El Refugio de las Ciudades Muertas,
El apocalipsis zombi no fue el fin del mundo, sino su reorganización.
Décadas después del brote, la civilización humana ha resurgido, no en la superficie infestada, sino bajo tierra.
Los sobrevivientes han adaptado las redes de metro, túneles de servicio y viejas minas para crear vastas ciudades subterráneas, a salvo de los zombis que merodean en la superficie.
La superficie, conocida como "Las Tierras Vivas", está repleta de los no-muertos, mientras que el subsuelo es un laberinto de civilización.
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Capítulo 12: Los Ojos en las Tierras Vivas
Alexia siempre había creído que la mejor defensa no era un muro más grueso, sino saber exactamente dónde golpearía el martillo. En el silencio sepulcral de su laboratorio, mientras observaba los mapas de calor de los niveles inferiores, tomó la decisión que el Consejo jamás habría aprobado. No podía esperar a que Kael diera el siguiente paso.
Reunió a los tres mejores exploradores que quedaban, hombres y mujeres que se hacían llamar los Corredores. Eran espectros que sabían caminar sobre cristal roto sin emitir un sonido.
— No van a buscar suministros
—les dijo Alexia, mirándolos a los ojos a través de la luz verdosa de las lámparas
—. Van a ser mis ojos en un mundo que ya no nos pertenece. Si Kael está ahí arriba, quiero saber qué está construyendo.
Equipados con trajes de sigilo que se sentían como una segunda piel fría y dos dispositivos de pulso magnético cargados al límite, el equipo inició el ascenso. Elías, que había pasado de ser un técnico de mantenimiento a un líder de campo por pura necesidad, encabezaba la marcha. Al abrir la esclusa del túnel de acceso principal, el siseo del aire presurizado sonó como un grito en el vacío.
Al salir, la diferencia los golpeó como un impacto físico. El viento de la ciudad muerta siseaba entre los rascacielos descascarados, y la resonancia de baja frecuencia del hongo vibraba en sus dientes. Los zombis de la superficie no eran como los del subsuelo; se movían con una rapidez eléctrica, espasmódica. El equipo avanzaba pegado a las paredes, usando las lámparas de musgo en su ajuste mínimo, apenas un escudo repulsivo para que las criaturas no detectaran su calor biológico.
Llegaron a su objetivo: la vieja torre de comunicaciones, un coloso de hierro oxidado que se alzaba sobre las ruinas del centro. Lo que vieron desde los escombros de un centro comercial cercano les heló la sangre más que el viento exterior.
Kael estaba allí. No estaba buscando comida ni medicinas. Estaba rodeado de una docena de seguidores que se movían con una devoción fanática, manipulando cables y piezas de artillería tecnológica en la base de la torre. Conectaban generadores de gasolina, máquinas ruidosas y primitivas que escupían humo negro al cielo plomizo. El plan era evidente y devastador: usar la torre como un megáfono para la resonancia neurológica, enviando una onda de choque a través de la tierra para despertar a cada zombi inactivo bajo el refugio. No era una invasión; era un despertar forzado.
Elías hizo una señal con la mano, cerrando el puño. Sus compañeros se separaron con la precisión de depredadores. En la base de la torre, uno de los hombres de Kael estaba de espaldas, luchando con una conexión de alta tensión. No escuchó el roce del traje de Elías contra el suelo.
El golpe fue seco. Elías usó la culata de su rifle modificado para golpear la base del cráneo del seguidor. El hombre cayó como un fardo de ropa vieja. Sin perder un segundo, lo arrastraron hacia la penumbra de una oficina en ruinas, lejos de la vista de Kael.
Lo ataron con cables de acero y lo amordazaron. Cuando el hombre despertó, el pánico en sus ojos brilló bajo la luz verde de la lámpara de Elías. Estaba desorientado, el olor a polvo y moho llenando sus pulmones.
— Tenemos poco tiempo
—susurró Elías, quitándole la mordaza pero presionando la punta de su cuchillo contra su garganta
—. Y tú tienes muchas explicaciones que dar.
Elías se agachó frente al prisionero. A diferencia de los guardias del Consejo, no gritó. Usó la voz tranquila y gélida que Alexia le había enseñado, la voz de alguien que ya ha aceptado lo peor.
— Sé por qué estás aquí
—dijo Elías, dejando que la luz del musgo iluminara sus propios ojos cansados
—. Kael te prometió un mundo nuevo, ¿verdad? Te dijo que el refugio era una cárcel y que él tenía la llave del paraíso. Pero mira a tu alrededor. Sé lo que pasó en el Sector Gamma. Sé que dejó atrás a su propia gente para salvarse él. Te está usando como combustible para su guerra, no como un ciudadano de su nuevo reino.
El hombre tembló. La mención del Sector Gamma pareció romper la última barrera de su fanatismo. La duda es más corrosiva que el virus, y Elías la estaba inyectando directamente en su mente. El prisionero empezó a balbucear, las palabras saliendo en un torrente de desesperación.
— Él... él dice que el mundo necesita ser purificado
—susurró el hombre, mirando hacia la torre con terror
—. La señal... la torre va a amplificar el latido. Quiere despertarlos a todos a la vez. Dijo que si el refugio no puede sobrevivir arriba, entonces debe convertirse en parte de lo que hay aquí.
Elías apretó el agarre en el cuchillo.
—¿Cómo detenemos la torre?
— El generador —dijo el hombre, con lágrimas limpiando surcos en la suciedad de su cara
—. El circuito de enfriamiento tiene una sobrecarga de seguridad. Si se bloquea la válvula de escape antes de que alcance la frecuencia máxima, el sistema se colapsará... pero causará una explosión que...
Un rugido mecánico ahogó sus palabras. El generador de gasolina había arrancado, escupiendo una vibración que hizo temblar los cristales rotos de las ventanas. El tiempo se había agotado. El hombre gritó, pero su voz desapareció bajo el zumbido ascendente de la torre, que empezaba a emitir un tono agudo y penetrante que hacía sangrar los oídos.
Elías miró a sus compañeros. Tenían la información, pero el precio era una carrera suicida. Fuera, los zombis que antes deambulaban sin rumbo empezaron a erguirse, sus cabezas girando hacia la torre al unísono, sus movimientos volviéndose fluidos, coordinados y violentos. La señal los estaba llamando.
— ¡Vámonos!
—ordenó Elías, soltando al prisionero
—. ¡Si no llegamos a la esclusa antes de que la señal alcance el subsuelo, no habrá refugio al que volver!