Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 19: Cuando despiertas y sigo aquí
Elian despertó despacio.
No sobresaltado.
No con el cuerpo en guardia.
Despertó con una sensación tibia, envolvente, que tardó unos segundos en comprender.
Sus brazos estaban apretados alrededor de algo firme. Familiar. El aroma era profundo, estable, conocido. Madera, cuero limpio… seguridad.
La chaqueta.
El recuerdo llegó de golpe.
La noche.
La soledad.
El miedo silencioso.
Y entonces… la puerta.
Elian abrió los ojos de golpe.
Kael estaba sentado en el borde de la cama.
No lo miraba con sorpresa.
No con reproche.
Lo miraba como quien encuentra algo importante y frágil al mismo tiempo.
Elian se incorporó demasiado rápido.
—Lo siento —dijo de inmediato—. Yo no quería… no debí tomarla… solo… me quedé dormido sin darme cuenta…
Las palabras salieron atropelladas, cargadas de vergüenza. Sus manos soltaron la chaqueta como si quemara.
Kael levantó una mano.
—Elian —dijo con calma—. Respira.
El omega se quedó inmóvil, respirando agitado.
—No hiciste nada mal —continuó Kael—. No tienes que disculparte por buscar consuelo.
Elian bajó la mirada.
—Me dio miedo —admitió en voz baja—. Cuando no estaba… el castillo se sintió vacío. Y yo… no sabía qué hacer con eso.
Kael escuchó cada palabra sin interrumpir.
—Gracias por decírmelo —respondió—. Eso no es debilidad. Es honestidad.
Elian apretó los dedos contra la sábana.
—Tengo miedo de necesitarlo demasiado —susurró—. De… apoyarme mal. De volverme una carga.
La confesión quedó suspendida entre ambos.
Kael sintió el peso de esa herida.
—Escúchame con atención —dijo—. Necesitar no es lo mismo que depender sin límites. Y lo que hiciste anoche no fue aferrarte… fue cuidarte.
Elian alzó la mirada, confundido.
—¿Cuidarme…?
—Sí —respondió Kael—. Reconociste que estabas solo y buscaste algo que te ayudara a sentirte a salvo. Eso es autocuidado, aunque aún te dé vergüenza.
Elian tragó saliva.
—Pero usted no estaba.
Kael tomó la chaqueta con calma y la volvió a dejar sobre la cama, cerca de Elian.
—Pero volvería —dijo—. Y tu cuerpo lo sabía.
Elian sintió que algo se apretaba en su pecho.
—Cuando se fue… —confesó—. Me dije que no pasaba nada. Que podía solo. Pero por la noche… era como si algo me faltara aquí —se tocó el pecho—. No dolor. Frío.
Kael lo observó con atención.
—Eso es vínculo —dijo—. No obligación. No deuda. Vínculo.
Elian respiró hondo.
—¿Y si… algún día no vuelve? —preguntó con miedo infantil.
Kael no esquivó la pregunta.
—Entonces dolerá —respondió con honestidad—. Pero no porque estés roto. Dolerá porque eres capaz de sentir apego. Y eso… es una fortaleza.
Elian cerró los ojos.
Las lágrimas aparecieron, silenciosas.
—No quiero perder esto —susurró—. No quiero perder la sensación de estar a salvo.
Kael se inclinó un poco hacia él, manteniendo la distancia justa.
—No tienes que perderla —dijo—. Pero tampoco tienes que cargarla solo. Podemos aprender a sostenerla juntos.
Elian lo miró.
—¿De verdad… no le molesta?
Kael negó con la cabeza.
—Me preocupa —admitió—. Porque quiero hacerlo bien. No aprovecharme de lo que sientes. No confundirte.
Elian asintió.
—Yo tampoco quiero confundirme —dijo—. No quiero pensar que esto es… algo que no es.
Kael sostuvo su mirada.
—Entonces iremos despacio —respondió—. Sin promesas que no podamos cumplir. Sin tocar lo que aún no estás listo para nombrar.
Elian respiró con más calma.
—Gracias… por volver —dijo finalmente.
Kael respondió sin pensarlo.
—Gracias por esperarme.
Elian se quedó quieto.
—¿Puedo… quedarme un rato más? —preguntó—. No abrazado. Solo… aquí.
Kael asintió.
—Sí.
Se quedaron en silencio, sentados uno junto al otro. No se tocaron. No fue necesario.
Elian sostuvo la chaqueta un poco más, ya sin vergüenza.
Y por primera vez, no pensó esto se va a acabar.
Pensó:
Esto existe ahora.
Y eso fue suficiente.