Esta vez, tratare de darles algunas ideas al final de cada capítulos espero que mi regreso y estas nueva novela les guste, ya que estuve ausente por temas personales y médicos, un abrazo y un saludo a todas mis seguidoras...
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20
La noche había caído sobre el Imperio del Sol.
Después de aquel inesperado encuentro en el pueblo, Valek aceptó permanecer unas horas dentro del palacio antes de regresar al Imperio Oscuro. Nadie discutió su decisión; incluso Sebastián Astor comprendía que aquellos dos necesitaban un momento a solas después de tantas semanas separados.
La habitación permanecía en silencio.
Solo la luz de la luna se filtraba por el enorme ventanal.
Valery terminó de cerrar la puerta y, al girarse, encontró a Valek observándola fijamente.
Durante unos segundos ninguno dijo una palabra.
No hacía falta.
La distancia de aquellas semanas desapareció en cuanto él se acercó y tomó suavemente sus manos.
—Te extrañé más de lo que imaginaba.
Valery sonrió.
—Yo también.
Valek acarició su mejilla con el dorso de la mano.
—Pensé que soportaría mejor estar lejos de ti.
—¿Y lo hiciste?
El emperador soltó una pequeña risa.
—No.
La respuesta hizo reír a Valery.
Apoyó la frente sobre el pecho de su esposo y cerró los ojos mientras él la rodeaba con los brazos.
Por un momento olvidaron las guerras, los enemigos y los imperios.
Solo existían ellos.
Valek respiró profundamente.
Entonces frunció ligeramente el ceño.
Había algo diferente.
Se apartó apenas unos centímetros para volver a mirarla.
—¿Qué ocurre? —preguntó Valery.
Él volvió a inhalar con discreción.
Su aroma...
Era distinto.
Seguía siendo el mismo que conocía, pero ahora había algo más.
Algo nuevo.
Más cálido.
Más intenso.
Como si una segunda esencia acompañara a la de Valery.
—Hueles diferente.
Ella lo miró confundida.
—¿Diferente?
Valek asintió lentamente.
—No sé cómo explicarlo...
Se inclinó un poco más hacia ella.
—Tu aroma es más fuerte que antes.
Valery sonrió divertida.
—Tal vez sea porque llevo varios días usando las flores aromáticas que cultivan aquí.
El emperador negó con suavidad.
—No.
No son flores.
Es otra cosa...
Pero no logró comprender qué era.
Sacudió ligeramente la cabeza y volvió a sonreír.
—Supongo que estoy imaginando cosas.
Valery tomó su mano.
—Has estado demasiado tiempo sin descansar.
Eso también afecta a los demonios, ¿no?
Valek soltó una leve risa.
—Parece que mi esposa ya aprendió a burlarse de mí.
—Solo un poquito.
Ambos volvieron a abrazarse.
En el jardín del palacio, la pequeña ninfa observaba la ventana de la habitación imperial.
Varias hadas descendieron hasta las ramas del árbol donde ella permanecía.
—¿También lo sentiste? —preguntó una de ellas.
La ninfa asintió lentamente.
—Cada día es más evidente.
Otra hada llevó una mano a su pecho.
—La vida crece con fuerza.
La anciana ninfa tenía razón.
La pequeña guardó silencio unos instantes.
—Todavía nadie debe saberlo.
Las hadas estuvieron de acuerdo.
—Ni siquiera la emperatriz.
—Aún no.
La ninfa levantó la mirada hacia la luna.
—Cuando llegue el momento...
La propia naturaleza será quien se lo revele.
Muy lejos de allí, en las ruinas de una antigua fortaleza.
Un hombre de cabello negro observaba las llamas de una enorme hoguera.
Sus ojos rojos se abrieron lentamente al sentir una presencia.
—Así que sigues vivo.
Una figura salió de entre las sombras.
Vestía ropas oscuras y una sonrisa burlona.
—Hace mucho que no nos vemos, primo.
Draven.
Valek permaneció completamente inmóvil.
—Pensé que seguirías escondiéndote.
Draven comenzó a caminar a su alrededor.
—No tenía motivos para aparecer...
Hasta que decidiste convertir a una humana en emperatriz.
Sonrió con desprecio.
—Has deshonrado nuestra sangre.
Valek lo observó sin cambiar la expresión.
—Si viniste solo para hablar...
Estás perdiendo el tiempo.
Draven soltó una carcajada.
—No.
Vine para avisarte que esto apenas comienza.
La próxima vez...
No iré por tu imperio.
Iré por aquello que más amas.
Antes de que Valek pudiera responder, el demonio desapareció entre las sombras.
El emperador apretó los puños.
Ya no podía seguir lejos.
Debía regresar inmediatamente.
Antes del amanecer.
Valek volvió a la habitación de Valery.
Ella aún dormía.
Se acercó con cuidado y apartó un mechón de cabello de su rostro.
—Perdóname...
Susurró.
—Tengo que irme otra vez.
Depositó un beso sobre su frente.
Cuando salió de la habitación, la pequeña ninfa ya lo esperaba.
Ambos cruzaron una mirada.
—Cuídela.
Pidió el emperador.
La ninfa inclinó la cabeza.
—Aunque me cueste la vida.
Valek desapareció envuelto en la oscuridad.
Aquella misma tarde.
Valery decidió caminar unos minutos por los jardines interiores.
Los guardias permanecían cerca.
La ninfa también.
Todo parecía tranquilo.
Hasta que el viento cambió.
La ninfa levantó la cabeza de golpe.
—No...
Era él.
Julián.
El ogro apareció sobre uno de los muros con una enorme sonrisa.
—Ahora sí estamos solos.
Los soldados corrieron hacia él.
Pero Julián los derribó con facilidad.
Avanzó directamente hacia Valery.
—Esta vez nadie podrá quitárteme.
Valery retrocedió.
El miedo volvió a apoderarse de ella.
Julián extendió la mano dispuesto a sujetarla.
En ese instante...
Un extraño calor recorrió el cuerpo de Valery.
Llevó una mano a su vientre por instinto.
Algo latía.
No era dolor.
Era una sensación cálida y protectora.
La tierra comenzó a vibrar.
El aire se volvió completamente silencioso.
Las hadas aparecieron de inmediato.
La ninfa abrió los ojos con sorpresa.
—No puede ser...
Julián también se detuvo.
Por primera vez...
Sintió miedo.
Una intensa luz dorada brotó alrededor de Valery.
No nacía de sus manos.
Ni de algún hechizo.
Parecía surgir desde lo más profundo de ella.
La luz envolvió al ogro.
Julián lanzó un grito desgarrador mientras intentaba escapar.
Su cuerpo comenzó a resquebrajarse como una roca golpeada por un rayo.
—¡¿Qué eres...?!
Fue lo último que alcanzó a decir.
Un destello iluminó todo el jardín.
Cuando la luz desapareció...
No quedaba rastro del ogro.
Solo un profundo silencio.
Valery cayó de rodillas, completamente desconcertada.
Miró sus propias manos.
—¿Qué... qué fue eso?
Las hadas descendieron lentamente a su alrededor.
Ninguna respondió.
Pero todas dirigieron la mirada hacia el vientre de la emperatriz con una mezcla de respeto y asombro.
La anciana ninfa había tenido razón desde el principio.
La vida que protegían acababa de defender, por primera vez, a su propia madre.