En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."
NovelToon tiene autorización de glendis para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 18
Tras la vorágine de la conquista y el juramento de sangre que hizo temblar los cimientos de la realidad, Valerius no me llevó a una alcoba real decorada con seda y oro. Me llevó al lugar donde su alma siempre había residido: el Santuario de la Escarcha Eterna.
Situado en la cima del pico más alto del Norte, este refugio era un palacio tallado dentro de un glaciar milenario que nunca se derretía. Aquí, el aire era tan puro que se sentía como beber diamantes líquidos, y el silencio no era un vacío, sino una presencia sagrada. Las paredes de hielo translúcido, de un azul profundo casi negro, actuaban como espejos del cosmos, reflejando las auroras violetas que danzaban en el exterior como fantasmas de luz.
La Entrega en la Penumbra
En el centro de la gran cámara, una piscina natural de agua termal negra emanaba un vapor denso que olía a ozono, sándalo y a la resina de los pinos antiguos. Valerius se detuvo frente a mí, despojándose de su pesada capa de lobo de sombra. Sus ojos, ahora habituados a leer cada matiz de mi expresión, brillaban con un hambre que no tenía nada que ver con la guerra.
—Durante siglos, este lugar fue mi condena. El frío era lo único que me recordaba que seguía vivo —susurró, mientras sus dedos enguantados en seda negra buscaban los cierres de mi vestido de vacío—. Pero contigo, Elena, el frío ha dejado de existir. Ya no soy un emperador solitario en un trono de hielo. Soy un hombre que ha encontrado su centro.
Con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad de sus manos en el campo de batalla, deslizó la tela de mi vestido. Ésta cayó al suelo con un suspiro, desapareciendo en una voluta de humo negro. Por primera vez en nuestra historia, no había secretos, ni armaduras de hierro estelar, ni protocolos de corte. Solo estábamos nosotros, desnudos ante la inmensidad del invierno eterno.
La Danza de la Carne y el Vacío
Nos sumergimos en las aguas termales. El calor del agua contra el frío del aire creó una neblina que nos envolvió, aislándonos del resto de la existencia. Al tocar su piel, sentí una descarga eléctrica que recorrió cada fibra de mi ser. Sus músculos, marcados por las cicatrices de mil batallas, se tensaron bajo mi tacto, pero sus ojos permanecieron fijos en los míos, buscando la profundidad de mi nueva naturaleza.
El acto físico fue solo la puerta de entrada. Al besarnos, nuestras magias se desbordaron sin control. Mis sombras se entrelazaron con su aura de vacío, creando un torbellino de energía violeta que hizo vibrar las paredes del glaciar. Fue una comunión total: sentí su fuerza bruta, su cansancio histórico y su devoción absoluta; él sintió mi ambición, mi alivio al ser finalmente vista y el calor que solo él podía encender en mi corazón de hielo.
—Eres el monstruo más hermoso que el mundo ha creado —gruñó él contra mi oído, su aliento caliente marcando un contraste feroz con el ambiente—. Y eres mía. No solo por contrato o por corona, sino por derecho de alma.
—Y tú eres el único que no necesita luz para ver quién soy realmente —respondí, hundiéndome en su abrazo, permitiendo que el poder del Abismo que compartíamos fluyera entre nosotros como un solo torrente.
El Amanecer de una Nueva Era
Pasamos días en ese aislamiento místico. No había relojes, solo el ciclo de las estrellas y el ritmo de nuestras respiraciones. En la quietud de las pieles de oso blanco, mientras el viento aullaba afuera intentando entrar en nuestro santuario, planeamos no solo el gobierno de los hombres, sino la arquitectura de nuestra eternidad.
—Nuestros hijos no conocerán el miedo —dijo Valerius una noche, trazando con su dedo las marcas violetas que ahora decoraban mis hombros—. Crecerán sabiendo que la noche es su hogar y que nosotros somos sus arquitectos.
—Nacerán del eclipse —asentí, apoyando mi cabeza en su pecho, escuchando el latido rítmico de un corazón que ahora latía solo por mí—. Y el mundo nunca volverá a ser el mismo.
Valerius me estrechó con fuerza, envolviéndome en sus brazos y en su propia oscuridad, sellando un destino que ni el tiempo ni la muerte se atreverían a desafiar. En el corazón del glaciar, la paloma y el cuervo finalmente habían dejado de existir para convertirse en una sola sombra indomable.