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EL LEGADO DE LA AMBICIÓN

EL LEGADO DE LA AMBICIÓN

Status: En proceso
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Paulina Yolanda Olivares Carrasco

El Legado de la Ambición En la cúspide del éxito corporativo, los apellidos no son solo nombres; son sentencias. Samantha San Lorenzo ha pasado su vida bajo el escrutinio de una familia que valora la perfección por encima de la libertad. Su mundo de porcelana se agrieta cuando colisiona con Vladimir Musk, un hombre cuya visión del futuro es tan audaz como peligrosa. Lo que comienza como una rivalidad por el control de un imperio se transforma en una atracción prohibida que desafía toda lógica. Entre juntas de accionistas y secretos que podrían hundir industrias enteras, Samantha y Vladimir descubrirán que, en el juego del poder, el corazón es el único activo que no pueden permitirse perder. Una historia de redención, deseo y la lucha por escribir su propio destino.

NovelToon tiene autorización de Paulina Yolanda Olivares Carrasco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

La Danza de las Máscaras

POV: Samantha San Lorenzo

La sala de conferencias estaba llena de hombres con trajes que costaban más que un auto de lujo y expresiones que no habían visto la luz del sol en años. Eran los cerebros detrás de Musk Industries, y ahora, técnicamente, mis subordinados. Me senté a la derecha de Vladimir, en la cabecera de la mesa, sintiendo el peso de las miradas curiosas.

—Señora Musk, es un placer ver que la tormenta no ha afectado su... determinación —dijo uno de los directivos, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—La tormenta solo ha servido para limpiar el panorama, caballero —respondí, abriendo mi propia tableta—. Empecemos con la división de Brasil. Vladimir me informó de sus planes de liquidación, pero tengo una propuesta alternativa que generará un 15% más de rentabilidad sin los costes legales de un despido masivo.

Vladimir arqueó una ceja. No le había mencionado que había estado trabajando en un plan de reestructuración durante la madrugada. Vi una chispa de sorpresa en sus ojos, seguida rápidamente por algo que parecía orgullo.

—Escuchémosla —dijo él, cruzando los dedos sobre la mesa.

Durante las siguientes tres horas, defendí mi posición con una ferocidad que dejó a la sala en silencio. Desmantelé sus argumentos de eficiencia con datos de mercado local que ellos habían pasado por alto. No era la heredera decorativa; era una San Lorenzo en pleno uso de sus facultades, y por primera vez, sentí que los hombres de Vladimir me miraban con un respeto genuino, casi con miedo.

Cuando la reunión terminó y los directivos se retiraron a coordinar las nuevas órdenes, nos quedamos solos en la sala. El sol de la tarde empezaba a caer, proyectando sombras alargadas sobre la mesa de juntas.

—Brillante —dijo Vladimir, levantándose y caminando hacia el ventanal—. Has salvado la división de Brasil y has dejado a mi director financiero sintiéndose como un principiante.

—Te dije que no era una mascota, Vladimir. Si quieres que este matrimonio funcione, tendrás que acostumbrarte a que no siempre voy a estar de acuerdo contigo. Especialmente cuando tengo razón.

Él se giró, apoyándose contra el cristal. La luz del atardecer le daba un aire casi místico.

—Me gusta cuando tienes razón, Samantha. Me ahorras el trabajo de tener que pensar por los dos. Pero no olvides lo que discutimos antes. La prensa está afuera, esperando que salgamos de esta isla. Mañana volvemos a Nueva York. El mundo espera ver a los recién casados más felices del siglo.

—¿Y lo somos? —pregunté, acercándome a él.

Vladimir me tomó por la cintura, atrayéndome hacia él con una posesividad que ya no me molestaba tanto como antes.

—Somos algo mucho más interesante que felices, Samantha. Somos necesarios el uno para el otro. Y en los negocios, la necesidad es mucho más duradera que la felicidad.

Me besó, un beso que sabía a victoria y a secreto compartido. Mañana volveríamos a la jungla de asfalto, a las cámaras y a las mentiras necesarias. Pero aquí, en los restos de nuestra fortaleza de cristal, sabía que la guerra de los magnates apenas estaba comenzando, y que, por primera vez, ambos estábamos en el mismo bando, aunque todavía no nos atreviéramos a admitirlo en voz alta.

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