Desde la ventana de su habitación, Mireya aprendió a escapar sin salir de casa.
A sus dieciséis años, el mundo le quedaba grande: discusiones detrás de las paredes, una bebé llorando en la habitación contigua y la palabra separación flotando como una sombra imposible de ignorar. Pero al otro lado de la calle había algo distinto. O alguien.
Ryan.
Veintiuno. Cabello castaño arrulado. Ojos verdes imposibles de olvidar. Siempre tranquilo. Siempre ajeno a la mirada que lo observaba cada tarde.
Él nunca la notaba.
Hasta que el destino decidió que una ventana no sería suficiente para mantenerlos separados.
Y lo que comenzó como simple curiosidad... estaba a punto de cambiarlo todo.
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Capítulo 19
Capítulo 19: Tengo que dejarlo.
Llegué a casa y mis padres estaban en la sala. Me saludaron como siempre, como si nada importante hubiera pasado en el mundo.
—¿Cómo te fue en la fiesta? —preguntó mi mamá mientras acomodaba unas cosas sobre la mesa.
Me quedé un segundo en silencio, pensando en cómo responder. No quería entrar en detalles. No quería decir que la fiesta había estado bien en algunos momentos y terrible en otros. No quería hablar de lo que vi: a Ryan besando a Ashlie. No quería explicar por qué me dolió, porque ni siquiera lo entendía bien. Era un dolor tonto, pequeño, como una molestia que no debería existir. Y aun así estaba ahí.
—Bien —respondí finalmente—. Estuvo… normal.
Mi papá levantó la vista del teléfono.
—¿Solo normal? Pensé que te divertirías más.
Encogí los hombros.
—Fue una fiesta. Gente. Música. Ya sabes.
Mi mamá sonrió.
—Me alegra. A veces necesitas salir un poco.
Asentí, pero no dije nada más.
No quería seguir la conversación. No porque estuviera molesta con ellos, sino porque hablar de la fiesta me obligaba a pensar en ella. Y pensar en ella me llevaba otra vez a la imagen que no podía sacar de mi cabeza: Ryan besando a Ashlie, la naturalidad con la que se tocaban, la forma en que se miraban. Era normal. Eran pareja. Lo sabía. Entonces, ¿por qué me afectaba?
Subí las escaleras rápido, casi escapando de cualquier pregunta adicional.
En mi habitación me dejé caer en la cama. El silencio era bueno, pero también pesado. Mis pensamientos regresaron sin permiso.
Soy una idiota, me dije.
No debería sentir nada por eso.
No debería importarme.
Ellos son pareja.
Yo no tengo nada que ver.
Pero la sensación seguía ahí. Un nudo en el pecho, pequeño pero persistente. No era celos… ¿o sí? No quería admitirlo. No quería siquiera considerar la posibilidad. Porque si era celos, significaba algo. Y no estaba lista para entender qué.
El teléfono vibró.
Era una llamada.
De Ian.
Parpadeé. No esperaba que llamara tan pronto.
Apreté el botón para contestar.
—¿Hola?
Su voz sonó al otro lado, un poco arrastrada, como si ya hubiera tomado algo.
—Eh… Collins. ¿Qué pasó? Te fuiste de la fiesta sin decir nada.
Fruncí el ceño.
—Era una emergencia.
Ian soltó una risa corta.
—No me mientas.
Sentí una punzada.
—No estoy mintiendo.
—Sí lo estás.
Suspiré.
—Ian…
—Te vi.
El comentario me dejó quieta.
—¿Qué?
Él soltó un suspiro pesado.
—Te vi cuando te fuiste. Te vi la cara.
Tragué saliva.
—No sé de qué hablas.
Ian rió otra vez, pero sin amabilidad.
—Claro que lo sabes. Te fuiste porque viste a Ryan besando a Ashlie.
Mi estómago se apretó.
—No es asunto tuyo.
—Lo es si estás mal.
Fruncí el ceño.
—No estoy mal.
—Mentirosa.
Sentí calor en las mejillas.
—Ian, no hables de eso.
Él suspiró.
—¿Por qué no?
—Porque no.
Hubo un silencio.
Luego su voz volvió, más baja.
—Estabas triste.
Me quedé callada.
No quería admitirlo.
—No lo estaba.
—Sí lo estabas.
Tragué saliva.
—Estás imaginando cosas.
—No.
Sentí un nudo en la garganta.
—Ian…
—Te dolió.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Lo que viste. Te dolió.
Negué con la cabeza.
—No.
—Sí.
Apreté los labios.
—No sabes nada.
—Lo suficiente.
Fruncí el ceño.
—Eres un idiota.
—Quizá.
Su voz se suavizó un poco.
—Pero tengo ojos.
Me quedé callada.
—¿Qué quieres decir?
Ian suspiró.
—Que te vi.
—Eso ya lo dijiste.
—Y lo repito.
Sentí nervios.
—No tienes derecho a decir esas cosas.
—Las digo porque son verdad.
Fruncí el ceño.
—Ian, basta.
Él no se detuvo.
—Te vi cuando te fuiste. No estabas bien.
—Estaba bien.
—No.
Apreté la mandíbula.
—No sabes cómo me siento.
—Quizá no completamente. Pero vi tu cara.
Sentí un calor incómodo.
—No significa nada.
—Sí significa.
Rodé los ojos, aunque él no podía verme.
—Eres imposible.
—Y tú terca.
Me mordí el labio.
—Deja el tema.
—Bien.
Hubo un silencio breve.
Luego añadió:
—Pero te vi, Collins.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Te vi triste.
Sentí un nudo en la garganta.
—No lo estaba.
—Sí.
Tragué saliva.
—No importa.
—Sí importa.
Fruncí el ceño.
—No.
Ian suspiró.
—Collins…
—Estoy bien.
Sonó más brusco de lo que quería.
Él se quedó callado un segundo.
Luego rió, pero sin alegría.
—Eres tonta.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Tonta.
Sentí calor en las mejillas.
—No me insultes.
—No es insulto.
Fruncí el ceño.
—Claro que lo es.
—No.
Su voz se suavizó.
—Eres tonta por negar lo que sientes.
Me quedé callada.
El corazón me latía más rápido.
—No siento nada.
—Mentira.
Apreté los labios.
—Ian…
—Te gusta.
Negué con la cabeza.
—No.
Él rió.
—Collins, por favor.
Sentí nervios.
—Estás equivocado.
—No.
Hubo otro silencio.
Luego añadió:
—Y no pasa nada.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Que no pasa nada si te gusta alguien.
El comentario me descolocó.
—Sí pasa.
—No.
Fruncí el ceño.
—Eres idiota.
—Quizá.
Su voz bajó.
—Pero no es el fin del mundo.
Tragué saliva.
—No me gusta nadie.
—Mentirosa.
Sentí ganas de colgar.
—Ian, estás tomado.
—Un poco.
—Entonces duerme.
Él rió.
—Después.
Rodé los ojos.
—Eres imposible.
—Lo sé.
Hubo un silencio.
No incómodo.
Solo raro.
Luego habló otra vez.
—Y si te sirve…
Parpadeé.
—¿Qué?
—No eres tonta.
El comentario me sorprendió.
—Hace un segundo me dijiste tonta.
—Y ahora no.
Fruncí el ceño.
—Eres raro.
—Siempre.
No pude evitar sonreír apenas.
—Idiota.
Él rió.
—Eso también.
Suspiré.
—Ve a dormir.
—Sí, mamá.
Rodé los ojos.
—No seas imbécil.
—Demasiado tarde.
Sonreí un poco.
—Buenas noches.
—Buenas.
Colgué.
Y me quedé en silencio.
Pensando.
En la fiesta.
En lo que vi.
En lo que dijo Ian.
En lo que no quería admitir.
La verdad era que su comentario seguía dando vueltas en mi cabeza.
“Te dolió.”
“No estás bien.”
“No pasa nada si te gusta alguien.”
Me mordí el labio.
No me gustaba Ryan.
No podía gustarme.
Era mayor.
Tenía novia.
Y yo… yo solo era la chica nueva del vecindario.
Nada más.
Entonces, ¿por qué me afectaba?
¿Por qué la imagen de él con Ashlie seguía ahí, como una foto quemada en mi mente?
No quería admitirlo.
Pero la duda estaba.
Pequeña.
Persistente.
Y eso me asustaba.
No porque fuera verdad.
Sino porque no sabía cómo manejarlo.