Sara regresa a la granja de sus padres para cuidar a su madre en campania de su esposo Alejandro,
Al llegar Sara comienza a ver el fantasma de una niña en sus sueños y comienza a caminar dormida, despertando cada mañana, en un lugar diferente, cada vez más alejada de la granja
Alejandro pronto trata de investigar lo que esta pasando y poco a poco comienza a descubrir los oscuros secretos del pasado que oculta su Esposa
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LA DISCUSIÓN
La luz del amanecer se filtraba a través de las ventanas de la granja, creando un ambiente inquietante. Alejandro, con el corazón agitado por la discusión de la noche anterior, decidió que necesitaba respuestas. La idea de la Ouija le había cruzado la mente, pero sabía que era un camino peligroso. Sin embargo, la desesperación lo llevó a buscarla en el pueblo, convencido de que si podía comunicarse con Mariana, podría entender lo que estaba sucediendo con Sara. Mientras caminaba hacia la tienda de antigüedades, las voces de sus propios pensamientos resonaban en su mente. "¿Qué tal si realmente puedes hablar con los muertos?", se preguntó, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
Al regresar a la granja con la Ouija en una bolsa de papel marrón, se encontró con Sara en la cocina. Ella lo miró con desconfianza. "¿Qué tienes ahí, Alejandro?" preguntó, cruzando los brazos sobre su pecho, mientras una sombra de preocupación cruzaba su rostro. "Es solo un juego, algo para distraernos. Quiero intentar hablar con Mariana", respondió él con un tono que intentaba ser casual, pero que no logró ocultar su inquietud. Sara frunció el ceño. "Eso es muy peligroso. No deberías jugar con esas cosas", dijo, su voz temblando ligeramente. Alejandro sintió una punzada de frustración. "¿Y si es la única forma de ayudar a Sara?", pensó, sintiéndose atrapado entre su amor por ella y su deseo de entender.
Desesperado por encontrar apoyo, Alejandro decidió hablar con los padres de Sara. Era un paso que había evitado, pero la situación lo requería. Al llegar a la puerta de su casa, vio a su madre pálida y demacrada, sentada en el porche. Ella lo miró con ojos cansados, como si pudiera ver a través de su alma. "¿Qué pasa, Alejandro?", preguntó con voz suave, pero cargada de preocupación. "Necesito hablar con ustedes sobre Sara, es serio", dijo él, sintiendo el peso de cada palabra. La madre de Sara se levantó, y su expresión se tornó grave. "¿Qué le sucede a mi hija?", inquirió, y Alejandro, sintiéndose atrapado, comenzó a relatarle todo lo que había sucedido.
Mientras tanto, en la granja, Sara se sintió traicionada. Cuando Alejandro regresó, la ira se reflejaba en sus ojos. "¿Por qué le contaste a mis padres? ¡No tenías derecho!", exclamó, sus palabras llenas de dolor. Alejandro, sintiendo que su propia frustración crecía, respondió: "¡Porque estoy preocupado por ti! No puedo quedarme de brazos cruzados mientras te pierdes". La tensión en el aire era palpable, y las palabras se lanzaban como dagas. "¿Y qué hay de Nazario? ¿Por qué te acercas tanto a él?", preguntó Alejandro, sintiendo que los celos lo consumían. Sara lo miró, herida. "Nazario es solo un amigo, Alejandro. No puedes culparme por eso", dijo, su voz aumentando en tono.
La discusión se intensificó, y las palabras hirientes se convirtieron en gritos. Al final, ambos decidieron dormir en habitaciones separadas, la distancia entre ellos como un abismo. Sara, sintiéndose atrapada por sus propios demonios, se ató a la cama nuevamente, buscando una forma de escapar de sus pensamientos. Mientras tanto, Alejandro se revolvía en su cama, sintiendo un profundo arrepentimiento por la pelea. "Debería haber manejado esto de otra manera", pensó, pero su orgullo le impedía pedir perdón.
Esa noche, la oscuridad parecía más pesada. Alejandro, incapaz de dormir, decidió que necesitaba respuestas. Se levantó y, con pasos silenciosos, salió de la casa. Su mente estaba llena de dudas y preguntas. "¿Qué está pasando con Sara? ¿Por qué Nazario parece tan involucrado?", se preguntó mientras se dirigía a la casa de su amigo. Al llegar, la madre de Nazario lo recibió con una sonrisa triste. "No está en casa, pero puedes esperar", le dijo. Alejandro asintió, sintiendo que el tiempo se alargaba mientras esperaba.
En un descuido de la madre de Nazario, Alejandro decidió entrar en su cuarto. La habitación estaba desordenada, con ropa tirada por el suelo y una atmósfera cargada de tensión. En la mesa de noche, encontró un frasco de píldoras. Su corazón se aceleró al ver las etiquetas: pastillas para no dormir y otros medicamentos que no reconocía. "¿Qué está pasando aquí?", murmuró para sí mismo, sintiendo que la preocupación se apoderaba de él. En ese momento, Nazario apareció por sorpresa, su expresión de sorpresa rápidamente se tornó en enojo. "¿Qué haces aquí, Alejandro?", preguntó, sus ojos oscuros llenos de desconfianza.
Alejandro, olvidando por un momento su celos, cuestionó a Nazario sobre las píldoras. "¿Por qué tienes esto? ¿Estás bien?", preguntó, su voz llena de preocupación. Nazario se cruzó de brazos, negándose a hablar. "No es asunto tuyo", respondió con frialdad. La tensión entre ellos aumentaba, y Alejandro notó las ojeras bajo los ojos de Nazario. "Eres sonámbulo, al igual que Sara. Lo que la persigue a ella también te persigue a ti", gritó Alejandro, su voz resonando en la habitación. Nazario, enfurecido, lo corrió de su cuarto. "¡Sal de aquí! No necesito tu ayuda", gritó, cerrando la puerta de golpe.
A la mañana siguiente, Alejandro decidió salir con el pretexto de vender su pintura en el pueblo. Pero su verdadera intención era buscar a los amigos de Sara, aquellos que podrían tener respuestas sobre lo que estaba sucediendo. Mientras conducía, la ansiedad lo invadía. "Necesito entender", pensó, sintiendo que cada kilómetro que recorría lo acercaba a la verdad. La niebla cubría el camino, y la atmósfera opresiva parecía reflejar su estado emocional. "¿Qué mal persigue a Sara?", se preguntó una vez más, decidido a descubrirlo.