✅️Tras ser traicionado y reducido a una sombra, el brillo de Ian se apagó. Pero Ronen, un alfa de fuerza serena, llega para ser su escudo. Entre acordes rotos y traumas del pasado, su amor incondicional será la melodía que cure al omega, devolviéndole su voz y su lugar bajo el sol.
Esto puro amor😍✅️
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Un pequeño rayo de luz
El sueño de Ian fue inquieto, poblado por sombras que olían a tierra mojada y cedro, pero a diferencia de otras noches, había una barrera de eucalipto que impedía que las pesadillas lo asfixiaran del todo. Se despertó con el sonido metálico de la puerta principal abriéndose en la planta baja. No era el toque suave de Milo, ni el paso firme y rítmico de Ronen. Eran pasos pesados, arrogantes, de alguien que se sentía dueño de un lugar que no le pertenecía.
Su padre.
Ian sintió una descarga de adrenalina fría recorrerle la columna. Su aroma a lavanda, antes apagado, soltó una nota agria de miedo que inundó la habitación. Se envolvió en las sábanas, sintiéndose pequeño, mientras los gritos empezaban a subir por las escaleras.
-¡Ian! ¡Sé que estás aquí, maldito vago! ¡Baja ahora mismo!- La voz de su padre retumbaba, cargada de una prepotencia que siempre hacía que el lobo de Ian se encogiera.
Ian se obligó a levantarse. Sus pies descalzos tocaron el suelo helado, enviando un escalofrío por sus piernas delgadas. Abrió la puerta de su habitación justo cuando su padre llegaba. El hombre se veía desaliñado, con ojos inyectados en sangre y ese olor a tabaco barato que siempre trataba de ocultar con lociones fuertes.
-Necesito el dinero, Ian. Los del club no juegan. Si no pago hoy, vendrán a por mí, y si me pasa algo, será tu culpa por dejarme solo.- Sijo el hombre, acercándose peligrosamente al espacio personal del omega.
Ian retrocedió, chocando contra el marco de la puerta. Sus manos empezaron a temblar.
-Papá, ya te di todo lo del mes pasado... La agencia congeló mis cuentas porque no estoy trabajando. No tengo nada.-
-¡Mientes!- El padre levantó la mano, un gesto que en el pasado siempre terminaba en un golpe o en Ian cediendo por terror -Siempre tienes algo guardado. Eres un omega egoísta, después de todo lo que invertí en tu carrera...-
Ian cerró los ojos, esperando el impacto o el grito final. Pero el golpe nunca llegó. En su lugar, el aire de la casa cambió drásticamente. El aroma a sol de primavera, que hasta hace un momento era una caricia suave, se transformó en un estallido de energía dominante. No era una energía que buscara dañar, sino una que establecía un límite absoluto.
Ronen apareció en el pasillo. No estaba corriendo, simplemente estaba allí, como una montaña que se interpone entre el viento y una flor. Con un movimiento rápido y preciso, su mano grande atrapó la muñeca del padre de Ian en el aire.
-La visita ha terminado.- Dijo Ronen. Su voz era baja, un rugido contenido que hizo vibrar las paredes.
Ian abrió los ojos. Ronen no parecía enfadado de forma humana. Parecía un alfa en su estado más puro. Su aroma a eucalipto se volvió tan denso que casi se podía saborear, una frescura que cortaba la toxicidad del ambiente.
-¿Quién diablos eres tú?- Escupió el padre, intentando soltarse, pero la mano de Ronen era como una esposa de acero -¡Suéltame! ¡Soy su padre!-
-Eres un extraño invadiendo la propiedad de mi protegido.- Respondió Ronen, dando un paso adelante.
Ronen era mucho más alto y ancho. La diferencia de castas era evidente. El padre de Ian era un alfa común, pero el guardaespaldas era un dominante inusual, alguien cuya mera presencia obligaba a los instintos más básicos a obedecer. Ronen inclinó un poco la cabeza, y por un segundo, sus ojos destellaron con un color ámbar intenso.
-Si vuelves a levantarle la mano, o incluso la voz, me aseguraré de que la agencia presente cargos por extorsión. Y créeme, tengo los registros de tus transferencias. Ahora, fuera.-
El padre de Ian palideció. El miedo real sustituyó a su arrogancia. Sin decir una palabra más, se soltó del agarre, lanzó una mirada de odio a Ian y bajó las escaleras casi tropezando. El sonido de la puerta principal cerrándose con violencia dejó un silencio sepulcral.
Ian seguía apoyado en la pared, respirando agitadamente. Sus pulmones buscaban aire, pero solo encontraban el rastro del miedo. De repente, sintió una calidez en su hombro. Ronen se había acercado, pero mantenía una distancia respetuosa.
-Ya se fue, Ian. Respira conmigo. Vamos.-
Ronen comenzó a liberar feromonas de calma conscientemente. Eran ondas de calor, como si Ian estuviera sentado frente a una chimenea después de haber estado bajo la nieve. El omega, sin poder evitarlo, se dejó deslizar por la pared hasta sentarse en el suelo. Ronen se sentó frente a él, cruzando las piernas, ignorando la frialdad del piso.
-Mírame- Pidió el alfa suavemente.
Ian levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de lágrimas que se negaban a caer. Al ver la mirada tranquila del alfa, algo en el pecho de Ian se rompió. Un aroma dulce, muy tenue, empezó a emanar de su cuello: era la miel. Estaba llorando, pero no de miedo, sino de alivio.
-¿Por qué haces esto?- Susurró Ian, con la voz rota -Solo soy un problema. Mi propia sangre me usa como un objeto.-
Ronen extendió una mano y, con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que acababa de mostrar, limpió una lágrima de la mejilla de Ian. Su pulgar rozó la piel pálida del omega, y donde hubo contacto, Ian sintió un hormigueo eléctrico que le devolvió la vida a sus sentidos.
-Porque la sangre no te da derecho a destruir a alguien.- Dijo Nico con firmeza -Y porque he jurado protegerte. No solo de los demás, Ian, sino también de esa idea de que no vales nada.-
En ese momento, el aroma a lavanda de Ian se mezcló con el eucalipto de Ronen por primera vez. No fue una unión forzada, sino una danza natural. Ian sintió, por un segundo, que el eclipse en su corazón permitía que un pequeño rayo de luz pasara.
-Tengo hambre.- Admitió Ian en un susurro casi inaudible, bajando la cabeza, avergonzado por su propia vulnerabilidad.
Ronen sonrió, y esa sonrisa iluminó su rostro de una manera que hizo que el corazón de Ian saltara un latido.
-Eso es lo mejor que he escuchado hoy. Mi madre envió un pastel de miel y nueces. Dice que el azúcar ayuda a sanar el alma. Vamos a la cocina, pequeño.-
Ronen se levantó y le ofreció la mano. Ian miró esa palma grande, curtida pero acogedora, y por primera vez en mucho tiempo, extendió la suya para aceptarla.