Rubí, princesa consorte de Evans. Muere por el desprecio de su esposo. Ella renace en el siglo XXI, sin embargo, muere tras una misión peligrosa. Vuelve a su primera vida. está vez, ella no morirá por la distancia de su marido, si es necesario lo obligará a mucha cosa por el bienestar suyo y el de reino.
En una noche, con un cuchillo en el cuello del principe, rubí lo amenaza.
—No te obligare a amarme. Pero si a estar juntos por la seguridad mía y del reino. De lo contrario, te haré sufrir.
Evans, extrañamente le empieza a gustar su lado peligroso.
—Con gusto me gustaría cumplir tus deseos
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Capítulo XXII
Rubí despertó dentro de un círculo estrecho de calor. Sus sentidos regresaron despacio. El primer sonido que reconoció fue una respiración contenida, irregular, demasiado cerca. El segundo, un latido que no era el suyo.
Evans la abrazaba. No con delicadeza. La sostenía como si soltarla implicara perderla. Un brazo rodeaba su espalda, firme; el otro descansaba sobre su cintura, anclándola a la realidad. Su frente estaba apoyada contra la de ella.
Rubí intentó incorporarse. El cuerpo le pesó como si hubiera pasado semanas bajo tierra.
— Quédate —murmuró Evans, con la voz quebrada—. Solo un momento más.
Ella frunció el ceño. Aquello no le gustó. Tampoco le gustó la debilidad que sentía en las extremidades, ni el vacío extraño donde su sombra debería responder.
— Suéltame —ordenó, aunque la palabra salió sin fuerza.
Evans no obedeció de inmediato. La besó. Fue un beso suave, desesperado, como si intentara devolverle algo a través de los labios. Rubí sintió el intento de transferencia de su don, la presión sutil de esa energía que siempre la había sostenido en algunos momentos. Esta vez no funcionó.
El vacío permaneció. Rubí apartó el rostro.
— Basta.
Evans se tensó. Era evidente su frustración por no ayudar a su esposa.
— No estás bien.
— Ya lo sé —respondió ella, con frialdad—. No necesito que me lo recuerdes.
Un estremecimiento recorrió la habitación. Las cortinas se agitaron de repente, violentas. Afuera, el viento comenzó a rugir con una intensidad antinatural. Las paredes del palacio vibraron apenas, como si algo invisible golpeara desde todos los ángulos.
Evans se incorporó por completo.
— El clima.
Rubí cerró los ojos un segundo. Sintió el desorden. No era un fenómeno externo. Era ella.
— Mi don está fallando.
Una ráfaga golpeó las ventanas. El cielo se oscureció con rapidez, nubes densas girando en espiral sobre la ciudad imperial. Los sirvientes corrían en los patios. Las banderas se desgarraban.
Evans apretó los puños.
— Esto se está yendo al carajo.
Rubí intentó ponerse de pie. Las piernas no respondieron.
— Ayúdame a sentarme —dijo.
Evans obedeció. La sostuvo mientras ella se incorporaba con esfuerzo. El mundo le dio vueltas. El viento afuera aumentó, como si reaccionara a cada latido inestable de su corazón.
— No logro estabilizarlo —admitió ella—. Algo me está drenando.
Evans pasó una mano por su cabello, frustrado.
— No sé qué hacer por ti —dijo—. Y eso es lo que más me jode.
Rubí lo miró. Su expresión seguía siendo dura, pero había algo distinto en sus ojos.
— No entres en pánico —ordenó—. Eso no ayuda.
— Eres mi esposa —respondió él—. El imperio puede esperar. Tú no. No me importa si te enojas conmigo. Encontré la forma de devolver tu estabilidad.
— Déjame aclararte algo.—Aparto la vista.— . No estoy enojada contigo. Si te hice pensar eso con mis acciones, no es así. Estoy molesta, sí. Pero por culpa de las cosas que están sucediendo. De mi debilidad reciente. Yo... Estaría peor si no estuvieras aquí conmigo. Perdóname por ser un poco cruel.
Antes de que Evans pudiera responder, la puerta se abrió sutilmente.
— Majestad —dijo un guardia—. El sumo sacerdote ya fue a ver a su padre.
Evans giró la cabeza de inmediato.
— Bien.
El guardia asistió y Evans le explicó a Rubí
— Mi padre —dijo—. Hay algo raro con él. La puerta de sus aposentos están sellada. Nadie puede entrar.
Rubí levantó la mirada con esfuerzo. El viento rugió con más fuerza, arrancando tejas de los tejados cercanos. Ella apretó los dientes.
— El ministro de Sael está siendo vigilado por Erika. Mi luz. Por lo que hizo está mañana, ya no confío en él.
— Dame mi pistola. Se que me la quitaste cuando estuve inconsciente. Ahora no podemos confiarnos de nada. Si has mandado a vigilar a nuestros nobles tenemos que tomar medidas drástica.
Él asintió. Entregándola en su mano, Evans también guarda la suya.
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Mientras tanto. Loid se dirigió a la puerta de los aposentos del antiguo emperador estaba cubierta por un sello antiguo, fino, imperceptible para quien no supiera dónde mirar.
— Esto no lo puso un aprendiz —murmuró Loid—. Es un hechizo de ocultamiento reforzado. Al parecer tenemos un mago supremo en nuestra casa.
Colocó ambas manos sobre la madera. Murmuró palabras que no pertenecían a ningún idioma conocido. El aire vibró. El sello cedió con un sonido seco, como un hueso al romperse.
La puerta se abrió.
El olor fue lo primero. Sangre vieja. Hierbas mal oliente. Magia oscura en descomposición. Loid se detuvo con un gesto de asombro.
El antiguo emperador estaba en la cama. O lo que quedaba de él.
Su pecho subía y bajaba con dificultad. Los ojos abiertos, vidriosos, suplicantes. La boca… no estaba del todo completo. Donde debía haber lengua, solo quedaba una cavidad oscura, cicatrizada de forma burda.
Loid se acercó despacio. Las manos del antiguo emperador estaban envueltas en vendas empapadas de rojo seco. Cuando Loid las retiró, la verdad quedó expuesta; no tenía dedos.
Un escalofrío recorrió al sumo sacerdote.
— Malditos los nombres de quiénes te hayan hecho esto—susurró.— Y me culpo por no haber visto esto antes.
El antiguo emperador intentó hablar. Solo emitió un sonido ahogado. Sus ojos se movían con desesperación, intentando comunicar algo imposible.
Loid cerró los ojos y apoyó dos dedos en la sien del hombre.
— Voy a mirar —dijo—. Aguanta.
El contacto fue inmediato.
Loid vio rituales realizados en silencio. Vio la lengua arrancada con precisión, preservada en un recipiente de obsidiana. Vio los dedos cortados uno por uno, utilizados para firmar documentos con la voz y la escritura del emperador.
Manipulación. Órdenes falsas enviadas en su nombre. El rostro de Loid se endureció.
— Sabían exactamente qué tomar —dijo—. La lengua para la voz. Los dedos para la escritura.
El antiguo emperador lloraba en silencio. Loid siguió avanzando en los recuerdos. Vio al responsable. Y entonces escuchó una voz desde la entrada.
— Qué escena tan lamentable. Aunque así quise que lo encontrarás.