La alta sociedad aveces pasa por momentos de locura, al igual que está historia que está llena de momentos locos nuestra historia estará llena de aventuras, dramas y mucha pasión.
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El Peso
Las flores recién traídas de los invernaderos reales inundaban los pasillos con su perfume; los sirvientes cruzaban de un lado a otro. Eleonora, pese al cansancio acumulado de los últimos días, mantenía un porte impecable y una expresión serena.
Aquella mañana, la duquesa se encontraba en el gran vestíbulo, supervisando personalmente la recepción de los primeros invitados extranjeros. La tradición dictaba que quienes venían desde más lejos tenían prioridad en la bienvenida, y la reina había delegado ese honor en Eleonora.
El enorme portón principal se abrió. El carruaje de la familia Rosenthal se detuvo frente a la escalinata. Eleonora avanzó con paso elegante y saludó a los recién llegados con una inclinación perfecta. Todo en ella irradiaba control.
—Dama Eleonora —dijo la baronesa Rosenthal—, siempre un placer verla. Lamento su pérdida.
—Su compañía es un consuelo —respondió la duquesa con una leve sonrisa.
Los Rosenthal fueron guiados a sus habitaciones. Eleonora volvió a colocarse en posición. Pero cuando el siguiente carruaje se detuvo, y el lacayo descendió para abrir la puerta… su corazón dio un vuelco traicionero.
De la sombra del carruaje emergió Frederick.
El marqués o como debía llamársele ahora, Lord Frederick Ashford había regresado.
Eleonora no dio un paso atrás, pero tuvo que recordarse a sí misma que representaba a la reina en aquel instante.
Frederick descendió sin prisa, como si su última conversación no hubiese terminado en reproches.
Llevaba un abrigo largo negro, y su cabello oscuro, como si los vientos de sus tierras lo hubieran marcado. Al llegar al pie de la escalinata, levantó la mirada.
Y la vio.
Los ojos de Frederick recorrieron su rostro con una mezcla de sorpresa y algo más.
Se inclinó.
—Mi lady Eleonora —dijo con voz grave, respetuosa… y peligrosamente familiar—. Un honor ser recibido por usted.
Ella respondió con la frialdad que consideraba necesaria para protegerse.
—Lord Ashford. Bienvenido al palacio de Lyndgate. La reina lo esperaba dentro de los próximos días. Celebro que haya llegado con seguridad.
Los ojos de él parecieron reír sutilmente, aunque su boca permaneció seria.
—He procurado no retrasar más mi llegada.
No retrasar más su llegada… ¿por qué?
Eleonora desechó esa pregunta. No se permitiría caer en interpretaciones inútiles.
—Espero que su viaje haya sido cómodo —agregó ella, manteniendo el tono perfecto de cortesía diplomática.
—En lo posible —respondió él—. Aunque, si me lo permite, mis viajes recientes han carecido de una… guía tan competente como la de usted.
—Debe estar cansado —dijo, sin alterarse—. El mayordomo lo llevará a su habitación. Más tarde, habrá una reunión en el salón este. La reina desea que todos estén presentes.
—Allí estaré —afirmó Frederick, clavando su mirada en ella un segundo más de lo necesario.
Eleonora bajó los ojos apenas y realizó una ligera inclinación.
—Bienvenido nuevamente, Lord Ashford
Giró sobre sus talones antes de que su compostura comenzara a resquebrajarse. Caminó hacia el interior del palacio con el porte impecable de una duquesa.
William había llegado hacía unas horas y supervisaba los últimos detalles del proyecto con los ministros reales. Cuando vio a Frederick entrar al vestíbulo principal, su rostro se iluminó con sorpresa.
—Frederick —dijo, estrechándole la mano—. No creí que vendrías hasta pasado mañana.
—Tampoco yo —respondió—. Pero los viajes imprevisibles suelen ser los más… necesarios.
William arqueó una ceja. Lo conocía demasiado bien.
—¿Se vieron?
—Hace unos minutos.
—Y… ¿cómo fue?
William soltó una leve risa nasal.
—Entonces fue incómodo.
—Tal vez un poco —respondió Frederick,
La tarde continuó con un ritmo frenético. Eleonora se había refugiado en el salón privado de la reina, donde ambas revisaban los últimos detalles de la distribución de invitados y la seguridad del evento. La reina, siempre perceptiva, la observaba de reojo mientras firmaba documentos.
—Has recibido a muchos diplomáticos sin pestañear —comentó la soberana, dejando la pluma sobre la mesa—. Pero cuando el marqués de Ashford llegó… pareciste respirar diferente.
Eleonora apretó los labios.
—Mi reina…
—Querida —interrumpió la soberana con voz suave pero firme—. Soy tu amiga antes que tu soberana. No tienes que explicarme nada. Pero tampoco puedo fingir que no he visto.
Eleonora se enderezó en su asiento.
—No ocurre nada —insistió.
La reina la observó durante un largo minuto, y luego, con una sonrisa tan delicada como peligrosa, añadió:
—Pues parece que algo insiste en ocurrir, a pesar de tus esfuerzos.
—Lo dejaré en el pasado —dijo al fin—. Como debe ser.
La reina suspiró, resignada pero comprensiva.
—Como desees. Pero recuerda, querida: el pasado sólo se queda atrás si no vuelve. Y a ti… ya te ha alcanzado.
Cuando llegó la noche, el palacio estaba iluminado. Los invitados importantes se reunieron en el salón este para la última reunión protocolar antes del baile. Eleonora, en un vestido azul profundo que hacía eco de su título y su dignidad, recibió a cada noble con gracia impecable.
Frederick llegó unos minutos después. Llevaba un traje negro. Caminó con soltura entre los invitados. Parecía completamente en su elemento.
Pero cada tanto, su mirada se desviaba hacia Eleonora.
Cuando la reina ingresó al salón, todos se inclinaron. La reunión comenzó cada detalle debía ser perfecto.
Cuando la reunión concluyó, los nobles comenzaron a dispersarse. Eleonora se dispuso a salir hacia el corredor cuando escuchó pasos firmes detrás de ella.
No necesitó girar para saber quién era.
—Mi lady —dijo Frederick.
—Lord Ashford —respondió, con la compostura estricta que se había impuesto todo el día—. ¿Desea algo?
Él avanzó un paso y, con una calma que la desarmó, respondió:
—Creo que usted desea evitarme con demasiada prisa.
Eleonora cerró los ojos un instante. Luego, giró con dignidad.
—Evitar, no —corrigió—. Mantener las formalidades, sí. Me parece lo correcto.
Frederick sostuvo su mirada con intensidad.
—¿Lo correcto para quién? —preguntó él.
Ella no contestó.
—Eleonora —dijo él, dejando caer el título—. No puedes borrar lo que paso.
Hubo un silencio que casi podía cortarse.
Frederick se inclinó apenas, respetuoso, y se alejó por el pasillo iluminado. Eleonora permaneció en su sitio, sintiendo el peso