Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
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Bajo la misma máscara
El día del bautizo había llegado.
Desde temprano, la casa Sotomayor parecía otra.Flores blancas decoraban cada rincón, las mesas estaban cubiertas con manteles impecables y el sonido suave de la música clásica llenaba el ambiente. Todo era elegante, todo era perfecto.
Pero para Luisa, nada de eso tenía valor.
Había pasado toda la mañana de pie, supervisando cada detalle, asegurándose de que nada saliera mal. No porque quisiera impresionar sino porque sabía que cualquier error sería usado en su contra.
—Señorita, ya llegaron los últimos arreglos florales —le avisó Rosa.
—Ponlos en la mesa principal que no queden muy altos —respondió Luisa, revisando nuevamente la lista que tenía en las manos.
Rosa la miró con cierta preocupación.
—Debería sentarse un momento no ha descansado nada.
Luisa negó con la cabeza.
—Después cuando todo termine.
Pero ambas sabían que ese “después” nunca llegaba.Los padres de Diego bajaron poco antes de que llegaran los invitados.
Doña Elena apenas cruzó una mirada con Luisa.
—Los platos deben salir en orden —dijo, señalando la mesa sin siquiera saludar—. Primero los aperitivos, luego el plato fuerte. No quiero errores frente a los invitados.
Luisa asintió en silencio.
—Sí, señora.
Ni una palabra más.Ni un gesto.
Como si no fuera la madre del niño que estaban celebrando.
Como si solo fuera alguien contratado.
Cuando los invitados comenzaron a llegar, Diego se colocó a su lado.
—Sonríe —murmuró sin mirarla—. Hoy todo es apariencia.Luisa lo hizo.
Sonrió.Recibió a cada persona con educación.Como si nada doliera.
Como si no estuviera acostumbrada a ser invisible.Al principio todo iba bien.
Demasiado bien.Hasta que el ambiente cambió.Fue sutil.Un murmullo.
Miradas que se desviaban.
Y luego ella apareció con un vestido rojo.Ajustado.Brillante.
Totalmente fuera de lugar.
Estefany.Caminando como si el evento le perteneciera.Como si no hubiera reglas.
Como si no existiera nadie más.
Luisa sintió cómo el estómago se le estrujara.
—No… —susurró apenas.
Sabía que algo iba a pasar.
Solo no sabía cuándo.Estefany se acercó directamente a Diego.
Ni siquiera miró a Luisa.
—Dieguito ya estoy aquí, querido —dijo con una sonrisa dulce que no tenía nada de inocente—. Tu mami me envió la invitación. !¡sorpresa!.
Luisa giró lentamente la cabeza hacia Diego.
Esperando que dijera algo.Que la detuviera.
Que marcara un límite.
Pero él,solo se quedó parado sin hacer o decirle nada.
—Estefany este no es el momento —dijo en voz baja.
—Oh, claro que lo es —respondió ella, acercándose más—. Además, después del bautizo quiero hablar a solas contigo, mi amor hay cosas que no podemos seguir ignorando.Y sin importarle nada se inclinó.
Y besó su cuello.Lento.Provocador.
Frente a todos.Frente a Luisa.
Los murmullos comenzaron.
—¿Quién es ella?
—¿No es la esposa esa otra chica?
—Qué vergüenza.Luisa sintió que algo dentro de ella se rompía.Pero lo peor…
no fue el gesto.Fue que Diegono la apartó.
No dijo nada.
Solo lo permitió.Doña Elena apareció en ese momento.
Y al ver a Estefany, sonrió.
Una sonrisa que nunca le había dado a Luisa.
—Querida ven, siéntate conmigo.
Preferencia.Evidente.Dolorosa.
—Ya voy, suegrita —respondió Estefany con naturalidad.
Suegrita.Como si ese lugar le perteneciera.
Luisa bajó la mirada.Apretó las manos.
—Claro yo soy la intrusa —pensó con amargura.Pero no dijo nada.
Ya no.No en ese momento.
El bautizo se llevó a cabo.Las palabras del sacerdote.El agua.La bendición.
Todo fue perfecto por fuera.Pero por dentro estaba destrozada.
Después, los invitados comenzaron a relajarse.Copas en mano.
Conversaciones de negocios.Risas falsas.Todo era un show.
Y Luisa seguía cumpliendo su papel.Atendiendo.Moviéndose.
Sonriendo.Mientras por dentro ardía de coraje.Estefany se levantó de su asiento.
Caminó tranquila.
Como si solo fuera una invitada más.
Pero sus ojos buscaban algo.
O a alguien.Se detuvo junto a un mesero.
—Necesito hablar contigo —dijo en voz baja.
El hombre dudó.Pero cuando vio el dinero escuchó atentamente.
—Solo tienes que hacer algo sencillo —susurró ella—. Esta copa es para ella.
Señaló a Luisa.
—Y esta otra para Diego.
El mesero frunció el ceño.
—Señorita yo no—
—No te estoy pidiendo opinión —lo interrumpió con frialdad—. Solo hazlo.
Se inclinó un poco más.
—Cuando ella se sienta mal la llevas lejos de aquí ponla en la habitación de la sevidumbre. Nadie debe verla.El hombre tragó saliva.
—¿Y el señor?Estefany sonrió.
Una sonrisa peligrosa.
—A él también lo vas a ayudar a “descansar”.
Se separó.Como si nada hubiera pasado.
Minutos después Luisa recibió una copa.
—Señora, su bebida.
—Gracias.
Bebió un poco.Todo parecía normal.
Pero no lo era.Diego también tomó la suya.
Sin pensar.Sin notar nada raro.
El tiempo empezó a distorsionarse.
Luisa sintió un leve mareo.
Parpadeó.
—¿Qué?Intentó enfocarse.
Pero todo se volvía lento.
Pesado.Confuso.
—Rosa—intentó llamar.
Pero su voz apenas salió.Diego frunció el ceño.Algo no estaba bien.
Se llevó la mano al cuello.
—¿Qué me está pasando?
Respiraba diferente.Más agitado.
Más extraño.Desde lejos.
Estefany observaba.
Cada detalle.Cada reacción.
—Ya empezó—susurró.
Luisa dio un paso y casi cayó.
El mesero apareció de inmediato.
—Señora, venga la ayudo.
Ella apenas podía sostenerse.
—Mi hijo.
Pero su cuerpo ya no respondía.
Y en ese instante el caos comenzó.
Pero no como Estefany lo había planeado.