Desilusionada por la traición de su esposo, Tamara encontrará refugio en donde menos lo espera, los brazos de su jefe. Un importante joyero, un ceo de renombre, un artista único y excéntrico que viaja por el mundo exponiendo sus magníficas colecciones, sin interesarse realmente en el amor y solo le importan sus piedras preciosas. Sin embargo pronto descubrirá que la joya más invaluable e inalcanzable es la mujer que se hospeda bajo su mismo techo y a la cual pretende conquistar.
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Capítulo N°20
Franco besaba a su asistente, la futura madre de su hijo con pasión, amor, lujuria y un sin fin de emociones que por primera vez estaba descubriendo en su vida. Su corazón latía a un ritmo descontrolado, su piel se erizaba con solo tener a la mujer de sus sueños entre sus brazos. Le faltaba el aire y sentía que con ella estaba dispuesto a todo, no se guardaba nada y no dudaba en demostrar que la amaba. Sus lenguas ya se conocían y el movimiento de sus bocas se sincronizaban a la perfección haciendo que el roce de sus narices fuera una caricia perfecta.
—Te amo—murmuró Franco cuando al fin se separaron por falta de aire—. Eres la única mujer en este mundo que me desarma con un simple hola, que me mata con un solo beso y me revive con sus caricias en un mismo instante—confesó mientras que con un movimiento ágil le sostenía la nuca con firmeza y la obligaba a mirarlo a los ojos—. Quiero todo contigo y mucho más—comentó antes de silenciarla nuevamente con un beso.
El ceo necesitaba comprobar que Tamara era real, que al fin su asistente sería suya. Con sumo cuidado, procurando no lastimar ni un centímetro de su ser, sus manos comenzaron a recorrer con frenesí el cuerpo de la joven. Él permanecía con los ojos cerrados detallando su cuerpo con sus caricias, como si quisiera grabar en su memoria sus perfectas curvas, hasta que finalmente se aferraron con firmeza sobre sus nalgas y la atrajo más hacia su cuerpo. Ella por instinto enredó sus piernas en la cintura de él y posando sus manos sobre sus hombros se sostuvo suavemente y se dejó guiar.
El ceo no podía seguir dilatando ni reprimiendo sus más bajos instintos, necesitaba hacerla suya en ese preciso instante así que con un movimiento rápido la tomó entre sus brazos y sin separar sus bocas la llevó hasta la habitación. Su primera vez juntos debía ser en un lugar cómodo, acogedor, sin interrupciones y su cuarto era el lugar perfecto para ello. Rápidamente recorrió la casa con Tamara en brazos, sin embargo al abrir la puerta de la habitación Franco se sorprendió al ver que el interior del cuarto estaba iluminado por varias velas aromáticas y de fondo sonaba una música suave. Él rompió lentamente el beso que los unía y fascinado por la decoración preguntó
—Muñeca, ¿tú preparaste todo esto?
Ella se acercó al oído y le murmuró
—Por supuesto. No eres el único con necesidades y ganas de que estemos juntos. Te deseo tanto como tú a mí y no quería seguir esperando—confesó mordiendo sutilmente el lóbulo de la oreja de él para luego descender suavemente por su cuello dejando un senderos de besos húmedos, hasta que finalmente lo miró a los ojos y con la voz cargada de deseo y sus pupilas dilatada le dijo—. No quiero seguir durmiendo en el cuarto de invitados, quiero estar aquí en esta habitación, dormir abrazada junto a ti y que cada noche me hagas el amor como si no hubiera un mañana.
—Muñeca, haré todo lo posible por complacerte—respondió sonriente y con un pie cerró la puerta a sus espaldas y la volvió a besar.
Franco la depositó con cuidado sobre la cama, estaba nervioso, jamás había estado con una mujer embarazada y era consciente que Tamara debía ser tratada de manera especial. De pie frente a ella se deshizo de su traje quedando solamente en ropa interior mientras que ella estaba completamente vestida sentada en medio de la gran cama, observando cada movimiento y deleitando sus ojos al ver el perfecto y musculoso cuerpo de su jefe.
—Deja de mirarme de esa manera—pidió mientras veía como ella de rodillas se acercaba un poco más, le acariciaba el torso y mordía su labio inferior de manera seductora.
—¿Cómo te miró?—preguntó fingiendo inocencia mientras se quitaba lentamente el delantal por encima de su cabeza y comenzaba a desabotonar su blusa.
—No sé…como si quisieras …
—Como si quisiera comerte a besos—dijo y acercándose un poco más a su torso desnudo comenzó a dejar un sendero de besos sobre su piel desnuda—. Como si quisiera probar tu piel—murmuró lamiendo su vientre duro y plano—. Y deleitarme con tu exquisito sabor—comentó mientras levantaba la vista y lo miraba directamente a los ojos, desinhibida y dispuesta a todo.
—Sí, precisamente así—respondió con la voz ronca y entrecortada.
—Entonces no me dejes con las ganas, no puedes negarme un antojo en mi estado—pidió mientras que con ambas manos le quitaba la única prenda que aún conservaba.
—Muñeca… no…no es necesario—protestó pero fue demasiado tarde.
Tamara lamió su miembro de abajo hacia arriba, deteniéndose en la punta la cual se humedece cada vez más con cada caricia, cada roce, cada movimiento. De manera lenta, suave y sin prisa abrió grande su boca y lo introdujo.
El calor del aliento de Tamara envolviendo su hombría le provocó una sensación inexplicable y no pudo evitar gemir de placer. Sentir como su lengua lo acariciaba y lo empujaba más adentro solo lo obligó a arquear su cuerpo hacia atrás para que su penetración sea completa y llegará hasta la garganta de su asistente.
—Muñeca esto es…hermoso—pronunció casi sin aliento al sentir como ella movía su cabeza con tranquilidad y se tomaba su tiempo para complacerlo.
Los ojos de Tamara estaban nublados de placer y sus lágrimas caían con cada estocada, sin embargo ver a Franco disfrutar de ese momento, sentir como se entregaba por completo a ella, con cuidado, sin ser brusco y la dejaba dominar la situación a su manera, lenta y pausada, tomando bocanada de aire de vez en cuando para luego continuar, hacía que se sienta completa y amada. Ese hombre no la obligaba, no pedía más de lo que ella estaba dispuesta a dar, no le hacía daño con tal de satisfacerse a sí mismo como tantas otras veces hizo el imbécil de su ex. Eran tan diferentes y estaba tan arrepentida de no haber conocido antes a este ser tan maravilloso que no pudo evitar emocionarse. Sus lágrimas lentamente cubrieron su rostro al confirmar que ya no había vuelta atrás, amaba a ese hombre con toda su alma y por primera vez en mucho tiempo lloró de felicidad.
Franco al ver su rostro cubierto de lágrimas, sus mejillas enrojecidas y su mirada brillante se apartó y acunando su cara con ambas manos preguntó.
—Muñeca, ¿ por qué lloras?
—Porque te amo, te amo de verdad y eso me hace sentir vulnerable y a la vez muy feliz—confesó.
—Yo también te amo, por primera vez en mi vida estoy enamorado créeme cuando te digo que sé perfectamente cómo te sientes —respondió con calma y sinceridad, entonces mientras acariciaba su rostro con ternura secando sus lágrimas se arrodilló frente a ella y la besó tiernamente.