"Luna murió en las calles para que Rose pudiera reinar en las sombras."
Mi madre me llamó Luna Mongoberry al nacer, esperando quizás que fuera una luz suave en medio de la miseria. Pero la luz no te alimenta cuando tienes hambre, ni te protege cuando el mundo decide convertir tu vida en un infierno. Mi infancia no fue un cuento; fue una guerra de supervivencia que consumió cada rastro de nobleza y amabilidad que alguna vez tuve.
Decidí dejar atrás a la niña débil. Me convertí en Rose Mongoberry, conservando el apellido que es sagrado para mí porque le perteneció a ella, pero transformando mi alma en algo mucho más letal. Rose tiene espinas, Rose quema, y Rose no perdona.
En el mundo de la mafia, donde los hombres creen que las mujeres son solo trofeos, yo he venido a demostrar que soy el verdugo.
Bienvenidos a mi reino. Aquí, las rosas no huelen a perfume; huelen a pólvora y victoria.
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Capítulo 19: La Copa de la Reina
Dejé a Pedro en la oscuridad de la bodega, con el eco de sus propios gritos y el vacío en el estómago.
—¿Hambre, Pedrito? —le solté antes de cerrar—. Acuérdate de cuando dejabas a Luna semanas enteras sin probar bocado. Qué lástima que ella ya no esté para traerte ni un mendrugo de pan.
Cerré con candado, disfrutando del sonido del metal chocando. Al salir, el Pistolero me miró con una mezcla de respeto y asombro.
—Reina, de verdad tienes sangre de matadora.
—Gracias —respondí con una sencillez que hasta a mí me asustaba—. Solo estoy devolviendo favores.
Pero no hubo tiempo para más celebraciones privadas. El Viejo había llamado: teníamos una misión. Corrí a ducharme, necesitando quitarme el rastro del sudor y la sangre asquerosa de Pedro. Al salir, nos dirigimos al bar, aquel lugar donde todo empezó. El Pistolero sugirió entrar por atrás para evitar a Ana; no quería escenas innecesarias.
Entramos a la habitación del fondo, el lugar donde se sellaban los destinos. Allí estaba la dueña. Al verme, sus ojos se abrieron como platos.
—¿Cómo estás...? —iba a decir mi nombre, pero la interrumpí.
—Reina. Mi nombre es Reina ahora —le dije con una sonrisa gélida.
—Vaya... cómo has cambiado —murmuró ella, dándome paso.
La escena era la de siempre: un deudor, golpes y el Viejo exigiendo lo suyo. El hombre, en un acto de valentía o estupidez, le escupió la cara al Viejo. El Pistolero lo mandó al suelo de una patada y el Viejo dio la orden definitiva: "Mátenlo".
—Reina —dijo el Pistolero, extendiéndome el arma—, ¿nos haces el honor en tu primer trabajo oficial?
El Viejo me miró de reojo, dudando. Nunca me había visto apretar un gatillo. No dudé. Saqué el arma, apunté y el estruendo del disparo llenó la sala. Me volví a colocar al lado del Viejo, impasible, como si hubiera espantado una mosca.
—Impresionante —susurró el Viejo—. Realmente impresionante.
La dueña del bar, aún en shock, preguntó en qué me había convertido. Yo solo le ofrecí una sonrisa maliciosa. Salimos de allí y, por primera vez, el Viejo reconoció mi jerarquía: ahora el Tumba, el Pistolero y yo éramos un equipo inseparable, viajando en su misma camioneta.
Sería una buena jefa, pensé mientras miraba por la ventana. En eso me convertiré.
Llegamos a la mansión para un almuerzo de celebración. En la mesa, frente a mí, una copa de champaña.
—Aún no estoy apta para tomar —dije, mirando las burbujas.
—Pruébala —insistió el Viejo—. Aquí ya no hay ninguna niña sentada. Tú misma lo has dicho.
Le di un sorbo. El sabor era dulce, sofisticado, peligroso. Me gustó. El Pistolero bromeó diciendo que pronto me verían fumando, pero le aseguré que eso no pasaría. Pedí una segunda copa; se había convertido en mi bebida favorita, la bebida de mi nueva vida.
Más tarde, el Viejo me llamó a solas a su oficina.
—Me tienes muy sorprendido, Reina. Espero que sigas creciendo así cada día.
—No se equivocó conmigo, señor. Gracias por confiar.
Al caer la noche, regresamos a casa. Me refugié en mi habitación, pero esta vez no fui directo a la urna de mi madre. Me di un baño largo, me puse ropa cómoda y me acosté con un libro en las manos. Mientras pasaba las páginas, una idea empezó a dar vueltas en mi cabeza: seguir estudiando. No porque quisiera una vida normal, sino porque para ejecutar los planes que tenía en mente, necesitaba ser la más inteligente de todos.
Nadie se imaginaba lo que "La Reina" estaba planeando bajo esa apariencia de chica de 17 años.