En un mundo devastado por una pandemia que acabó con la civilización, Jimena, una enfermera que aún carga con el duelo por la pérdida de su pareja, sobrevive en soledad en la periferia de una ciudad en ruinas. Su existencia se limita a cuidar de un pequeño grupo de marginados: un anciano con una herida incurable, una mujer que ha perdido la razón por el dolor, y una niña salvaje que vive escondida.
Su monótona y silenciosa rutina se rompe cuando Iván, un joven mensajero, llega para pedir su ayuda. En ese momento conoce a Mateo, la persona que hará que todo en su mundo cambie.
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Capítulo 20
La mañana comenzó con un cielo de plomo, tan bajo que parecía posarse sobre los tejados del mercado. Jimena lo notó nada más despertarse, cuando la luz que entraba por la ventana de su pequeña habitación no era la claridad blanca del amanecer sino una penumbra grisácea, como si el sol se hubiera negado a salir. El aire estaba denso, pesado, con ese olor a tierra mojada que precede a las tormentas. Llevaba tres años aprendiendo a leer el cielo, y lo que veía no le gustaba.
Salió al pasillo y se encontró con Carmen, que ya estaba en pie, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—Va a caer una buena —dijo Carmen, señalando hacia la ventana del fondo—. Llevo días oliéndolo, pero hoy está cerca.
—¿Suelen ser fuertes por aquí?
—A veces. El año pasado perdimos dos casas por el viento. Pero esto… esto es diferente. Mira las nubes.
Jimena se asomó a la ventana. Las nubes no eran las grises habituales, sino de un tono verdoso que conocía de los partes meteorológicos de antes. Tormentas severas, las llamaban. Las que traían granizo, vientos huracanados, inundaciones repentinas.
—Hay que prepararse —dijo—. Los niños no pueden estar en la enfermería si los toldos vuelan. ¿Dónde los ponemos?
—En el supermercado. Mateo ya está moviendo a la gente.
Jimena bajó corriendo a la enfermería. Los niños estaban despiertos, inquietos, como si el aire pesado les hubiera contagiado la ansiedad. Lucía estaba sentada en su colchoneta, con las piernas cruzadas, mirando fijamente el toldo que ondeaba con cada ráfaga de viento.
—¿Va a llover? —preguntó con su voz débil.
—Sí, pequeña. Pero no va a pasar nada. Vamos a meteros dentro.
—¿Dentro dónde?
—En el supermercado. Es grande y seguro. ¿Te gustaría verlo?
Lucía asintió con una mezcla de curiosidad y miedo. Jimena la cargó en brazos —pesaba menos de lo que debería— y la llevó hacia la entrada del supermercado. Carmen y otros voluntarios hacían lo mismo con los otros niños, formando una pequeña procesión que avanzaba entre las chabolas, con la gente corriendo de un lado a otro asegurando sus pertenencias.
El supermercado olía a encierro y a humedad, pero era sólido. Las paredes de hormigón, los pilares de acero, el techo que había resistido tres años de abandono. Jimena dejó a Lucía en la antigua cafetería, en una mesa que habían improvisado como cama, y se quedó un momento mirando cómo los voluntarios preparaban el espacio: colchonetas, mantas, una estufa de leña que ya habían encendido para combatir la humedad.
—Esto es nuevo —dijo una voz a sus espaldas.
Mateo estaba allí, con el pelo revuelto por el viento y la ropa salpicada de barro. Llevaba una tabla de madera bajo el brazo y un martillo en la mano.
—¿El qué? —preguntó Jimena.
—Que tú estés dentro. En lugar de fuera, preparando la enfermería.
—Los niños están dentro. Eso es lo único que importa.
Mateo asintió, pero no se fue. Se quedó junto a ella, mirando cómo los voluntarios colocaban las colchonetas, cómo Carmen daba de beber a los mellizos, cómo Iván traía cajas de provisiones del almacén.
—¿Qué necesitas que haga? —preguntó Jimena.
—Por ahora, nada. Quédate con los niños. Si esto se pone feo, serán los que más miedo tengan.
—¿Tú qué vas a hacer?
—Asegurar las barricadas. Si el agua sube, las del sur son las primeras en ceder.
Salió antes de que ella pudiera responder\, y Jimena se quedó con las palabras en la boca. *Ten cuidado.* Eso iba a decir. Pero las palabras se le quedaron pegadas en la garganta\, como si decirlas en voz alta las hiciera más verdaderas.
La tormenta llegó una hora después, con la fuerza de un animal enjaulado que por fin logra escapar. El viento golpeó las chapas del tejado con un ruido ensordecedor, y la lluvia comenzó a caer no en gotas, sino en cortinas de agua, tan espesas que desde las ventanas del supermercado apenas se veían las chabolas de la plaza. Los niños lloraban asustados; Lucía se aferró a la mano de Jimena con una fuerza que dolía.
—No va a pasar nada —repitió Jimena, aunque ella misma no estaba segura.
Desde la ventana, veía cómo el agua anegaba la plaza, cómo los huertos que habían cuidado durante meses se convertían en lodazales, cómo algunas de las chabolas más precarias comenzaban a tambalearse con el viento. Y en medio de todo, a lo lejos, distinguía la silueta de Mateo en la barricada sur, con Ramiro y otros hombres, apuntalando las defensas mientras el agua les llegaba a las rodillas.
—Estúpido —murmuró Jimena, sin saber si se refería a él o a ella misma por no haberle dicho nada.
Las horas siguientes fueron un torbellino. El agua siguió subiendo hasta llegar a las puertas del supermercado. Algunas familias que habían resistido en sus chabolas tuvieron que ser evacuadas, y llegaron empapadas, temblando, con lo poco que habían podido salvar. Jimena dejó a los niños con Carmen y se puso a atender a los que llegaban: una mujer con un corte en la mano por una chapa suelta, un anciano que había perdido sus medicinas en la inundación, una niña que no dejaba de llorar porque su muñeca se había quedado en la chabola.
—No te preocupes —le dijo Jimena, arrodillándose a su altura—. Cuando pase la tormenta, la buscaremos.
—Está en mi cama —sollozó la niña—. La he dejado allí.
—¿Cómo se llama?
—Lola.
—Pues Lola estará bien. Las muñecas saben esconderse cuando llueve.
La niña la miró con una mezcla de incredulidad y esperanza.
—¿De verdad?
—De verdad. Yo tenía una muñeca cuando era pequeña, y cada vez que llovía, se escondía debajo de la almohada. Lola habrá hecho lo mismo.
No era verdad, pero la niña pareció creerle. Dejó de llorar y se quedó mirando la lluvia por la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho como si estuviera abrazando a la muñeca que no tenía.