✅️Tras ser traicionado y reducido a una sombra, el brillo de Ian se apagó. Pero Ronen, un alfa de fuerza serena, llega para ser su escudo. Entre acordes rotos y traumas del pasado, su amor incondicional será la melodía que cure al omega, devolviéndole su voz y su lugar bajo el sol.
Esto puro amor😍✅️
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Sonó como la libertad misma
El día del concierto amaneció con una atmósfera cargada de electricidad, una tensión que no solo se sentía en los nervios de Ian, sino en la misma fibra del aire que rodeaba la mansión. Ya no había rastro de la frialdad que antes habitaba esas paredes. Ahora, el aroma a eucalipto, lavanda y miel se había adueñado de cada rincón, creando un territorio sagrado donde el miedo no tenía permiso para entrar.
Ian se miraba al espejo del vestidor, pero ya no buscaba defectos ni ensayaba la sonrisa falsa que Samuel le había impuesto durante años. Sus dedos trazaron con cuidado el contorno de la gargantilla negra que planeaba usar. Al colocarla, ocultó parcialmente la marca en su cuello, aunque sabía que el esfuerzo era casi simbólico. El aroma que emanaba de esa zona inflamada y reclamada era una declaración de pertenencia tan potente que cualquier alfa en un radio de un kilómetro podía sentir la protección absoluta de un dominante sobre él.
-Estás radiante, pequeño.- Dijo Ronen, apareciendo detrás de él.
El reflejo en el espejo mostraba una imagen que Ian apenas reconocía: un omega que ya no estaba a la deriva. Ronen vestía un traje oscuro hecho a medida que resaltaba su imponente envergadura. Se veía letal, elegante y profundamente masculino. El alfa rodeó la cintura de Ian, pegando su pecho a la espalda del omega, y por un momento, el mundo exterior desapareció.
A través del vínculo, Ian pudo sentir una corriente de nerviosismo en Ronen. No era miedo al fracaso, sino una inquietud instintiva por la seguridad de su pareja. El instinto del alfa estaba erizado, sus sentidos en alerta máxima.
-Siento que algo va a pasar, Ronen.- Susurró Ian, dejando caer la cabeza hacia atrás para apoyarla en el hombro de su alfa -El vínculo está... inquieto. Siento una presión en el pecho que no es mía.-
-Lo sé. Yo también lo siento, amor mío.- Ronen besó la sien de Ian, cerrando los ojos e intentando forzar sus propias feromonas de calma para que fluyeran a través de la marca -Es mi instinto de protección. Mi alfa sabe que hoy es el día en que te reclamamos frente al mundo, y eso siempre atrae a las sombras. Pero nada ni nadie va a impedir que el mundo escuche tu voz hoy. Mis madres ya están en el teatro coordinando con la seguridad privada. Vamos, es hora.-
Salieron de la mansión bajo una escolta discreta. Ronen no quería llamar la atención innecesariamente, pero Samuel no era un hombre que jugara limpio. Sabía que en el teatro, rodeado de cámaras y de la familia de Ronen, el alfa sería invencible. El ataque, planeado con la desesperación de un hombre que lo ha perdido todo, ocurrió en el trayecto, en un paso subterráneo donde la señal de radio se perdía y la luz era escasa.
Dos furgonetas negras, sin placas, cerraron el paso a la camioneta de Ronen de forma violenta. El chirrido de los neumáticos contra el pavimento fue ensordecedor. Ian fue impulsado hacia adelante, pero el brazo de Ronen, como una barra de acero inoxidable, lo mantuvo firme en su asiento.
En ese instante, la atmósfera dentro de la cabina cambió drásticamente. El aroma a eucalipto de Ronen, usualmente refrescante y protector, se volvió ácido, metálico, cortante como una navaja. Fue la transformación inmediata de un hombre en un depredador defendiendo su compañero.
-Ian, quédate en el suelo del auto. No salgas por nada, pase lo que pase.- Ordenó Ronen. Su voz ya no tenía el tono dulce de la mañana, era una orden de mando, profunda y vibrante, que hizo que el omega de Ian obedeciera por instinto puro.
-¡Ronen, no!- Gritó Ian al ver cómo seis hombres bajaban de las furgonetas armados con porras y varas eléctricas.
Entre ellos apareció Samuel. Su aroma a tierra mojada se había vuelto una peste insoportable a podredumbre y resentimiento. Caminaba con una seguridad maníaca, creyéndose dueño de la situación.
Ronen bajó del vehículo con una lentitud aterradora. Al cerrar la puerta, el aire del túnel pareció saturarse de una presión invisible. El poder que emanaba de él era tan vasto que el cemento de las paredes parecía vibrar en respuesta a su frecuencia de alfa dominante. Samuel, protegido por sus matones, soltó una carcajada que resonó en el eco del subterráneo.
-¡Mírate, Ronen! El gran alfa dominante reducido a un perro faldero de un omega roto.- Escupió Samuel -¡Tráiganme a Ian! El contrato dice que es mío por diez años más, y si no puede cantar después de esto, al menos servirá para pagar mis deudas en el mercado negro de omegas marcados. Hay coleccionistas que pagarían fortunas por un omega con una marca de tu linaje.-
Al oír aquello, algo se rompió definitivamente dentro de Ronen. No fue un grito lo que salió de su garganta, fue un rugido gutural que no tenía nada de humano. El aroma a sol de primavera que solía rodearlo se transformó en un incendio forestal fuera de control.
Ronen no esperó a que lo atacaran. Él fue el ataque.
Ian, desde el suelo del auto, veía a través del cristal con el corazón golpeando frenéticamente. Ronen se movía con una gracia letal. El primer atacante intentó golpearlo con una vara, pero Ronen fue más rápido. Le rompió la muñeca con un movimiento seco y lo lanzó contra el lateral del túnel como si fuera un muñeco de trapo.
Cada golpe de Ronen llevaba el peso de siglos de linaje dominante y la furia de un hombre cuya familia había sido amenazada. No eran golpes de un boxeador... eran las arremetidas de una bestia protegiendo lo más sagrado que poseía. Derribó al segundo y al tercero en cuestión de segundos, sus ojos brillando en un oro cegador que parecía iluminar la penumbra del túnel.
Samuel, viendo cómo su seguridad era desmantelada con una facilidad pasmosa, entró en pánico y sacó una vara eléctrica de alto voltaje.
-¡No te acerques, animal!- Chilló Samuel, retrocediendo hacia su furgoneta.
Pero antes de que pudiera siquiera encender el dispositivo, Ronen ya estaba sobre él. La velocidad del alfa era inhumana. Lo tomó por el cuello con una sola mano, levantándolo del suelo hasta que los pies de Samuel quedaron colgando en el aire. El rostro de Samuel comenzó a tornarse púrpura mientras el aroma a cedro podrido de su miedo era sofocado por el poder absoluto del eucalipto de Ronen.
-Te advertí que no respiraras su mismo aire.- Gruñó Ronen, su voz saliendo desde lo más profundo de su pecho -Te advertí que no pusieras un pie en su vida. Estás tocando lo que es mío. Estás hablando de mi familia como si fuera mercancía.-
Ronen apretó el agarre. Sus uñas se hundieron en la piel de Samuel y su instinto le gritaba que terminara con la amenaza allí mismo, que borrara esa existencia miserable de la faz de la tierra. La oscuridad del alfa dominante estaba a punto de consumirlo por completo, de convertirlo en el monstruo que las leyes de protección omega tanto temían.
Sin embargo, en medio de ese torbellino de violencia y odio, una nota de miel suave y pura llegó a sus sentidos. A través del vínculo, Ronen sintió el ruego de Ian. No era miedo hacia él, sino una súplica por su alma: "Ronen, detente. No dejes que él te quite tu luz. No te conviertas en lo que ellos dicen. Vuelve a mí, mi alfa".
Esa conexión, ese hilo de amor incondicional, fue lo que salvó la vida de Samuel. Ronen parpadeó, recuperando la consciencia de sí mismo, y lanzó a Samuel contra el pavimento con un desprecio infinito justo cuando las sirenas de la policía empezaron a resonar en el túnel. Irina, desde el teatro, había monitoreado el GPS y llamado a las autoridades al ver la detención sospechosa.
Ronen regresó al auto jadeando, con los nudillos ensangrentados y la camisa desgarrada, pero su mirada se suavizó instantáneamente al ver a Ian. Abrió la puerta y el omega, olvidando cualquier orden de quedarse en el suelo, se lanzó a sus brazos. Ian enterró el rostro en el pecho de Ronen, inhalando el aroma de la batalla, el sudor y el eucalipto que, poco a poco, volvía a ser su sol reconfortante.
-Estoy bien, pequeño. Estoy bien. No dejé que te tocara.- Susurró Ronen, rodeándolo con sus brazos, que aún temblaban ligeramente por el remanente de adrenalina.
-Tú eres mi héroe, pero ya es suficiente.- Dijo Ian, separándose lo justo para limpiar una gota de sangre de la mejilla del alfa con su pulgar -Vámonos de aquí. Tengo un concierto que dar. Y quiero que el mundo vea que mi alfa es el hombre más valioso de la tierra, no por cómo pelea, sino por cómo ama.-
Llegaron al teatro apenas diez minutos antes de la función. El caos mediático en la puerta era absoluto, pero la seguridad de la familia de Ronen formó un pasillo humano infranqueable. Irina y Delfina los recibieron en la entrada de artistas. Al ver a su hijo en ese estado, Delfina estuvo a punto de colapsar, pero Irina, la madre alfa, solo asintió con una gravedad solemne y orgullosa.
-Cumpliste con tu deber, hijo.- Dijo Irina, poniendo una mano firme sobre el hombro ensangrentado de Ronen -Ahora, deja que él cumpla el suyo.-
Ian caminó hacia el escenario, pero antes de salir, se detuvo frente a Ronen. Con un gesto decidido, se arrancó la gargantilla negra y la dejó caer al suelo. Ya no quería esconder nada. Quería que las cámaras captaran cada marca, cada relieve de los colmillos de Ronen. Quería que el mundo entendiera que esa marca no era su prisión, sino su liberación.
-Canta para nosotros, Ian.- Susurró Ronen desde el lateral del escenario, donde se quedó de pie, como un guardián eterno.
Las luces del teatro se apagaron. El silencio fue tan denso que se podía escuchar la respiración de las miles de personas presentes. Y entonces, Ian salió a la luz. No hubo presentaciones, solo él y el micrófono. Cuando su voz se elevó, no sonó como el producto procesado que Samuel vendía. Sonó como la libertad misma.
Cerró los ojos y, a través del vínculo, envió todo su amor a Ronen. En ese momento, Ian no solo estaba cantando, estaba reclamando su lugar en el mundo, protegida por el alfa que había luchado contra monstruos para que él pudiera seguir brillando. El eclipse había terminado, y el sol de primavera era más brillante que nunca.