A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 20
Capítulo 20
Encuentro en el club
Nox ocupaba una esquina privilegiada de Polanco y brillaba como si quisiera competir con todos los pecados de la ciudad.
Luces doradas, pantallas enormes, música que se sentía en las costillas y una entrada donde nadie parecía esperar fila porque todos conocían a alguien o fingían conocerlo. Era mi primera vez en un club así, y entré con una mezcla vergonzosa de curiosidad y cautela.
Yo había visto clubes desde afuera muchas veces por trabajo. Esperas de madrugada, actores saliendo con lentes oscuros, influencers fingiendo sorpresa al encontrar cámaras, empresarios demasiado casados abrazando cinturas demasiado jóvenes. Pero entrar como invitada era distinto. Desde dentro, el lugar no parecía noticia: parecía un organismo vivo, caliente, brillante, alimentado por alcohol, deseo y secretos.
Santiago caminaba a mi lado sin mirar alrededor. El personal lo saludaba con discreción. Eso me recordó que, en su mundo, incluso los lugares de exceso tenían jerarquías claras.
Ximena apareció con una botella naranja de vino espumoso en la mano.
Esa noche no parecía la diseñadora elegante de Lido sino la dueña natural del caos: vestido azul eléctrico pegado al cuerpo, labios intensos, cabello suelto y una seguridad que hacía que hombres y mujeres voltearan por igual.
Me miró de arriba abajo.
—Santiago, ¿qué hiciste? ¿La trajiste a mi club vestida de primera comunión rebelde?
—Oiga —protesté—. Me esforcé.
—Se nota. Eso me preocupa.
Santiago se sentó sin defenderme.
—Traje lo que había.
—Gracias por la ternura —dije.
Ximena se rió y se dejó caer a mi lado. Yo, junto a ella, me sentí como fruta verde al lado de una copa de licor caro.
—Relájate, Valeria. Aquí nadie toca lo que no debe.
Antes de que pudiera preguntar qué significaba eso, me rodeó los hombros con un brazo. Me acerqué rígida.
—Ximena, yo no...
Ella bajó la cabeza y me dejó un beso firme en el hueco del hombro, justo donde el vestido negro dejaba piel.
Me quedé tiesa.
—¿Qué fue eso?
Ximena levantó la cara, labios rojos intactos y sonrisa de bruja hermosa.
—Un sello. En este lugar, si llevas mi marca, nadie se acerca sin permiso.
Miré la huella de labial en mi piel.
—¿Y si se borra?
Ximena miró a Santiago.
—Entonces quien la borre se hace responsable.
Por instinto miré también a Santiago.
Nuestros ojos se encontraron.
Algo en su mirada se oscureció.
De pronto se levantó.
—¿A dónde va? —pregunté, demasiado rápido.
—A hablar con alguien.
Ximena arqueó una ceja.
—Mira nada más. Te preocupa que te deje conmigo.
—No me preocupa. Solo... este lugar es grande.
—Y yo no soy persona, claro.
Me tapé la cara.
—No quise decir eso.
Ella soltó una carcajada.
Cuando Santiago se alejó, Ximena se inclinó hacia mí.
—Santiago cambió de gusto. Antes no traía niñas con cara de “no sé si debo rezar o bailar”.
—Tengo veintiséis.
—Eso confirma mi punto.
Le di un trago a lo que pensé que era refresco y casi me quemé la garganta.
—¿Esto tiene alcohol?
—Todo aquí tiene alcohol, corazón.
Tosí.
Ximena me palmeó la espalda, divertida.
—Por cierto, ¿los vestidos sobrevivieron?
—¿Cuáles vestidos?
—El azul y el vino.
—Compré el azul. El vino no.
Ximena parpadeó.
—Ah, cierto. Tú no lo compraste.
La miré.
—¿Qué quiere decir?
Ella sonrió con malicia.
—Santiago volvió por el vestido vino después. Y encargó otro igual, a medida.
Sentí que el alcohol me subía directo a la cabeza.
—¿Para qué?
—No sé. Pero tengo imaginación.
—No.
—Sí.
—No diga cosas.
—Yo solo digo que algunos hombres tienen gustos muy específicos. Ese vestido se vería espectacular si alguien quisiera quitártelo con poca paciencia.
Me atraganté con aire.
—Ximena.
—¿Qué? Tú preguntaste.
—No pregunté eso.
—Preguntaste para qué. Yo ofrecí posibilidades creativas.
—Su creatividad debería tener licencia.
—La tiene. Se llama Nox.
Me tapé la cara con ambas manos. Ximena era imposible: demasiado sensual, demasiado directa, demasiado cómoda con cosas que a mí me convertían en estatua. También entendí por qué Santiago confiaba en ella. Bajo la burla había una atención muy precisa. Sabía leer incomodidades, deseos, peligros.
—Tranquila —dijo, más suave—. Santiago no hace nada que no quiera hacer. Si compró ese vestido, alguna razón tiene.
—Eso no me tranquiliza.
—No era mi intención.
Mi mente, que debería haber estado ocupada en divorcios, escándalos y supervivencia social, decidió ofrecerme una imagen totalmente inapropiada de Santiago, el vestido vino y sus manos.
Tomé otro trago para apagar el pensamiento.
Error.
El líquido bajó como fuego.
—Eso no era agua —tosí.
Ximena me miró como si acabara de decir que el mar estaba mojado.
—Claro que no.
—Debió advertirme.
—Estás en un club, Valeria.
—Soy nueva en esta parte de la decadencia.
Ella se rio y me quitó el vaso.
—Entonces ve al baño, mójate la nuca y vuelve antes de que Santiago note que te puse nerviosa.
—Él no me pone nerviosa.
Ximena solo alzó las cejas.
La odié por tener razón.
—Necesito el baño —dije, levantándome.
—No te pierdas.
Atravesé la pista entre cuerpos que bailaban demasiado cerca. Parejas pegadas, risas calientes, perfumes intensos, música golpeando el suelo. Me sentía torpe y ligeramente mareada.
En el baño, me incliné sobre el lavabo, esperando vomitar.
No salió nada.
Solo ardor, vergüenza y la certeza de que si bebía otra cosa terminaría confesándole a alguien que había soñado con Santiago.
Entonces escuché un gemido.
Al principio pensé que era la música. Luego volvió a sonar, más claro, desde uno de los cubículos grandes del fondo.
Me quedé inmóvil.
No.
No iba a mirar.
Yo era una adulta responsable.
Una periodista, además. La curiosidad profesional no contaba como morbo.
Di un paso.
Luego otro.
La puerta no estaba bien cerrada. Por la rendija vi la espalda ancha de un hombre moviéndose con intensidad. Una pierna femenina, blanca y delgada, descansaba sobre su hombro. En el piso había un zapato rojo.
Me tapé la boca con una mano.
La periodista en mí empezó a ordenar datos sin permiso: ubicación, hora, posible identidad, estado de la puerta, riesgo de ser vista. La mujer común, en cambio, quería evaporarse. Había intimidades que una no debía presenciar ni aunque el mundo insistiera en ponerlas frente a sus ojos.
Pero ese zapato rojo me sonaba.
No podía ubicarlo. O no quería.
La música del pasillo golpeaba la puerta del baño como un corazón ajeno. Yo debería haber salido. De verdad. Cualquier mujer con sentido común habría dado media vuelta, se habría lavado las manos y habría fingido no escuchar nada.
Pero entonces la mujer soltó una risa ronca.
Y esa risa sí la conocía.
Me quedé clavada frente a la puerta. La razón me decía que no podía ser. Camila acababa de quedar expuesta en una recepción familiar; Diego la había dejado mal parada; Teresa la había humillado. ¿Qué hacía en Nox, con otro hombre, la misma noche o casi la misma noche en que su relación con Diego ardía?
Pero Camila no actuaba desde la lógica. Actuaba desde el hambre, desde el miedo a perderlo todo, desde esa necesidad desesperada de comprobar que todavía podía provocar deseo aunque el mundo la llamara desechable.
Yo conocía esa clase de impulso lo suficiente para temerle.
Saqué el celular sin desbloquearlo todavía. El pulgar me quedó suspendido sobre la pantalla. Si abría la cámara, cruzaba una línea. Si no la abría, quizá perdía una prueba que podía liberarme de muchas mentiras.
Pensé en Santiago esperándome afuera, o tal vez hablando con alguien, ignorando que yo estaba a punto de meterme en otro desastre. Pensé en Carmen diciéndome que no actuara por impulso. Pensé en Diego llamándome su esposa solo para impedir que yo fuera libre.
Luego pensé en Camila, en su mano levantada contra mi cara, en la foto que me mandó para romperme el matrimonio, en cómo lloró frente a Diego no por culpa sino por miedo a perder su lugar.
Mi pulgar desbloqueó el celular.
La cámara se abrió.
Respiré por la boca, lo más silenciosamente posible.
La pantalla iluminó mis dedos. Me odié por estar temblando. No era miedo a Camila, no exactamente. Era la sensación de estar a punto de convertirme en alguien capaz de guardar un momento íntimo como arma. Pero esa guerra no la había empezado yo, y la decencia unilateral era un lujo que ya no podía pagar.
Me prometí que, si lo usaba, sería solo para defenderme. No para humillarla por placer. Esa promesa quizá era débil, pero era lo único que me separaba de la gente que había usado mi propia vida como espectáculo.
Con esa promesa temblando más que mi mano, empecé a grabar de verdad.
Ya no había marcha atrás, y lo supe antes de tocar el botón rojo.
La puerta crujió apenas bajo mis dedos.
Me quedé inmóvil, contando respiraciones ajenas.
Sentí que la cara se me incendiaba.
Cerré la puerta con cuidado y retrocedí.
No era mi asunto. Definitivamente no.
Entonces la voz del hombre, ronca y entrecortada, dijo:
—Camila, eres una maldita...
Me quedé helada.