Kendra Barreto es la joya de la familia Barreto, para satisfacer la ambición de su madre, traicionó a su hermana menor Keila y aceptó un matrimonio vacío, sin embargo, el destino le impuso a un guardián que no puede ser comprado: Axel García, un exmilitar con un pasado oscuro y que no puede doblegarlo a su antojo.
Lo que comenzó como una noche de debilidad entre la heredera y el guardaespaldas se convirtió en su ruina y, a la vez, en su salvación, con el nacimiento de su hijo Bennet, se descubre el fraude: el niño no es hijo del esposo de Kendra sino de Axel.
Repudiada por todos y perseguida por una madre dispuesta a todo para ocultar el escándalo, abandonará su mundo y huirá, y en su carrera desesperada por la supervivencia, descubrirá que el hombre que la mira con desconfianza es el único capaz de salvarla, y que, para proteger a su hijo, tendrá que aprender a luchar con uñas y dientes, lejos de los lujos que una vez la definieron.
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Capítulo XIX: La farsa de la vida
Kendra estaba sentada en el asiento trasero del auto, y sacó el teléfono con dedos temblorosos, tenía que decirle a Ángel la verdad, y tal vez así podrían detener esta locura antes de que el daño fuera irreversible.
—Ángel, fui al médico —dijo ella en cuanto él contestó, con la voz quebrada— No hay embarazo, fue un falso positivo.
Hubo un silencio prolongado al otro lado de la línea, Kendra esperaba escuchar alivio, o quizás una disculpa, pero lo que escuchó fue una risa seca y calculadora de parte de Ángel.
— ¿Y qué esperas que haga con ese dato, Kendra? —preguntó Ángel con una frialdad que la dejó helada—Ya cancelé la boda con tu hermana, nuestras familias están invirtiendo una fortuna planeando nuestra unión, además de que el escándalo ya es público.
—¡No podemos construir un matrimonio sobre un vacío, Ángel! —sollozó ella, llevándose una mano al vientre— Yo… realmente quería que fuera verdad, deseaba ser madre.
—Escúchame bien, Kendra —la interrumpió él, con tono cortante— No vamos a decir nada, seguiremos con la farsa, en una semana diremos que lo perdiste, es normal en el primer trimestre, o buscaremos otra solución, pero por ahora, tú sigues estando embarazada.
—Ángel, eso es una monstruosidad…
—Kendra, si confesamos ahora, tu padre me mata y a ti no creo que te vaya a ir muy bien dado lo enojado que está por lo que le hicimos a Keila.
—Pero … Ángel…—dijo Kendra con asombro.
—Kendra, estás en esto conmigo hasta el final, te lo advierto ya no hay vuelta atrás
Kendra colgó el teléfono sin despedirse, miró por la ventana, viendo pasar las calles de la ciudad, se sentía vacía en todos los sentidos, en especial en su vientre, puso su mano en ese lugar que hasta entonces pensaba estaba lleno.
Por primera vez sentía mucho resentimiento hacía su madre porque Ifigenia manipuló toda la situación, y ahora que estaba hundida con los dos pies sabía que no le permitiría salir del fango, el problema es que no podía retroceder porque había quemado todos sus puentes.
— ¿Satisfecha con la respuesta del “padre del año”? —preguntó Axel desde el asiento del conductor, con un tono que destilaba sarcasmo, pero también una extraña pizca de lástima.
—Me ordenó que mienta, Axel —susurró ella, abrazándose a sí misma—Quiere que siga fingiendo que estoy embarazada.
—Bueno —replicó Axel, girando el volante con firmeza—, eso es lo que hacen los hombres como su prometido, pero le advierto que debe tener cuidado, señorita Barreto porque las mentiras tienen una forma muy cruel de pasar factura.
Kendra no respondió, y se quedó observando el perfil de Axel, la línea dura de su mandíbula, la calma profesional que emanaba, todo en él emanaba peligro y cautela, pero también era muy atractivo.
Una sonrisa amarga curvó los labios de Kendra porque sabía que si su madre se enteraba de la verdad la obligaría a embarazarse de Ángel de inmediato para continuar con la mentira, pero si debía concebir a un hijo al menos quería que fuera de un hombre que despertara su deseo y por el cual sintiera respeto, no asco.
Y el hombre que sostenía el volante con esa aura de integridad y fuerza silenciosa, empezaba a gustarle mucho más de lo que ella misma se permitía admitir.
La mansión Barreto esa noche se sentía como la entrada a un patíbulo, y al ver el auto de los padres de Ángel estacionado en la entrada, Kendra comprendió que su madre le tendió una emboscada.
—¡Este es el colmo del cinismo! —siseó Kendra, deteniéndose en seco.
Kendra entró en el lugar y el ruido de la conversación llegó a sus oídos, era evidente que su madre estaba feliz, con su actitud de abeja reina, aunque la voz de su padre apenas si se escuchaba y su tono era muy sombrío.
Ángel la esperaba en el vestíbulo con una falsa sonrisa y no le fue difícil entender a Kendra que su presencia allí era una advertencia, sintiéndose acorralada Kendra se volvió hacia Ángel, porque si bien ella era una hipócrita, el descaro de Ángel no tenía límites.
—¡No puedo entrar allí y decirles que estoy embarazada cuando sé que es una mentira! ¡Por favor, Ángel ten algo de decencia!
Ángel no le respondió con palabras, sino que con un violento apretón en su brazo la obligó a quedar a milímetros de su rostro, y le susurró al oído:
—Cállate y mantén la frente en alto, en unas semanas diremos que tuviste una “pérdida espontánea” que nos haga parecer una víctima, por ahora solo actúa.
Kendra soltó una carcajada, ahogada con desprecio.
— Tu plan es tan tonto que resulta insultante, ¿Crees que todos son tan estúpidos para no notar que tus números no cuadran?
Ángel sonrió con jactancia porque ya se sentía un triunfador y pensaba en Kendra como una simple pieza en su juego, así que no le importaba lo que ella quisiera, lo que no contaba era que Kendra no era una mujer que se doblegara con facilidad.
—A los viejos solo les va a importar tener un nieto—replicó con una mirada que descendió por su cuerpo con lujuria—Podemos esforzarnos mucho durante este mes para que la mentira se vuelva verdad, luego diremos que fue un parto prematuro, los sietemesinos están de moda ¿No es así?
Kendra lo miró con desprecio, porque era un plan estúpido nacido de un hombre cobarde, y en ese instante, se dio cuenta de que ya no deseaba tener hijos con él; y la idea de la maternidad, que antes le dio esperanza, ahora le parecía una cadena.
—Yo no quiero tener hijos todavía —sentenció ella.
Él sonrió con crueldad, golpeando donde sabía que ella era más vulnerable:
—Bueno, querida, no te estás haciendo más joven —soltó él—Y tu valor en este mercado depende de tu fertilidad.
Kendra lo recorrió de arriba abajo, deteniendo su mirada afilada como un cuchillo, justo en la entrepierna de Ángel.
—¿Y tú te atreves a hablar de valor? —preguntó ella con un sarcasmo señalando su entrepierna—¿Crees que puedas hacer algo en tu estado?
Al parecer la zancadilla de Keila fue más fuerte de lo que pensaban y de hecho Ángel estaba padeciendo las secuelas desde ese día.
—Me pregunto si el gran abogado Pérez es capaz de algo “en su estado”, al parecer, el rodillazo de mi hermana te dejó más… fuera de servicio de lo que admites.
El rostro de Ángel se puso lívido porque la humillación de su impotencia temporal era una herida insoportable.
—Por supuesto que soy capaz —masculló entre dientes, aunque el sudor frío en su frente lo delataba— ¿Quieres que te lo muestre en este momento?
—Solo si logras que esa “mínima cosita” de señales de vida—dijo Kendra con una gélida sonrisa—Porque desde aquí lo único que veo es a un hombre doblado debido al dolor e incapaz de “levantarse”.
Ella lo estaba provocando, y sabía que eso era algo peligroso, porque se trataba de un tema tabú para cualquier hombre, pero la noticia de que no había un bebé le causaba mucha tristeza, y quería que él sufriera tanto como ella en ese momento.
Ángel estaba a punto de estallar, pero el sonido de las risas en la sala lo obligó a recomponer su máscara de yerno perfecto.
—Disfruta de descanso mientras puedas—le advirtió en un susurro—Porque en cuanto acabe mi reposo, vas a llorar cuando vuelvas a ser mía.
Kendra lo vio alejarse con un andar rígido y le parecía tan patético, hizo un ademán de arcadas, limpiándose el brazo donde él la había tocado como si intentara quitarse una mancha de grasa.
—En mi vida me vuelves a tocar … imbécil —murmuró para sí misma trazando ya un plan para evitar el contacto—Antes prefiero quemar esta casa contigo adentro.
Anabella, oculta tras la sombra del pasillo, escuchó la conversación y negó con la cabeza, sintió un asco profundo hacia Ángel y una inesperada sensación de lástima hacia su sobrina, y se preguntaba si debía o no contarle a Andrés de inmediato lo que acababa de escuchar.
—¿Qué pasaría si Andrés se enterara de esta noticia?
Su parte maliciosa deseaba ir a contarle de inmediato, pero luego recordó que Andrés se encontraba preparando su estrategia para divorciarse de Ifigenia y que no necesitaba preocuparse por temas tan superfluos.
—Tal vez se lo cuente … cuando sea el mejor momento.
No era odio lo que sentía hacia Kendra, ni deseaba hacerle daño en el fondo le tenía lástima, porque se encontraba en medio de una situación que no pidió y de la cual no podía salirse.