En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.
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Capítulo 12
Atraeus presionó la hoja lo justo para que una gota de sangre brotara y se deslizara por el cuello de la camisa de seda del secretario.
—No tengo tiempo para tu lealtad mal pagada. Dame el papel o tu cuerpo será encontrado mañana en los muelles de sal, y tu familia en el norte descubrirá lo que es la verdadera miseria.
Temblando, Pytor extrajo un pergamino oculto en el forro de su túnica. Atraeus lo arrebató y lo leyó rápidamente bajo la luz de una vela de sebo. Sus ojos se oscurecieron. No era solo un acuerdo comercial; era un contrato matrimonial arreglado entre los herederos de ambas casas para consolidar su poder y desafiar directamente la autoridad del Rey.
—Vete —dijo Atraeus, soltándolo—. Si mencionas este encuentro, sabré dónde encontrarte.
Salió de la bodega, pero en lugar de regresar al salón, se dirigió a una pequeña antecámara privada que sabía que Thera usaría como punto de reunión. Ella ya estaba allí, jadeando levemente, con el cabello un poco desordenado y una expresión de triunfo en el rostro.
—Voran es más aburrido de lo que pensaba —dijo ella, ajustándose el corpiño de oro—. Pero logré que me confesara que mañana se reúnen en la finca de los Varyn para firmar los anexos. ¿Qué encontraste tú?
Atraeus extendió el pergamino sobre una mesa de lectura.
—Algo mucho peor. Un matrimonio arreglado que unirá sus linajes. Si eso sucede, la corona es irrelevante. Pero mira esto, Thera... el contrato menciona una cláusula de "limpieza". Planean eliminar a Lord Kaelen ellos mismos si él se interpone en sus planes legales.
—Entonces el "Encargo del Cuervo" no fue una coincidencia —dedujo Thera, acercándose a él—. Alguien en esta corte sabía de esta alianza y quería que nosotros hiciéramos el trabajo sucio de Voran y Varyn. Nos han estado usando, Atraeus.
Atraeus sintió una furia fría quemando en su pecho. Ser usado era la única cosa que no toleraba. Se acercó a Thera, atrapándola entre la mesa y su cuerpo. La tensión en la habitación se volvió sofocante, una mezcla de rabia política y una necesidad carnal que siempre surgía cuando se sentían acorralados por el destino.
—Nadie me usa —gruñó él, sus manos subiendo por los muslos de Thera, apartando las capas de seda y oro—. Si Voran y Varyn creen que pueden jugar conmigo, les enseñaré que yo soy el que reparte las cartas.
Thera rodeó su cuello con los brazos, atrayéndolo hacia un beso que sabía a hierro y a ambición.
—Demuéstralo —desafió ella entre jadeos—. Demuéstrame que eres el hombre que puede quemar sus contratos y sus vidas sin parpadear.
En la penumbra de la antecámara, mientras el eco de la música del banquete llegaba amortiguado a través de las paredes, Atraeus la tomó con una intensidad devastadora. No fue un acto de amor, sino una reafirmación de su poder compartido. Sobre la mesa donde descansaba el pergamino de la traición, sus cuerpos se unieron en un choque de voluntades. Atraeus buscaba en ella el ancla que su propia mente analítica no podía darle, mientras Thera se alimentaba de la fuerza bruta y la inteligencia oscura de él.
Sus movimientos eran rítmicos y urgentes, marcados por la necesidad de sentir algo real en un mundo de espejos y mentiras. Cada gemido de Thera era un incentivo para Atraeus, quien la poseía con una ferocidad que parecía querer marcarla para siempre, para asegurarse de que, en la red que estaban tejiendo, ella nunca se convirtiera en una de las arañas que intentara morderlo a él.
—Eres mía en esta sombra, Thera —susurró él al oído, su aliento caliente contra su piel—. Y yo soy el único que te conoce bajo el oro.
—Y tú eres mío en esta traición —respondió ella, apretándolo contra sí mientras el clímax los alcanzaba, una explosión de sensaciones que los dejó exhaustos y unidos por un secreto más profundo que cualquier contrato.
Minutos después, se arreglaron las ropas con la eficiencia de soldados. Atraeus guardó el pergamino de Voran y Varyn en su jubón.
—El plan contra Kaelen sigue en pie —dijo Atraeus, su voz ahora completamente controlada—. Pero vamos a cambiar el final. No solo caerá él. Usaremos el artefacto de su hijo para implicar también a Voran en el contrabando de magia negra. Si vamos a limpiar la corte, lo haremos por completo.
—¿Y Lady Elara? —preguntó Thera, retocándose los labios.
—Ella será el ejemplo —respondió Atraeus con una sonrisa cruel—. Una mujer de su posición no sobrevivirá a la vergüenza que tengo preparada para ella.
Salieron de la antecámara y regresaron al Salón de los Espejos justo cuando el Rey Helios se levantaba para dar su brindis. Nadie notó que dos de los invitados más elegantes acababan de reescribir el futuro de Vesperia en una habitación trasera.
Atraeus levantó su copa hacia Lord Voran desde la distancia, un saludo silencioso y letal. La telaraña se había expandido, pero el centro de la red ya no pertenecía a las casas nobles. Pertenecía al hombre que había nacido en las calles de sal y que ahora, finalmente, estaba empezando a saborear el dulzor de la corona.
Sin embargo, mientras observaba la opulencia a su alrededor, una sensación de inquietud no lo abandonaba. La alianza Voran-Varyn era solo la superficie. En las sombras de la corte, algo más antiguo y peligroso comenzaba a moverse, y Atraeus sospechaba que el "Encargo del Cuervo" era solo el primer graznido de una tormenta que ni siquiera él podría controlar.
—Mañana —dijo Thera, tomando su brazo—. Mañana el mundo sabrá quién es Atraeus.
—No —corrigió él, mirando su reflejo en mil espejos a la vez—. Mañana el mundo olvidará quién era yo, para empezar a temer en quién me he convertido.
El capítulo terminaba con la música alcanzando un crescendo, ocultando el sonido de los corazones que latían con planes de asesinato y gloria, mientras la telaraña de la corte se tensaba hasta el punto de ruptura.