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No Soy La Debilidad De Nadie.

No Soy La Debilidad De Nadie.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Aventura Urbana / Amor-odio
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Dentro de la Mafia Rusa, existen pactos, lealdades y acuerdos, es por eso que las hijas son monedas de cambios para el ascenso de los jefes de las familia, es un modo facil modo de obtener más poder..
La familia Lombardi resultado de la unión del hijo de un capo de la Cosa znostra Italiana con la unica hija del lugarteniente y mano derecha de la Mafia Rusa. Su decendencua fue su primogeniro Alexander y kas gemelas Laura y Lorena.
El hijo y futuro jefe de la mafia rusa elvfrio y cruel Dimitri Volkov, siente una pasión descontrolada por una de las gemelas, mientras es el mejor amigo de sus hermanos, es que Lorena es un espiritu libre que odia la vida de la mafia y sueña con escapar de eze mundo, no quiere ser como.su madre, una mujer triste que se refugia en frivolidades y alcohol para olvidar su triste vida.
Dimitri logra casarse con Lorena, pero ella no quiere ser su debilidad, ni la de nadie, es por eso que aprendio defenza personal, yvparticipa en peleas clandestinas

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Los hilos del regreso.

Los hilos del regreso

La caravana emprendió el viaje de regreso a Moscú cuando el sol comenzaba a teñir de naranja los muelles de San Petersburgo. Los hombres de Dimitri iban exhaustos pero satisfechos, con las armas aún calientes y la pólvora impregnada en la ropa. Alexander, sentado en el asiento trasero del segundo blindado, sacó un teléfono cifrado de una bolsa blindada, uno de esos dispositivos que no podían ser intervenidos ni por la inteligencia rusa. Marcó el número de su padre con dedos aún manchados de sangre seca. Gean Carlo Lombardi atendió al primer tono, su voz ronca por las horas de vigilia en el hospital. "Está hecho", dijo Alexander sin preámbulos. "Todos los sicarios están muertos. El almacén, reducido a cenizas. Viktor Krasimirov confesó antes de morir"

.El patriarca de San Petersburgo se esconde en una dacha cerca de Víborg, pero eso lo resolveremos mañana. Su padre guardó silencio unos segundos, y cuando habló, su tono era el de un hombre que por primera vez en años escuchaba a su hijo como a un igual. "Bien hecho, Alexander. Vuelve sano". La llamada duró menos de un minuto, como exigía el protocolo. Luego, Alexander destruyó la tarjeta SIM y la arrojó por la ventanilla, viéndola desaparecer entre la maleza de la mediana. El coche seguía avanzando bajo un cielo que se aclaraba, y él pensó que había matado por primera vez con sus propias manos, pero no sentía el vacío que esperaba. Sentía, en cambio, una urgencia irracional por volver al hospital, por ver a su madre abrir los ojos. Por eso, antes de guardar el teléfono, marcó otro número. El de Lorena.

Ella atendió casi al instante, como si hubiera estado esperando su llamada. "Hermano, tienes que venir", dijo su voz entrecortada, pero esta vez no era de angustia. "Mamá abrió los ojos. Hace un momento pidió agua. Ahora mismo está despierta". Alexander sintió que el corazón le daba un vuelco. Preguntó si los médicos ya la habían revisado, y Lorena le explicó que acababan de hacerle unas pruebas y que el pronóstico era esperanzador. "Todavía está débil", añadió, pero nos reconoció. Me llamó por mi nombre. Y a Laura también. Alexander sonrió por primera vez en días, una sonrisa cansada pero genuina.

Le dijo que llegarían en unas horas, que aguantara, que no se moviera de allí. Lorena le prometió que no se separaría de su madre ni un segundo. Cuando colgaron, Alexander miró por la ventanilla y vio que el sol ya iluminaba las cúpulas doradas de Moscú a lo lejos. Algo dentro de él, algo que creía muerto desde la infancia, comenzaba a resucitar. Pero sabía que la guerra no había terminado. El patriarca de San Petersburgo seguía vivo, y mientras él respirara, la familia Lombardi no estaría a salvo. Por ahora, sin embargo, se permitió un respiro. Su madre había vuelto del otro lado. Y eso, en el mundo de la Bratvá, era un milagro tan improbable como una tregua.

En el hospital, Laura se había apartado un momento de la habitación de su madre para llamar a Dimitri. Buscó un rincón vacío en la sala de espera, junto a la máquina de café, y marcó el número privado que él le había dado meses atrás. El ruso atendió con su voz grave y pausada. "Dimitri, mi madre está mejor", dijo Laura con un suspiro de alivio. "Despertó hace una hora. Los médicos dicen que si sigue así, en dos días la trasladarán a una planta normal". Hubo un silencio al otro lado, y luego la pregunta que Laura temía y esperaba a partes iguales: ¿Y Lorena?. Laura apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Mi hermana no ha querido apartarse de mamá ni un segundo, respondió con un hilo de voz. El médico tuvo que decirle que ya estaba fuera de peligro para que aceptara ir al baño a lavarse la sangre de la ropa.

Dimitri no dijo nada, pero Laura lo imaginó asintiendo con esa expresión suya que mezclaba frialdad y hambre. Para cambiar de tema, añadió que Alexander ya estaba de regreso y que su padre había pedido una reunión para planear la respuesta definitiva contra el clan de San Petersburgo. Dimitri asintió de nuevo, despidiéndose con un "cuida de tu hermana" que a Laura le sonó a cuchillo. Colgó y se quedó un momento apoyada en la pared, mordiéndose el labio. Sabía que Dimitri no había preguntado por ella. Nunca preguntaba por ella. Y sin embargo, seguía allí, esperando que algún día sus ojos grises la miraran a ella con esa misma obsesión que derrochaban cuando nombraban a Lorena.

Cuando los blindados llegaron al hospital privado de los Volkov, Alexander bajó del coche antes de que el motor se apagara del todo. Subió los escalones de la entrada de dos en dos, pero se detuvo en seco al ver a Lorena esperándolo en la puerta de cristal. Tenía el vestido azul noche aún manchado, cubierto por una bata blanca del hospital, y el pelo recogido en un moño desordenado. Sus ojos azules, tan parecidos a los de su madre, estaban enrojecidos pero brillaban con una luz nueva. Se abrazaron sin decir palabra, y Alexander sintió que su hermana temblaba. "Está bien", le susurró él. "Lo sé", respondió ella.

Fue entonces cuando Dimitri apareció en lo alto de las escaleras, con su chaqueta de cuero negra y ese caminar felino que lo delataba como depredador. Lorena lo vio y, para sorpresa de Alexander, se separó de su hermano y se acercó al ruso. Dimitri se quedó inmóvil, como si no supiera reaccionar ante aquella aproximación voluntaria. Ella levantó la vista hacia él, era más baja por un palmo y dijo con voz firme, sin titubeos: "Gracias, Dimitri. Por apoyar a mi hermano. Por ir con él". El ruso la miró largamente, y en sus ojos grises ardía esa pasión contenida de un hombre obsesionado y borracho de amor, que no sabe cómo decir lo que siente y por eso lo calla, lo ahoga, lo convierte en violencia contenida.

Por eso expresa, "No tienes que darme las gracias", respondió al final, con una aspereza que no lograba ocultar la ternura. Lorena sostuvo su mirada unos segundos más, luego bajó los ojos y regresó al lado de su hermano. Ni ella ni Dimitri se percataron de que Laura, desde la ventana de la primera planta, observaba la escena con los puños apretados y el corazón partido en dos. Las gemelas, una vez más, compartían sangre, pero no destino.

Laura no comprende por qué Dimitri desea tanto a Lorena, si ella no le para bolas, ella ni siquiera se ha percatado del amor que provoca en él.

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