Susena creía vivir en un paraíso: un hogar impecable, tres hijos amados, un bebé en camino y un esposo que parecía perfecto. Pero cuando Julián muere en un trágico accidente, su mundo de cristal estalla.
Entre deudas ocultas y el descubrimiento de una impactante doble vida, Susena se queda en la calle y sin nada. Sola con sus hijos y una tía a su cargo, deberá abandonar su fragilidad para transformarse en una madre de acero. Una historia de traición y coraje donde una mujer deberá luchar contra la pobreza y el engaño para reconstruir su destino.
¿Hasta dónde llegarías para salvar a los tuyos cuando descubres que tu vida entera fue una mentira?
NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 20: Rumores y raíces
El lunes en Manhattan no se hablaba de otra cosa. Las pantallas de Times Square, los blogs de chismes de la alta sociedad y hasta los periódicos financieros mencionaban el "misterio de la Torre D'Angelo". La foto del club de tenis se había vuelto viral en cuestión de horas, pero lo que realmente estaba incendiando las redes sociales era el detalle del embarazo de Susena. Los titulares de la prensa amarillista eran cada vez más audaces y divertidos:
"¿El heredero de cristal? Fuentes aseguran que la publicista de D'Angelo espera un hijo del magnate.""¿Maximiliano D'Angelo, padre a los cincuenta? Todo indica que el 'soltero de oro' finalmente ha sentado cabeza con su empleada estrella."
En la oficina, la tensión era palpable. Susena caminaba por los pasillos sintiendo las miradas cargadas de malicia y curiosidad. Cada vez que pasaba cerca de un grupo de empleados, los susurros se detenían en seco. A ella le causaba una mezcla de indignación y una extraña diversión; era irónico que Nueva York la estuviera vinculando sentimentalmente con el hombre que realmente la estaba salvando, aunque el bebé que llevaba en su vientre fuera de Julián Sotomayor, el hombre que le había robado todo menos su dignidad.
Cerca del mediodía, Susena subió al despacho de Maximiliano para entregarle los reportes de inversión. Max estaba sentado tras su escritorio de caoba, con el ceño fruncido mientras revisaba una pila de revistas que su secretaria, la señora Gable, le había dejado sobre la mesa. Al ver entrar a Susena, su rostro se relajó por un segundo, pero antes de que pudiera decir nada, el intercomunicador de su escritorio sonó con una urgencia inusual.
—Señor D'Angelo, disculpe la interrupción —dijo la señora Gable con una voz que denotaba nerviosismo—. Tiene una llamada internacional. Son sus hijos, Sebastian y Chloe, desde París. Dicen que es urgente y que no aceptarán un 'no' por respuesta.
Maximiliano miró a Susena con una expresión de sorpresa. Sus hijos rara vez lo llamaban a la oficina, y mucho menos juntos. Susena, al captar la importancia del momento y sintiendo que su presencia allí era una intrusión en la vida privada de Max, empezó a recoger sus carpetas.
—Debe ser por las noticias, Max. Te dejo solo para que hables con ellos con calma —dijo ella con una voz suave, intentando ocultar la preocupación que sentía. En su mente, los hijos de Max, de veinticinco y veintidós años, debían estar furiosos al ver a su padre con una mujer desconocida y, peor aún, con el rumor de un nuevo heredero en camino.
—No te vayas, Susena —empezó a decir Max, extendiendo la mano hacia ella—. Ellos tienen que saber...
—No, Max. Es un momento familiar. Estaré en mi oficina si me necesitas —insistió ella con esa firmeza de acero que él tanto respetaba.
Susena salió del despacho justo cuando Max tomaba el auricular. Caminó hacia el ascensor sintiendo una opresión en el pecho. ¿Y si sus hijos lo obligaban a alejarse de ella? ¿Y si ellos veían en ella a una cazafortunas, como seguramente lo hacía el resto de Nueva York? Al llegar a su oficina, se sentó frente a la ventana, mirando el perfil de los rascacielos de Manhattan, sintiéndose más sola que nunca a pesar de tener a su familia en Astoria.
En el piso sesenta, Maximiliano escuchaba las voces de Sebastian, de veinticinco años y futuro arquitecto, y de Chloe, de veintidós, que estudiaba historia del arte en la Sorbona. Estaba preparado para una tormenta de reclamos, para preguntas cínicas sobre su vida amorosa y para el rechazo hacia la mujer de la foto.
—¡Papá! ¿Es verdad lo que dicen las revistas? —gritó Chloe al otro lado de la línea, con una emoción que Max no esperaba—. ¡Hemos visto la foto! Sales riendo, papá. Hacía años que no te veíamos reír así, ni siquiera en las fotos que nos mandas.
—Y la mujer, papá... se ve increíble —añadió Sebastian con una voz más madura—. Tiene una mirada que dice que no se deja pisotear por nadie. Y los niños... ¡parecen geniales! Chloe y yo hemos estado hablando toda la mañana y queríamos decirte que, sea lo que sea que esté pasando, tienes nuestro apoyo total. Si esa mujer es la razón de que vuelvas a ser el hombre que recordamos de niños, entonces bienvenida sea a la familia.
Maximiliano sintió que un nudo se le formaba en la garganta. Sus hijos, a quienes él siempre había mantenido en una burbuja de lujo pero con una distancia emocional marcada por su propio luto, le estaban dando la bendición que él ni siquiera se había atrevido a pedir.
—Y papá —continuó Chloe, bajando el tono—, sobre el bebé... si es verdad, quiero que sepas que me encantaría tener un hermanito o hermanita. Sería el mejor regalo que podrías darnos.
Maximiliano cerró los ojos, abrumado por la generosidad de sus hijos.
—Gracias, chicos. No saben lo que esto significa para mí —respondió Max, con la voz quebrada—. La mujer se llama Susena. Y es mucho más de lo que las revistas dicen. Es una madre de acero, y sí, ella es la razón por la que vuelvo a reír. Sobre el bebé... todavía hay muchas cosas que Nueva York no entiende, pero lo importante es que ella y sus hijos ahora son parte de mi vida.
Colgó el teléfono sintiendo que un peso inmenso se había levantado de sus hombros. Pero al mirar hacia la puerta, recordó la cara de preocupación de Susena al salir. Sabía que ella estaba allá abajo, en su oficina del piso cincuenta y cuatro, imaginando el peor de los escenarios.
Maximiliano se puso la chaqueta, ignorando las llamadas en espera de sus socios en Londres, y bajó a buscarla. Necesitaba decirle que sus raíces no solo aceptaban su presente, sino que lo celebraban. Y sobre todo, necesitaba decirle que el rumor del bebé, aunque divertido para la prensa, para él empezaba a sentirse como una hermosa posibilidad de futuro.
Corta y sin tantos dramas.
Corta y sin tantos dramas.