"Ella no tiene nada; él lo tiene todo. Pero un secreto de nueve meses cambiará las reglas del juego."
NovelToon tiene autorización de Luiselys Marcano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22: El Despertar del Instinto
POV: SEBASTIÁN
La penumbra del jardín trasero de la mansión Monteclaro era el único lugar donde las cámaras de Beatriz no podían captar cada uno de mis gestos. Había recibido un mensaje cifrado de Elvira para vernos allí, a las tres de la mañana. La encontré bajo el viejo roble, vestida de negro, fundiéndose con las sombras.
—Elvira, ¿qué significa esto? —susurré con urgencia—. Mis padres biológicos dicen que tus hombres están en Brasil. Si tienes una pista real, dime la verdad. No puedo seguir fingiendo que este matrimonio con Victoria me importa.
Elvira se giró. Sus ojos, que durante meses habían sido pozos de frialdad, brillaban con una luz nueva, una mezcla de esperanza y advertencia. Me tomó de las manos; las suyas estaban heladas pero firmes.
—Escúchame bien, Sebastián —dijo con una autoridad que me heló la sangre—. Deja quieto lo que está quieto. Deja de buscar en las fronteras y deja de interrogar a mis hombres.
—¿Por qué? ¿Acaso te has rendido?
—Nunca —respondió ella, apretando mis dedos—. Pero los buitres están volando muy abajo. Beatriz y Victoria vigilan cada uno de tus suspiros. Si tú te mueves, ellas golpearán. Pronto tendremos sorpresas, te lo juro por la vida de mi hija... pero no te desesperes. Sigue con tu vida normal. Sigue con esa fachada de hierro que has formado en el hospital. Casáte con esa mujer si es necesario para terminar de destruirlos financieramente, pero no busques más.
—Elvira, necesito saber si...
—Lo que necesitas es ser el mejor actor de este teatro —me interrumpió—. Confía en mí. La verdad está protegida por un muro de silencio que ni tú mismo debes cruzar todavía. Vuelve a casa y sé el hombre que Victoria cree haber domado.
Me quedé solo en el jardín, mirando cómo su silueta se desvanecía hacia la mansión. "Pronto tendremos sorpresas". Esas palabras eran el aire que mis pulmones necesitaban, aunque el precio fuera seguir viviendo en el infierno.
POV: ELENA (Rosa)
En Puerto Silencio, la vida transcurría entre el olor a sal y el peso del cansancio. Pero algo en mi interior se retorcía cada vez que veía a alguien sufrir. Ayer, el hijo del pescador llegó con una herida profunda en la pierna, causada por un anzuelo oxidado. La partera quería ponerle hierbas, pero mis manos se movieron solas.
Sin pensarlo, pedí agua hirviendo, un cuchillo afilado y el alcohol más fuerte que tenían.
—Rosa, ¿qué estás haciendo? —preguntó Gabriel (Arturo), observándome con asombro desde la puerta.
—No lo sé, Gabriel... solo sé que tengo que hacer esto —respondí.
Mis dedos, que en mis sueños operaban bajo luces blancas y potentes, se movieron con una precisión quirúrgica sobre la mesa de madera sucia. Limpié la infección, extraje el metal y, usando una aguja de coser desinfectada, cerré la herida con puntos perfectos, tan pequeños que parecían hechos por una máquina.
—Eres... eres como un ángel de la medicina —susurró la madre del niño al ver que el pequeño dejaba de gritar.
Desde ese día, la noticia se corrió como pólvora. Ya no solo era la mujer que llegó de la nada; ahora era la "curandera" de manos finas. Empecé a atender a los ancianos con problemas respiratorios y a los niños con fiebre. No recordaba los nombres de los medicamentos, pero recordaba las dosis, las texturas y los síntomas. Mi cerebro estaba borrado, pero mis manos tenían memoria.
POV: ARTURO (Gabriel)
Ver a Rosa atender a la gente del pueblo me producía un orgullo que no podía explicar, pero también un terror profundo. Su destreza no era la de una aficionada; era la de alguien que había nacido para salvar vidas.
—Rosa, tienes que tener cuidado —le dije una noche, mientras ella limpiaba sus improvisados instrumentos—. Si la gente empieza a hablar demasiado, alguien de fuera podría venir. Alguien que nos reconozca.
—Nadie vendrá aquí, Gabriel —dijo ella, acunando al pequeño Sebastián mientras revisaba una herida en su propio brazo—. Además, no puedo dejarlos morir. Siento que si dejo de curar, mi alma se secará. Es como si esto fuera lo único que me queda de quienquiera que fui.
La miré y, por un instante, el velo de mi amnesia se rasgó. Vi un hospital de mármol, vi a una mujer de ojos tristes llamándome "papá"... y luego, el dolor de cabeza me golpeó de nuevo, devolviéndome a la choza de madera.
POV: VICTORIA DE LA VEGA
—Sebastián ha estado muy callado últimamente —le dije a Beatriz mientras tomábamos el té en el club—. Ni siquiera se ha quejado por la fecha de la boda que fijamos para el próximo mes.
—Se ha dado cuenta de que no tiene otra opción, Victoria —respondió Beatriz con suficiencia—. Elvira ha dejado de investigar y los Castellanos están tranquilos. Hemos ganado.
—Eso espero —dije, mirando mi reflejo en la cuchara de plata—. Porque si ese hombre está planeando algo, juro que lo último que verá será el nombre de los De la Vega en su acta de defunción.
SUSPENSO
Mientras en la capital se planea la boda del siglo entre los herederos de dos imperios, en Puerto Silencio un pescador agradecido le regala a "Rosa" un viejo maletín médico que encontró en un naufragio.
Elena abre el maletín y, al tocar el estetoscopio, un nombre cruza su mente como un relámpago: Sebastián.
—¿Rosa? —pregunta Gabriel al verla pálida—. ¿Estás bien?
—He recordado un nombre, Gabriel... —susurra ella, con lágrimas en los ojos—. Pero no sé si es el nombre de mi hijo... o el del hombre que me rompió el corazón