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El Rumbo De Las Estrellas

El Rumbo De Las Estrellas

Status: En proceso
Genre:Romance / Romance de oficina / Amor eterno
Popularitas:141
Nilai: 5
nombre de autor: Elizabeth Renovales

de una casualidad paso a una historia completa

NovelToon tiene autorización de Elizabeth Renovales para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capítulo 24

Los siguientes días fueron de intensa investigación. Martín y Camila revisaron a todos los miembros de la Red Estrella que habían trabajado con ellos desde el principio —solo había unos pocos: Doña Ana, Juan, un voluntario llamado Pedro que vivía en Brasil, y una mujer llamada María que trabajaba en la oficina central.

—Pedro está en Brasil desde hace diez años —dijo Camila. —No ha vuelto a Paraguay. María está en Asunción, pero siempre ha sido leal.

—Juan está en la selva —dijo Martín. —Hemos llamado a él, y dice que está preparando la seguridad.

—Y Doña Ana? —preguntó Sol. —Ella es la única que está con nosotros todo el tiempo.

Luna se enfadó. —No puede ser Doña Ana —dijo ella. —Ella nos ha ayudado desde el principio. Es como una abuela para nosotros.

—Lo sé —dijo Sol. —Pero tenemos que revisar todo.

Esa tarde, Sol fue a la librería "El Rincón de las Palabras" —la librería de Doña Ana. Estaba cerrada, pero Doña Ana le abrió la puerta cuando lo vio.

—Mi nieto —dijo ella, abrazándolo. —¿Qué te pasa? Te veo preocupado.

—Nada, abuela —dijo Sol. —Solo venía a verla.

Mientras caminaban por los estantes, Sol vio un libro en el mostrador —el mismo libro de poesía que Doña Ana le había dado a Luna cuando se comprometió con Mateo. Lo cogió y lo abrió. Dentro, había una hoja de papel con una escritura antigua. Era la de Doña Ana.

Sol leyó la hoja:

"10 de mayo de hace veinticinco años: Carlos Méndez me dijo que Martín lo despidió. Está enfadado. Muy enfadado. Me dijo que quería vengarse. Le dije que no lo hiciera, pero él me dijo que si no le ayudaba, mataría a mi hijo. Mi hijo que vive en el extranjero, que nadie conoce. He tenido que ayudarlo desde entonces. He sido su espía dentro de la Red Estrella. Pero ahora me arrepiento. Lo que está haciendo es malo. Muy malo."

Sol se quedó helado. La mano le tembló al sostener el libro. Doña Ana era el traidor.

Doña Ana vio la hoja en su mano y se quedó en silencio. Luego, empezó a llorar.

—Lo sé —dijo ella, con voz temblorosa. —Lo sé que lo has visto. Soy yo. El traidor.

Sol se sentó en una silla, sin poder hablar.

—Mi hijo, Miguel, vive en España —continuó Doña Ana. —Hace veinticinco años, Carlos lo secuestró. Me dijo que si no le ayudaba a infiltrarse en la Red Estrella, lo mataría. He tenido que hacer lo que me dijo —pasarle información, ayudar a sus hombres a entrar en las reservas. Pero ahora Carlos me dijo que el plan final es el 15 de marzo, y que si no le doy la señal, matará a Miguel.

Sol miró a Doña Ana, que lloraba desconsoladamente. Era la mujer que le había leído cuentos cuando era niño, que le había dado regalos, que le había amado. Pero también era la espía de La Sombra.

—¿Dónde está tu hijo? —preguntó Sol. —Podemos ayudarlo. Rescatarlo.

Doña Ana miró a Sol con esperanza. —En una casa en Madrid —dijo ella. —Carlos lo tiene guardado allí. Tengo la dirección.

Sol cogió su mano. —Está bien —dijo él. —Llamaremos a la policía española. Rescataremos a Miguel. Y tú te ayudarás a nosotros a parar a Carlos. A cambio, te perdonaremos.

Doña Ana se abrazó a Sol y lloró más. —Gracias —dijo ella. —Gracias, mi nieto. Te prometo que te ayudaré. Te diré todo lo que sé.

—¿Qué es la señal? —preguntó Sol.

—El día 15 de marzo, durante la celebración, tendré que levantar una bandera roja en la roca de la cascada —dijo Doña Ana. —Esa es la señal para que activen los explosivos.

Sol se levantó. —No lo harás —dijo él. —Vamos a parar a Carlos antes.

Mientras se preparaban para llamar a la policía española, Sol miró hacia la ventana de la librería. La estrella brillaba, y por primera vez en semanas, la sombra parecía disminuir un poco. Habían encontrado al traidor —pero el peligro aún no había pasado. La Sombra estaba a punto de llevar a cabo su plan final.

 

Al día siguiente, la policía española fue avisada. Llegaron a la casa de Madrid donde estaba Miguel y lo rescataron sin problemas —los hombres de La Sombra estaban distraídos, y no se esperaban el ataque. Miguel estaba bien, solo un poco asustado. Doña Ana habló con él por teléfono y lloró de alegría.

—Ya no tienes miedo —dijo Sol a Doña Ana. —Ahora puedes ayudarnos a parar a Carlos.

Doña Ana asintió. —Sí —dijo ella. —Te diré todo lo que sé de Carlos. Vive en una casa en la selva de Paraguay, cerca de la cascada. Tiene sus hombres allí, con los explosivos. El día 15 de marzo, vendrá a la celebración para ver cómo destruye la cascada.

Sol, Martín, Mateo, Luna y Camila se reunieron para planificar la defensa.

—Tenemos dos opciones —dijo Martín. —O cancelamos la celebración y vamos a buscar a Carlos. O seguimos con la celebración, y atrapamos a Carlos y sus hombres cuando intenten activar los explosivos.

—Seguimos con la celebración —dijo Sol. —Es lo que espera Carlos. Si cancelamos, se dará cuenta que lo sabemos y se escaparará. Tenemos que atraparlo en el acto.

—Está bien —dijo Martín. —Llamaremos a la policía y a los militares. Los pondremos en posiciones secretas alrededor de la cascada. Doña Ana levantará la bandera roja como señal, pero será una señal para nosotros —para que atrapemos a los hombres de La Sombra.

—Y los explosivos? —preguntó Luna. —Tenemos que desactivarlos.

—Mateo y yo iremos a buscar los explosivos la noche antes del 15 de marzo —dijo Sol. —Doña Ana nos dirá dónde están escondidos.

Doña Ana le dio a Sol un mapa más detallado de donde estaban los explosivos —en tres lugares diferentes: uno cerca de la roca, otro cerca del río y otro en un árbol alto.

—Son explosivos poderosos —dijo ella. —Necesitan alguien que sepa desactivarlos.

—Conocí a un oficial militar en Oceanía que sabe desactivar explosivos —dijo Sol. —Lo llamaré. Él vendrá a ayudarnos.

El día 13 de marzo, el oficial militar que Sol había conocido en Oceanía —se llamaba David, tenía treinta años y era un experto en desactivación de explosivos— llegó a Paraguay. Se reunió con la familia y revisó el mapa de los explosivos.

—Estos son explosivos de alta potencia —dijo él, con voz seria. —Necesitamos mucho cuidado. Si alguno se activa por error, destruirá todo en un radio de cien metros.

—La noche del 14 de marzo —dijo Sol. —Cuando esté oscuro, nos metemos en la selva. Doña Ana nos guiará hasta los lugares donde están escondidos.

Doña Ana asintió. —Estoy lista —dijo ella. —Quiero hacerle pagar a Carlos por todo el daño que ha hecho.

Los siguientes días fueron de intensa preparación. La policía y los militares se posicionaron en lugares secretos alrededor de la cascada —algunos en los árboles, otros cerca del río, otros en el poblado. La celebración de la fundación de la Red Estrella se preparaba como siempre —mesas, sillas, música, comida— para que Carlos no se diera cuenta.

El día 14 de marzo, por la tarde, Sol, Mateo, David y Doña Ana se dirigieron a la selva. Llegaron cerca de la cascada cuando ya era oscuro. La estrella brillaba en el cielo, pero estaba nublada —como si el destino estuviera por decidirse.

—El primer explosivo está cerca de la roca —dijo Doña Ana, señalando hacia un arbusto. —Cuidado, hay sensores.

David se acercó con cuidado y revisó el área. —Sensores de movimiento —dijo él. —Tenemos que desactivarlos primero.

Tardó diez minutos en desactivar los sensores y luego el explosivo. Era grande —más de un metro de largo. Todos respiraron hondo.

—El segundo está cerca del río —dijo Doña Ana.

Se dirigieron al río. El explosivo estaba escondido bajo una piedra grande. David volvió a trabajar, y después de quince minutos, lo desactivó.

—El tercero está en el árbol alto, al lado de la cascada —dijo Doña Ana.

Se acercaron al árbol. Era alto y estrecho. David subió con cuidado, mientras Sol le sostenía la cuerda. Cuando llegó a la rama donde estaba el explosivo, se quedó quieto.

—Qué pasa? —preguntó Sol, con miedo.

—Es un explosivo con temporizador —dijo David, con voz temblorosa. —Está programado para activarse mañana a las 12 del mediodía. Y no se puede desactivar por aquí —necesito el código.

Todos se quedaron mudos. El temporizador estaba programado para el momento exacto de la celebración.

—¿Quién tiene el código? —preguntó Mateo.

—Solo Carlos —dijo Doña Ana. —Él es el único que lo sabe.

Sol miró su reloj. Eran las 11 de la noche. Faltaban trece horas para que el explosivo se activara.

—Tenemos que atrapar a Carlos antes de las 12 del mediodía mañana —dijo él. —Es nuestra única oportunidad.

David bajó del árbol. —Lo podemos desactivar si cortamos los cables correctos, pero es muy peligroso —hay un 50% de posibilidades de que se active.

—No lo haremos —dijo Sol. —Esperaremos a atrapar a Carlos y pedirle el código.

Se dirigieron de regreso al poblado. La sombra sobre la estrella era más grande que nunca. Habían desactivado dos explosivos, pero el tercero seguía siendo un peligro mortal. Y Carlos estaba ahí, en la selva, esperando el momento de actuar.

 

El día 15 de marzo llegó rápido. El sol salió brillante, pero el aire estaba cargado de tensión. La celebración empezó a las 10 del mañana —gente de todas las reservas del mundo llegó, vestida con ropa colorida, lista para celebrar. Sol, Martín, Luna, Mateo y Camila estaban en el centro, saludando a los invitados, pero todos estaban vigilando cada movimiento.

Doña Ana estaba en la roca de la cascada, con la bandera roja en la mano. Esperaba la señal para levantarla —la señal que atraparía a Carlos y sus hombres.

A las 11 de la mañana, Sol vio a un hombre alto y delgado, con el pelo canoso y los ojos marrones, acercándose al poblado. Era Carlos Méndez —La Sombra. Iba acompañado de cinco hombres, todos con pistolas ocultas.

Sol le hizo una señal a la policía. Los oficiales se posicionaron alrededor de Carlos y sus hombres, sin que se dieran cuenta.

A las 11:30, Carlos se acercó a la roca donde estaba Doña Ana. —¿Estás lista? —preguntó él, con voz baja.

—Sí —dijo Doña Ana, con voz temblorosa. —Pero primero, quiero ver a mi hijo. Quiero saber que está bien.

Carlos sonrió con sarcasmo. —Tu hijo está bien —dijo él. —Por ahora. Levanta la bandera. Ahora.

Doña Ana miró hacia Sol, que le hizo un pequeño gesto de aprobación. Levantó la bandera roja al aire.

En ese momento, la policía salió de sus escondites y rodeó a Carlos y sus hombres. —Manos arriba! —gritó el jefe de la policía. —Estáis detenidos.

Carlos se quedó quieto por un momento, luego sonrió. —Creéis que lo tengo todo planeado mal? —preguntó él. —El explosivo en el árbol tiene temporizador. Se activará en treinta minutos, sin importar lo que hagáis. Y si intentáis hacer algo, mis hombres matarán a la gente.

Los hombres de Carlos sacaron sus pistolas y se dirigieron a la multitud. La gente empezó a gritar y correr.

—Cálmate! —dijo Sol, acercándose a Carlos. —Si nos das el código del temporizador, te dejaremos ir.

Carlos rió. —No creas que soy tan estúpido —dijo él. —El código solo lo sé yo. Y moriré antes de decírtelo.

Sol miró su reloj. Faltaban veinticinco minutos.

—Tenemos que hacer algo —dijo Mateo a David. —Tienes que intentar desactivar el explosivo.

David asintió. —Vamos —dijo él. —Pero es ahora o nunca.

Mientras Sol se mantenía con Carlos para distraerlo, David y Mateo se dirigieron al árbol alto. David subió rápidamente, mientras Mateo le sostenía la cuerda. Cuando llegó a la rama, se quedó quieto. El temporizador marcaba 20:00 minutos.

—Voy a cortar el cable rojo —dijo David, con voz temblorosa. —Es la única oportunidad.

Sol miró a Carlos. —¿Por qué lo haces? —preguntó él. —La Red Estrella lo que hace es bueno. Protege la naturaleza.

Carlos miró a Sol con odio. —La Red Estrella es débil —dijo él. —Yo podría haber hecho mucho más. Podría haber protegido la naturaleza con fuerza. Pero Martín me despidió. Me humilló. Ahora es mi turno de humillarlo.

Mientras hablaban, David cortó el cable rojo. El temporizador se paró. Todos respiraron hondo. Pero luego, el temporizador volvió a empezar, y una luz roja se encendió.

—Ha funcionado el sistema de seguridad! —gritó David. —Ahora se activará en 10 minutos, sin importar qué haga.

Sol miró su reloj. Faltaban diez minutos.

—Decime el código, Carlos! —gritó él, con desesperación. —Si no, moriremos todos. Incluyendo tu gente.

Carlos se quedó en silencio. Luego, miró a la cascada, a la roca donde estaban los nombres de Martín y Camila. —El código... —dijo él, con voz baja. —Es el número de la estrella. El número que Martín usó para marcar la roca. El 777.

Sol se quedó helado. El número de la estrella —el mismo que Martín había usado hace veinticinco años para marcar la roca donde se comprometió con Camila.

—David! El código es 777! —gritó él.

David escuchó y rápidamente introdujo el código en el temporizador. Se paró. La luz roja se apagó. El explosivo estaba desactivado.

En ese momento, la policía se lanzó sobre Carlos y sus hombres. Lo arrestaron sin problemas. La multitud empezó a aplaudir con fuerza.

Sol se dirigió al árbol y abrazó a David y Mateo. —Lo hicisteis —dijo él, con lágrimas en los ojos. —Lo hicisteis.

Mientras la celebración volvía a empezar, Sol miró hacia la roca de la cascada. Doña Ana estaba ahí, con la bandera roja bajada, llorando de alegría. Martín y Camila se abrazaban, con lágrimas en los ojos. Luna estaba escribiendo en su libreta, capturando el momento.

Sol miró hacia el cielo. La estrella brillaba clarísima, sin ninguna sombra. La Sombra había sido atrapada. El plan final había sido parado. Y la Red Estrella seguía siendo fuerte.

 

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