación perfecta entre la luna, el sol y la tierra que teñiría el amanecer de un tono ámbar profundo, casi cobrizo, durante casi cuarenta minutos.
Pero los seres sobrenaturales sabían la verdad.
No era solo un eclipse.
Era un llamado.
Bella lo supo antes de abrir los ojos. El sueño se había vuelto pesado, denso, como si estuviera ahogándose en miel caliente. Cuando por fin abrió los párpados, la luz que se filtraba por la ventana no era plateada. Era roja. Sangrienta.
—Mierda... —susurró, y su voz sonó más ronca de lo habitual.
Alice dormía a su lado, con el pelo negro desparramado sobre la almohada como un abismo de tinta. Llevaba puesta una de las camisetas de Bella (la de la universidad de Phoenix, que le quedaba tres números más pequeño) y no tenía nada debajo. Su piel brillaba bajo la luz roja, como si estuviera recubierta de polvo de diamantes.
Bella se sentó lentamente. Su cuerpo dolía. No era un dolor de músculos por entrenar con Emmett. Era un dolor más profundo, un tirón en los ovarios, una humedad incontrolable entre sus piernas que la hacía temblar.
—Bella —dijo una voz en su cabeza. Esta vez no era un susurro. Era un rugido era su loba interior—. Estás en celo.
—No puede ser —murmuró Bella, tocándose el vientre—. Alice dijo que faltaban por lo menos tres días.
—El eclipse lo acelera todo —dijo Alice, sin abrir los ojos—. La luna roja está haciendo que todas las omegas entren en celo a la vez. Es un desastre.
Bella se giró. Alice la estaba mirando, con los ojos dorados brillando como ascuas.
—¿Cuánto tiempo llevas despierta?
—Toda la noche. Estaba viendo el futuro. Es... un caos. Veo a Jacob corriendo por el bosque con la cola erizada. Veo a Edward rompiendo puertas. Veo a Rosalie y Leah teniendo relaciones contra un árbol hasta que la corteza se desprende.
—¿Y yo?
Alice se sentó lentamente, dejando que la sábana se deslizara hasta su cintura. Sus pechos eran pequeños y perfectos, con pezones oscuros y erectos.
—Tú eres el epicentro de todo. Veo tu aroma extendiéndose por Forks entero como un veneno dulce. Veo a los vampiros cayendo de rodillas. Veo a los lobos aullando tu nombre.
Bella sintió un escalofrío. No era de miedo. Era de deseo.
—Tengo que ir al baño.
—No te vayas.
—Alice, necesito...
—No te vayas —repitió Alice, y esta vez su voz tenía un filo de mando alfa—. Te necesito aquí.
Bella obedeció. No quería hacerlo. Su cuerpo quería obedecer, y eso la aterrorizaba.
Alice se acercó lentamente. Sus manos frías se posaron en los hombros de Bella, y la piel de esta se erizó como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
—Cuando estás cerca… es como si el aire cambiara —dijo Alice en voz baja, casi ronca—. Me recuerdas a una tormenta a punto de estallar… algo que promete y asusta al mismo tiempo.
Bella tragó saliva, sin apartar la mirada.
—Y tú… —susurró—. Tus feromonas… tienen un aroma dulce, como canela, pero con una chispa que se siente peligrosa demasiado cerca. Como algo que sé que no debería querer… y aun así no puedo dejar de buscar.
Alice la besó.
No fue un beso suave. Fue un beso de hambre. Sus labios fríos se movieron con una urgencia que Bella no había sentido antes, mordiendo, lamiendo, saboreando como si estuviera tratando de memorizar cada milímetro de su boca. Bella respondió con la misma intensidad, y por un momento, el mundo se redujo a sus labios, a sus lenguas, a sus dientes chocando en una danza salvaje.
—Dios, Bella… —murmuró Alice contra sus labios, con la voz profunda, casi sin aire—. Contigo todo se vuelve imposible de ignorar.
Bella cerró los ojos un segundo, como si intentara sostener ese instante, como si temiera que desapareciera.
—Y tú… —susurró, apenas audible— eres lo único que me desarma así… lo único que no quiero dejar, aunque me consuma.
Sus manos se enredaron en el cabello de Alice, tirando de ella con una necesidad contenida, acercándola más, como si la distancia fuera algo que ya no podía permitirse.
Alice la empujó suavemente hacia atrás, hasta que Bella quedó tumbada en la cama. La vampira se montó sobre ella, con las rodillas a ambos lados de su cintura, y la luz roja del eclipse perfiló su cuerpo como una silueta de sangre.
—Voy a hacerte mía —dijo Alice, y su voz era baja, cargada de una promesa que no dejaba espacio a dudas—. Voy a dejar una marca que no vas a poder ignorar… voy a llenarte de mí hasta que no recuerdes cómo era estar sin mí,sin mis besos.
Se inclinó apenas más, rozando sus labios.
—Y voy a hacer que digas mi nombre… tantas veces que termine siendo lo único que recuerdas cuando todo lo demás desaparezca.
Bella no pudo responder. Alice ya la estaba besando de nuevo, y esta vez sus manos recorrían su cuerpo con una autoridad que la dejaba sin aliento. Sus dedos fríos se deslizaron bajo la camiseta de Bella, encontrando sus pechos, sus pezones ya duros y ansiosos.
—Alice… —susurró Bella, con la voz quebrándose apenas—. Por favor…
Alice no se apartó. Al contrario, se inclinó más cerca, lo suficiente para que su aliento rozara su piel.
—¿Por favor qué? —murmuró, con un tono bajo, firme—. ¿Que me detenga… o que no lo haga?
Bella negó suavemente, sin poder sostenerle la mirada por mucho tiempo.
—No… no te detengas —pidió, casi sin aire, como si cada palabra le costara—. No ahora.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente, acercándose a ella de forma instintiva, buscando ese contacto que ya no sabía cómo negar.
Alice sonrió apenas, una sonrisa lenta, cargada de intención, de alguien que ya sabía la respuesta antes de hacer la pregunta.
—Tus palabras son órdenes, mi reina —susurró contra su piel—. Porque ni siquiera tenía pensado hacerlo.
Y entonces, Alice hizo algo que Bella no esperaba.
Bajó una mano hasta su propia entrepierna, y Bella sintió una presión firme y caliente contra su muslo.Se quedó sin aliento.No necesitó mirar para entenderlo… pero aun así lo sintió crecer, endureciéndose contra ella bajo la luz roja del eclipse, imposible de ignorar.
—¿Qué…? —balbuceó Bella, con los ojos abiertos, sin saber si retroceder o acercarse más—. ¿Cómo es posible?
—¿Qué...? —balbuceó Bella, y sus ojos se abrieron como platos—. ¿Cómo es posible?
—Soy alfa —murmuró Alice, con la voz baja y cargada de intención—. Tenemos lo necesario para reclamar a nuestras parejas. Es parte de lo que somos.
Bella tragó saliva, todavía procesando, pero su cuerpo reaccionó antes que su mente. Su mano se movió casi por instinto, rozando esa dureza con una timidez que contrastaba con el calor que la recorría.
—No sabía… —susurró, con la respiración inestable—. Es… caliente.
Alice no se apartó. Al contrario, se inclinó apenas más cerca.—Todo eso es para ti —dijo en voz baja, casi contra sus labios—. Solo para ti mi reina
Bella lo rodeó con la mano, sintiendo el pulso firme y acelerado bajo su piel. El contacto la hizo estremecerse; era más intenso de lo que había imaginado, una presencia viva, cálida, que respondía a cada mínimo movimiento.
—Alice… —murmuró, con la voz quebrada, apenas sosteniéndose—. Yo…
—Shhh —la interrumpió Alice, inclinándose más cerca, con esa calma peligrosa que siempre la desarmaba—. Sé lo que necesitas.
No era una pregunta.
Era una certeza.
Y Bella sintió cómo esas palabras la atravesaban por completo.
Continuará 🔥