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LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA

LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Dos hermanas gemelas, idénticas en apariencia pero completamente distintas por dentro. La favorita de todos, hermosa y vanidosa, se casó con un hombre millonario y tuvo tres hijos, pero no ama a nadie: maltrata a sus pequeños, engaña a su esposo y solo se queda por su dinero. La otra, siempre ignorada y menospreciada, es dulce, tímida y muy inteligente, y nunca tuvo un lugar propio en el mundo. Hasta que un día la hermana caprichosa decide huir y le ordena que tome su lugar: que viva su vida, que finja ser ella, que soporte lo que ella ya no quiere. Y así comienza la historia de una chica que se convierte en impostora de su propia sangre, descubriendo que la vida que le dieron era mucho más valiosa de lo que nadie jamás supo ver.

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CAPÍTULO 19 EL SABUESO QUE SALIÓ DE ENTRE LAS REJAS

# CAPÍTULO 19 — EL SABUESO QUE SALIÓ DE ENTRE LAS REJAS

El silencio que siguió a la llamada duró solo unos segundos, pero a Elisa le parecieron horas. No apartó la vista de Isabel ni un instante, fijándose en cada detalle: cómo la mujer acomodó de inmediato su rostro en una máscara de preocupación fingida, cómo apretó los labios para borrar la sonrisa, cómo aferró los papeles del banco contra su cuerpo como si quisiera ocultarlos.

—¿Quién era? —preguntó Isabel con voz temblorosa, dando un paso hacia adentro, perfecta en su actuación—. Te has puesto pálida como la pared. ¿Ha sido… ha sido él?

Elisa colgó el auricular despacio, sin despegarle los ojos. Quería gritarle a todos que acababa de ver su sonrisa, que era ella quien le había dado el nombre de Martín, que estaba jugando con todos como si fueran piezas de su ajedrez privado. Pero se contuvo. Si lo decía ahora, sin pruebas más que su palabra contra la de ella, Isabel negaría todo, se haría la víctima, Eduardo dudaría, y ella saldría ganando una vez más. Tenía que esperar. Tenía que atraparla con las manos en la masa.

—Sí —respondió por fin, con voz tan tranquila como pudo—. Era Humberto Salas. Dijo que nos da siete días para entregarle la empresa entera. Si no, empieza por los niños. Por Martín.

Doña Carmen, que había entrado a la cocina justo detrás de Elisa, soltó un juramento bajo su aliento y agarró el teléfono para llamar de inmediato al comisario Herrera. Doña Marisa se acercó a su hija, le apretó un brazo con fuerza, sin decir nada, solo para que supiera que estaba ahí. Eduardo salió corriendo de la sala cuando oyó la amenaza contra los niños, con la cara desencajada.

—¿Por Martín? —repitió, sin poder creerlo, agarrando a Elisa por los hombros—. ¿Cómo puede saber su nombre? Nadie fuera de la familia sabe que lo adoptamos, que vive con nosotros. Nadie…

Se calló de golpe. Todos lo pensaron al mismo tiempo. Todos giraron la cabeza hacia Isabel.

Ella estaba parada cerca de la ventana, con la mano en el pecho, los ojos muy abiertos, fingiendo un horror que no sentía.

—No me miréis así —dijo, con voz quebrada, como si la acusación le doliera más que cualquier cosa—. Yo no le he dicho nada a nadie. Nunca. Él debe de tener espías, alguien que nos vigila desde hace semanas. Quizás los mismos guardias que contratamos ayer. Quizás alguien de la oficina de Eduardo. ¿Por qué siempre creéis que soy yo la mala?

Nadie respondió. Nadie tenía pruebas. Solo la mirada de Elisa, el recuerdo imborrable de esa sonrisa. Pero eso no servía de nada ante la ley, ni ante el corazón roto de Eduardo, que aún quería creer.

Esa tarde el comisario Herrera llegó con dos agentes más. Tomó nota de todo: la llamada, la caja con el reloj, las amenazas, la aparición de Isabel después de veintidós años. Les prometió poner patrullas las veinticuatro horas frente a la casa, escoltas para los niños en el colegio, investigación sobre Humberto Salas y sus movimientos desde que salió de la cárcel. Pero antes de irse, llamó a Elisa aparte, cerca de la puerta principal, lejos de los demás.

—Ten cuidado con esa mujer —le dijo en voz muy baja, para que nadie más lo oyera—. He estado mirando sus antecedentes mientras venía. No es solo la viuda de Rodrigo Vidal. Hace veinticinco años, antes de casarse, trabajaba de secretaria en la misma constructora que Humberto Salas. Eran socios. Amigos. Quizás algo más. Nadie lo recuerda ya, porque ella cambió de apellido y borró todo rastro. Pero ahí está. Si yo fuera usted, no le daría ni la llave de un armario. Mucho menos de una empresa.

Elisa sintió que se le helaba la sangre. No era una coincidencia. No era mala suerte. Isabel y Humberto se conocían de antes. De mucho antes. Todo, absolutamente todo, había sido planeado desde el primer día.

Esa noche no durmió nadie. Los cuatro niños fueron acostados juntos en la habitación más grande, con la puerta cerrada con llave desde fuera y un guardia apostado en el pasillo. Doña Carmen y Doña Marisa se turnaron para vigilar. Eduardo pasó horas hablando por teléfono con el abogado, revisando contratos, intentando blindar la empresa para que nadie pudiera quitarle nada por la vía legal.

Isabel se ofreció a dormir en el sofá de la sala, para ayudar en lo que hiciera falta, “porque también es mi familia”. Nadie le dijo que no. Pero Elisa, que se quedó despierta en la oscuridad del pasillo, la vio levantarse a las tres de la mañana, sacar un teléfono pequeño que nadie sabía que tenía, marcar un número y hablar en voz muy baja durante cinco minutos. No alcanzó a oír las palabras. Pero alcanzó a oír el final: *“Todo va según lo acordado. En siete días será tuyo. Solo ten paciencia”*.

Cuando colgó, Isabel se giró y se encontró con los ojos de Elisa clavados en ella desde la sombra.

No se inmutó. No se asustó. No fingió nada. Simplemente sonrió, esa misma sonrisa pequeña, fría, triunfante que Elisa había visto unas horas antes. Y en silencio, con un dedo en los labios pidiendo que guardara el secreto, volvió a acostarse en el sofá como si nada hubiera pasado.

Al día siguiente todo empezó a desmoronarse muy rápido.

A las ocho de la mañana llamaron de la oficina: Humberto había presentado una demanda millonaria contra la constructora, asegurando que el difunto Rodrigo Vidal le debía el cuarenta por ciento de las acciones desde hacía veintitrés años, y presentaba como prueba unos papeles antiguos con firmas que parecían auténticas. El juzgado había aceptado el caso de inmediato y congelado todas las cuentas de la empresa. No podían pagar a los trabajadores, no podían comprar materiales, no podían hacer nada. Eduardo se quedó de piedra: en veinticuatro horas, todo lo que había construido con sus manos durante veinte años estaba a punto de desaparecer.

A las once, mientras todos estaban en el despacho intentando entender cómo había pasado, Isabel entró con dos cafés en la mano, con la expresión más compasiva del mundo.

—Ya me he enterado —dijo, dejando las tazas sobre la mesa—. Es terrible. Ese hombre no tiene corazón. Pero… —hizo una pausa, miró a Eduardo con esos ojos oscuros y dulces que sabía usar tan bien—, tengo una solución. Ayer hablé con unos contactos míos en el banco. Puedo prestarte el dinero para pagar las deudas urgentes, mantener la empresa abierta, pagar a los empleados, mientras peleamos la demanda. Solo necesito que me des el cincuenta y uno por ciento de las acciones como garantía temporal. Cuando ganemos el juicio, te las devuelvo todas. Palabra. Si no, pierdes todo hoy mismo. No tienes otra salida.

Eduardo la miró. Estaba agotado, asustado, acorralado. Por un segundo Elisa vio en sus ojos la duda, la tentación de agarrarse a esa tabla de salvación que su propia madre le ofrecía. Casi lo acepta. Casi firma los papeles que ella misma había sacado de su bolso, listos para ser firmados.

—No —dijo Elisa, poniéndose de pie de un salto y agarrando la mano de Eduardo antes de que tocara el bolígrafo—. No firmes nada.

—¿Qué dices? —se enfureció Isabel, perdiendo por un segundo la calma—. ¿Quieres que se arruine? ¿Que se quede sin trabajo, sin casa, sin nada para darles a los niños? ¿Eso es lo que quieres por orgullo?

—No quiero eso —respondió Elisa, sin apartarle la vista—. Quiero que no nos engañes otra vez. Sé que tú y Humberto se conocen de hace años. Sé que trabajaste con él antes de casarte con el padre de Eduardo. Sé que anoche le hablaste por teléfono a las tres de la mañana. Sé que tú le diste el nombre de Martín. Sé que todo esto es un montaje entre los dos para quedaros con la empresa, con la casa, con todo. Y no lo vais a conseguir. Nunca.

El silencio que cayó fue absoluto. Eduardo miró a su esposa, luego a su madre, luego a su tía y a Doña Marisa, que asintieron con la cabeza. Habían oído todo.

Isabel se quedó quieta unos segundos. Luego, muy despacio, soltó el bolígrafo que tenía en la mano y se dejó caer en una silla. La máscara se cayó por completo. Ya no había más madre abnegada, más mujer maltratada por el destino, más víctima inocente. Ahora era solo ella. Fría, lista, sin un ápice de remordimiento.

—¿Y qué vais a hacer? —preguntó con una sonrisa burlona, cruzándose de brazos—. ¿Llamar a la policía? Sin pruebas no pueden hacer nada. Y aunque las tuvierais… Humberto ya está un paso por delante. A esta misma hora, uno de sus hombres está esperando a los niños a la salida del colegio. Si yo no le envío un mensaje en los próximos diez minutos diciendo que todo va bien… se los lleva. Y no los volveréis a ver nunca más.

El color se les borró de la cara a todos al mismo tiempo. Eduardo se puso pálido como la muerte. Doña Carmen agarró el teléfono para llamar a los escoltas, pero Isabel negó con la cabeza, divertida.

—No sirve de nada —dijo—. Sus hombres están dentro del colegio, disfrazados de padres de familia. Si ven a la policía, se llevan a los niños antes de que lleguen. La única forma de que estén a salvo es que Eduardo firme ahora mismo. Las acciones a mi nombre. El poder para disponer de todo. Y entonces yo llamo. Se van. Todos sanos y salvos. Tenéis ocho minutos.

Elisa pensó rápido. Miró a Eduardo, que tenía la mano temblando sobre los papeles, a punto de ceder para salvar a sus hijos. Miró a Doña Carmen, que pensaba igual que ella. Miró la puerta. Y entonces recordó lo que el comisario Herrera les había dicho antes de irse la tarde anterior: *“Si alguna vez os acorrala, llamadme a este número. No importa la hora. No preguntaré nada. Estaré ahí en tres minutos”*.

Tenía el teléfono en el bolsillo. Lo tenía a mano. Pero Isabel la miraba. Si lo sacaba, ella avisaría a los suyos. Todo se acabaría.

—Vale —dijo Elisa de repente, dando un paso hacia la mesa, con una calma que sorprendió a todos—. Firmas tú primero, Isabel. Un papel donde pones por escrito que en cuanto confirmemos que los niños están bien, devuelves todas las acciones, te vas de esta casa para siempre y no vuelves a acercarte a ninguno de nosotros en toda tu vida. Si no, no firma Eduardo. Nada de nada. Y te arriesgas a que Humberto se enfade contigo también, porque tú eres la que ha venido a arreglar el trato, ¿no? Si sale mal, él te culpará a ti. No a nosotros.

Isabel dudó. Por primera vez perdió el control de la situación. Sabía que Elisa tenía razón: Humberto no era un socio leal. Si fallaba, se desharía de ella sin pensarlo dos veces.

—Cinco minutos —dijo, aflojando un poco—. Tenéis cinco minutos para escribir lo que queráis. Pero no más.

Doña Carmen agarró un papel y un bolígrafo y empezó a escribir rápido. Mientras tanto, Elisa se acercó a la ventana del despacho, que daba a la calle, como si mirara si venía alguien. De espaldas a todos, sacó el teléfono del bolsillo con una mano, marcó el número del comisario sin mirar la pantalla y envió un mensaje corto que había memorizado: **CASA. COLEGIO. AHORA**. Lo borró del historial y guardó el móvil antes de que nadie se diera cuenta.

Cinco minutos después, Eduardo firmó los dos papeles: el de las acciones y el acuerdo que exigía Elisa. Isabel los agarró, los leyó rápido, sonrió satisfecha y sacó su teléfono para enviar el mensaje.

—Ya está —dijo, guardando todo en su bolso—. Los niños están a salvo. Volverán a casa como todos los días. Ahora yo me voy. Tengo que cerrar unos asuntos con Humberto. No os preocupéis: dentro de unos días, cuando todo esté en orden, volveré para recoger lo que me corresponde. Hasta entonces… no intentéis nada tonto. Por vuestro propio bien.

Salió de la casa sin despedirse, con paso ligero, triunfante, subió a su coche y se alejó por la calle.

En cuanto perdieron de vista su vehículo, sonó el teléfono de Elisa. Era el comisario Herrera.

—Ya lo hemos tenido todo vigilado —dijo la voz seria del policía al otro lado—. Seguimos su coche. Tenemos agentes disfrazados dentro y fuera del colegio desde hace una hora. Los niños están perfectamente a salvo. Isabel no ha hablado con nadie más que con nosotros. Todo lo que ha firmado, todo lo que ha dicho, lo hemos grabado. Tenemos lo suficiente para detenerla a ella y a Humberto Salas por amenazas, extorsión, asociación ilícita y tentativa de robo con intimidación. Solo tenéis que decirme cuándo.

Elisa miró a Eduardo, que aún estaba aturdido por todo lo que había pasado en una hora. Miró a Doña Carmen y a su madre, que asintieron con fuerza.

—Ahora —dijo ella, con la voz firme, sin una pizca de duda—. Detenedlos ahora. Antes de que puedan hacer daño a nadie más.

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Graciela Calcaterra
Esto cada vez tiene menos sentido,no era que lo había dejado en el aula de la escuela? Y ahora resulta que está en la casa.Coherencia por favor,esto es una burla!
Graciela Calcaterra
Esto cada vez tiene menos sentido,no era que lo había dejado en el aula de la escuela? Y ahora resulta que está en la casa.Coherencia por favor,esto es una burla!
Graciela Calcaterra
Ahora se llama Eduardo no Leonardo,muy confusas está novela, repetís texto,confusa
nezhan: ¡Hola Graciela! Disculpa la confusión 🙏 Tienes toda la razón, cometí errores con el nombre y repeticiones de texto. Ya los corregí de inmediato. Muchas gracias por avisarme, de verdad lo valoro mucho. ¡Gracias por leer!
total 1 replies
Graciela Calcaterra
Tiene 23 años y un hijo de 8 años,lo tuvo a los 15 , entonces que se casó a los 14 años 🤔?
nezhan: ¡Hola! 😊 Muchas gracias por leer y por fijarte en ese detalle. Te lo explico: ella tiene 23 años y su hijo 8, lo que significa que lo tuvo a los 15 años, no que se casara a los 14. Esa confusión se debe a que al leerlo rápido puede parecer que digo que se casó a esa edad, pero en realidad se casó poco después de cumplir los 15, ya que en esa época y en ese entorno era costumbre hacerlo así al quedar embarazada. ¡Gracias por tu pregunta!
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