Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.
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Capítulo | 1
Camila
Me miro al espejo mientras termino de arreglarme.
El reflejo me devuelve una imagen prolija, ordenada, pensada.
El cabello recién cepillado, el maquillaje justo, ni una línea de más. Me coloco el reloj en la muñeca izquierda y ajusto el broche con un movimiento automático. Todo está donde tiene que estar. Yo también.
Respiro hondo antes de salir de la habitación.
Bajo las escaleras y el murmullo suave de la casa ya despierta me acompaña hasta el comedor. La luz de la mañana entra por los ventanales y se refleja en las superficies claras, en los muebles modernos, en ese silencio elegante que tanto costó construir.
Y entonces los veo.
Nicolás está de pie, con nuestro hijo en brazos, dándole el biberón con una calma que parece natural en él. Alvarito, con apenas cinco meses, se aferra a la mamadera mientras lo mira con atención, como si no existiera nada más a su alrededor.
—Buenos días —digo.
Mi voz suena neutra, sin emoción.
Nicolás levanta la vista y sonríe de inmediato.
—Buenos días, cariño —responde—. Ya tenía mucha hambre.
Me acerco unos pasos.
—Ayer por la mañana le diste tú el biberón —le digo—. Hoy me tocaba a mí.
No hay reproche en mis palabras. Es solo un hecho.
—Lo sé —contesta—, pero te vi durmiendo. Estabas descansando tan plácidamente que no quise despertarte. Y este pequeño ya no podía esperar.
Baja la mirada hacia Alvarito y le dedica otra sonrisa.
Yo lo observo en silencio. Apenas esbozo una sonrisa y tomo asiento en la mesa.
Tamara se acerca enseguida.
—Señora, en un momento le traigo el café.
—Gracias, Tamara —respondo.
Al poco tiempo regresa y coloca la taza frente a mí. Tomo un sorbo mientras reviso el teléfono, desplazando el dedo por la pantalla sin detenerme demasiado en nada.
Nicolás acomoda a Alvarito en su sillita y se sienta a mi lado.
—Hoy tengo una reunión temprano con un cliente —dice—. Si todo sale bien, podremos avanzar con la propuesta la próxima semana.
—El consejo va a querer ver cifras concretas —respondo—. No especulaciones.
—Ya hablé con finanzas —dice—. Están trabajando en eso.
Sigo mirando el teléfono. Una noticia capta mi atención y frunzo levemente el ceño.
—La prensa está insinuando que se abrió una brecha en el consejo de Luna Holdings, pero que no saben con certeza el motivo.
Nicolás se inclina para mirar la pantalla.
—¿Se habrá filtrado algo? —pregunta—. No es grave. Todavía son solo especulaciones, pero habrá que controlarlo.
—Lo veremos cuando se tome una decisión definitiva al respecto —respondo.
Termino el café. Nicolás se levanta, toma las llaves y se acerca a mí. Se inclina y me da un beso suave en la frente.
—Que tengas un buen día —dice.
—Igualmente —respondo.
Lo observo alejarse por el pasillo con paso tranquilo, seguro, como si todo estuviera exactamente donde debe estar.
Yo también me levanto. Tomo mis cosas, salgo al garaje y arranco mi coche. El trayecto hasta la empresa transcurre en silencio, con la mente ya enfocada en reuniones, decisiones y prioridades.
Al llegar, mi asistente me espera.
—Buen día, señora Camila.
—Buen día.
La saludé con una leve sonrisa.
Ella aguardó unos segundos antes de continuar.
—Tiene una reunión importante en cuarenta minutos, será online y ya está todo preparado. Después de eso hay varios documentos para firmar. Están sobre su escritorio. Y también tiene una reunión con el consejo en la sala de juntas.
—Perfecto. Gracias —respondo.
Entro a mi despacho y cierro la puerta. Camino hasta el escritorio y entonces los veo.
Un ramo de lirios blancos, dispuesto con cuidado.
Me detengo.
—¿Quién dejó esto? —pregunto cuando Nora entra detrás de mí.
—Su esposo —responde—. Vino muy temprano y los dejó personalmente.
Asiento. Tomo el ramo y observo las flores con atención, recorriendo los pétalos con la mirada. Me gustan los lirios. Siempre me han gustado.
Los dejo a un lado.
Abro la laptop y comienzo a trabajar.
El día ya ha empezado.
A media mañana, la sala de juntas era un caos contenido.
No gritos, no golpes sobre la mesa. Nada tan burdo. Pero el ambiente estaba cargado de tensión, de miradas cruzadas y silencios estratégicos. Ese tipo de caos que solo existe cuando todos creen tener razón y nadie está dispuesto a ceder.
Estábamos sentados alrededor de la mesa principal: mi tío Jorge, mi primo Braulio, dos ejecutivos externos que respaldaban la propuesta y yo, encabezando la reunión. Frente a nosotros, del otro lado, el sector más conservador del consejo. Hombres que llevaban décadas tomando decisiones de la misma manera y que veían cualquier cambio como una amenaza. Entre ellos, Nicolás, mi esposo.
El proyecto sobre la mesa era claro: una alianza estratégica con una empresa de Tokio. Un primer paso para extender nuestras operaciones fuera de Europa y América. Un salto grande, sí, pero necesario.
—No estamos hablando de improvisar —dije, rompiendo el murmullo general—. Estamos hablando de expansión. De posicionarnos en un mercado que lleva años marcando tendencias.
Braulio asintió de inmediato.
—Es una oportunidad que no se presenta dos veces —agregó—. Tokio no busca socios al azar. Nos eligieron porque ven potencial real en nuestra estructura.
Uno de los ejecutivos deslizó unas gráficas hacia el centro de la mesa.
—Los números respaldan el proyecto —dijo—. La proyección a cinco años supera ampliamente cualquier crecimiento que podamos obtener manteniéndonos en los mercados actuales.
Del otro lado, alguien carraspeó.
—Con todo respeto —dijo uno de los consejeros—, llevamos décadas trabajando con la firma de los franceses. Nos ha dado estabilidad, prestigio y beneficios constantes. No veo la necesidad de arriesgar lo que ya funciona.
—Justamente por eso —respondí—. Porque funciona desde hace décadas. Y el mercado ya no se mueve como antes.
—Camila, nadie está en contra del crecimiento —respondió—. Pero una expansión internacional implica riesgos que quizá no estamos preparados para asumir.
—Estamos más preparados de lo que creen —respondí—. Tenemos estructura, capital humano y una marca consolidada. Lo que falta es decisión.
Fue entonces cuando Nicolás habló.
—La decisión no puede basarse solo en ambición —dijo, con voz firme—. Un error en un mercado como el asiático no se corrige fácilmente.
Levanté la mirada hacia él.
—No se trata de ambición —repliqué—. Se trata de visión a largo plazo.
—¿Y qué pasa si esa visión falla? —preguntó—. ¿Quién se hace cargo del impacto? Porque no hablamos solo de cifras, hablamos de personas, de empleos, de una reputación construida durante generaciones.
Braulio se inclinó hacia adelante.
—También hablamos de estancamiento si no hacemos nada, Nicolás —dijo—. Francia ya no nos ofrece crecimiento, solo mantenimiento.
—El mantenimiento no es un problema cuando es rentable —respondió Nicolás—. Cambiar de socio implica empezar desde cero en muchos aspectos.
—No desde cero, Nicolás —intervine—. Desde otro nivel.
El silencio se volvió denso. Sentí varias miradas sobre mí. No era la primera vez que defendía una postura así, pero sí una de las pocas en las que mi esposo estaba explícitamente en contra.
—Tokio nos abre puertas que los franceses ya no pueden —continué—. Innovación, tecnología, proyección global. No podemos seguir tomando decisiones como si el mundo no hubiera cambiado.
—O como si el pasado no importara —respondió él.
Nos miramos unos segundos. No había hostilidad, pero sí una distancia clara. Dentro de la empresa, Nicolás no era mi esposo. Era un miembro del consejo. Un hombre con peso propio y convicciones firmes.
—El pasado importa —dije—. Pero no puede ser lo único que nos guíe.
Uno de los consejeros negó con la cabeza.
—La prudencia también es una virtud, Camila.
—La inmovilidad no —respondí.
La discusión se prolongó más de lo previsto. Argumentos, cifras, advertencias. Cuando finalmente dimos por terminada la reunión, no hubo una decisión definitiva. Solo la promesa de seguir evaluando la propuesta.
La sala se fue vaciando poco a poco. Algunos se quedaron conversando en pequeños grupos. Otros salieron sin decir palabra.
Yo recogí mis documentos y me quedé de pie, observando la ciudad a través de los ventanales. Nicolás se acercó.
—Sabía que ibas a empujar el proyecto —dijo.
—Y yo sabía que ibas a oponerte.
No sonrió.
—No es personal.
—Nunca lo es —respondí.
Se quedó unos segundos más, como si quisiera decir algo, pero finalmente asintió y se fue.
Me senté de nuevo, sola ahora, y dejé escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.
Dentro de esa sala, yo no era esposa ni madre. Era parte del consejo. Y estaba dispuesta a defender cada decisión como si fuera una batalla.
Aunque, por primera vez, no pude evitar preguntarme cuánto de esa batalla se estaba librando también en casa.