Allegra Vance, una joven heredera criada entre lujos y excesos en la costa californiana, es enviada contra su voluntad a un internado aislado en las montañas del norte de Inglaterra tras protagonizar un escándalo que amenaza la reputación de su familia.
Lo que comienza como un castigo se transforma en un proceso de confrontación interna: el frío del lugar, la rigidez de las normas y el rechazo de sus compañeras actúan como catalizadores de una verdad que Allegra ha evitado durante años: el vacío dejado por la muerte de su madre y su incapacidad para construir vínculos reales.
En ese entorno hostil, donde cada gesto es observado y cada error tiene consecuencias, Allegra deberá decidir si sigue siendo una máscara brillante… o si se permite romperse para reconstruirse.
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Capítulo 20: Lo que eliges cuando nadie te está mirando
El problema no era la decisión.
Era que, por primera vez, nadie se la estaba imponiendo.
Allegra estaba despierta antes del amanecer.
Otra vez.
Pero no había urgencia esta vez.
No había ansiedad empujándola fuera de la cama.
Solo… claridad.
Lo cual era casi más inquietante.
Se quedó mirando el techo unos segundos, repasando el día anterior.
No como un error.
No como algo que tenía que corregir.
Solo… como algo que había pasado.
—Esto es raro —murmuró.
Y no sonaba como una queja.
Cuando bajó al comedor, aún estaba casi vacío.
El silencio de la mañana era distinto.
Más limpio.
Menos cargado.
Se sirvió café.
Se sentó.
Y no revisó su teléfono.
No buscó distracciones.
No analizó cada posible escenario del día.
Simplemente… se quedó ahí.
—Eso sí que es nuevo.
Allegra levantó la vista.
Rowan.
Por supuesto.
—Estoy innovando —respondió.
—Se nota.
Se sentó frente a ella.
Sin prisa.
Sin tensión.
—¿No estás huyendo hoy? —preguntó él.
Allegra inclinó la cabeza.
—¿Parezco alguien que huye?
—A veces.
—Hoy no.
—Bien.
Silencio.
Pero no incómodo.
No pesado.
Solo… silencio.
—He decidido algo —dijo Allegra finalmente.
Rowan levantó una ceja.
—Eso suena serio.
—Lo es un poco.
—A ver.
Allegra lo miró.
Sostuvo su mirada.
—No voy a complicarlo.
Rowan no respondió de inmediato.
—¿Seguro?
—No.
Una pequeña sonrisa.
—Pero lo voy a intentar.
—Eso es suficiente.
Silencio.
Pero ligero.
—No quiero convertir esto en un problema —añadió ella.
—Entonces no lo hagas.
—Eres muy práctico.
—Funciona.
—A veces.
—A veces es suficiente.
Silencio.
Pero más claro.
—No voy a dejar de ser yo —dijo Allegra.
—No deberías.
—Pero tampoco voy a usar eso como excusa.
Rowan la observó un segundo más.
—Eso es nuevo.
—Lo sé.
—Me gusta.
Allegra sonrió apenas.
—No te emociones.
—No lo hago.
Silencio.
Pero cómodo.
—¿Clara? —preguntó Allegra de pronto.
Rowan la miró.
—¿Qué pasa con ella?
—Nada.
—Entonces, ¿por qué preguntas?
Allegra dudó.
Muy breve.
—Porque antes habría importado más.
—¿Y ahora?
Allegra se encogió de hombros.
—Ahora… no tanto.
Silencio.
Pero honesto.
—Eso también es nuevo —dijo Rowan.
—Sí.
Silencio.
Pero sin tensión.
El resto del día fluyó.
Sin esfuerzo.
Sin necesidad de controlar cada detalle.
Allegra hablaba cuando quería.
Se callaba cuando no.
Respondía sin medir cada palabra como si fuera una estrategia.
Y la gente…
lo notaba.
Pero ya no le importaba igual.
—Te ves diferente —dijo Maeve durante el almuerzo.
Allegra levantó la vista.
—¿Otra vez con eso?
—Sí.
—¿Bueno o malo?
—Definitivamente bueno.
Allegra sonrió levemente.
—Entonces lo aceptaré.
Maeve la observó.
—No estás fingiendo tanto.
—No.
—Me gusta.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Silencio.
Pero cómodo.
—Esto es sospechoso.
Allegra caminaba por el patio, manos en los bolsillos, mirando al frente.
Lila apareció a su lado.
—¿Qué cosa?
—Todo.
—Eso no es específico.
—Nada está saliendo mal.
Lila levantó una ceja.
—Eso no es un problema.
—Lo es cuando esperas que lo sea.
Silencio.
Pero ligero.
—Te estás adaptando —dijo Lila.
Allegra la miró.
—No estoy segura de querer admitirlo.
—No tienes que hacerlo.
—Bien.
Silencio.
Pero más suave.
—Estás menos… a la defensiva —añadió Lila.
Allegra sonrió apenas.
—No te acostumbres.
—No lo haré.
Silencio.
Pero cómodo.
Esa tarde, Allegra volvió al mismo banco del patio.
El mismo donde, días atrás, había sentido que todo se desordenaba.
Ahora…
no se sentía igual.
Se sentó.
Respiró.
Observó.
Sin urgencia.
Sin necesidad de llenar el espacio.
—¿Siempre vienes aquí o es coincidencia?
Allegra no se giró de inmediato.
—Empiezo a pensar que tienes un radar.
Rowan se acercó.
—Coincidencia.
—Claro.
Se sentó a su lado.
No muy cerca.
Pero tampoco lejos.
—¿Sigues con tu decisión? —preguntó él.
Allegra asintió levemente.
—Sí.
—¿Funciona?
Allegra pensó un segundo.
—Más de lo que esperaba.
—Bien.
Silencio.
Pero estable.
—No es perfecto —añadió ella.
—No tiene que serlo.
—Eso también es nuevo.
—Te estás acostumbrando a muchas cosas.
Allegra lo miró.
—No lo digas así.
—¿Cómo?
—Como si fuera fácil.
—No lo es.
—Bien.
Silencio.
Pero suave.
—No sé qué va a pasar —dijo Allegra.
—Nadie lo sabe.
—Eso sigue sin tranquilizarme.
—No debería.
Allegra soltó una pequeña risa.
—Consistencia.
—Siempre.
Silencio.
Pero cómodo.
—Pero tampoco me asusta tanto como antes —añadió ella.
Rowan la observó.
—Eso es importante.
Allegra asintió.
—Sí.
Silencio.
Pero esta vez…
no necesitaba más.
No había tensión.
No había preguntas urgentes.
No había necesidad de definirlo todo.
Solo…
estar ahí.
Y elegir quedarse.
Esa noche, Allegra volvió a la ventana.
Como tantas veces.
Pero ya no era el mismo lugar.
Ya no era un refugio.
Ni una forma de escapar.
Era solo… un espacio.
Y ella…
ya no estaba huyendo.
—Estoy bien —murmuró.
Y por primera vez…
no fue una defensa.
Fue una decisión.
Y eso…
eso lo cambiaba todo.