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Reencarnada Para Limpiar Mi Nombre

Reencarnada Para Limpiar Mi Nombre

Status: En proceso
Genre:Época / Reencarnación / Venganza
Popularitas:7k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!

- ¡Pero si yo no fui!

Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14: La cacería

Viollet

Salimos de Giosem al amanecer, con el sol aún escondido tras las montañas y el rocío brillando en las hojas de los árboles como lágrimas de cristal.

El rey había cumplido su palabra. Cien hombres armados formaban nuestra escolta: soldados de la guardia real, leales al trono y entrenados para la guerra. A ellos se sumaban los doce hombres de Rubén, los mismos que nos habían seguido a la cueva, con Lars al frente y las cicatrices frescas de las quemaduras en sus brazos. En total, éramos más de un centenar de jinetes atravesando los caminos de tierra que llevaban al norte, hacia las tierras donde mi padre había establecido su feudo.

Rubén cabalgaba a mi lado, con la armadura puesta y la espada al cinto. Las vendas de sus quemaduras asomaban por el cuello de la coraza, y aunque su rostro era una máscara de determinación, yo sabía que cada movimiento le costaba un esfuerzo que no dejaba ver.

—No has dormido —dije, acercando mi caballo al suyo.

—Tú tampoco.

—Yo nunca duermo bien antes de una batalla.

—¿Has estado en muchas batallas? —preguntó, y en su tono había una curiosidad que no era solo cortesía.

—Más de las que crees.

No era una mentira. La primera vida había sido una batalla constante, aunque no con espadas. Las batallas de los salones, de las palabras susurradas, de las sonrisas que escondían puñales. Esa era mi guerra, y la conocía mejor que cualquier soldado.

—El rey nos ha dado información sobre los movimientos de tu padre —dijo Rubén, cambiando de tema con la habilidad de quien sabe cuándo no debe presionar—. Parece que se dirige hacia la fortaleza de Orth, en los confines del norte. Allí tiene hombres, armas, y según los espías, también tiene un plan.

—¿Qué plan?

—No lo sabemos aún. Pero el rey teme que intente huir al otro lado de la frontera, donde hay reinos que no nos son amigos.

—Mi padre no va a huir —dije, y la certeza en mi voz sorprendió hasta a mí misma—. No es el tipo de hombre que abandona su territorio. Va a luchar. Y va a intentar llevarse todo lo que pueda con él.

—¿El tesoro?

—El tesoro, sí. Pero también algo más. —Apreté las riendas, sintiendo cómo el cuero se hundía en mis palmas—. Mi padre siempre ha querido algo más que dinero. Ha querido poder. El tipo de poder que te da un trono.

Rubén me miró con intensidad.

—¿Crees que pretende proclamarse rey?

—No lo sé. Pero si tiene aliados en la corte, si ha estado conspirando durante años, no sería descabellado pensar que quiere algo más que unas cuantas monedas. Mi madre era hija de rey. Su sangre corre por mis venas. Si mi padre logra controlarme, o si logra presentar alguna prueba de que soy la legítima heredera…

—Podría usar tu nombre para reclamar el trono.

Terminó la frase por mí, y en sus ojos grises vi cómo las piezas del rompecabezas encajaban.

—Por eso quería que te casaras conmigo —dije—. No solo por el dinero. Porque casándote conmigo, el duque Dubrey, el hombre más poderoso del reino después del rey, se convertía en su aliado sin saberlo. Y si yo reclamaba el trono con tu apoyo, nadie podría detenerme.

—Pero tú no quieres el trono.

—No. Quiero justicia. Y quiero a mi padre pagando por lo que le hizo a mi madre. Al resto, que se lo quede el rey.

Rubén sonrió, y esa sonrisa era la de un lobo que ha encontrado a su manada.

—Entonces vamos a dársela.

---

Acampamos al anochecer en un valle rodeado de colinas, a un día de camino de la fortaleza de Orth. Los soldados montaron tiendas, encendieron hogueras y prepararon la cena con la eficiencia de hombres que han pasado la vida en campaña. Lars organizó las guardias, y Rubén revisó los mapas con sus capitanes, trazando las rutas que tomaríamos al día siguiente.

Yo me alejé del campamento, buscando un lugar tranquilo junto al arroyo que bordeaba el valle. El agua corría clara y fría, y el sonido de su corriente casi lograba ahogar los rumores de la guerra que se avecinaba.

Me senté en una roca, saqué el diario de mi madre y lo abrí por una página al azar.

“Hoy Viollet ha dicho su primera palabra. ‘Mamá’. La he abrazado tan fuerte que ha llorado. Sergio se ha enfadado, dice que la niña es demasiado débil, que hay que endurecerla. No sabe que la verdadera fuerza no está en la dureza, sino en la ternura. Mi hija será fuerte porque sabrá amar. Eso es lo único que puedo dejarle antes de que me maten.”

Cerré el diario y lo apreté contra mi pecho. Las lágrimas que había estado conteniendo desde que salimos de la capital empezaron a formarse en mis ojos, pero las contuve. No podía llorar. No ahora. No cuando estábamos tan cerca.

—¿Puedo sentarme?

La voz de Rubén me sobresaltó. Estaba de pie junto al arroyo, con la armadura puesta y el cabello oscuro suelto sobre los hombros. En la penumbra del crepúsculo, parecía un guerrero de las leyendas antiguas.

—Siempre —respondí, apartándome para hacerle sitio.

Se sentó a mi lado, tan cerca que sus piernas rozaban las mías. El frío de la noche se disolvió donde su cuerpo tocaba el mío, y por un momento el miedo que me atenazaba desde que habíamos salido de la capital se disipó.

—Estás leyendo el diario de tu madre —dijo, señalando el libro con un gesto.

—Sí. Me ayuda a recordar por qué estoy haciendo esto.

—¿Lo necesitas? ¿Recordar?

—A veces sí. Hay momentos en que el odio me nubla, y me olvido de que no es solo venganza lo que busco. Es justicia. Para ella. Para Darell. Para todos los que mi padre ha destruido.

Rubén me tomó la mano, y sus dedos, ásperos por la espada y el fuego, se entrelazaron con los míos.

—No te pierdas en el odio —dijo, y su voz era suave, casi un susurro—. El odio es un arma que hiere a quien la empuña tanto como a quien la recibe.

—Lo sé. Por eso estoy aquí, en lugar de haberme lanzado sola contra la fortaleza de Orth con un cuchillo entre los dientes.

Soltó una risa baja, y el sonido vibró en mi pecho como una caricia.

—Eso habría sido espectacular.

—Y estúpido.

—También.

Me volví hacia él, y en la luz mortecina del crepúsculo, sus ojos grises parecían plata fundida.

—Rubén —dije, y mi voz sonó más seria de lo que pretendía—. ¿Qué pasa mañana? Si todo sale bien, si capturamos a mi padre y a Grecia… ¿qué pasa después?

—Después volvemos a casa. A la finca de los acantilados. Y vivimos en paz.

—¿Paz? —sonreí, con una sonrisa que era mitad esperanza, mitad escepticismo—. ¿Tú sabes vivir en paz?

—Contigo, sí. Contigo aprendería cualquier cosa.

Me besó, y el beso fue largo, profundo, lleno de todas las promesas que aún no nos habíamos hecho. Sus manos recorrían mi espalda, mis caderas, y yo me aferraba a él como si fuera el único punto fijo en un mundo que se desmoronaba.

—Aquí no —jadeé, cuando sus labios descendieron por mi cuello—. Los soldados…

—Los soldados están en el campamento —murmuró contra mi piel—. Y yo necesito a mi esposa.

—Tu esposa te necesita también —respondí, y mis dedos encontraron los cordones de su armadura—. Pero no aquí. No en el frío.

Me levantó en vilo como si no pesara nada, y me llevó hacia la tienda que habían montado para nosotros. Dentro, una lámpara de aceite proyectaba sombras danzantes sobre las telas, y el calor de su cuerpo era la única cosa que existía.

Me desnudó con una lentitud que era tortura, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Cuando por fin estuve desnuda sobre el lecho de pieles, él se detuvo para mirarme, y en sus ojos vi algo que no era solo deseo.

—Eres tan hermosa —dijo, y su voz era un gruñido—. No sé qué hice para merecerte.

—No hiciste nada —respondí, tirando de él hacia mí—. Solo estate aquí. Conmigo.

Después, ya no hubo palabras.

Solo sus manos, su boca, su cuerpo cubriendo el mío. El roce de su piel contra mi piel, el gemido que escapó de mis labios cuando por fin entró en mí, la sensación de plenitud que me llenó por completo. Nos movimos juntos al ritmo de la noche, primero lento, después más rápido, hasta que el mundo se redujo a los puntos de contacto entre nuestros cuerpos.

Cuando el orgasmo me alcanzó, fue como romper una ola gigante, dejándome sin aliento, temblando en sus brazos mientras él se perdía dentro de mí con un gemido ronco.

Después, nos quedamos abrazados, con el sudor secándose en nuestra piel y la respiración volviendo poco a poco a la normalidad.

—Mañana —dijo él, con los dedos acariciando mi espalda—. Mañana todo termina.

—O comienza —respondí, apoyando la cabeza en su pecho—. Depende de cómo lo mires.

—¿Cómo lo miras tú?

—Como el principio de algo nuevo. Algo en lo que no hay mentiras, ni traiciones, ni muertes. Solo nosotros.

Rubén me apretó contra él.

—Entonces será el principio.

Y en sus brazos, con el sonido de la noche filtrándose a través de las telas de la tienda, supe que fuera lo que fuera lo que nos esperaba al día siguiente, podríamos enfrentarlo.

Porque no estábamos solos.

---

Rubén

La fortaleza de Orth se alzaba ante nosotros al mediodía, una mole de piedra negra encaramada en lo alto de un acantilado. Sus muros eran altos, sus torres puntiagudas, y en sus almenas ondeaban las banderas del conde: el lobo y la luna, los mismos emblemas que había visto en los documentos del cofre.

—No va a ser fácil —dijo Lars a mi lado, con los prismáticos pegados a los ojos—. Tiene al menos doscientos hombres dentro. Y las murallas son nuevas, reforzadas. Han estado preparándose para esto.

—Lo sé —respondí, observando la fortaleza con el mismo ojo crítico que había usado en cien batallas—. Pero no necesitamos tomar la fortaleza. Solo necesitamos que salga.

—¿Y cómo vamos a hacer eso?

—Con la única cosa que el conde no puede resistir —dijo Viollet, acercándose a nosotros con el cabello blanco recogido en una trenza y una daga al cinto—. El tesoro.

—¿El tesoro? —pregunté, frunciendo el ceño—. Está en la capital.

—No —respondió ella, sacando un pequeño cofre de su alforja—. Esto es lo que encontré en la cueva. Los documentos, el diario, las cartas. Todo lo que mi padre necesita para reclamar lo que cree que es suyo.

—¿Y quieres usarlo como cebo?

—Quiero que sepa que lo tenemos. Que si no sale a enfrentarnos, haremos públicas estas cartas y su nombre quedará marcado para siempre como el de un traidor y un asesino. No podrá esconderse detrás de sus murallas. Tendrá que salir.

Lars negó con la cabeza.

—Es arriesgado. Si sale con todos sus hombres, nos superan en número.

—Pero no en estrategia —dije, y una sonrisa se dibujó en mis labios—. Dividamos las fuerzas. Tú te llevas a cincuenta hombres al bosque del este, te escondes entre los árboles. Cuando el conde salga, lo rodeas por la retaguardia. Nosotros nos quedamos aquí, en la llanura, haciéndonos visibles. Que nos vean. Que sepan que estamos aquí, con el tesoro, esperándolo.

—¿Y si no muerde el anzuelo?

—Morderá —dijo Viollet, con una certeza que me heló la sangre—. Mi padre es un hombre orgulloso. No soporta que le desafíen. Y menos una mujer que siempre creyó sumisa.

Lars asintió y se alejó con sus hombres, dejándonos solos frente a la fortaleza.

—¿Estás lista? —pregunté, tomando la mano de Viollet.

—Nací lista —respondió, y en sus ojos violetas vi el mismo fuego que había visto la noche que desarmó al asesino en la biblioteca.

---

El conde salió al cabo de una hora.

No vino con todos sus hombres, como habíamos temido. Solo con una cincuentena, los mejores, los más leales. Pero aun así, nos superaban en número. Los vimos descender por el camino de la fortaleza, con las armaduras relucientes al sol y las espadas desenvainadas.

Al frente, montado en un caballo negro, iba mi padre político. Sergio Ritman, el hombre que había asesinado a su esposa, que había vendido a su hija, que había conspirado contra el rey durante décadas. A su lado, con un caballo blanco y una sonrisa de hielo, iba Grecia.

—Hija —dijo el conde, deteniendo su caballo a unos metros de donde estábamos—. Veo que has traído el tesoro. Qué amable de tu parte devolvérmelo.

—No es tuyo —respondió Viollet, con la voz clara y firme—. Nunca lo fue.

—Tu madre me lo prometió antes de morir.

—Mi madre no te prometió nada. Mi madre murió por no dártelo.

El conde enrojeció. Sus dedos se crisparon sobre las riendas.

—No sabes de lo que hablas. Tu madre era una mujer débil, una traidora, una…

—Mi madre era la hija del rey —lo interrumpió Viollet, y su voz era un látigo—. Y tú, Sergio Ritman, no eres más que un asesino que se casó con ella por codicia, que la violó y la mató cuando no pudo doblegarla. Pero el tesoro que buscabas nunca fue oro. Fue la verdad. Y ahora la verdad está en mis manos.

Sacó el cofre de su alforja y lo sostuvo en alto.

—Aquí están las cartas que escribiste. Los testimonios de los hombres que pagaste para que mataran a mi madre. Los nombres de los nobles que te apoyan. Todo está aquí. Y si no te rindes ahora, si no entregas tu espada y te arrodillas ante el rey, haré público cada uno de estos documentos. Tu nombre será borrado de la historia. Tus tierras, confiscadas. Tus hijos, desheredados. Morirás como un perro, sin que nadie recuerde siquiera tu nombre.

El conde palideció. A su lado, Grecia dejó de sonreír.

—No te atreverías —siseó Grecia, con los ojos echando chispas—. Eres una cobarde, Viollet. Siempre lo has sido.

—¿Cobarde? —Viollet rió, y su risa era un sonido que nunca había oído en ella: era la risa de una mujer que ha sobrevivido a la muerte—. Yo he mirado a la muerte a los ojos, hermana. He sentido el frío del acero en mi cuello. He visto cómo se esfumaba mi vida y he vuelto del otro lado para contar la historia. ¿Tú qué has hecho? ¿Sonreír mientras tu padre asesinaba a nuestra madre? ¿Abrir las piernas para los hombres que podían darte poder? Tú eres la cobarde, Grecia. Siempre lo has sido.

Grecia lanzó un grito de furia y desenvainó su espada. El conde hizo lo mismo, y sus hombres se prepararon para la carga.

—¡Ahora! —grité, desenvainando la mía.

La batalla fue feroz.

Mis hombres cargaron contra los del conde con la furia de quien sabe que pelea por algo más que una guerra. Lars y sus soldados salieron del bosque como una ola de acero, rodeando al enemigo por la retaguardia. Las espadas chocaron, los caballos relincharon, y el olor a hierro y a sudor se mezcló con el de la sangre.

Yo me abrí paso entre los enemigos con la espada en alto, buscando al conde. Lo vi al fondo, protegiéndose tras sus hombres mientras Grecia huía hacia la fortaleza con el caballo desbocado.

—¡Cobarde! —grité, cortando a un soldado que se interponía en mi camino—. ¡Enfréntame!

El conde me miró, y en sus ojos vi el miedo. No era un guerrero, nunca lo había sido. Era un conspirador, un asesino de mujeres, un hombre que había vivido de la traición y la mentira. Ahora, frente a la verdad, no tenía nada.

—¡Viollet! —grité, volviéndome hacia ella—. ¡Ahora!

Viollet apareció a mi lado como una sombra, con la daga en la mano y el cabello blanco flotando al viento. No llevaba armadura, no llevaba espada. Solo llevaba la verdad, y esa era su mejor arma.

—Ríndete, padre —dijo, deteniéndose frente a él—. Ríndete y te prometo que tu muerte será rápida.

El conde la miró, y en sus ojos vi algo que me heló la sangre. No era miedo. Era locura.

—Si no puedo tener el trono —dijo, sacando una daga de su cinturón—, tú tampoco.

Se abalanzó sobre Viollet con la daga en alto, y yo me lancé entre ellos sin pensar. Sentí el acero hundirse en mi costado, el dolor ardiente que me robó el aliento, y luego el impulso de mi espada encontrando su pecho.

El conde cayó de rodillas, con los ojos abiertos de par en par y la sangre brotando de su boca.

—Tú… —susurró, mirando a Viollet—. Tú… no eres mi hija.

—No —respondió ella, arrodillándose frente a él—. Soy la justicia.

El conde cayó al suelo, y sus ojos se quedaron abiertos, mirando al cielo.

La batalla terminó poco después. Sin su líder, los hombres del conde se rindieron o huyeron. Grecia, según nos dijeron más tarde, había escapado por un pasadizo secreto de la fortaleza, llevándose consigo lo que pudo.

Pero yo ya no pensaba en eso.

Me dejé caer al suelo, con la mano apretada contra el costado y la sangre empapando mi armadura. El dolor era intenso, pero no tanto como el miedo en los ojos de Viollet cuando se arrodilló a mi lado.

—¡No! —gritó, presionando sus manos contra la herida—. ¡No te mueras, Rubén! ¡No te mueras, por favor!

—No voy a morir —dije, y mi voz sonó más débil de lo que quería—. Te lo prometí.

—¡Médico! —gritó Viollet, con lágrimas corriendo por sus mejillas—. ¡Que alguien traiga a un médico!

La vi a través de una niebla roja, con el cabello blanco manchado de sangre y los ojos violetas llenos de terror. Era la mujer que había vuelto del pasado para salvarme. La mujer que había enfrentado a su padre con la verdad como única arma. La mujer que amaba.

—Viollet —susurré, alzando una mano manchada de sangre para tocar su rostro—. Te amo.

—No me digas eso ahora —respondió ella, entre lágrimas—. Dímelo mañana. Y pasado. Y todos los días que nos quedan. Pero no te vayas. Por favor, no te vayas.

Sonreí, aunque me costara.

—No voy a irme. No sin ti.

Y luego, la oscuridad.

---

Viollet

Desperté en una tienda, con las manos manchadas de sangre seca y el corazón latiendo con una furia que no me pertenecía.

—¿Rubén? —pregunté, incorporándome de golpe.

—Está vivo —dijo Lars, que estaba sentado junto a la entrada, con el rostro pálido y los ojos enrojecidos—. La herida era profunda, pero no tocó ningún órgano vital. El médico dice que se recuperará.

Me levanté tambaleándome, y Lars me sostuvo.

—Quiero verlo.

—Duquesa, debería descansar…

—Quiero verlo ahora.

Lars me llevó hasta la tienda contigua, donde Rubén yacía sobre un lecho de pieles con el pecho vendado y el rostro pálido como la cera. Su respiración era débil pero regular, y cuando me arrodillé a su lado, sus dedos se movieron para encontrar los míos.

—Viollet… —susurró, sin abrir los ojos.

—Estoy aquí —respondí, apretando su mano—. No me voy.

—Siempre… tan obstinada…

Sonreí, aunque las lágrimas corrían por mis mejillas.

—Lo sé. Y aún así te casaste conmigo.

—Y volvería a hacerlo —dijo, abriendo los ojos con esfuerzo—. Una y otra vez.

Me incliné para besarle, y el beso fue suave, apenas un roce, pero me llenó de una calidez que ningún fuego podría igualar.

—Duerme —dije, acariciando su rostro—. Cuando despiertes, estaré aquí.

—Lo sé —respondió, y cerró los ojos.

Me quedé a su lado toda la noche, con su mano entre las mías y el corazón latiendo al ritmo de su respiración. Afuera, los soldados celebraban la victoria, pero yo no celebraba nada. Solo respiraba. Solo agradecía.

Mi padre había muerto. Grecia había escapado. Pero lo más importante: Rubén estaba vivo.

Y mientras él durmiera, yo velaría su sueño. Porque esta vez, en esta segunda oportunidad que la vida me había concedido, no iba a dejar que nada ni nadie me lo arrebatara.

Al amanecer, cuando el sol empezó a filtrarse por las telas de la tienda, Rubén abrió los ojos y me sonrió.

—Sigues aquí —dijo.

—Te lo prometí.

—Sí. —Apretó mi mano con una fuerza que me sorprendió—. Lo hiciste.

Me incliné para besarlo, y cuando nuestros labios se encontraron, supe que todo lo que habíamos pasado —la muerte, el renacer, la traición, la venganza— había valido la pena.

Porque al final, el amor era la única verdad que valía la pena defender.

Y nosotros, Viollet y Rubén, íbamos a defenderlo hasta el final.

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DAISY VARGAS
el reencarno también 🤔
Iliana Curiel
Vaya autora me encantó este capítulo, me enamoré y me encanta que haces que vea cada lugar y sentimientos de los protas, que bonito gracias 🥰🥰🥰
inuyasha/ Tomoe🦊
estoy pérdida el rey que sería? es Emiliano?
inuyasha/ Tomoe🦊
quiero ver la caída del Rey, esperen Emilio que es el hermano de la madre de ella. el sería el rey?
🦋Akiro🦋
👏
noem
este capítulo no debería ir antes 👀👀
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
Jisieli: tengo q revisar
total 1 replies
noem
gracias por publicar
Alberto Ayala
interesante 🥰se va poniendo muy interesante 🤭
(˃̣̣̣̣̣̣︿˂̣̣̣̣̣̣ )SOMEBODY
Me E N C A N T A 😌💅 DIVA EMPODERARA💅😌💅💅
Beatriz Diaz
👏muy bien gracias buenas imágenes
inuyasha/ Tomoe🦊
ya necesito la declaración de que ella renació y el de una cierta manera también pero sin recuerdos
inuyasha/ Tomoe🦊
AHHH necesito más capítulos o me va agarrar algo lo jurooooo
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
Iliana Curiel
ahhhhh dios mío está ansiedad por leer más jajajaja ya me quedé sin uñas autora,
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰
Iliana Curiel
dios mío autora me mori, me regresé y me derretir por ese beso ansiado. ❤️❤️❤️❤️
Iliana Curiel
Esa hermana espero y sufra por lo que hizo
Iliana Curiel
me encanta tu historia autora 🥰🥰🥰🥰
Jisieli: Muchas gracias ❤️✨
total 1 replies
inuyasha/ Tomoe🦊
AHHH me tiene tan Atrapada necesito más capítulos plisss
Jisieli: Ya van en Camino 🤭
total 2 replies
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