Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
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Capítulo 4: El peso de ser invisible
\****Sergio***\*
La noche había caído sobre la ciudad como una losa.
Sergio estaba sentado en el borde de su cama, con la comida a medio terminar en la mesa auxiliar, el televisor encendido en un canal de noticias que no miraba. El teléfono vibró sobre la mesilla. Un mensaje.
Lo cogió sin interés, esperando alguna notificación de trabajo, algún correo sin importancia.
Vio el nombre: Adrián.
Y el mundo se detuvo.
"Primo, ¿todo bien? El otro día en la cena te noté raro. Si quieres hablar, estoy aquí."
Lo había leído tantas veces que ya se lo sabía de memoria. Las palabras no cambiaban. El tono no cambiaba. Era un mensaje amable, sencillo, el tipo de mensaje que cualquiera enviaría a un primo que parecía distante.
Entonces, ¿por qué le dolía tanto?
Porque era Adrián. Porque era el hombre que tenía todo lo que él deseaba. Porque era imposible recibir su preocupación sin que el veneno de la envidia la contaminara.
Sergio dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, como si eso pudiera silenciar las preguntas que le taladraban la cabeza. Se levantó y fue a la ventana. El apartamento estaba en un piso alto, decimoquinto, y desde allí la ciudad parecía un tablero de luces ordenadas. Le gustaba ese orden. Le gustaba mirar abajo y saber que, en medio de ese caos, él tenía el control de al menos un pequeño espacio.
Pero esta noche el orden no funcionaba.
Apoyó la frente en el cristal. El frío le hizo bien, un anestésico momentáneo. Cerró los ojos y dejó que su mente vagara, sabiendo que iba a parar siempre al mismo sitio.
Alejandro.
La primera vez que lo vio fue en una conferencia, hacía ya cinco años. Sergio tenía veintitrés, recién salido de la universidad con las mejores calificaciones de su promoción y había sido invitado a presentar su proyecto de fin de carrera: un sistema de optimización logística basado en inteligencia artificial que había dejado boquiabiertos a sus profesores.
Recuerda el auditorio, las luces, el calor de los focos. Recuerda sus manos temblando ligeramente sobre el atril mientras explicaba algoritmos y rendimientos. Recuerda los aplausos, las felicitaciones, las tarjetas de visita que le llovieron después.
Y recuerda, sobre todo, a un hombre al fondo de la sala.
Traje gris. Pelo negro. Brazos cruzados. Mirada fija en el escenario, pero no en él, sino en la pantalla, en los datos, en lo que decía. Era una mirada evaluadora, fría, profesional, sin embargo a Sergio le pareció la mirada más hermosa que había visto nunca.
No se acercó. No se atrevió. Pero esa noche, cuando volvió a su apartamento de estudiante, buscó en internet: "Alejandro Torres, CEO Torres Tech". Y lo encontró. Y empezó a seguirlo. Y sin darse cuenta, sin quererlo, sin poder evitarlo, se enamoró.
Una mano cerrándose en un puño golpeó suavemente el cristal. Sergio abrió los ojos y vio su propio reflejo en el vidrio: un hombre de veintiocho años, impecablemente vestido incluso en la soledad de su casa, con el pelo perfectamente colocado y los ojos verdes brillando con una humedad que no quería reconocer.
—Idiota —susurró—. Eres un idiota.
Se apartó de la ventana y fue al baño. Se miró al espejo, el mismo ritual de cada noche, buscando en su rostro las marcas del día. Las encontró: una pequeña arruga entre las cejas que no estaba ahí hace un año, un rastro de cansancio bajo los ojos, la mandíbula más tensa de lo normal.
Abríó el grifo y se mojó la cara. El agua fría le ayudó a despejarse, pero no a calmarse. Porque dentro de él, el animal seguía moviéndose.
Salió del baño y se dejó caer en el sofá. El apartamento estaba en silencio. Demasiado silencio. A veces pensaba que el silencio era lo peor, porque en el silencio no había distracción, y sin distracción, los pensamientos venían a devorarlo.
Hoy venían con especial saña.
Pensó en Adrián, su primo. En ese chico dulce que siempre había sido amable con él, que nunca le había hecho nada malo. Recordó cuando eran niños, las carreras de bicicletas, la vez que Adrián se cayó y se hizo esa pequeña cicatriz en la nariz que todavía conservaba. Sergio lo había ayudado a levantarse, le había limpiado la sangre con su propia camiseta y Adrián lo había mirado con esos ojos color miel llenos de gratitud.
"Eres el mejor primo del mundo", le había dicho.
¿Dónde estaba ese niño ahora? ¿Dónde estaba el Sergio que podía recibir cariño sin analizarlo, sin contaminarlo, sin preguntarse qué ganaba con ello?
Se había perdido en algún lugar del camino. En algún lugar entre los libros, las horas de estudio, la obsesión por ser el mejor, la necesidad de ser visto. En algún lugar entre las miradas vacías de Alejandro y las cenas familiares donde él era solo "el primo".
Una lágrima resbaló por su mejilla.
No la sintió llegar. Fue su mano la que la descubrió, al llevarse los dedos a la cara para frotarse el cansancio. Se quedó mirando la humedad en la yema de su dedo, como si fuera un fenómeno extraño, algo que no le perteneciera.
—No —dijo en voz alta—. No voy a llorar.
Pero ya era tarde. Otra lágrima y otra. Y entonces, sin poder controlarlo, sin poder detenerlo, el llanto llegó. No un llanto ruidoso, no un desgarro. Era un llanto silencioso, contenido, el llanto de alguien que ha aprendido a sufrir sin molestar.
Apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y dejó que las lágrimas cayeran. Por primera vez en mucho tiempo, no intentó detenerlas.
Lloró por el niño que había sido, el que creía que el esfuerzo siempre era recompensado.
Lloró por el adolescente que se encerraba a estudiar mientras sus compañeros salían, convencido de que el sacrificio daría sus frutos.
Lloró por el joven que había visto a Alejandro por primera vez y había sentido, por un instante, que el mundo tenía sentido.
Lloró por el hombre en el que se estaba convirtiendo, ese hombre que miraba a su primo con envidia y sentía que el odio se colaba en su corazón como una enredadera.
—No quiero odiarlo —susurró entre lágrimas—. No quiero.
Pero el odio no pide permiso. El odio llega, se instala, crece. Y cuanto más luchaba contra él, más fuerte se hacía.
Recordó la cena en casa de los Torres. Recordó a Adrián, diferente, más seguro, más presente. Recordó a Alejandro
El animal en su pecho rugió.
—¿Por qué él? —preguntó al techo, como si alguien pudiera responderle—. ¿Por qué él y no yo? Yo me he partido el alma. Yo he estudiado, he trabajado, he innovado. Yo podría estar a su altura. Yo podría ser su igual. ¿Por qué a él le dan todo sin pedirlo y a mí...?
La frase quedó inconclusa. No necesitaba terminarla.
A mí me ignoran.
El llanto se fue calmando, dejando paso a un cansancio inmenso, de esos que se instalan en los huesos. Sergio se levantó, fue al baño, se lavó la cara. Se miró al espejo otra vez. Los ojos rojos, las mejillas húmedas, el pelo ligeramente despeinado. Parecía otro.
—Tienes que controlarte —se dijo—. Todavía puedes elegir. Todavía puedes ser buena persona.
Pero las palabras sonaban huecas, incluso para él.
Volvió al salón, recogió la comida fría y la tiró a la basura. Apagó el televisor. La oscuridad lo envolvió, y por un momento, casi agradeció no tener que verse.
Antes de ir a la cama, cogió el teléfono. El mensaje de Adrián seguía ahí, abierto, esperando.
Sus pulgares se movieron sobre la pantalla. Quería responder. Quería decirle la verdad: "No, no estoy bien. Estoy enamorado de tu prometido y eso me está matando."
Pero no podía.
Escribió:
"Todo bien, primo. Solo trabajo. Gracias por preguntar."
Lo leyó una vez. Le pareció frío. Demasiado frío. Borró y volvió a escribir:
"Estoy bien, Adrián. Gracias por preocuparte. Hablamos pronto."
Mejor. Más humano. Más normal.
Envió.
Dejó el teléfono en la mesilla y se tumbó boca arriba, mirando el techo. La oscuridad era total, pero él seguía viendo cosas. Veía a Alejandro en esa conferencia, cinco años atrás. Veía a Adrián en la cena, con esa nueva seguridad. Se veía a sí mismo, siempre al margen, siempre observando, siempre esperando.
—Un día —susurró—. Un día me mirará.
Pero por primera vez, la frase no sonó a esperanza. Sonó a amenaza.
Cerró los ojos. El animal en su pecho se aquietó, agotado de tanto forcejeo. Por ahora, dormiría.
Mañana sería otro día. Mañana seguiría siendo invisible. Mañana seguiría amando a Alejandro y envidiando a Adrián.
Pero todavía no había cruzado la línea. Todavía no había pensado en lo que pasaría si su primo no estuviera.
Todavía no.
El sueño llegó, pesado y sin tregua. Y en sus sueños, Alejandro lo miraba. Solo una vez. Pero era suficiente.
En la mesilla, el teléfono vibro. Un mensaje de Adrián:
"De nada, primo. Para eso estamos. Cuídate."
Sergio no lo leyó. Dormía profundamente, con una expresión casi infantil en el rostro, como si por un momento hubiera recuperado al niño que fue.
Pero cuando despertara, el animal volvería.
Y cada vez sería más difícil controlarlo.
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕