"¿Qué harías si el hombre que juró amarte te roba la vida, tu fortuna y a tus hijos?"
Valeria Estrada lo tenía todo: una familia hermosa y el control de la corporación más grande del país. Pero su mundo se volvió cenizas cuando su esposo, Adrián Montero, la traicionó de la forma más cruel. No solo le quitó su dinero y la engañó con su mejor amiga, sino que la encerró en un hospital psiquiátrico de alta seguridad, drogándola durante años para borrar su lucidez y hacerle creer que estaba loca.
Para el mundo exterior, Valeria Estrada murió. Para sus hijos, ella es solo un recuerdo borroso reemplazado por una madrastra cruel.
Pero tras cinco años de oscuridad, Valeria logra despertar de la niebla. Con la ayuda de dos aliados que el destino puso en su celda, finge su propia muerte y escapa de su prisión de pesadilla.
Ahora, Valeria ha regresado con un nuevo rostro y una identidad impenetrable
La "difunta" ha despertado... y la verdadera pesadilla para los Montero está a punto de comenzar.
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Le peso del secreto y el brillo de la esperanza
Esa misma noche, Elena se encerró en su habitación y encendió su conexión privada con Marcus. Las fotografías de los contratos falsificados y la carta manuscrita de Adrián viajaron por la red encriptada. El silencio de Marcus al otro lado de la línea fue elocuente cuando recibió los archivos.
—Lo tenemos, Valeria —susurró Marcus por el auricular—. Esto no es solo un robo, es una conspiración criminal. Con estas firmas falsas y las fechas de la clínica, podemos hundirlo.
—Todavía no —respondió ella, mirando hacia la puerta con cautela—. Adrián tiene jueces y abogados en su bolsillo. Necesitamos que la estructura financiera que él mismo construyó se desmorone primero. Sigue rastreando las cuentas del Velasco Group. Quiero saber exactamente dónde está cada centavo que me quitó.
—Entendido. Seguiremos recolectando piezas. Paciencia, Valeria.
Elena apagó el equipo. El triunfo de haber encontrado las pruebas se mezclaba con una melancolía extraña. Se sentía como una sombra moviéndose en una casa de fantasmas.
Mientras tanto, lejos de la tensión de los Montero, Sebastián Vogel conducía hacia la casa de sus padres, una hermosa propiedad en las afueras, rodeada de jardines que exhalaban paz. Al cruzar la puerta, el ruido de risas y pasos rápidos lo recibió.
—¡Tío Sebastián! —dos niños de seis y ocho años se lanzaron a sus brazos con una alegría desbordante.
Sebastián los levantó en vilo, riendo con una naturalidad que jamás mostraba en el mundo de los negocios. Allí no era el magnate temido, era simplemente "el tío Sebas". Su hermana, una mujer de una belleza serena y elegante llamada Sofía, apareció en el pasillo con una sonrisa cálida.
—Llegas justo a tiempo para la cena, hermano —dijo Sofía, dándole un beso en la mejilla—. Mamá ha estado preguntando por ti toda la tarde.
La cena fue un despliegue de afecto y normalidad. Sus padres, una pareja que destilaba amor tras cuarenta años de matrimonio, presidían la mesa. Hablaban de los dibujos de los niños, de los proyectos de Sofía y de anécdotas familiares. Sebastián escuchaba, sintiéndose finalmente a salvo.
—Y dinos, Sebastián —dijo su madre, mirándolo con complicidad mientras servía el postre—, ¿hasta cuándo piensas seguir soltero? Esta casa se siente muy grande cuando no traes a nadie a quien presentar.
—Es cierto —añadió Sofía entre risas—. Los sobrinos ya están creciendo y todavía no tienen una tía a quien hacerle travesuras. ¡Hace años que solo vives para nosotros y para la empresa!
Sebastián soltó una carcajada suave, pero de repente, su expresión cambió. Por un breve segundo, bajó la mirada y una sonrisa diferente, más profunda y melancólica, curvó sus labios. Sus ojos adquirieron un brillo que no pasó desapercibido para su hermana.
—¿Esa cara? —exclamó Sofía, señalándolo con la cuchara—. ¡Papá, mamá, miren esa cara! Sebastián está enamorado.
—No digas tonterías, Sofía —respondió él, intentando recuperar la compostura, pero su cara de enamorado era imposible de ocultar—. Simplemente... he conocido a alguien interesante. Alguien muy especial.
—¿Quién es? ¿La conocemos? —preguntó su madre ilusionada.
Sebastián negó con la cabeza, manteniendo el misterio. Pensó en Elena, en su fuerza, en su porte impecable y en esa ternura que ella intentaba esconder tras su profesionalismo. No podía decir su nombre; ella estaba en medio de un campo de batalla y él solo quería protegerla.
—Solo diré que es una mujer excepcional —dijo Sebastián con voz suave—. Pero por ahora, prefiero que sea mi secreto. Es una flor que está creciendo en un jardín muy difícil, y no quiero que nada la marchite.
Sofía lo miró con ternura. Nunca había visto a su hermano hablar así de nadie. Sebastián, el hombre que lo tenía todo, parecía haber encontrado finalmente algo que no podía comprar: una admiración profunda por una mujer que lo desafiaba con solo una mirada.
Aquella noche, mientras Sebastián dormía en su antigua habitación rodeado de recuerdos felices, y Elena repasaba los documentos del robo en su oscura habitación de la mansión, el destino parecía estar trazando un puente invisible.
Sebastián venía de la luz y el amor; Elena venía de la traición y la sombra. Pero ambos, cada uno a su manera, estaban empezando a orbitar alrededor del mismo sueño de libertad.