Cuando Seraphine se muda buscando paz, jamás imagina que su nuevo vecino es Gabriel Méndez, el arquitecto que le rompió el corazón hace tres años… y que nunca le explicó por qué.
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No hay desastre sin Seraphine
...CAPÍTULO 21...
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...SERAPHINE DÍAZ ...
Adelina se me acercó con una copa en la mano y una sonrisa que no era exactamente amable, pero tampoco hostil. Era… pulida. Como todo en ella.
—Oye —dijo, inclinándose apenas—, quería disculparme por lo de hace unos minutos. Me dejé llevar por el enojo. Con Gabriel las cosas están… complicadas.
Entonces sí, están más que peleados.
—No te preocupes —respondí, forzando una sonrisa—. Entiendo que este ambiente no ayuda.
Adelina soltó un suspiro largo, teatral.
—Gracias. Me preocupaba que pensaras cosas horribles de mí. Esta situación con Gabo es difícil… he estado ahí para él desde que… bueno, desde antes de su ruptura.
Antes.
La palabra se me quedó clavada.
—Siempre me ha dicho lo mismo —continuó, como si nada—: que no quiere nada serio conmigo ni con nadie. Quedó muy lastimado.
Asentí, rígida. Algo no encajaba, en todo esto.
—Nos veíamos todo el tiempo —siguió—. Y él solo se quejaba. Decía que estaba harto, que quería mandar todo al carajo. Yo trataba de consolarlo.
¿Consolarlo?
Mi estómago se contrajo.
—Estaba muy triste y frustrado—añadió, bajando la voz— porque no podía cumplir su sueño de ser padre.
El mundo se detuvo.
Adelina se llevó la mano a la boca.
—Ups… creo que me pasé de más.
La miré.
No parpadeé.
—¿Cómo… cómo sabes eso? —pregunté, con un hilo de voz—. ¿Cómo sabes que…?
—Gabriel me lo contó —dijo, suave—. Lo de tu condición.
No escuché nada más.
El salón se volvió un zumbido. Las luces, la música, las risas… todo se distorsionó. Sentí que el aire no entraba.
Caminé. O más bien, avancé sin mirar.
Mi tacón chocó contra algo. La mesa de souvenirs que era de Cristal. De un golpe seco la mesa cayó. El estruendo fue inmediato. Todo cayó conmigo.
Vidrios rompiéndose. Gente gritando. Mi vestido empapado de champaña y comida. Hasta que sentí un ardor en la mano.
Silencio.
Entonces escuché su voz.
—¡Sera!
Gabriel apareció de la nada, arrodillándose frente a mí, extendiéndome la mano.
—No me toques —le grité, apartándola de un manotazo.
Me miró, confundido.
—¿Qué pasó? ¿Estás bien?
Me reí. Una risa fea, rota.
—¿De verdad fui una idiota todo este tiempo? —dije en voz alta—. ¿De verdad me engañaste así?
El salón entero nos miraba.
—Sera, no entiendo…
—¡Eres un maldito imbécil! —le grité—. La peor escoria. ¿Te acostabas con ella mientras estabas conmigo? ¿Mientras yo creía que—
Mi voz se quebró.
Me puse de pie como pude, limpiándome el vestido inútilmente.
—¿Sabes qué es lo peor? —seguí—. Que confíe en ti. Que pensé que al menos eso...
El padre de Gabriel apareció entonces, rojo de furia.
—Gabriel, sácala de aquí ahora mismo —ordenó —Nos estás haciendo pasar una vergüenza innecesaria.
Gabriel asintió, pálido, y me tomó del brazo.
—Vamos —dijo en voz baja.
—Suéltame —grité, forcejeando—. ¡No me toques!
Algunos invitados desviaron la mirada. Otros fingieron no escuchar. Adelina observaba desde lejos, perfectamente intacta.
Gabriel no dijo nada más. Me llevó casi a rastras hasta el estacionamiento.
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El portazo de la camioneta sonó más fuerte de lo necesario. O tal vez fui yo la que estaba demasiado herida para medir los ruidos.
—Explícame qué fue eso —dijo Gabriel apenas encendió el motor, con la voz tensa—. ¿Qué demonios te dijo Adelina?
Me reí. Otra vez esa risa amarga que ya no reconocía como mía.
—¿Ahora sí quieres explicaciones? —lo miré de lado—. Qué curioso. En la gala no parecías muy interesado en aclarar nada.
—Sera, por favor.
—No —lo interrumpí—. No, nada de por favor. Dime por qué ella sabe cosas que solo tú y yo sabíamos. Dime por qué habló de mi condición como si fuera un maldito dato público.
Apretó el volante.
—Porque es una abogada entrometida con complejo de salvadora —escupió—. No porque yo—
—¡No me mientas! —le grité—. Ella dijo que tú se lo contaste. Que te consolaba. Que la ibas a buscar cada que estabas triste. ¿Desde cuándo la buscabas para ese supuesto “consuelo”, Gabriel? ¿Tanto de molestaba estar conmigo?
El silencio cayó como una losa.
—No pasó como lo estás imaginando —dijo al fin, más bajo.
—¿Ah no? —sentí los ojos arder—. Entonces explícame. Con lujo de detalles. Porque desde donde yo estoy parada, parece que mientras me jurabas respeto, te desahogabas con ella.
—Yo estaba destrozado —respondió, girándose hacia mí—. Tú básicamente me abandonaste. Me dejaste. Así todavía estuviéramos juntos, así no viéramos todos los días. Tu no estabas ahí. Yo estaba tratando de ayudarte y también de sobrevivir.
—¡No te justifiques conmigo! —golpeé el tablero—Tu sabes cómo me pone ese tema, sabes lo doloroso que fue para mí. Sabes que me puse mal después de…y sabías que tenías que estar ahí para mí, no huir como un cobarde. tú no sabías amar sin controlar. Porque todo era tu trabajo, tu orgullo, tus silencios.
—Y aun así —dijo con rabia—, nunca te traicioné mientras estuvimos juntos.
—¿Entonces qué? ¿Esperaste a que yo me rompiera para buscar consuelo?
—No fue así.
—¡Entonces dime cómo fue! —le exigí, ya llorando—. Porque hoy, frente a medio mundo, me hiciste sentir como una estúpida. Como si mi dolor fuera un chisme más que se podía comentar con una copa de champaña en la mano.
Se pasó la mano por el rostro.
—Jamás debí contarle nada —admitió—. Fue un error. Uno enorme. Pero nunca fue para lastimarte.
—Pues lo lograste —susurré—. Y lo peor es que pensé que de verdad habías cambiado. Pero sigues siendo el mismo egocéntrico egoísta. ¿Sabes lo que sentí? Me sentí como una gran idiota.
Gabriel cerró los ojos un segundo.
—Lo siento, Seraphine. No pensé que esto fuera a suceder.
—Siempre piensas lo que te conviene —repliqué—. Nunca lo haces por los que supuestamente te importan.
Me quité los zapatos, los lancé al suelo.
—Esto fue un error —dije—. La gala, el favor, el “solo amigos”. Todo. Yo no puedo estar cerca de ti sin que me duela.
—Sera…
—No —lo corté otra vez—. No intentes arreglarlo.
Lo miré por última vez, con el vestido arruinado y la mano temblando.
—Llévame a casa —pedí—. Y después… déjame en paz.
Arrancó sin responder.
El trayecto fue eterno.
Gabriel manejaba con la mandíbula tensa, los nudillos blancos sobre el volante. Yo miraba por la ventana, fingiendo interés en las luces de la ciudad, cuando en realidad estaba intentando no desarmarme ahí mismo, frente a él. No iba a darle ese gusto. No otra vez.
Cuando se detuvo en el estacionamiento del edificio, no dijo nada. Apagó el motor y el silencio se volvió insoportable.
—Gracias por… traerme —dije al fin, con una voz que no sentía mía.
Abrí la puerta, pero antes de bajar, él habló.
—Sera.
Me quedé quieta, sin mirarlo.
—¿Qué? —pregunté, cansada—. ¿Vas a decirme que no fue así? ¿Que Adelina exageró? ¿Que todo tiene un contexto maravilloso que casualmente nunca conozco?
—No fue así —repitió—. Ella—
Me giré de golpe.
—¡NO! —lo interrumpí—. No me hables de ella. Hablemos de ti. Siempre se trata de terceros, de circunstancias, de momentos difíciles… pero nunca de ti.
Me crucé de brazos, temblando.
—Estoy harta, Gabriel. HARTA de que nunca me dieras una explicación.
Su expresión se tensó.
—Sera—
—No —volví a cortarlo—. Te fuiste. Punto. Un día estabas y al siguiente desapareciste como si yo no hubiera significado nada. Sin una conversación. Sin un “no puedo más”. Sin un maldito cierre.
Mi voz se quebró, pero seguí.
—¿Sabes lo que es despertarte y darte cuenta de que la persona que amas decidió que ya no valías ni una despedida?
Gabriel bajó la mirada.
—No fue tan simple…
—¡Claro que lo fue! —solté una risa amarga—. Te largaste. Eso es bastante simple. Lo complicado fue lo que yo tuve que hacer después para recoger los pedazos.
Se pasó una mano por el rostro.
—No sabía cómo hablarlo contigo. No queria…—cortó las palabras mientras seguía mirando al suelo.
—Entonces ¿fue más fácil hablar con Adelina, no? —respondí—. Qué conveniente. Porque mientras yo me ahogaba tratando de entender qué hice mal, tú seguiste con tu vida. Yo me quedé preguntándome si no fui suficiente, si era un desastre para tu maravillosa y perfecta vida, si te avergonzabas de mí.
Silencio.
—Y ahora resulta que otras personas sabían cosas de mí —continué, cada palabra más cargada—Cosas que yo jamás le había comentado a nadie. ¿Tienes idea de lo humillante que fue escuchar mi vida salir de la boca de alguien como ella?
—Nunca quise que—
—No importa lo que quisiste —dije—. Importa lo que hiciste. Y lo que hiciste fue irte como un cobarde.
Eso sí hizo que levantara la cabeza.
—¿Eso piensas de mí?
—Eso sentí durante años —respondí—. Me sentí abandonada, reemplazable, desechada.
Tragué saliva.
—Y lo peor —añadí— es que ni siquiera hoy eres capaz de decirme por qué. Sigues evitando la conversación como si hablar fuera más peligroso que desaparecer.
Gabriel apretó los labios.
—No te abandoné porque no te quisiera —dijo al fin, en voz baja—. Me fui porque no supe cómo quedarme sin destruirte.
Negué lentamente.
—Demasiado tarde para eso.
Abrí la puerta.
—Buenas noches, Gabriel.
—Sera… —me llamó, con un hilo de voz—. Nunca dejaste de importarme, créeme.
Me detuve, sin girarme.
—Entonces debiste quedarte —dije—. O al menos haber tenido el valor de explicarlo.
Caminé hacia el ascensor sin mirar atrás, con el pecho apretado.
Ya dentro de mi apartamento, me apoyé contra la puerta y dejé que el aire se me escapara del pecho en un sollozo silencioso. Me quité el vestido manchado, lo dejé caer al suelo como si pesara toneladas, y me senté en el borde del sofá, abrazándome a mí misma.
Adelina sabía.
Sabía cosas que nadie más debía saber. Cosas que yo había dicho entre lágrimas, en noches en las que creí que Gabriel era mi lugar seguro.
Y ahora esas confesiones eran armas.
Cerré los ojos.
No era solo la vergüenza.
No era solo la gala arruinada.
No era solo el padre de Gabriel mirándome como si fuera un error despreciable.
Era la sensación de haber amado a alguien que, incluso sin mala intención, había sido capaz de exponer mi fragilidad al mundo.