En un mundo dividido por magia y poder, seis protagonistas luchan por el destino de los Cuatro Reinos. Entre traiciones, alianzas y secretos ancestrales, cada uno debe enfrentar su propio pasado para conquistar un reino al borde del caos. Una saga épica de magia, intriga y supervivencia donde solo los más fuertes definirán el futuro.
Crónica de los Cuatro Reinos: La Saga Arcana.
Libro 1: El Legado de Drakthar.
Libro 2: Fuego y Hielo en Frostvale.
Libro 3: Los Secretos de Ironspire.
Libro 4: El Juramento de Embercliff.
Libro 5: La Corona Rota.
Libro 6: Las Sombras del Trono.
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Capítulo 06
El descubrimiento de Atheris como un aliado renuente había infundido a Elowen una esperanza tenue pero vital. Saber que no estaba completamente sola dentro de los muros envenenados de Drakthar era un bálsamo para su alma. Sin embargo, la advertencia de Maeve sobre la "magia prohibida" y los susurros de los Hombres de Hierro sobre el "polvo de sombra" del Viejo Túnel resonaban en su mente con una alarma creciente. Valerius no solo era un usurpador; era un necio que jugaba con fuerzas que podían rasgar la tela misma de la realidad.
Los días de Anya en el mercado negro se volvieron una búsqueda más focalizada. Mientras Zylos y Zyla continuaban con sus operaciones de robo de información, Elowen, ahora con la habilidad de moverse como una sombra invisible, se dedicaba a escudriñar los rincones más oscuros de la ciudad, buscando cualquier indicio de esa magia arcana. Su instinto la guiaba hacia los lugares donde el miedo y la desesperación eran más densos, convencida de que allí Valerius estaría buscando nuevas herramientas para someter.
Una noche, Zylos regresó con un rostro más pálido de lo habitual, sus ojos vivaces, ahora cargados de una preocupación inusual. Arrojó sobre la mesa de madera de su improvisado refugio en el mercado un pergamino viejo y amarillento, cubierto de símbolos que Elowen reconocía apenas de los tomos más antiguos de la biblioteca real, textos que su padre había mantenido bajo llave.
—Lo encontré en la guarida de un alquimista de Valerius, "La Forja del Ocaso" —dijo Zylos, su voz un susurro ansioso—. Parecía... importante. El tipo estaba tan asustado que ni siquiera notó que lo había tomado. Hablaban de "esencias de vinculación" y "la Voz del Vacío". No entendí una palabra, pero el tono era... escalofriante.
Elowen desenrolló el pergamino con manos temblorosas. Los símbolos no eran del dialecto mágico de Drakthar, sino de una lengua ancestral que rara vez se estudiaba. Con la ayuda de Lyra, había aprendido lo básico de la decodificación de antiguos escritos mágicos durante su exilio, y sus ojos se deslizaron por el texto con una mezcla de fascinación y horror.
—"Las Esencias de Vinculación..." —murmuró, su frente arrugada—. "...para forzar la voluntad de las sombras. El ritual de la Voz del Vacío... para extraer poder de la no-existencia."
Una punzada de miedo le atravesó el estómago. Era peor de lo que había imaginado. Las "sombras" no eran solo una metáfora en Drakthar; eran una fuerza elemental, la contraparte de la luz que algunos magos podían manipular. Su propia magia de sombras era un vínculo, un susurro, no una coacción. Pero lo que Valerius estaba intentando hacer...
—Esto no es manipulación de sombras, Zylos —explicó Elowen, su voz apenas audible—. Esto es esclavitud. Valerius está intentando subyugar a las propias sombras, usarlas como armas. Y la Voz del Vacío... es una leyenda. Un antiguo método para invocar fragmentos de la nada, para alimentar el poder con la ausencia. Mi padre lo prohibió terminantemente. Decía que era una magia que consumía al usuario, lo volvía vacío.
Zylos siseó.
—No me gusta el sonido de eso. ¿El Viejo Túnel tiene que ver con esto?
—Tiene que ser —asintió Elowen, sus pensamientos corriendo a mil por hora—. El "polvo de sombra" del que hablaban los guardias... debe ser algún componente extraído de allí, un catalizador. Valerius necesita grandes cantidades para sus rituales.
Necesitaba saber más, mucho más. Las ruinas del Viejo Túnel habían sido selladas con poderosos encantamientos de la línea real, y solo un miembro de la Casa de Drakthar podía abrirlos sin riesgo. Pero Valerius había encontrado una forma. ¿Cómo?
La respuesta, o al menos un camino hacia ella, debía estar en la biblioteca real. Un lugar que había sido su santuario en la infancia, y ahora se había convertido en una fortaleza de conocimiento peligroso. Infiltrarse sería extremadamente difícil.
Esa noche, envió un mensaje cifrado a Atheris a través de un mensajero de confianza del mercado negro (un contacto de Zyla que odiaba a Valerius con todo su ser). Le preguntó sobre el Viejo Túnel y los protocolos de seguridad de la biblioteca. La respuesta llegó dos noches después, concisa y preocupante.
—*El Viejo Túnel está ahora fuertemente custodiado, y Valerius ha puesto a sus propios magos a cargo. La biblioteca, especialmente la sección de "Archivos Restringidos", está bajo vigilancia constante. Solo Valerius y Lysandra tienen acceso directo al área superior. Pero hay un pasadizo de servicio obsoleto que pocos conocen, que conduce a una sección inferior de los archivos. Solo se usa para mantenimiento. Es arriesgado. Cuidado, princesa. Hay un demonio en esas páginas.*
Elowen sintió un escalofrío. ¿Un demonio? El término era ambiguo, pero la advertencia era clara.
La noche siguiente, bajo el manto de una tormenta de invierno que azotaba la ciudad, Elowen se preparó. Vestía de negro de pies a cabeza, su rostro cubierto por una capucha y una máscara oscura que Maeve había confeccionado con materiales que absorbían la luz. Su magia de sombras danzaba alrededor de ella, un segundo manto de oscuridad. Zylos y Zyla le dieron una distracción en el lado opuesto del palacio, encendiendo un pequeño fuego que atraería a la mayoría de las patrullas.
El pasadizo de servicio al que se refería Atheris era una entrada sucia y olvidada en la parte trasera de las cocinas del palacio, disimulada por una pila de barriles vacíos. La cerradura era vieja y oxidada, pero la habilidad de Zyla para el forzado de cerraduras era legendaria. Ella había preparado a Elowen con herramientas y trucos. Con una pequeña varilla de metal y una paciencia infinita, Elowen sintió el clic liberador.
El aire dentro del pasadizo era pesado y rancio, con el olor a moho y polvo acumulado durante décadas. Las escaleras de caracol descendían en la oscuridad, cada paso haciendo crujir la madera vieja. La sensación de ser observada, de estar en un lugar que no le pertenecía, era abrumadora. Pero esta era su casa, su derecho de nacimiento.