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La Ciega Del Alfa Enemigo

La Ciega Del Alfa Enemigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Fantasía / Hombre lobo / Romance paranormal / Amor-odio / Completas
Popularitas:494
Nilai: 5
nombre de autor: Diana Fuego Guerra

Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.

Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.

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Capítulo 1

El sonido de los tambores resonaba por toda la aldea, vibrando en el suelo de tierra batida bajo los pies descalzos de Elisabete. Ella sentía la fiesta incluso antes de oírla bien. Los golpes atravesaban su cuerpo en ondas, como un corazón gigante latiendo en la oscuridad que siempre fue su mundo.

— Es la hora — dijo la vieja Magnólia, tocando con cuidado el brazo de la joven.

Elisabete sabía que aquel día llegaría. Desde niña había oído las historias sobre el llamado de la Luna, sobre el momento en que cada lobo encontraba su destino. Pero ningún destino parecía haber sido escrito para alguien como ella.

Ciega desde el nacimiento.

Ella nunca había visto la luna. Nunca había visto el cielo. Nunca había visto su propio reflejo. Conocía el mundo a través de las manos, de los sonidos, de los olores y de las vibraciones de la tierra. Había aprendido a contar pasos, a reconocer personas por la respiración, por la manera en que los pies tocaban el suelo, por la energía que cargaban.

Aun así… era la heredera destinada al puesto de Luna.

O, al menos, eso decían antes de que su secreto saliera a la luz.

Magnólia la condujo hasta el centro del claro. El aire estaba cargado de expectativa, excitación y algo más — un olor metálico, tenso. Miedo.

Elisabete sintió todas las miradas sobre sí. Incluso sin ver, sabía cuándo era observada. Había un peso en el aire, una presión sofocante.

— Ella vino de verdad… — susurró alguien.

— ¿La ciega? — murmuró otro.

Las voces atravesaban sus sentidos como láminas.

En el centro del claro, un hombre se destacaba por la fuerza de su presencia. Ella no necesitaba verlo para saberlo. El Alfa Caíque. El lobo más temido de los Siete Valles. El hombre destinado a ser su compañero.

El destino que ella jamás pidió.

El corazón de Elisabete se aceleró cuando sintió su presencia a pocos pasos de distancia. El aire parecía diferente a su alrededor, más denso, más caliente.

— Arrodíllate — ordenó la voz grave.

Ella obedeció, con las manos temblando sobre las rodillas. El silencio se extendió por el círculo.

El anciano comenzó el ritual, recitando las palabras antiguas que ligaban la Luna a la sangre de los lobos. Elisabete sentía el poder crecer en el aire, vibrar en los huesos, atravesar su piel.

Ella esperaba sentir el vínculo. Decían que era como un fuego bajo la piel, una marca en el alma.

Pero, antes de eso…

— Paren.

La voz de Caique cortó el ritual como un golpe.

El mundo de Elisabete pareció congelarse.

— ¿Qué ocurre, mi Alfa? — cuestionó el anciano.

El olor de Caique cambió. Se tornó ácido. Indignado. Frío.

— Antes de que este ritual continúe, quiero la verdad. ¿Por qué nunca me dijeron que mi Luna… — hizo una pausa cargada de desprecio — …es ciega?

Un murmullo explotó a su alrededor.

— ¡Ella no puede ser Luna! — gritó alguien.

— ¡Una Luna que no ve es una señal de debilidad!

— ¿Cómo protegería a la manada?

Cada palabra alcanzaba a Elisabete como un golpe invisible. El pecho apretaba, la garganta quemaba. Intentó hablar, pero ningún sonido salió.

El anciano balbuceó:

— La Luna no se equivoca…

— La Luna se equivoca, sí — gruñó Caique. — Y yo no aceptaré una compañera defectuosa.

El mundo se derrumbó.

Defectuosa.

La palabra resonó dentro de ella como una sentencia.

— Por el poder que me fue concedido como Alfa — continuó él, en voz alta — la rechazo como mi Luna. Aquí. Ahora. Delante de todos.

Un grito atravesó el claro. Sólo después Elisabete percibió que venía de ella.

La ligación que siquiera había llegado a formarse se rompió antes de existir. Un vacío helado invadió su cuerpo, como si su alma hubiera sido arrancada a la fuerza.

Cayó de lado, jadeante, las manos clavadas en la tierra.

— Llévenla de aquí — ordenó Caique— Ella ya no pertenece a mi manada.

— ¡No! — gritaron pocas voces, tímidas. La mayoría permaneció en silencio.

Elisabete sintió brazos que la jalaban. Podía reconocer el olor de algunos — amigos de infancia. Pero ninguno de ellos tuvo coraje de luchar por ella.

Fue arrastrada fuera del claro bajo abucheos, murmullos y susurros venenosos.

— Maldición…

— Débil…

— La Luna se equivocó…

El portón de madera se cerró tras ella con un estruendo definitivo.

El mundo quedó silencioso.

Sólo el viento.

El olor de los árboles.

Y el vacío.

Caminó sin rumbo, tropezando en las raíces, rasgando su propia piel sin importarle. Las lágrimas escurrían sin sonido. No había más nada que perder.

Horas después, cuando las fuerzas ya la abandonaban, Elisabete cayó de rodillas al borde del bosque prohibido.

— Luna… — susurró, con la voz quebrada. — ¿Qué hice mal?

Ninguna respuesta vino.

El aire, entonces, cambió.

No era el olor de su manada. Ni de nadie conocido.

Era peligro.

Predador.

Un gruñido bajo sonó a sus espaldas.

Elisabete sintió el terror atravesar cada célula del cuerpo. Intentó levantarse, pero las piernas fallaron.

— No… por favor… — murmuró.

Pasos se aproximaron. Firmes. Controlados.

Ella se preparó para morir.

Pero, en vez de un ataque, oyó una voz profunda, fría como acero:

— ¿Una Luna… sola… ciega… rechazada por su propio Alfa?

Él soltó una risa baja.

— El destino tiene un sentido de ironía cruel.

Elisabete sintió cuando él se arrodilló delante de ella.

Y entonces vino la frase que cambiaría su vida para siempre:

— Acabas de caer en las manos del peor enemigo de él.

El destino de la Luna ciega acababa de ser sellado.

El de Caique… también.

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