Irene Blanch era una señorita proveniente de una familia tranquila, ella igual era alguien de muy bajo perfil, fue por eso por lo que Ezra Markov la eligió como su esposa luego de ser rechazada por su primer amor, Lina Lewel. Irene lo sabía, y acepto de todas formas, porque tampoco estaba enamorada de Ezra, solo vió los beneficios de ese matrimonio y los del divorcio en el que pensaba antes incluso de estar casada.
Irene nunca previo el cambio de actitud de su esposo ni tampoco los de ella misma. Menos aún que el primer amor de Ezra mostrara tanto interés en sus vidas.
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Capitulo 12
Cuando Irene entró en la mansión, encontró a su madre en la sala de recepción.
La condesa estaba sentada cerca de una de las ventanas altas, donde la luz de la tarde iluminaba suavemente el salón. Sostenía un sobre entre las manos y parecía observarlo con atención, como si aún estuviera reflexionando sobre su origen.
Al oír los pasos de su hija, levantó la vista.
—Oh, cariño —dijo con una sonrisa leve.
Irene se acercó con tranquilidad, aunque en su interior todavía permanecía el eco de la conversación que acababa de tener con Ezra en el jardín.
—Escuché que el duque vino a verte hoy —continuó la condesa—. Parece que se llevan mejor de lo que creía.
Irene sonrió con cortesía.
Era una sonrisa bien ensayada, lo bastante natural para no despertar sospechas, aunque no reflejara exactamente lo que sentía.
—Claro que nos llevamos bien, madre.
Sus ojos se posaron entonces en el sobre que la condesa sostenía.
—Por cierto… ¿qué tienes en las manos?
La condesa guardó silencio por un momento antes de responder.
—Es una carta del palacio real.
Irene se tensó de inmediato.
Su mirada descendió al sobre con una mezcla de curiosidad y cautela.
La condesa extendió la carta hacia ella.
—Está dirigida a ti.
Irene observó el sello con atención antes de tomarla.
Por un instante, una idea cruzó su mente.
¿Sería de la princesa Lina?
Solo pensarlo le provocó un ligero malestar. Después de lo ocurrido, lo último que deseaba era tener cualquier tipo de relación con aquella mujer, cuya conducta le resultaba tan desconcertante.
Sin embargo, al observar mejor el sello, Irene frunció ligeramente el ceño.
—¿La… Reina…? —murmuró.
Su sorpresa fue evidente.
Con cuidado rompió el sello y desplegó la carta.
Sus ojos recorrieron las líneas escritas con elegante caligrafía.
La reina mencionaba haber escuchado sobre el incidente ocurrido junto al lago del palacio real. Expresaba su pesar por el hecho de que Irene hubiera tenido una experiencia desagradable durante su visita al palacio y manifestaba su deseo de compensarlo.
Por ese motivo, la invitaba personalmente a visitarla en el palacio.
Irene terminó de leer la carta lentamente.
Quedó en silencio durante unos segundos.
—¿Y bien? —preguntó su madre con curiosidad.
Irene levantó la mirada, aún algo confundida.
—La Reina está pidiendo conocerme...
La condesa alzó ligeramente las cejas.
—Vaya… de seguro es porque el Duque es un hombre importante y cercano a la familia Real...
Irene dobló la carta con cuidado.
En su mente no dejaba de repetirse la misma pregunta.
¿Por qué la reina se tomaría tal molestia con ella?
Pero, sin importar cuánto pensara en ello, sabía que había algo que no podía hacer.
Rechazar aquella invitación.
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Un par de días después, en el palacio real, después de varios días sin saber nada de Ezra, finalmente ocurrió algo inesperado.
Cuando una doncella llegó a los aposentos de Lina para informarle que el duque solicitaba verla, la princesa casi salió corriendo hacia la sala donde lo esperaba.
El corazón le latía con fuerza mientras atravesaba los pasillos.
Al llegar a la sala, se detuvo en la entrada.
Ezra estaba de espaldas, de pie en el centro de la habitación.
La luz que entraba por los ventanales dibujaba su silueta sobre el suelo de mármol.
Lina sonrió con satisfacción.
— Sabía que terminarías buscándome, Ezra.— pensó.
Con paso ligero avanzó hacia él y dijo con el tono más dulce que pudo adoptar.
—Ezra… estás aquí.
El Duque se volvió.
Pero la expresión que encontró Lina no era la que esperaba.
Su rostro estaba serio.
Sus ojos, fríos.
No había rastro de la preocupación ni de la calidez que Lina había imaginado.
Ezra se inclinó en una reverencia formal.
—Alteza. Buenas tardes.
Lina se detuvo en seco.
Ezra nunca había utilizado un tono tan formal con ella.
Por un momento no supo cómo reaccionar.
— ¿Qué está pasando?— Se preguntó mientras forzaba nuevamente una sonrisa.
—Sentémonos, Ezra —dijo intentando mantener su dulzura habitual—. He estado tan preocupada por ti… todos estos días no he podido dejar de pensar en ti.
Lina tomó asiento en uno de los sillones.
Pero al alzar la mirada, Ezra seguía de pie en el mismo lugar, observándola con una expresión que le resultaba completamente extraña.
Algo era distinto en él.
Antes de que pudiera preguntarle qué ocurría, Ezra habló.
Y lo que dijo no fue en absoluto lo que Lina esperaba escuchar.
—Estuve esperando durante días que Su Alteza me escribiera.
Por un breve instante, una sonrisa se formó en los labios de Lina.
Pero cuando Ezra terminó la frase, aquella sonrisa se congeló.
—Esperaba recibir una explicación sobre lo sucedido con mi prometida. Pero tal cosa no ocurrió, así que tuve que venir personalmente a pedirla.
—¿Qué…? —balbuceó Lina, desconcertada.
Ezra continuó con voz firme.
—Estoy aquí para escuchar sus explicaciones, Alteza. ¿Qué fue exactamente lo que ocurrió con mi prometida en el lago? ¿Por qué la doncella dijo una cosa que fue desmentida por el príncipe Erick, pero usted no dijo una palabra al respecto?
Un frío recorrió la espalda de Lina.
Aquello no tenía sentido.
Ezra estaba pidiendo explicaciones.
Y además le hablaba con frialdad.
Ni siquiera le había preguntado cómo estaba.
Lina no lograba entenderlo.
— En una situación como esta… ¿qué debería hacer?— Pensó durante un instante.
Entonces una idea apareció en su mente.
— Ya sé.
Cubrió su rostro con ambas manos y comenzó a sollozar.
—Lo siento, Ezra… yo… todo es culpa mía…
Las palabras salían entre lágrimas, confusas y desordenadas, sin responder realmente a la pregunta que él había hecho.
Durante años, cada vez que Lina lloraba, Ezra perdía la compostura.
Siempre terminaba olvidando cualquier asunto para consolarla.
Seguramente ahora le preguntaría si estaba bien.
O si necesitaba algo.
Lina continuó llorando, esperando escuchar esas palabras.
Pero no llegaron.
Ezra permaneció en silencio durante unos segundos.
Luego habló de nuevo.
—No está siendo clara, Alteza. Seré más específico. ¿Por qué no desmintió las palabras de la doncella antes de que llegara el príncipe Erick?
Lina se tensó.
Sus lágrimas no estaban funcionando.
Aquello era absurdo.
—¿Qué pasa, Ezra…? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Estás enojado? ¿Por eso estás siendo tan tosco conmigo?
Ezra frunció ligeramente el ceño.
—¿Tosco? No estoy siendo tosco, Alteza. Simplemente estoy pidiendo una explicación razonable.
Lina sintió que algo se quebraba en su interior.
Ese no era el Ezra al que estaba acostumbrada.
Y no sabía cómo enfrentarse a él.
— ¿Qué le hizo esa mujer…?— Pensó con disgusto.
—Tal vez… oí mal —dijo finalmente, con voz entrecortada—. Pensé que la doncella había escuchado correctamente… eso es todo.
El entrecejo de Ezra se juntó ligeramente.
Qué respuesta tan absurda.
¿Una doncella que estaba en la orilla había escuchado mejor que ella, que estaba a menos de un metro de Irene?
Ezra guardó silencio un momento.
En su mente comenzó a preguntarse cuántas veces había escuchado respuestas igual de inconsistentes por parte de Lina… y simplemente las había ignorado.
Siempre había preferido creerle.
—He sido tan estúpido…— Pensó con vergüenza.
Comprendió también que seguir insistiendo no cambiaría nada.
Lina no iba a aclarar la situación.
—¿Dónde está la doncella de ese día? —preguntó entonces—. La interrogaré.
Lina lo miró con sorpresa.
—Fue… despedida —balbuceó.
Ezra frunció el ceño.
—Ah.
Guardó silencio un momento.
—Entonces, ya que no puedo recibir una aclaración inmediata sobre ese asunto… ¿no cree que hay algo que Su Alteza debería hacer?
Lina inclinó la cabeza, confundida.
—¿Yo… qué?
—Pedir disculpas a mi prometida, por supuesto.
La seriedad de Ezra era absoluta.
Lina sintió que la respiración se le detenía por un instante.
—Y aprovechando que ella está hoy aquí… podría hacerlo.
—¿Hoy… aquí? —repitió Lina, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.
—Sí. Su Majestad la Reina la ha invitado al palacio.
Aquellas palabras fueron como un balde de agua helada.
—¿Cómo…? —preguntó tensa.
¿La reina la había invitado?
Lina sintió que el estómago se le contraía.
La reina.
La misma mujer que siempre la había mirado con frialdad.
Aquella cuya aprobación Lina había intentado conseguir durante años… sin éxito.
¿Había invitado… a Irene Blanch?
A esa mujer insignificante.
La incredulidad se mezcló con una punzada de rabia que Lina apenas logró ocultar tras su expresión sorprendida.
estos celos me hacen daño me enloqueceeeen~🤣🤣
pobre ezra la cara que debe de tener