Susana Reyes es fuego puro. Una teniente de la Fuerza Aérea estadounidense de raíces mexicanas que ha pasado su vida desafiando las expectativas de quienes la creen demasiado pequeña para dominar los cielos. Cuando es enviada a una remota base militar en las profundidades de Rusia como parte de un programa de intercambio de élite, espera encontrar resistencia, pero no un muro de hielo impenetrable.
Ese muro tiene nombre: Mikhail Volkov.
Con 1.90 de estatura, una disciplina de acero y una mirada azul que parece congelar el aire a su paso, Mikhail es el capacitador encargado de convertir a Susana en una piloto experta de los imponentes cazas Su-35. Para él, ella es una distracción impulsiva; para ella, él es un gigante arrogante que necesita una lección de humildad.
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capítulo 22
El pitido de la radio de onda corta dejó de ser un ruido de fondo para convertirse en una sentencia de muerte. El código que parpadeaba en la pantalla de cristal líquido verde era una secuencia alfanumérica que ambos conocían de memoria: OMEGA-7. Era el protocolo de "Limpieza de Activos". No era un mensaje de rescate; era una orden de liquidación.
Mikhail se separó lentamente de Susana, su cuerpo aún caliente por la entrega de la noche, pero su mente regresando instantáneamente a la frialdad del operativo. Se acercó a la radio, decodificando el mensaje adjunto que aparecía en ráfagas de texto encriptado.
ESTADO: Compromiso total. Investigación accidental cerrada. Culpabilidad compartida. SOLUCIÓN: Extracción de un único activo para debriefing. El segundo activo debe ser neutralizado para cerrar el ciclo de información. Solo un helicóptero recogerá al superviviente en las coordenadas de la Playa Norte a las 06:00. El superviviente debe presentar la confirmación de la baja del otro.
El silencio que siguió al mensaje fue más pesado que la tormenta que arreciaba fuera. Susana se sentó en el catre, envolviéndose en una manta, observando la espalda rígida de Mikhail. La luz de la lámpara de queroseno estaba muriendo, proyectando las últimas sombras sobre el hombre que acababa de poseerla con una pasión que rozaba lo sagrado.
—Solo uno, Mikhail —susurró ella. Su voz no tenía miedo, solo una resignación amarga—. Washington y Moscú se han puesto de acuerdo por última vez. Quieren un testigo y un cadáver. Es la forma más limpia de enterrar el desastre de la Base Central.
El Despertar del Guerrero
Mikhail se giró. Sus ojos azules eran de nuevo dos esquirlas de hielo, pero esta vez no había odio en ellos, sino una agonía contenida. Caminó hacia la mesa y tomó su cuchillo de supervivencia y su pistola Makarov. Los colocó sobre la madera con un sonido metálico que resonó como un disparo.
—Han calculado todo, Susana —dijo él, su voz era un rastro de ceniza—. Saben que somos los mejores. Saben que, si nos dejan vivos a ambos, tarde o temprano seremos un riesgo. Quieren que nos matemos entre nosotros. Es su último experimento psicológico.
Susana se puso de pie, dejando caer la manta. Se acercó a él, deteniéndose a la distancia de un brazo. La tensión romántica de hace unas horas se había transformado en una tensión de combate pura.
—¿Y bien? —preguntó ella, desafiante—. Eres el Capitán Mikhail Volkov. El "Alfa". El hombre que separa el trabajo de los sentimientos. Tienes una oportunidad de volver a tu vida, a tu piano, a tu prestigio. Solo tienes que terminar lo que empezaste en la base.
Mikhail la miró, y por un segundo, Susana vio al depredador que habitaba en él. Su mano se movió hacia el arma, pero se detuvo a medio camino.
—No puedo —gruñó él, golpeando la mesa con el puño—. Maldita sea, Susana, no puedo hacerlo. He matado a hombres en el cielo y en la tierra sin parpadear, pero no puedo convertirte en un informe de "Baja Confirmada".
—Entonces hazlo tú —dijo Susana, tomando el cuchillo de la mesa y ofreciéndole el mango—. Mátame tú, Mikhail. Prefiero morir por tu mano en esta isla que pasar el resto de mi vida siendo un activo que ellos controlan.
El Duelo de las Almas
Mikhail tomó el cuchillo, pero no para atacarla. Lo arrojó contra la pared con una fuerza que lo dejó vibrando en la madera. La tomó por los hombros y la sacudió ligeramente, obligándola a mirarlo.
—Escúchame bien. No va a haber un superviviente y un cadáver. Eso es lo que ellos esperan. Esperan que el instinto de supervivencia nos convierta en animales de nuevo. Pero se olvidan de una cosa: nosotros volamos juntos.
—No hay otra salida, Mikhail —dijo Susana, las lágrimas finalmente asomando a sus ojos—. El helicóptero llegará en dos horas. Si ven a dos personas en la playa, abrirán fuego desde el aire. Lo sabes. Está en el protocolo.
Mikhail guardó silencio, su mente procesando variables a una velocidad de combate. El sacrificio era la única constante en la ecuación.
—Hay una forma —dijo él, su voz volviéndose extrañamente tranquila—. Una forma de que uno salga vivo y el otro sea "neutralizado" a ojos de la inteligencia, pero sin que la vida se pierda realmente. Pero requiere que confíes en mí más de lo que has confiado nunca en nadie.
Susana lo miró, buscando la trampa, buscando la mentira, pero solo encontró una determinación suicida.
—Dime.
—La bahía sur tiene corrientes que arrastran hacia las rutas de los pesqueros estonios —explicó Mikhail, hablando rápido—. Si simulamos una lucha en el acantilado... si uno de nosotros cae al agua en medio de la tormenta... el otro puede reportar la muerte. El cuerpo nunca será recuperado por las rocas y los tiburones. El que se quede en la isla para la extracción tendrá que ser el que lleve la "victoria".
—¿Y quién se queda? —preguntó Susana.
—Tú —respondió Mikhail sin dudar—. Tu agencia tiene más recursos para "desaparecerte" una vez que llegues a suelo estadounidense. Si yo vuelvo a Moscú, me interrogarán con pentotal sódico hasta que drene cada secreto. Tú tienes una oportunidad de escapar del sistema. Yo soy un hijo de la Madre Rusia; para mí, el sistema es mi sangre.
La Última Entrega
Caminaron hacia el acantilado bajo la lluvia incesante. El viento les azotaba los rostros, y el rugido del mar debajo era un recordatorio de la inmensidad de su apuesta. Mikhail se detuvo al borde del abismo, donde las olas rompían con una furia blanca.
Se giró hacia Susana. El amanecer empezaba a teñir el cielo de un gris enfermizo. El sonido de un rotor lejano empezó a vibrar en el aire. El helicóptero estaba cerca.
—Tienes que golpearme, Susana —dijo Mikhail, dándole su arma—. Dispara una vez al aire. Que escuchen el conflicto por los micrófonos de largo alcance que seguramente tienen activos. Tienes que parecer la ganadora. Tienes que ser la Teniente Reyes que sobrevivió al gran Volkov.
Susana tomó el arma, sus manos temblando violentamente.
—No puedo hacerlo, Mikhail. No puedo dejarte caer en ese mar.
Mikhail la tomó del rostro, dándole un beso corto, desesperado, que sabía a despedida y a una esperanza imposible.
—Sí puedes. Eres una piloto de combate. Sabes cuándo sacrificar el ala para salvar el fuselaje. Encuéntrame, Susana. En algún lugar, en algún momento, lejos de este uniforme.
El helicóptero apareció sobre el horizonte, un punto negro contra el gris. Mikhail retrocedió hacia el borde.
—¡Ahora! —gritó él.
Susana disparó al aire. El estruendo fue ensordecedor. Mikhail le dedicó una última mirada, una sonrisa triste y orgullosa, y se dejó caer hacia atrás, hacia el vacío negro del océano.
—¡MIKHAIL! —el grito de Susana fue desgarrador, real, no hubo necesidad de actuar.
Se desplomó de rodillas al borde del acantilado, observando cómo la espuma blanca se tragaba al hombre que amaba. El helicóptero de extracción descendió sobre la playa norte, con sus focos barriendo la arena. Susana se puso de pie, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano y endureciendo su expresión. Guardó el arma en su funda, se ajustó la chaqueta y caminó hacia la luz, cargando con el peso de un cadáver que esperaba, contra toda lógica, que todavía estuviera respirando en algún rincón del mundo.